Capítulo 22. Valerys
VALERYS
— A ver, lo diré de nuevo. ¿Por qué vamos al lugar más siniestro de toda Eferia? Que se llama Lobregal. No es que suene muy acogedor, ¿verdad?
Dann, como era de esperar, no había dejado de hablar ni para respirar durante más de cinco minutos en los últimos días.
Calen pensaba que Therin estaba considerando matarlo mientras dormía y arrastrar su cuerpo lejos de allí.
El elfo tenía los ojos iracundos clavados en la nuca de Dann.
Movía los labios, pero estaba demasiado lejos para que Calen pudiera oír lo que decía. Seguro que no era nada agradable.
Por cuarta vez Aeson respondió a la pregunta de Dann con más paciencia de la que Calen habría tenido.
—Hay un antiguo paso de montaña en Lobregal, al pie de los montes Lodhar. No es un viaje agradable, pero debería llevarnos a Belduar sanos y salvos y permitimos eludir el bloqueo.
Dann se quedó en silencio un momento, reflexionando.
—Ya veo. ¿Y por qué Therin se opone tanto a ir por ese camino?
Therin ni siquiera respondió a la pregunta.
—Tiene sus razones —dijo Aeson—. Ahora bien, si puedes permanecer en silencio hasta que lleguemos a Lobregal, responderé a tres preguntas que Therin se ha negado a contestarte, pero solo si guardas silencio desde ahora hasta que lleguemos.
Dann estaba a punto de abrir la boca, pero se detuvo cuando Aeson ladeó la cabeza y enarcó una ceja. En lugar de eso gesticuló como si se estuviera cosiendo la boca con hilo.
«No creo que eso dure mucho».
Therin y Aeson no habían discutido abiertamente sobre el nuevo camino, pero todos tenían claro que Therin no lo aprobaba.
Su estado de ánimo había empeorado desde que se había mencionado Lobregal.
A Calen tampoco le entusiasmaba la idea.
No había oído ninguna historia en la que alguien entrara en Lobregal y luego volviera a salir.
Sintió una oleada de emoción proveniente del dragón, combinada con un chillido bastante fuerte mientras extendía las alas blancas como la nieve.
Saltó de la silla de montar y se subió a su hombro derecho.
Calen no pudo evitar sonreír. Había dormido mucho menos durante los últimos días y su apetito se había duplicado.
También había crecido casi la mitad de su tamaño original, lo que Calen sintió cuando sus garras se clavaron en su hombro.
—Creo que te estás haciendo un poco grande para estar subido ahí.
Calen sintió un murmullo de desacuerdo cuando el dragón chirrió con dureza. Lo entendía, lo sabía. Al igual que él lo entendía a él.
Aún no le había puesto nombre. Había hablado con Aeson y Therin para averiguar qué nombres se solían poner a los dragones. No le había servido de nada. Se limitaron a recitar nombres de dragones del pasado, perdidos en la nostalgia de tiempos ya desaparecidos.
—Veamos, Vyldrar era el nombre del dragón al que estaba vinculada Alvira Serris. Tinua, Xarden, Anaia, Salina, Purlon…
La lista seguía y seguía. Esperaba poder reducirla un poco.
—Pasaremos la noche aquí —dijo Aeson.
Se acercaron a una pequeña cavidad excavada en la ladera de una roca, junto a un arroyo de corriente lenta.
—Daos un baño, comed y dormid. Partiremos tan pronto como vuelva a abrir los ojos. No esperaremos a que salga el sol.
Contaban con llegar a Lobregal al anochecer del día siguiente, lo que parecía bastante seguro al ritmo que iban.
Aeson los había agotado. Calen calculó que debían de haber recorrido casi quince leguas al día.
Los caballos estaban al borde del colapso.
Marchaban sin des canso, deteniéndose solo una vez para comer y beber.
Montaban el campamento, Dann cazaba, Dahlen encendía el fuego y Dann y Calen practicaban con la espada con Aeson. Era una rutina. Reglamentada.
Al principio Aeson solo les permitía ensayar las diferentes suertes.
Tenían que hacerlo, decía, «hasta que pasar de una suerte a otra fuera tan fácil como respirar».
Calen se había sentido ridículo la primera vez; eran más complicadas que las que le había enseñado su padre, y no paraba de tropezarse con los pies.
Pero eso cambió con el tiempo. Se sentía más poderoso, más seguro de sus movimientos, y ahora lo disfrutaba.
Era relajante; le recordaba a cuando estaba en el campo con su padre y Haem.
Al cabo de un rato, Erik se unió a ellos.
A pesar de la perfección con la que pasaba de una suerte a otra, Aeson siempre encontraba algún fallo.
Un paso en falso, una espada demasiado alta, una ligera vacilación.
Aun así, Erik nunca se quejaba. Simplemente asentía y continuaba.
Aeson nunca tenía que repetir la misma crítica.
Calen sentía que el dragón lo observaba mientras practicaba.
Sus pálidos ojos lavanda estaban llenos de interés.
A veces, cuando luchaban, le parecía sentir una advertencia justo antes de que le golpearan.
Al principio lo confundía y desequilibraba, pero cuando empezó a prestar atención a esa sensación se dio cuenta de que siempre era cierta.
