Capítulo 21. Cambio de planes
CAMBIO DE PLANES
— B ueno, esto lo cambia todo —dijo Aeson.
El dragoncito seguía acurrucado en el regazo de Calen, durmiendo a pierna suelta con la cabeza en la pierna del joven y dando vueltas y retorciéndose de vez en cuando. Resultaba difícil de creer que pudiera llegar a convertirse en algo parecido a las criaturas de la leyenda.
Los dragones del Imperio no se dejaban ver al sur de Lobregal desde mucho antes del nacimiento de Calen, así que nunca había visto uno en persona, pero se decía de ellos que podían crecer hasta alcanzar el tamaño de un barco, con dientes tan largos y afilados como espadas.
Su fuego podía reducir ciudades enteras a cenizas y convertir naciones en polvo.
Era difícil ver eso en aquellos curiosos ojos color lavanda.
Le llevó un momento asimilar lo que Aeson había dicho.
—¿Qué quieres decir? —respondió, levantando la vista de la pequeña criatura que dormía en su regazo.
—No puedes ir en busca de tu amigo, Calen. Ahora no.
—Eh…
—Calen, mis hijos y yo hemos arriesgado la vida para traer ese huevo a través del océano desde Valacia.
Muchos otros no tuvieron tanta suerte, que Heraya los acoja.
—Aeson apretó la mandíbula, con una mirada inquebrantable en los ojos—.
Ese dragón, y tú con él, sois más importantes de lo que podéis imaginar.
Tenemos que llevarte a Belduar. Es el lugar más seguro en este momento.
El Imperio no puede descubrir que existes.
Un huevo es una cosa, pero un draleid es otra completamente diferente.
No puedes irte a recorrer el continente sin más.
¿Qué crees que pasará si apareces en Gisa u Otoñada con un dragón? Te matarán en cuanto te vean.
A Calen se le hizo un nudo en la garganta. No podía abandonar a Rist. Abandonarlo. Era culpa suya que el Imperio tuviera a Rist. Nunca debería haberlo dejado.
—Iremos a por Rist, pero no ahora. Debemos llegar a Belduar y mantenerte a salvo. Ya viste lo que el Imperio le hizo a tu aldea, a tu familia.
Un escalofrío recorrió la espalda de Calen.
—Puede que esto no fuera tu causa, pero ahora lo es, formas parte de esto. Dijiste que querías venganza por lo que han hecho. No la conseguirás si te clavan un cuchillo por la espalda mientras persigues el viento.
La voz de Dann era probablemente la última que Calen esperaba oír.
—Tiene razón. —Había una mirada solemne en sus ojos—. No es que quiera admitirlo, pero ¿qué podemos hacer si vamos tras Rist? No sabríamos por dónde empezar a buscarlo, e incluso si lo encontráramos, ¿de qué serviríamos contra un umbrío? ¿Contra el Imperio? ¿Qué podríamos hacer?
Calen miró al dragón acurrucado en su regazo. La sensación que le había estado rondando en el fondo de su conciencia no cambió. El dragoncito bostezó dormido, dejando al descubierto hileras de dientecitos afilados como cuchillas.
—Calen. —Desvió la mirada del dragón dormido hacia Therin, que lo miraba fijamente—.
Ahora eres un draleid, una de las vocaciones más sagradas de toda Eferia.
Tu alma está ligada a esa criatura por una magia más antigua que las montañas y los cielos.
Durante casi tres mil años, los draleid y la Orden fueron los protectores de los pueblos libres de Eferia, hasta que los traicionaron aquel que ahora se hace llamar Emperador y sus seguidores.
Aún no comprendes lo que significa ser un draleid, pero se te puede enseñar.
Ven con nosotros a Belduar y ayúdanos a corregir los errores que han devastado estas tierras.
El corazón de Calen desfalleció. No había pedido convertirse en un draleid; era feliz en El Claro.
Soltó un hondo suspiro, como el de quien lleva una montaña sobre los hombros.
Se estaba engañando al pensar que podía decidir; le habían quitado todas la opciones.
Tenían razón, no podía ir tras Rist. ¿De qué serviría?
Nunca lo encontraría. Incluso aunque lograra encontrarlo por alguna intervención divina, no tendría ninguna posibilidad contra un umbrío.
Abatió la cabeza. Miró a la pequeña criatura que acababa de cambiar aún más su vida.
«Y luego estás tú».
—Está bien —suspiró—. A Belduar.
—Entonces está decidido —dijo Aeson—. Tengo un contacto al este de aquí que me debe un favor y debería poder conseguir algunos caballos. Recoged el campamento. El sol saldrá pronto y es mejor que para entonces ya hayamos salido del bosque.
Tardaron tres días en llegar a Resguardo. Sus numerosas torres se elevaban hacia el cielo, y el sol del atardecer se reflejaba en sus tejados de pizarra roja. Calen nunca había visto aquel lugar, pero los narradores ambulantes solían hablar de sus pintorescas murallas blancas y sus extensas calles.
