De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 21. Cambio de planes #2
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Capítulo 21. Cambio de planes #2

Él y Calen no habían hablado desde que Dahlen había regresado sin Rist. Todos los demás habían notado la tensión entre ellos, se hablara de ello o no.

Calen sabía que era principalmente culpa suya, pero no podía evitarlo.

No estaba seguro de si estaba enfadado con Dahlen o consigo mismo.

Había abandonado a Rist igual que Dahlen.

Tampoco había estado ahí para Haem. Y tampoco había podido ayudar a su familia.

«Ahora no…».

—Puedes ir con ellos, si quieres —le dijo Calen a Dann, tratando de salir de sus propios pensamientos—. Ninguno de los dos hemos estado nunca tan lejos de El Claro, y antes de Camylin, tú ni siquiera habías visto una ciudad. Iría yo mismo de no ser por…

Señaló al dragón dormido que yacía acurrucado sobre la silla de montar.

—No. Acabamos de perder a Rist —añadió ante la ceja interrogativa que Calen acababa de alzar—. No tenemos ni idea de dónde está, y me está matando no poder ir a buscarlo. No te voy a perder de vista. Si te pasara algo, Rist nunca me lo perdonaría, y ya es bastante capullo de normal.

Calen no pudo evitar la risa. Dann siempre había tenido facilidad de palabra.

El viaje por el bosque habría sido silencioso de no ser por sus divagaciones: «¿De dónde vienen los dragones?

», «¿Por qué los elfos tienen orejas puntiagudas?

». O la favorita de Calen: «¿Pueden los magos usar la magia para hacer que la gente sea más alta? ».

Therin no respondió a ninguna pregunta. El elfo parecía un poco perdido en sus pensamientos, pero Calen estaba seguro de haber visto una sonrisa divertida más de una vez. El silencio de Therin no disuadió a Dann, ni siquiera lo hizo vacilar.

—Al final responderás. Sé que lo harás. Soy como la mala hierba: acabaré gustándote.

Calen negó con la cabeza y se echó a reír para sus adentros mientras Dann continuaba.

—¿Puedes dejarte crecer la barba? He oído que los elfos no pueden dejarse crecer la barba.

«Va a ser una noche larga».

—Aquí, este lugar estará bien —dijo Therin al entrar en un pequeño claro de terreno llano.

El bosque no era tan denso como el de Ölm. El aire estaba menos cargado, con un dulce aroma a hojas frescas de pino. El cálido resplandor naranja del sol poniente se filtraba a través de los árboles, altos y esbeltos, creando un entramado de sombras en el suelo.

—Muy bien, mientras preparáis el campamento voy a ver si puedo cazar algo antes de que se ponga el sol del todo —dijo Dann, cogiendo el arco de la silla de montar.

—Gracias a los dioses —suspiró Therin cuando Dann estuvo lo bastante lejos para que no lo oyese—. ¿Es que nunca deja de hablar?

El cambio en el comportamiento de Therin tomó a Calen por sorpresa. Se esforzó por contener la risa mientras desmontaba.

—Espera, ¿por qué no respondiste a sus preguntas?

La mirada de incredulidad en el rostro de Therin respondió a la pregunta de Calen.

—¿Los elfos pueden dejarse crecer la barba?

—Está bien, está bien. Lo entiendo —echó a reír Calen—. Puede ser un poco pesado, pero tiene buenas intenciones.

—Estoy seguro. —Therin tiró las alforjas al suelo y sacó un cuenco y una cantimplora con agua para su caballo.

Calen centró su atención en el dragón. Seguía acurrucado sobre la silla de montar del caballo, con las escamas blancas en marcado contraste con el verde oscuro y el marrón moteado del bosque.

La sensación que había tenido en el fondo de su mente cuando el huevo eclosionó se había vuelto más evidente en los últimos días.

Dormía la mayor parte del tiempo, pero en cuanto abría los ojos, Calen lo sabía.

Cada vez que tenía hambre, lo sabía. Simplemente estaba… allí.

Tal y como había hecho cada vez que se detenían para pasar la noche, deslizó las manos bajo el vientre de la criatura dormida.

Con cuidado de no despertarla, la cogió y la bajó del lomo del caballo, y la acostó sobre unas mantas que había doblado en el suelo.

Las espinas y los cuernos que enmarcaban su cara y le recorrían la espalda eran pequeños y redondeados, pero Aeson y Therin habían insistido en que se alargarían y se afilarían.

—Therin… ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Por supuesto —respondió Therin.

El elfo acababa de terminar de apilar leña para el fuego y estaba sacando un tronco de debajo de un arbusto para usarlo como asiento. Lo colocó en su sitio y se dejó caer sobre él.

—¿Qué querías preguntarme?

Antes de que Calen pudiera responder, el elfo hizo un gesto con la mano y la pila de leña estalló en una llamarada rugiente.

—Eh… —La magia del elfo había sacado a Calen de sus pensamientos—. Lo siento —dijo, sacudiendo la cabeza—. ¿Cómo es que tú y Aeson sabéis tanto sobre dragones?

No era la pregunta candente que quería hacer, pero era un comienzo. El elfo se detuvo un momento.

—Para ser sincero, me sorprende que no hayas hecho más preguntas, pero supongo que has estado ocupado procesándolo todo.

