Capítulo 19. Vinculado #2
Calen giró la cabeza para mirar a Therin.
A unos cuatro palmos tras él se encontraban Dahlen, Erik y Dann.
Este parecía tan confundido como se sentía Calen.
En cuanto a Erik y Dahlen miraban a su padre con una expresión impasible en los ojos, aunque, por un segundo, Calen creyó ver un ceño fruncido de irritación en el de Dahlen.
—Así es. Creo que ha llegado el momento.
—¿El momento de qué? —preguntó Calen—. ¿De qué estás hablando?
Aeson miró a Therin y luego miró de nuevo a Calen. Empujó la bolsa hacia él.
—Creo que vas a ser un draleid, muchacho.
Dann y Erik se quedaron boquiabiertos. A Calen se le erizaron todos los pelos del cuerpo. Sintió un nudo en el estómago.
«¿Se ha vuelto loco?».
—Has oído la Llamada, la antigua magia que une las almas. No puede significar otra cosa.
A Calen le costaba articular las palabras:
—¿Cómo…? No puede ser. Hay un error. Te has equivocado.
—No lo creo. —Aeson empujó la bolsa por el suelo, acercándola a Calen—. Ábrela y coge el huevo. Si me equivoco, no pasará nada.
Calen miró fijamente al hombre.
«¿Coger el huevo? ¿Un huevo de dragón? Se ha vuelto loco».
—¿Cómo sabes siquiera…?
—Toca el huevo —interrumpió Therin.
Su voz sonaba firme como nunca antes. Calen dudó un momento, inseguro.
Se dio cuenta de que en realidad, como siempre parecía últimamente, no tenía muchas opciones.
Con extremo cuidado desabrochó las dos hebillas de hierro oxidadas que mantenían la bolsa cerrada.
Estaban rígidas y crujían, pero cedieron ante sus dedos.
El resplandor del huevo no era tan cegador como la otra noche.
La luz del fuego era mucho más tenue y el dosel de las ramas más espeso, lo que bloqueaba gran parte de la luz de la luna.
Aun así, el huevo emitía un resplandor de luz blanca incandescente, lo suficiente para obligarlo a entrecerrar los ojos.
Era de una extraña belleza. Las escamas blancas como la nieve, que se tornaban negras en la base, eran elegantes y agradables a la vista, pero había algo en ellas que las hacía parecer duras, peligrosas. Apartó la mirada del huevo.
—¿Qué hago?
—Tócalo.
Tomó aire muy despacio.
«¿Cómo he acabado aquí?».
Acercó los dedos hasta rozar casi la superficie de las escamas.
Podía sentir algo, como un zumbido constante e invisible que pulsaba en el aire.
Se preparó y extendió los dedos. En cuanto tocó el huevo, todo volvió a su mente.
La voz retumbó como un trueno. Un sonido resonante que resonó en cada recoveco de su mente.
« Draleid n’aldryr ».
Todo lo demás se desvaneció. Solo quedaban él, la voz y el huevo.
Incluso los latidos de su propio corazón parecían pertenecer a otra persona.
La superficie del huevo estaba fría al tacto, como si hubiera estado horas bajo la nieve, una sensación que se extendió por los brazos de Calen, recorriendo su cuerpo y llenándolo de pies a cabeza.
La voz se grabó en lo más profundo de su mente.
«Draleid n’aldryr».
Las palabras se repetían una y otra vez.
Cada vez más fuertes. Cada vez que creía que no era posible, se hacían más fuertes, golpeándole la mente como un tambor de guerra.
La sensación de frío se le acumulaba en el cuerpo como el vapor atrapado dentro de una tetera, incapaz de escapar.
Sentía como si se estuviera convirtiendo en hielo.
«Draleid n’aldryr».
Se repetía una y otra vez, retumbando como un trueno.
« Draleid n’aldryr ».
La sensación de frío se convirtió en dolor. La voz era como un martillo y su mente, el yunque.
— Draleid n’aldryr —aulló.
El huevo estalló en remolinos de fuego rojo anaranjado que serpenteaban a su alrededor y cubrían las manos de Calen.
Las fluidas lenguas de fuego se espesaban al tiempo que se movían, envolviendo el huevo en una capa de fuego rugiente.
En su mente, Calen gritó con todas sus fuerzas, pero nada salió de su boca.
De repente se dio cuenta de que el fuego no le consumía las manos.
No sentía el dolor que debería haber sentido.
La piel no se le desprendía, carbonizándose y crepitando entre las llamas.
En cambio, la impresión fría y helada que había impregnado su cuerpo fue sustituida por una sensación cálida, como si lo atravesara un rayo.
Se sentía fuerte, lleno de energía, como si hubiera estado dormido toda una vida y finalmente hubiera despertado.
Y era extrañamente consciente de… algo. Algo que antes no estaba allí.
Una sensación que le arañaba el fondo de la mente.
Tan repentinamente como habían aparecido, las llamas desaparecieron.
El mundo volvió a la realidad cuando Calen dejó de mantener el equilibrio sobre sus cuartos traseros y cayó de rodillas contra el suelo.
El huevo seguía allí, igual que antes, excepto que ahora se encontraba en un pequeño cráter carbonizado.
El suelo a su alrededor estaba negro como la noche, las ramitas y las hojas quemadas hasta quedar carbonizadas. El olor a ceniza flotaba en el aire.
«¿Qué acababa de pasar?».
Las voces inundaron sus oídos. La de Dann fue la primera en llegar a sus oídos:
—¡Calen! ¿Estás bien? ¿Qué demonios acaba de pasar?
Dann se arrodilló junto a Calen y le agarró las manos para evaluar los daños. Una mirada de total confusión se extendió por su rostro cuando vio que no había ninguna marca.
—¿Cómo es posible, por el Padre…?
—Está hecho —dijo Aeson.
—El primer draleid libre en cuatrocientos años.
La voz de Therin sonaba cálida.
Calen no sabía qué decir. Su mente estaba confusa y su vista borrosa, como si hubiera bebido demasiado hidromiel en El Dragón Dorado.
La sensación que le había estado rondando por la cabeza salió de pronto a la superficie.
Era como una segunda voz en su cabeza, pero no era una voz, en realidad.
Era más bien un sentimiento, o una emoción.
Lo notaba en lo más hondo, pero al mismo tiempo sabía que no era suyo.
Era un impulso de escapar, no un impulso frenético o desesperado, sino decidido.
Oyó a Dann y Erik hablarle, hacerle preguntas, pero no podía entender las palabras. Simplemente, a su mente no le interesaba. Aquella sensación requería toda su atención.
Entonces lo oyó: un crujido agudo, seguido de otro; y otro más. Miró el huevo y enfocó la mirada. Profundas fisuras estropeaban las escamas nacaradas. Se estaba rompiendo.
Se puso de pie de un salto.
—¿Soy yo o ese huevo… está eclosionando?
No oyó a nadie responder. No estaba escuchando. Toda su atención se centraba en el huevo y en aquella sensación en el fondo de su mente. Aquella necesidad imperiosa de escapar.