Capítulo 21. Cambio de planes #3
El joven le lanzó una mirada interrogativa, pero Therin no respondió. Tras unos tensos momentos, Aeson y Erik entraron a caballo en el claro. La luz del fuego iluminaba sus rostros.
—¿Qué noticias traéis?
Therin le lanzó a Aeson un trozo de carne de conejo, ya fría, mientras este desmontaba del caballo.
—No son buenas —respondió Aeson casi a la vez que hincaba los dientes en la carne—.
En las tabernas se rumorea que una fuerza loria impuso un bloqueo a Belduar hace menos de cuatro días.
Las cifras oscilan entre dos mil y cincuenta mil efectivos, dependiendo de a quién se le pregunte.
Yo apostaría por algo más cercano a los diez mil.
Erik se dejó caer junto a Calen, con la mirada fija en el dragón, que ahora dormía.
—Eso es cuanto hace, ¿no? —Se echó a reír—. Comer, dormir, comer, dormir.
—Más o menos —respondió Calen—. Pero tu padre dijo que eso cambiará en unos días. No estoy seguro de que eso sea algo bueno.
—¿Has pensado en un nombre?
—¿Un nombre? ¿A qué te refieres?
—Me refiero a un nombre. ¿Cómo vas a llamarlo?
Hasta el momento, a Calen ni siquiera se le había pasado esa idea por la cabeza. No se le había ocurrido que tendría que elegir un nombre para el dragón.
—No tengo la más remota idea. ¿Cómo se bautiza a un dragón?
—A mí no me mires —dijo Erik—. Quizá puedas preguntarle a Therin o a mi padre. Seguro que ellos tienen alguna idea.
Calen asintió, con la mente dándole vueltas al asunto.
«¿Qué tipo de nombres tienen los dragones?».
—¿Qué tal «pila de escamas perezosa»? —sugirió Dann.
Pincho al dragón dormido con un palito y casi se le sale el corazón del pecho cuando este respondió con un breve chillido, sin abrir los ojos. Tanto Calen como Erik echaron la cabeza hacia atrás y rompieron a reír.
Aeson se sentó en un tronco junto al fuego.
—¿Dahlen aún no ha regresado?
—No —respondió Therin.
Aeson se movió incómodo.
—Ya veo. Pensaba que habría vuelto antes que nosotros.
—En realidad iba justo tras vosotros.
Calen giró la cabeza y frunció el ceño cuando Dahlen desmontó del caballo. No podía evitarlo. Cada vez que miraba a Dahlen, sentía un nudo de ira en el pecho.
—Me temo que las noticias no son buenas —dijo Dahlen—.
Hay un bloqueo. Las hogueras se extienden por leguas.
Diría que hay unos diez u once mil hombres.
Es difícil saberlo desde esa distancia y por la noche, pero no creo que me equivoque mucho.
Deben de haber recibido una señal cuando encontraron nuestro barco en el mar.
No hay otra forma de que hayan llegado aquí tan rápido. ¿Queda algo para mí?
Señaló la pata de conejo que el dragón había devorado a medias. Dann le lanzó el último trozo que quedaba junto al fuego. Dahlen le dio las gracias y se sentó junto a Erik.
—Lo sabemos —dijo Aeson—. Era lo que se comentaba en la ciudad. Solo necesitábamos que lo confirmaras.
El guerrero tenía una expresión pensativa en el rostro.
—¿Cómo sabían que íbamos a Belduar? —preguntó Dann, inclinándose hacia delante.
—Quizá no lo sepan —respondió Aeson—. El Imperio ha intentado tomar Belduar más veces de las que puedo contar. Podría ser simplemente otro intento. Pero es más probable que Farda haya averiguado adónde vamos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Dahlen mientras deshuesaba la pata.
Aeson no dijo nada, pero miró a Therin, que se movió incómodo.
—No lo sé, viejo amigo. No sería mi elección.
—Ahora mismo no tenemos muchas opciones —dijo Aeson.
Therin frunció el ceño. Calen no había visto de dónde lo había sacado, pero Therin hacía girar un pequeño cuchillo de plata entre los dedos de la mano derecha mientras miraba fijamente al fuego.
—De acuerdo.
A Calen le resultaba difícil ignorar la renuencia en la voz de Therin.
—¿Alguien puede explicarme qué está pasando?