Las enormes torres tenían muros tan gruesos como el brazo de Calen, con amplias plataformas abiertas a cada lado, torres de aterrizaje para los dragones de antaño.
Eso era lo que decían los narradores, aunque Calen tenía la sensación de que quizá se inventaban sus propias verdades para adaptarlas a sus cuentos.
Era otra pregunta más que podía hacerle a Therin.
Miró al elfo, que cabalgaba a solo un par de varas frente a él.
No parecía viejo, tal vez cuarenta veranos.
Claro que Calen nunca había visto a otro de su especie e ignoraba el aspecto de un elfo viejo.
Aeson había dicho que Therin era mago desde mucho antes de que el Círculo de Magii de Berona reclamara ese título.
Eso significaba que tenía al menos cuatrocientos años. No parecía posible.
Entrecerró los ojos para examinar a Therin más de cerca. Como si tuviera ojos en la nuca, este giró bruscamente el cuello. Miró fijamente a Calen, que casi saltó de la silla de montar y giró la cabeza hacia el norte, fingiendo que había estado contemplando los montes Lodhar.
—Creo que estábamos pensando lo mismo —dijo Dann mientras acercaba su caballo al de Calen y le susurraba—. Parece estar en buena forma para ser un saco de huesos andante.
Calen miró de reojo a Therin. Hubiera jurado que acababa de ver al elfo lanzar una mirada de desdén a Dann antes de volver a fijar la vista en el paisaje que tenía delante.
El viaje había sido más largo de lo esperado.
Aeson había decidido que lo mejor era mantenerse alejados de los caminos y los pueblos.
No solo el Imperio los estaría buscando, sino que era difícil no llamar la atención cuando Calen llevaba un bebé dragón en la parte delantera de la silla de montar.
Merecía la pena tomárselo con calma. A Calen no le apetecía encontrarse con más soldados imperiales, no tan pronto, en todo caso.
El dragón no se movía mucho mientras viajaban. Pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, acurrucado en la parte delantera de la silla, en la nuca del caballo, y solo se despertaba para comer.
Calen no tenía ni idea de lo que comían los dragones, pero pronto descubrió que la respuesta era cualquier cosa que hubiera tenido —o aún tuviera— latido.
No comía demasiado de una vez. Trozos de carne de conejo varias veces al día parecían mantenerlo contento, pero Aeson había dicho que eso cambiaría a medida que creciera.
Ya empezaba a parecer más grande. Aeson también había dicho que probablemente dormiría durante la mayor parte de la primera semana mientras iba creciendo, pero que eso cambiaría una vez que tuviera más hambre.
Calen no estaba seguro de dónde provenía el conocimiento de Aeson sobre los dragones, pero parecía no tener fin.
Vio a la izquierda las estribaciones de los montes Lodhar alejándose en la distancia.
Por los mapas que su padre solía enseñarle, sabía que la ciudad montañosa de Belduar se encontraba justo al otro lado de esa cordillera.
Nunca habría creído que llegaría a ver con sus propios ojos la legendaria ciudad que había resistido un asedio tras otro y había repelido a los ejércitos imperiales una y otra vez con catapultas y fuego de dragones.
El mundo ya no parecía el mismo lugar. Todo había cambiado.
Solo unas semanas antes, había pasado sus días ayudando a su padre en la forja, bebiendo hidromiel en El Dragón Dorado con Rist y Dann, y suspirando por Anya Gritten.
Estaba convencido de que no volvería a verla nunca más, ni a nadie de El Claro, en realidad.
El aroma de la madreselva flotaba en su mente mientras recordaba haber bailado con ella aquella noche.
Era un recuerdo que conservaría para siempre.
Miró al dragoncito acurrucado en la nuca del caballo y luego a sus compañeros. Su pasado le parecía irrelevante ahora. No era algo que él hubiera pedido, pero lo había encontrado.
La idea de dejar a Rist, de abandonarlo, seguía pesando en su conciencia. Lo encontrarían tan pronto como pudieran. Simplemente no podían en ese momento.
«Iremos a por ti».
El informante de Aeson en Camylin había mencionado algunos rumores inquietantes sobre un bloqueo lorio en Belduar.
Tras discutirlo un poco, decidieron que solo Aeson y Erik se aventurarían en Resguardo, mientras que Dahlen exploraría las llanuras del norte entre el bosque y Belduar.
Entre todos, lo sabrían con certeza al final del día.
Llevar a un elfo o a un dragón a Resguardo no era una opción, así que Calen y Therin se quedaron para montar el campamento para pasar la noche.
—Muy bien, nos vemos dentro de unas horas. Quedaos dentro de la línea de árboles y no os alejéis. Dahlen, limítate a explorar. No entres en combate.
Aeson asintió a Erik y ambos partieron al galope hacia Resguardo, con las capas negras ondeando al viento mientras cabalgaban.
—Volveré tan pronto como pueda —dijo Dahlen mientras se dirigía hacia el norte, hacia las llanuras.