De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 23. No es lo que parece
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Capítulo 23. No es lo que parece

NO ES LO QUE PARECE

L a lluvia torrencial cayó sobre ellos sin previo aviso.

En cuestión de minutos, el pelo de Calen se apelmazó contra su rostro y la piel comenzó a arrugársele mientras el agua lo empapaba hasta los huesos.

Alzó la mano para protegerse los ojos de la lluvia torrencial mientras miraba al cielo solo para ver nubes densas de color negro carbón a punto de derrumbarse bajo el peso de la lluvia que albergaban en sus frágiles estructuras.

Bajó la mirada y contempló el panorama que tenía ante sí. Nunca había visto nada parecido.

Tal y como habían planeado, el inquietante océano de árboles que era Lobregal apareció ante sus ojos justo cuando el sol se ocultaba tras el horizonte.

Hasta donde alcanzaba la vista de Calen, y más allá aún, el paisaje estaba pintado con brochazos confusos de verde oscuro y azul negruzco.

Lo único que iluminaba el bosque sobrenatural eran los relámpagos que rasgaban el cielo y dejaban momentáneamente al descubierto las bandadas de pájaros negros como el azabache que se movían entre la tormenta.

Calen había oído muchas historias sobre Lobregal. Relatos aterradores sobre monstruos y engendros del vacío y un bosque que devoraba almas y limpiaba la carne de los huesos. Pero ninguno se podía comparar con la sensación de vacío que sentía en las tripas al contemplar aquel siniestro bosque.

—Seguid —gritó Aeson—. La espesura nos protegerá de la lluvia.

Calen notaba la irritación de Valerys. El dragón, envuelto en sus propias alas, se movía inquieto en la silla de montar.

El joven le dio al caballo un toque suave en las costillas, instándolo a acelerar el paso; al aumentar la velocidad, la lluvia le azotó el rostro con más fuerza, así que frunció el ceño.

Tenía los ojos más cerrados que abiertos.

Solo se dio cuenta de que habían llegado a la linde del bosque por el repentino alivio que sintió en la piel y el cambio en el sonido.

El fuerte golpeteo de la lluvia sobre el pelo dio paso a un sonido más sordo al caer sobre las ramas.

Le produjo la misma sensación familiar y tranquilizadora de estar sentado en el interior cuando el cielo descargaba ríos sobre El Claro, de estar protegido mientras la lluvia tamborileaba en paredes y ventanas.

Suspiró y se secó el agua de la cara; echó los hombros hacia atrás y observó el denso dosel que tenía encima.

Había subestimado la oscuridad total que los envolvería en aquel bosque.

Aunque la luna no hubiese estado aprisionada por la pared de nubes carbonizadas que había arriba, su luz no habría podido penetrar el techo afótico del denso bosque.

La oscuridad lo hacía sentir atrapado.

Era desorientador el modo en que la ausencia de visión agudizaba los otros sentidos.

No podía ver más allá de las orejas del caballo, pero incluso el suave susurro de las ramas le resultaba pesado en los oídos.

El abrumador olor a tierra y hojas en descomposición, mezclado con la humedad mohosa de la corteza de los árboles, le saturaba las fosas nasales.

Un suspiro de alivio se le escapó del pecho cuando un resplandor de luz blanca iluminó el espacio frente a él. El pequeño baldír flotante pulsaba mientras mantenía su posición a unos quince palmos frente a Calen. Un orbe similar flotaba frente a cada persona del grupo.

«Un truco muy útil».

Aunque no era algo que quisiera probar por su cuenta. No había intentado tocar la Chispa desde el río. Tendría que pedirle a Aeson que le enseñara.

—El camino al paso de montaña está a menos de un día de aquí —dijo Aeson.

Torcía el gesto, irritado, mientras apretaba con fuerza la manga del abrigo, liberando un chorro de agua de la tela empapada—.

En este bosque no importa si es de día o de noche.

Hay pocos lugares donde la luz penetre en la espesura, pero aun así necesitamos dormir y secar nuestra ropa, o el frío se nos meterá en los huesos.

Seguiremos durante una hora más o menos y luego nos detendremos.

Creo que los caballos aún tienen fuerzas para eso.

Le dio una palmadita afectuosa en el cuello a su montura, que respondió con un suave relincho.

Calen sentía escalofríos de vez en cuando en la nuca cuando alguna gota de lluvia rebasaba el denso dosel.

Cuanto más se adentraban en el bosque, más pesado se volvía el aire, no de la forma etérea del de Ölm, sino de una manera más tangible.

Aunque la espesa enramada mantenía a raya la mayor parte del diluvio, también impedía que se escapara la humedad del suelo y la corteza.

Podía saborear el aire denso y húmedo cada vez que respiraba.

Había algo en los bosques, especialmente en uno tan desprovisto de luz, que hacía que el tiempo pasara de forma diferente.

Todo lo que Calen veía era indistinguible de lo que había visto cinco minutos antes, como si no se hubiera movido ni un palmo.

Percibía aleteos ocasionales entre las ramas, a menudo ahogados por los estruendos de los truenos que seguían a los relámpagos en el cielo.

De haber estado solo dudaba de poder encontrar la salida.