Más de una vez había recibido miradas extrañas de Aeson cuando giraba y bloqueaba un golpe que no tenía por qué saber que iba a llegar.
No pudo evitar sonreír mientras miraba al dragón, que simplemente inclinaba la cabeza de un lado a otro, observando.
Cuando terminaron de entrenar, Calen se dirigió al arroyo. Ya se había bañado antes de comer, pero tenía la garganta seca y la cantimplora vacía. Encontró a Therin sentado en la orilla, con los ojos cerrados y los pies descalzos sumergidos en el agua helada.
—¿Te importa si me siento?
—Adelante.
Tomó asiento a su lado, recogiendo las rodillas contra el pecho. Contempló el agua.
—Lo que dijiste, cerca de Camylin… ¿Cómo conocías a mi padre?
Therin suspiró. Abrió los ojos, pero no se volvió para mirar a Calen.
—Conocí a tu padre hace muchos años. Al comienzo de una guerra.
—¿La guerra de Varsund? —Therin asintió—. ¿Por qué… por qué no lo sabía? ¿Por qué lo dices ahora?
No tenía sentido. Therin llevaba acudiendo a El Claro desde que Calen tenía uso de razón. Nunca había sido más que amistoso con Vars.
—Todos tenemos nuestros secretos, Calen. Incluso tu padre. Tomó una decisión y yo la respeté.
—Pero…
—Llegará el momento. Pero no es ahora.
Calen sintió que la ira le subía por la nuca. No era solo suya. Era compartida. No tenía que mirar para saber que el dragón estaba mirando fijamente a Therin. Calen respiró hondo.
Un silencio se apoderó del aire mientras permanecían allí sentados. Su única oposición era el sonido del arroyo que serpenteaba por la tierra. Therin rompió el silencio.
—¿Has vuelto a pensar en el nombre del pequeño?
Calen miró al dragón, que ahora estaba acurrucado junto al fuego. La ira se había disipado. La mezcla de la pálida luz de la luna y la cálida luz del fuego hacía que sus escamas brillaran con un resplandor incandescente.
—¿Dijiste que es un dragón valaciano?
—Sí, es de Valacia. De las Islas Heladas.
Calen asintió y volvió a sumergir la cantimplora en el arroyo.
—¿Así es como se dice «hielo» en la lengua antigua?
—No exactamente —respondió Therin—. Valacia significa «Islas Heladas». Proviene de las palabras « valerys », que significa «hielo», y « cia », que significa «tierra». —Therin se inclinó hacia el arroyo y tocó su superficie con la punta de los dedos. Susurró—: Valerys .
Calen abrió mucho los ojos cuando el agua alrededor de la mano de Therin comenzó a congelarse.
Tentáculos de color blanco helado se extendieron lentamente en círculo, haciéndose más densos a medida que avanzaban, hasta que fue como si se formaran nubes bajo la superficie del agua.
Entonces se detuvo. Therin sacó la mano del agua, con una cálida sonrisa en el rostro.
—¿Cómo…? —Calen soltó un suspiro de alivio tardío—. No creo que eso me vaya a parecer normal nunca.
—Deberías intentarlo —dijo Therin.
No había ni rastro de broma en su expresión. Calen se limitó a mirarlo con incredulidad.
—¿Yo? ¿Cómo? No soy mago.
Una sonrisa irónica se dibujó en el rostro de Therin.
—Cierto. Pero eres un draleid. Calen, algunas personas nacen con la capacidad de tocar la Chispa y ejercer su poder en este mundo.
Otras no. Muchas pasan toda su vida sin saber de lo que son capaces.
Cuando suceden cosas a nuestro alrededor que no podemos explicar, la mayoría lo achaca al azar.
No siempre es así. Rist no tenía ni idea de su fuerza, pero tiene el potencial de ser uno de los magos más poderosos que he conocido en mucho tiempo.
»Los dragones son criaturas mágicas hasta la médula.
La Chispa está en el fuego que exhalan. Cuando alguien se une a un dragón como tú has hecho, eso lo cambia.
El vínculo trasciende todo lo que se puede ver y tocar.
Tu propia alma ha sido alterada. Ya lo verás.
Tanto los draleid como los dragones obtienen muchas cosas del vínculo; el más importante de estos dones para un draleid es la capacidad de tocar la Chispa.
Calen tardó un momento en comprenderlo.
—¿Te refieres a… mí?
—Sí. —Therin se echó a reír suavemente—. A ti, Calen. No preguntes. Solo hazlo. Ya lo verás.
—¿Qué hago? ¿Solo… toco el agua y digo la palabra?
Therin frunció los labios e inclinó la cabeza hacia un lado.
—Las palabras no son necesarias. A menudo, cuando un joven mago comienza su entrenamiento, pronunciar la palabra es útil, les permite concentrarse. El poder de la Chispa no está en las palabras que pronunciamos, ni en las yemas de los dedos. Está en tu cabeza y en tu corazón, está en todas partes.
»A las personas, especialmente a los de tu especie, les cuesta entender lo que no pueden ver ni sentir.
Por eso es útil usar las manos. Es como un tótem, un conducto.
Toca con los dedos la superficie del agua.
Toma el calor del agua y empújalo hacia fuera.
Imagina que se congela, moviéndose lentamente, como las raíces de un árbol.