De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 20. Giro del destino
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Capítulo 20. Giro del destino

GIRO DEL DESTINO

F arda cambió de postura en el sillón de cuero y echó los hombros hacia atrás para suavizar el firme cojín que tenía debajo.

Hizo crujir el cuello a ambos lados y el sonido resultante le proporcionó un breve momento de satisfacción, aunque no le alivió los dolores que le habitaban los huesos, fruto de muchas vidas de sangre y violencia.

Incluso cuando le habían arrebatado todo lo demás, esos dolores permanecían, recuerdo de un tiempo lejano.

Renunció a ablandar el cojín. Se echó hacia delante y apoyó los codos en los brazos de la silla.

La coraza de acero era pesada y las espuelas le irritaban la piel de los brazos.

Estaba harto de ellas y se moría por quitárselas y tirarlas a un rincón, pero necesitaba causar impresión y para ello tenía que soportar un poco de incomodidad.

Se llevó la mano derecha instintivamente al bolsillo del pantalón. Con un dedo recorrió el contorno de la moneda que había dentro.

Habían pasado unos días desde el alboroto en las calles del pueblo.

De haber dependido de él, habría llevado las cosas de otra manera, pero era responsabilidad de Rendall, más bien impulsivo Suponía que la impetuosidad era un rasgo común entre los inquisidores; hacía que la gente proporcionase la información correcta a la primera, porque de lo contrario podría no tener otra oportunidad. Cada método tenía su lugar.

Aun así, no tendrían por qué haber muerto los padres del muchacho. No le parecía honorable usar hilos de aire para inmovilizar a un hombre desarmado y clavarle una espada en el pecho. Pero él no era Rendall, y «el honor no es eficiente», como este había expresado tan elocuentemente.

Farda tampoco era inocente. Había cometido actos que habrían hecho que su yo más joven escupiera sobre su propia tumba, pero eran cosas que había que hacer, que el destino le exigía. Él no era más que un conducto.

Presionó con firmeza el borde de la moneda guardada en el bolsillo, antes de girar las muñecas en círculos, tratando de aliviar los rígidos dolores que sentía. Tendría que ver a un sanador pronto, o podría convertirse en un problema.

Dejó escapar un suave suspiro mientras se recostaba en la rígida silla de cuero. El crepitar de la chimenea llenaba sus oídos. La habitación era sorprendentemente agradable, teniendo en cuenta que estaba en un villorrio al otro lado de las Tierras Calcinadas.

Aunque el posadero se había mostrado bastante reacio a dejarle una habitación, Farda no le culpaba. Ese día habían muerto varios aldeanos. Quizá el arrebato de Rendall había sido inevitable, pero estaba claro que los servidores del Imperio no eran precisamente bienvenidos en El Claro.

Además, al parecer el hijo del posadero se había ido ese mismo día junto con el chico, si los rumores eran ciertos.

Debía de ser uno de los dos que estaban con él en Molinar.

Tal vez valdría la pena investigar a aquellos dos, pero el chico era la prioridad.

Tanto Aeson Virandr como Therin Eiltris habían acudido en su ayuda, lo que era más que suficiente para Farda.

Tenía curiosidad por saber qué hacía al chico tan especial para sacar a esos dos de su escondite.

Si tenía algo que ver con el huevo que habían descubierto en el barco de Aeson, entonces las cosas estaban a punto de ponerse mucho más interesantes.

Un golpe seco en la puerta interrumpió sus cavilaciones.

—Adelante.

La puerta se abrió con un crujido y un soldado asomó la cabeza en la habitación. Farda oyó un graznido en su voz cuando dijo:

—Señor. El…, eh…, el muchacho está aquí, tal y como pediste, señor.

—Pues hazlo pasar —dijo Farda sin siquiera girar la cabeza, con un evidente deje de impaciencia.

Le costaba recordar cuándo había sido la última vez que había dormido. La Chispa solo podía sostenerlo un tiempo limitado. Y la magia de sangre le dejaba un sabor horrible en los huesos.

Incluso sobre la vieja alfombra, los oídos atentos de Farda oyeron claramente los pasos del chico, como si estuviera caminando por el suelo de madera de un templo vacío.

Su ritmo no se ralentizó ni vaciló. No había precaución.

Curioso. Farda había visto a soldados endurecidos por la batalla tartamudear y tropezar con las palabras, por no hablar de los pies, después de ver lo que él podía hacer.

El uso de la Chispa no era común en las tierras del sur.

El emperador se aseguraba de ello, especialmente en aquellos pueblos aislados, donde no era más que una leyenda.

Los magos eran mucho más comunes en Loria, ya que el Círculo de Magii estaba en Berona, pero incluso allá las personas inteligentes sabían que había que tener cuidado al estar cerca de uno.

O el chico era increíblemente valiente o increíblemente estúpido.

Sin decir una palabra, pasó junto a la silla de Farda y se dejó caer con indiferencia en la silla gemela al otro lado de la chimenea.

Tenía un cuerpo fibroso, pero por su porte, Farda suponía que era algo más fuerte de lo que parecía.