Las torres de Resguardo eran aún más impresionantes de cerca. Ella se abrió paso entre los desconocidos que se arremolinaban por la ciudad. Sus ojos se movían entre el camino que tenía delante y el cielo. De haber sido las torres más altas, habrían atravesado las nubes.
Su colorido era llamativo. Ella no sabía qué se había hecho para dar a la piedra un tono tan blanco, pero la forma en que el resplandor naranja del sol naciente rebotaba en los edificios creaba una luz cálida y relajante en las calles de la ciudad.
Era casi como si quien hubiera construido la ciudad la hubiera pintado en lugar de edificarla.
Era una obra maestra sobre un lienzo de piedra.
Cuando la veía desde la distancia, era espectacular, con los tejados de pizarra roja contrastando con los edificios blancos como la nieve. Pero de cerca… era impresionante.
—¡Oh! ¡Lo siento!
Apartó la mirada del cielo y se hizo a un lado para esquivar a un vendedor ambulante que se acercaba a toda velocidad.
—¡Niñata! —le gritó él, agitando la mano hacia ella mientras arrastraba un carrito lleno de objetos extraños y baratijas.
—¿Quizás deberíamos mirar hacia delante en lugar de a las nubes? —dijo Rhett, con una risa en el tono de su voz.
Ella sonrió, y un ligero rubor se extendió por sus mejillas. Él siempre lo conseguía, sin importar dónde estuvieran. Eran sus ojos, pensó. O tal vez su sonrisa.
Rhett entrecerró los ojos.
—Deja de mirarme así —dijo entre risas.
El comerciante que los había llevado a Resguardo les había dado el nombre de una posada que era «barata y pintoresca».
El Arco Dorado. Ella no tenía ninguna prisa por encontrarla.
Podría haber vagado por las calles todo el día sin preocuparse por nada.
No estaban tan concurridas como las de Camylin, pero eso era probablemente porque el día apenas había comenzado.
Aun así, mientras el sol matutino bañaba las calles empedradas, Ella casi podía sentir la emoción del día en el aire.
La mágica profusión de olores que flotaba en el aire añadía una dimensión completamente diferente a la ciudad.
Resguardo era famosa por cuatro cosas: sus altas torres, sus muros blancos, sus flores y sus panaderías.
Las dos primeras la convertían en un espectáculo visual; las dos segundas permitían flotar por las calles sobre las olas de aroma.
Los ojos casi se le salieron de las órbitas al pasar frente al escaparate de la panadería más grande que había visto en su vida.
Era al menos diez veces más grande que la de la señora Gourna en Molinar.
Había de todo lo que se le pudiera ocurrir.
Panes, pasteles, tartas, empanadas… La lista era interminable. Le dolía seguir caminando.
Rhett quería llegar primero a la posada y asegurarse de que había habitaciones libres. El verano era una de las temporadas más concurridas en Illyanara para viajeros y comerciantes, pero especialmente en Resguardo, ya que solía ser un punto intermedio para todos los viajes en la provincia.
—Ahí, más adelante. Junto a la carnicería.
Efectivamente, unas seis varas más adelante, a la derecha, estaba la carnicería. Al lado, un gran letrero colgaba sobre el edificio con la inscripción El Arco Dorado impresa sobre la intrincada imagen pintada de un arco en oro y plata.
Tal y como había prometido el comerciante, la posada era un lugar pequeño y encantador.
Era menor que la de Camylin, pero tenía un ambiente mucho más agradable y no había moho en las paredes, lo cual era un punto a favor.
El posadero era un tipo alegre, ligeramente regordete, con la cabeza calva y una sonrisa radiante.
Su delantal blanco estaba inmaculado; no se veía ni una mota de suciedad.
«No creo que le aguante así todo el día».
Para la agradable sorpresa de Ella, no solo tenían habitaciones disponibles, sino que la que les ofreció era encantadora y pintoresca.
Una cama doble de aspecto cómodo se acurrucaba en un rincón al fondo, justo bajo un techo inclinado de madera.
Un pequeño espejo antiguo colgaba de la pared frente a un escritorio de madera ornamentado.
«Perfecto».
Se tiró sobre la cama y cerró los ojos mientras se hundía en el suave colchón. Exhaló satisfecha y volvió a abrir los ojos. Vio a Rhett a su lado con una carta en la mano y una mirada preocupada en el rostro.
—Tengo algo que enseñarte.