—Therin se acomodó en el tronco—. Cuando alguien está conectado con la Chispa, envejece de forma diferente a las demás personas.

He vivido para ver naciones enteras surgir y caer, y ciudades reducidas a cenizas, solo para ser reconstruidas y arrasadas una vez más.

Muchas vidas. Hace mucho tiempo, cuando la Orden estaba en el apogeo de su poder, los dragones vagaban por estas tierras.

Desde las murallas de Eselthyr hasta las torres de Ilnaen; desde las Montañas Onduladas de Valtara hasta el Mar de Piedra.

»En aquella época, yo era el embajador élfico ante la Orden.

Muchos de los draleid se contaban entre mis amigos más íntimos.

He tenido más de una vida para aprender sobre los dragones, muchacho.

—Therin bajó la mirada hacia el dragón, que se había vuelto a subir al regazo de Calen—.

Aunque hasta la otra noche, nunca pensé que volvería a ver uno.

Al menos, ninguno que me alegrara ver. En cuanto a Aeson, esa es una historia para otro momento.

Calen asintió.

—Mi padre, tú…

El sonido de unos pasos llamó la atención de Calen.

Dann entró en el campamento con dos conejos colgados del hombro, ya despellejados y listos para cocinar.

Calen suspiró para sus adentros, dejando que su pregunta se perdiera en el viento.

Giró la cabeza hacia el fuego y dejó que su mente se perdiera en el caos de las llamas.

—Me temo que no había mucho donde elegir —dijo Dann.

Se arrodilló frente al fuego y preparó el asado. Una punzada de hambre invadió a Calen, casi de la nada. Entonces lo sintió. Bajó la mirada. El dragón estaba despierto. Movía la cabeza somnolienta de un lado a otro, emitiendo un breve chirrido metálico mientras se ponía en pie.

—¡Mierda! ¡La cosa se ha despertado otra vez! —gritó Dann y cayó de espaldas al suelo.

—Eres un crío —dijo Calen. Pasó la mano por la nuca del dragón. Las escamas tenían una textura muy similar a la de una piedra rugosa, pero eran mucho más suaves de lo que Calen había imaginado.

—¿Un crío? —se burló Dann—. Esa cosa se despierta cada vez que traigo comida al campamento. ¡Anoche casi me arranca la mano!

—Pues aprende la lección.

Como para respaldar a Calen, el dragón se enderezó, extendió las alas y lanzó un chillido agudo hacia Dann. Incluso con el tamaño de un perro pequeño, parecía temible.

—¡Oh, vete a la mierda!

Dann cortó la pata de uno de los conejos y la tiró al suelo delante del dragón. Este volvió a chillar y luego sacudió la cabeza de un lado a otro mientras devoraba la carne.

—Pequeño salvaje… —murmuró Dann.

Calen vio a Therin sonriendo con el rabillo del ojo.

Calen tosió mientras tragaba un trozo de pan duro y lo acompañaba con un trago de la cantimplora. La carne de conejo y el pan duro se estaban convirtiendo en la base de su dieta. Era mejor que nada, que era lo que habría comido de haber estado solo.

—Therin, ¿por qué Belduar?

—Belduar ha sido una espina clavada en el Imperio desde la caída de la Orden.

Fue la única ciudad humana independiente en toda Eferia que resistió los avances de Fane.

El rey de Belduar, Arthur Bryne, es, según todos los indicios, un buen hombre.

Es amigo mío y de Aeson, y probablemente una de las pocas personas en las que podemos confiar.

Arthur es quien envió a Aeson a Valacia en busca del huevo. Bueno, supongo que ya no es un huevo.

Therin señaló al dragón. Ahora yacía satisfecho a los pies de Calen, moviendo la lengua de un lado a otro mientras se sacaba trozos de carne de la boca.

—Encontraremos refugio en Belduar —añadió—. Un lugar donde descansar sin tener que mirar hacia atrás cada segundo. Y podremos decidir qué hacer a continuación.

—Entiendo —dijo Calen—. ¿Y después? ¿Cuándo podremos buscar a Rist?

Therin suspiró.

—No lo sé, lo siento. Rist puede tocar la Chispa, eso es indudable.

Probablemente por eso se lo llevó el umbrío, y si ese es el caso, entonces estará de camino a la Atalaya.

Pero adivinar las razones por las que un umbrío haría algo es como intentar atrapar el viento con las manos.

Sirven al dios traidor, Efialtír, así que sus intereses coinciden con los de Fane Mortem. Más allá de eso, sé tanto como tú.

Calen miró a Dann, que estaba absorto contemplando el fuego. Su pecho subía y bajaba con pesadas bocanadas. Therin debió de darse cuenta.

—Si hay algo que el emperador aprecia, es el poder de la magia. Rist estará a salvo. Querrán entrenarlo, reclutarlo, no matarlo. Eso significa que tenemos tiempo. Te dije que no sé cuándo podremos ir a por, y eso es cierto, pero iremos. Te lo prometo.

La conversación dejó un sabor amargo en la boca de Calen. Las palabras de Therin tenían sentido, pero eso no las volvía más fáciles de escuchar. Se quedaron sentados en silencio. El único sonido era el crujir y crepitar de la madera consumida por las llamas.

Los ojos de Dann se movieron rápidamente de un lado a otro al oír los cascos de los caballos que se acercaban al campamento.

—No —dijo Therin cuando Dann fue a por el arco.