—Este lugar parece tan bueno como cualquier otro —dijo Dahlen mientras desmontaba—. Podríamos caminar durante horas y no encontrar nada diferente.

Hubo un murmullo de acuerdo entre el grupo.

Valerys bostezó y levantó la cabeza para observar los alrededores. Saltó del lomo del caballo y estiró las alas, como si estuvieran adormecidas por el sueño.

—Calen, Dann, preparad las espadas —dijo Aeson con firmeza.

Tiró las alforjas al suelo y desenvainó una de las espadas que llevaba a la espalda.

—¿Ahora? —suspiró Dann—. ¿No podemos hacer un fuego primero y secarnos un poco? Esta ropa parece un saco de piedras.

—No —respondió Aeson—. Rara vez luchamos en nuestros propios términos, y así es como debemos entrenar. Suertes de espada. Comenzad con Golpe de Dragón.

Dann suspiró profundamente, echó la cabeza hacia atrás y desenvainó la espada. Calen hizo otro tanto. Sus muslos y espalda eran una mezcla de entumecimiento y agonía. Nunca en su vida había cabalgado tanto. La lluvia no ayudaba.

Respiró hondo mientras se colocaba en la posición inicial de Golpe de Dragón. Algunos de los nombres de las suertes empezaban a quedársele grabados en la mente, aunque no todos. Era un comienzo.

—Otra vez.

La palabra hizo flaquear la determinación de Calen.

Llevaban más de una hora practicando suertes de espada mientras los demás se sentaban junto al fuego, anhelando la carne caliente del pequeño jabalí que Therin había encontrado merodeando cerca del campamento.

Sus hombros gritaban de dolor mientras sentía la espada cada vez más pesada.

Le parecía que tenía los músculos en llamas.

Se concentró en respirar. Blandió la espada hacia abajo con un largo movimiento y esquivó un golpe imaginario. Alzó el arma para parar el golpe y la clavó en el abdomen del atacante fantasmal.

—Basta.

Sus rodillas se hundieron en el suelo húmedo al tiempo que lo inundaba una oleada de alivio. Un dolor agudo de hambre le golpeó el vientre. Le ardía la piel allí donde la ropa húmeda le había rozado la parte interior de las piernas.

—Dann, ve a calentarte y a comer. —Aeson se volvió hacia la hoguera con un brillo en los ojos—. Dahlen, vas a entrenar con Calen. Ahora mismo.

Dahlen respondió con una mirada de confusión mientras se frotaba las manos frente a las llamas.

—¿Qué? ¿Ahora? Míralo. Necesita descansar.

—Ahora.

Calen clavó la punta de la espada en el suelo y se puso en pie con esfuerzo. No dijo nada. No le quedaban fuerzas para discutir.

«¿Está intentando matarme?».

Sintió una punzada de preocupación en lo más profundo de la mente. Los ojos color lavanda de Valerys lo observaban desde lo alto del tronco de un árbol caído.

—A la orden —respondió Dahlen.

Desenvainó la espada que tenía apoyada contra las alforjas mientras Calen se enderezaba y trataba de blandir su arma. No tenía ninguna posibilidad. Dahlen alzó la espada frente al rostro.

—¿Listo?

Calen respondió con un gesto de asentimiento, decidido a no malgastar las fuerzas hablando.

El primer golpe de Dahlen fue fuerte. La onda expansiva le sacudió los antebrazos y sintió los hombros arderle al parar el golpe.

No tenía fuerzas para contraatacar, y los dedos se aflojaban en la empuñadura de la espada con cada golpe desviado.

Dahlen lanzó un feroz golpe lateral y Calen saltó hacia atrás para esquivarlo. Su pierna izquierda falló por el agotamiento bajo su propio peso. La rodilla se estrelló contra el suelo embarrado. Estaba acabado. No le quedaban fuerzas.

Eso lo enfureció. La última persona a la que quería conceder la victoria era a Dahlen. A cualquiera menos a él.

De pronto lo invadió una sensación cálida y sintió a Valerys en el fondo de la mente empujándolo, dándole fuerzas.

Se arriesgó a mirar al joven dragón; no se le escapó la mirada que intercambiaban Therin y Aeson.

Valerys estaba completamente erguido sobre las patas traseras, con los ojos fijos en Calen, mostrando los dientes mientras su boca se torcía en un gruñido.

De su garganta se escapaba un rugido que Calen oyó perfectamente.

El golpe descendente de Dahlen atravesó el aire y Calen alzó la espada para recibirlo en pleno vuelo. La nueva fuerza inundó de alivio sus músculos y se puso en pie de un salto. Una mirada de confusión se apoderó del rostro de Dahlen, convencido de que Calen se había rendido.

Intercambiaron tajos y estocadas. Calen presionó, ejecutando las suertes, la espada convertida en un torbellino de movimientos.

Dahlen presionó a su vez y empujó a Calen hacia atrás.

Así continuó durante varios minutos, hasta que Calen comprendió que ni siquiera con el nuevo aporte de energía era rival para Dahlen.

Ya sentía el agotamiento volviendo a invadirle los huesos.

No podía perder, no contra él.