De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 19. Vinculado #3
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Capítulo 19. Vinculado #3

Las fisuras en la superficie blindada del huevo se alargaron, extendiéndose desde la punta, como las raíces de un árbol.

Finalmente, un fuerte crujido emanó de la armadura escamosa del huevo.

Un pequeño fragmento se desprendió, cayó por el costado y aterrizó con un tintineo sobre una piedra cercana.

Calen había vivido mucho en los últimos días y sentido emociones a niveles que no creía posibles y hecho cosas que aún le preocupaban, que algún día quizá lo devorasen por completo y a las que tendría que enfrentarse antes o después, quisiera o no.

Pero aquello era… diferente. Tenía la garganta seca y respiraba profundamente. Pequeñas mariposas le revoloteaban en el estómago. Se sentía entusiasmado y aterrorizado de una manera que no podía describir, y no estaba seguro de cuál de las dos emociones era la más intensa.

Se inclinó hacia delante y estiró el cuello para ver mejor el pequeño hueco que dejaba el fragmento de cáscara caída. Una membrana fina y translúcida yacía bajo la cáscara exterior. No había mucha luz, pero estaba seguro de que algo se retorcía en el interior.

La fina membrana se elevó, saliendo de los límites de la cáscara. Se estiró mientras lo que fuera que había dentro intentaba salir a la fuerza. Aparecieron más grietas y se desprendieron más fragmentos a medida que la cáscara blindada cedía ante la vida que había estado protegiendo.

Los ojos de Calen se abrieron de asombro cuando la membrana comenzó a desgarrarse y dio paso a un hocico diminuto y escamoso con dos finas hendiduras a modo de fosas nasales.

Estaba cubierto de minúsculas escamas del tamaño de un pulgar que se entrelazaban entre sí, como las que cubrían el huevo.

Y al igual que estas, eran de un blanco brillante, como la nieve más pura, y se oscurecían en la base.

A medida que el hocico se abría paso fuera de la membrana, Calen se encontró mirando fijamente a un par de hipnóticos ojos de color lavanda pálido.

Brillaban a la tenue luz del fuego, cada uno dividido en dos por una hendidura negra, como los ojos de un kato.

Relucían con inteligencia y quedaron inmóviles un instante mientras lo estudiaban.

La sensación volvió a rondar por su mente, pero esta vez fue diferente, era un rumor de reconocimiento.

Tras el hocico, una cabecita y un cuello emergieron del cascarón, abriéndose paso a través de la fina membrana. La cabeza no era muy diferente a la de un lagarto. Crestas de cuernecitos enmarcaban los bordes del rostro anguloso, recorrían la mandíbula y bajaban por el esbelto cuello.

Le siguieron dos extremidades delanteras, que se liberaron de la membrana y se aferraron al marco agrietado de la cáscara del huevo.

Cuando el dragoncito se liberó del cascarón, Calen vio que los miembros delanteros estaban unidos al torso por una capa de piel fina pero resistente que se extendía hacia fuera al abrir los brazos.

Era del blanco más puro, con vetas negras que se extendían hasta las extremidades delanteras.

Recordaba haber visto una característica similar en los murciélagos que habitaban en algunas de las cuevas cercanas a Molinar.

«Alas».

Una vez que quedaron libres del cascarón, el resto del cuerpo del dragoncito las siguió en cuestión de segundos.

Las patas traseras parecían fuertes y extrañamente musculosas en comparación con las delgadas extremidades delanteras.

En la parte posterior una larga cola afilada se movía de un lado a otro en el aire, rematada en punta, como una lanza con púas.

Dos filas de pliegues carnosos recorrían todo el cuerpo de la criatura, desde la nuca hasta la columna vertebral.

Inclinó la cabeza hacia un lado, con los pálidos ojos lavanda aún fijos en los de Calen. Para ser una criatura legendaria, temida y admirada por tantos, parecía extrañamente… vulnerable.

—Precioso… —dijo Therin. Las palabras sonaron amortiguadas, como si vinieran de debajo del agua.

Calen no podía quitarse de la cabeza una impresión cambiante, pero cada vez más clara. Una necesidad de escapar, seguida de una sensación de reconocimiento, de nostalgia.

De repente, el dragón dio un paso adelante y se puso en pie.

Al principio se tambaleaba y balanceaba de un lado a otro.

Cambió el peso del cuerpo y dejó caer las patas delanteras al suelo para mantener el equilibrio.

No tardó mucho en moverse con confianza.

La satisfacción inundó de calidez lo más hondo de la conciencia de Calen.

El dragón se alejó de los restos del caparazón. Su miedo le decía que corriera, pero algo más le instaba a que no lo hiciera. Una sensación de familiaridad con aquella criatura, de parentesco. No era algo que pudiera explicar. Era como… como si pudiera sentir lo que sentía el dragón.

Este extendió una de la delgadas patas delanteras hacia la rodilla de Calen y la utilizó como palanca para subírsele al regazo.

Era más grande que Faenir de cachorro; medía aproximadamente unos cuatro palmos de la cabeza a la cola.

Girando en círculos, el dragoncito pisoteó aquí y allá, como si estuviera probando la resistencia de las piernas de Calen.

Finalmente, se acurrucó y se enrolló como una bola, apoyó la cabeza y cerró los ojos.