Los rasgos eran afilados y angulosos, con una nariz ligeramente ganchuda.

El cabello castaño claro estaba peinado hacia atrás con algún tipo de aceite.

Sus ojos eran astutos. Farda creía que los ojos eran la medida de la intención de una persona.

Sin decir palabra, se dejó caer en el sillón, ignorando las quejas de su espalda al chocar con el rígido cojín. Se hizo el silencio mientras se miraban a los ojos.

Farda tamborileó impacientemente con los dedos en el brazo de la silla.

Empezaba a pensar que el chico iba a resultar un idiota.

O quizá solo necesitaba un incentivo. Alzó una mano y tiró de los hilos del Fuego y el Aire.

La chimenea estalló en un caos de llamaradas.

Llamas naranjas y rojas se retorcían y creaban volutas mientras el fuego triplicaba su tamaño, bañando la habitación con una luz naranja intensa.

El chico casi saltó de su asiento, con el miedo brillando en sus ojos.

«Bien. Quizás no seas tonto del todo».

La mirada del chico iba y venía entre la chimenea rugiente y Farda, quien saboreó ahora un tipo de silencio completamente diferente. Satisfecho, hizo un ruido como si se aclarara la garganta. Su intención era clara.

Los ojos del chico estaban ahora fijos en él; podía ver el nudo en su garganta.

—… Fritz, señor. Fritz Netly —dijo el chaval, moviéndose nerviosamente en la silla.

—Soy Farda Kyrana, justiciador del Imperio lorio.

—Se inclinó hacia delante, apoyando de nuevo los codos en los brazos del sillón de cuero.

A juzgar por la reacción del chico, no se esperaba aquellas las palabras—.

El inquisidor Rendall me dijo que fuiste de gran ayuda para localizar la residencia de Calen Bryer.

Y que quizá podrías ser útil para seguirle la pista.

La ira se reflejó en el rostro del chico al mencionar ese nombre.

«Eso podría ser útil».

—Sí —dijo Fritz—. Señor —añadió casi inmediatamente.

«Bien. Aprende».

—Calen es un cobarde mentiroso y tenemos asuntos pendientes —añadió Fritz. El desprecio ardía en su mirada.

Farda se acomodó en el asiento y entrecerró los ojos.

—Bueno, me alegra saber que nuestros deseos coinciden. Ahora demuéstrame que eres útil. ¿Cómo crees que deberíamos encontrarlo?

Mantuvo la mirada fija en el chico, asegurándose de no apartarla. El chaval se removió en el asiento. Farda creyó ver el momento en que se le ocurrió la idea.

Una sonrisa inquietante se le dibujó en el rostro.

—Su hermana.

—¿Su hermana? —repitió, tratando de que la sorpresa no le asomara a la voz.

Aquella comadreja de Rendall le había asegurado que había interrogado a los aldeanos y que toda la familia del chico había perecido ese día. Al parecer no era tan minucioso como le gustaba creer o subestimaba el desprecio de los aldeanos por el Imperio. En cualquier caso, era un giro interesante.

Rendall podía esperar, pero habría que ocuparse de su incompetencia. Hacía tiempo que tendría que haber aprendido una lección de respeto.

—Sí, señor. Su hermana, Ella. Hay rumores de que se marchó de El Claro la noche antes de su llegada, señor.

A pesar de lo que pudieran pensar, su pequeña aventura con Rhett Fjorn era de dominio público.

Es un pueblo pequeño. Por lo que he oído, Rhett tiene familia en Berona.

Apostaría lo que fuera a que ese es su destino.

Farda dio unos golpecitos con los dedos en el brazo de la silla.

—¿Y eso en qué me ayuda exactamente? ¿Qué me importa la hermana del chico?

—Bueno, señor —dijo Fritz, ganando confianza—, si la encuentras y la capturas, solo tienes que hacerle saber que la espera la horca si Calen no se entrega. Es sencillo, señor.

«El chico no es tonto».

—¿Y estás seguro de que se ha ido a Berona, chico?

—Sí —dijo Fritz, asintiendo—. Al norte, eso seguro, pero yo diría que a Berona.

—Hmmm… —Farda se mordió el labio inferior mientras se le ocurría un plan—. Hay dos puertos en Illyanara desde los que ir al norte. Gisa y Otoñada.

Fritz contuvo una risa.

—¿Gisa? Esas comadrejas no podrían permitirse un billete desde Gisa…, señor.

—No obstante —dijo Farda—, debemos tener en cuenta todas las posibilidades. Enviaré tropas a Gisa y a Otoñada. Acompañarás a los que van a Otoñada, ya que no te convence Gisa. ¿Entendido?

Fritz giró la cabeza, confundido.

—Eh…

Farda lo interrumpió al lanzarle una bolsa llena de monedas.

—Esto es tuyo. El viaje a Otoñada es largo, así que úsalo con prudencia. Habrá más si la traes de vuelta con vida. El capitán Mormun te espera en el salón de abajo. Te presentarás ante él y partirás al amanecer.

Los ojos del chico se iluminaron.

«Probablemente son más monedas de las que ha visto en toda su vida».