Capítulo 20. Giro del destino #2
Farda le dio unos momentos para que disfrutara de su nueva riqueza, luego alzó las cejas y señaló hacia la puerta.
El chico captó el mensaje. Metió la bolsa en el bolsillo de la zamarra como un niño hambriento lo haría con una manzana.
Se puso de pie de un salto, se alisó las arrugas de la camisa, enderezó la espalda y levantó la barbilla.
—Gracias, señor.
Farda asintió secamente y se recostó en la silla, dirigiendo su atención hacia el rincón más alejado de la habitación. Cuando el chico estaba a punto de irse, aprovechó la oportunidad.
—Y… Fritz, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Si alguna vez vuelves a entrar en mi despacho como lo has hecho hoy, te cortaré la lengua y la quemaré delante de tus ojos. —Farda esperó a oír el silencio que sabía que seguiría—. ¿Sigues aquí?
La puerta se cerró de golpe, no con ira, sino con prisa.
Farda se permitió una sonrisa de satisfacción y se puso en pie.
Creía saber lo que Rendall veía en el chico.
Fritz Netly era un poco brusco, pero con un poco de trabajo, podría convertirse en un inquisidor medio decente.
Era uno de los pocos trabajos que se adaptaba a un temperamento irascible y una naturaleza sádica.
«El chico encajaría perfectamente».
Soltó un suspiro de alivio mientras tiraba de los hilos del Aire.
Se quitó los brazales, desabrochó las hebillas de la armadura y la arrojó sobre la capa, que yacía cuidadosamente doblada en el largo sofá al final de la habitación.
Se sentó en la cama, cerró los ojos y vació los pulmones en una profunda exhalación.
Sus dedos bajaron hasta la moneda que llevaba en el bolsillo, un hábito que nunca abandonaría.
—¿Qué haces aquí? —suspiró Farda suspiró mientras abría de nuevo los ojos.
La luz de la chimenea se había atenuado, envolviendo la habitación en sombras.
—¿No te alegras de verme? —siseó el umbrío. Se sentó en uno de los sillones de cuero junto al fuego, con la capa que bebía la luz colgada sobre los brazos de cuero.
—Di lo que tengas que decir.
—Las tropas que pediste han llegado y se ha establecido el bloqueo. ¿Estás seguro de que Belduar es su destino?
Había un deje de irritación en la voz del umbrío.
—No —dijo Farda, poniéndose en pie.
Ahora podía ver al umbrío con mayor claridad.
Sus dedos blancos como huesos se aferraban al brazo de la silla y miraba fijamente las llamas rugientes de la chimenea.
Esta tendría que estar bañando la habitación con una luz cálida, pero apenas emitía un resplandor. El umbrío bebía su luz, como siempre.
—Pero el barco en el que los encontramos era narvonano. Y Arthur Bryne es el único que tendría el oro necesario para pagar un barco narvonano. Es la opción más inteligente. De cualquier manera, a partir de ahora necesitaremos más tropas en el sur.
—¿Necesitaremos? No sirvo a tu emperador —gruñó el umbrío.
—¿No? ¿No acabas de informarme como lo haría un mensajero?
Farda no lo vio moverse pero de pronto el umbrío estaba a su lado, los ojos a la altura de los suyos.
—Sirvo al único dios verdadero. Al igual que tu amo. Harías bien en recordarlo. Debería enseñarte a recordarlo.
—Inténtalo. Te arrancaré de ese cuerpo.
—Morirías primero.
—Acogería la muerte con agrado.
Se produjo un silencio mientras los ojos cavernosos del umbrío miraban fijamente a los de Farda.
—No falles —siseó antes de alejarse de Farda y dirigirse hacia la puerta—. Si lo haces, estaré deseando oír tus gritos.
Farda se dejó caer de nuevo sobre la cama. Su corazón latía con un ritmo lento y metódico. No mentía; acogería con agrado la muerte. Pero no era su hora de morir. Se recostó en la cama y volvió a posar el dedo sobre la moneda que llevaba en el bolsillo.
—El destino es mi único amo.
Contemplando las llanuras abiertas de Illyanara, Ella se sentía feliz de haber salido por fin de Camylin.
La ciudad era hermosa, pero no podía escapar de la sensación de malestar que ocupaba su mente cada vez que pensaba en los acontecimientos de la noche anterior.
Se estremeció al pensar en lo que podría haber pasado si aquel desconocido no hubiera aparecido. No quería ni pensarlo.
Además, durante la noche se habían producido disturbios en la ciudad.
Se despertó, bien pasada la medianoche, con el grito de varios hombres y el ruido metálico de las espadas chocando entre sí.
No estaba segura de que le gustaran las ciudades.
Los combates de la noche anterior eran el único tema de conversación en los mercados esa mañana.
—Los rebeldes quieren tomar la fortaleza —oyó susurrar a una mujer a otra.
—No, no. Son espías de Varsund que quieren robar la correspondencia del gran señor —respondió su compañera con un guiño pícaro y un gesto de asentimiento—. Mi Tamwell conoce a un hombre que trabaja con el herrero de la esquina. Es amigo de una criada que sirve al señor Karnel, y ella ha oído cosas.
Fuera lo que fuere, Ella se alegró mucho cuando Rhett le dijo que había un comerciante que viajaba a Resguardo y que los llevaría en su carro por un precio razonable.
Exhaló un profundo suspiro y se acurrucó contra el pecho de Rhett. Él le sonrió y luego volvió la mirada hacia la silueta difuminada de la ciudad, que se había convertido en una mota en el horizonte.
La chica cerró los ojos y respiró hondo de nuevo cuando el carro dio un bote en un tramo especialmente accidentado del camino. Le iba a doler la espalda para cuando llegaran a Resguardo. Estaba casi tan contenta de bajarse del carro como de dejar Camylin.