De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 19. Vinculado
54%

Capítulo 19. Vinculado

VINCULADO

A eson y Erik pasaron la mayor parte de la siguiente hora tratando de explicarle a Calen por qué era una locura ir tras Rist.

—Llegar a Berona es casi imposible —le dijo Aeson—.

El Imperio controla muy de cerca los viajes entre el norte y el sur del continente.

Solo dos puertos de Illyanara hacen el trayecto a Loria, y ninguno de ellos es una opción.

Navegar desde Gisa es imposible a menos que tengas más dinero que sentido común, por no mencionar que tú y Dann destacaríais como un pulgar dolorido entre esa multitud.

Otoñada es peor. Es más barato, sin duda, pero eso se debe a que es un nido de contrabandistas, ladrones y asesinos.

Therin había estado en silencio durante un rato. Había sacado un pequeño cuaderno y una caja metálica con barritas de carbón de la bolsa y había estado dibujando algo. Levantó la vista del cuaderno y lo cerró.

—Aunque lo intentáramos —suspiró—, el viaje a través de la provincia llevaría casi dos meses.

El viaje en barco duraría más o menos lo mismo y luego tendrías que atravesar las Tierras Calcinadas o enfrentarte a la Costa Radiante para llegar a Berona.

Lobregal ni siquiera es una opción. Sería un suicidio.

—Vamos a por Rist. Partimos al amanecer.

Calen no tardó mucho en sumergirse en el mundo de los sueños.

Le dolía el cuerpo en lugares que nunca hubiera imaginado y le latía la cabeza como un tambor.

Aeson había insistido en continuar con sus ejercicios de esgrima aquella noche, independientemente de que Calen se fuese por la mañana.

No se lo puso fácil. Calen perdió la cuenta de los nuevos golpes y moratones que le salieron mucho antes de que dejaran de practicar.

Parecía que Aeson quería dejar claro lo indefensos que estarían si se iban en busca de Rist.

Anhelaba un respiro del mundo físico. Su mente se derritió.

Draleid.

Calen abrió los ojos de golpe. Se incorporó de un salto, con el rostro perlado de sudor.

Sentía más calor que el provocado por las brasas del fuego.

Se secó el sudor de la cara con el dorso de la mano e intentó en vano estabilizar la respiración.

Sus sueños no le proporcionaron el alivio que esperaba.

En cuanto cerraba los ojos, una voz lo atormentaba. Las palabras resonaban en su cabeza, reverberando por todos los pasillos de su mente.

«Draleid n’aldryr».

Una y otra vez, la voz se elevaba hasta alcanzar un crescendo .

La única imagen era la del huevo. El huevo de dragón.

Sus escamas blancas como huesos se desvanecían en un negro sombrío en sus raíces.

Estaba envuelto en columnas de fuego ondulante, pero de alguna manera Calen sabía que estaría frío al tacto.

Sentía que lo llamaba, como un latido que resonaba en la oscuridad, con sus oídos como único destino.

Todos los demás dormían profundamente. El tenue resplandor del fuego iluminaba el subir y bajar de sus pechos mientras dormían. La bolsa estaba junto a Aeson, con el huevo dentro. Calen lo oía resonar.

«Draleid».

¿Estaba perdiendo la cabeza? ¿Qué dirían si les contase que un huevo lo estaba llamando? ¿Que pronunciaba palabras que no entendía y que solo él podía oír?

Miró fijamente el campamento improvisado. Clavó la vista en la gran bolsa de cuero, baqueteada y desgastada por el viaje. Examinó las hebillas de hierro, oxidadas y deslustradas por el aire salino del mar durante el viaje desde Valacia. Más que nada, se quedó mirando lo que contenía.

A simple vista, nadie habría pensado que un recipiente tan anodino pudiera contener algo tan importante.

Según la leyenda, cuando Fane derrotó a la Orden, reunió todos los huevos de dragón que quedaban en las bóvedas bajo Al’Nasla.

Ninguno había eclosionado jamás. El Imperio aún contaba con la Guardia Dragontina y sus dragones, por supuesto, pero no había nacido ni una sola cría en todo ese tiempo.

Era una de las pocas cuestiones en las que todos los bardos estaban de acuerdo.

Calen no había pensado en lo que podría significar para Eferia un dragón que no estuviera controlado por el Imperio lorio. Podría cambiarlo todo.

«Draleid».

«Draleid n’aldryr».

La voz no paraba; bloqueaba todos los demás sonidos.

Las brasas del fuego deberían haber crepitado lentamente, como un río rugiente.

Los árboles, mecidos por la brisa nocturna, deberían haber susurrado al rozar las ramas unas con otras y silbado al ser barridos por el viento.

Debería haber oído a los insectos. Pero no oía ruido alguno, salvo la voz.

«Draleid».

Se cubrió el rostro con las manos. Se pasó los dedos por el pelo y dejó escapar un suspiro.

Le latía la cabeza, como si alguien la estuviera golpeando por dentro con un palo.

Se puso en pie. El dolor en los músculos y la piel en carne viva de los muslos le parecían insignificantes en comparación con el martilleo en la cabeza; era un consuelo, supuso.

No había modo de saber si hacía mucho ruido al caminar por el campamento. La voz lo consumía todo.

«Draleid».

Dormidos, los demás no se movieron, pero era solo cuestión de tiempo que los despertara. No podía concentrarse en nada más que en el huevo.

Se detuvo a un paso del lugar en el que yacía Aeson. Parecía seguir profundamente dormido, pero eso no tranquilizaba mucho a Calen. Había visto lo rápido que Aeson se había puesto en pie cuando Dahlen había entrado tambaleándose en el campamento.

Se agachó y se acercó poco a poco a la bolsa. La voz se hacía más fuerte cuanto más se acercaba a ella. ¿Qué diría si Aeson se despertaba? Dejó que la pregunta flotara en su mente. No tema respuesta. Solo esperaba no llegar a eso.

La voz era tan fuerte ahora que a Calen le costaba concentrarse. Sentía las vibraciones de cada latido del corazón pulsando a través de su cuerpo. Sentía tanto calor que, si no supiera que no era así, habría jurado que estaba ardiendo.

—Lo oyes, ¿verdad?

El corazón de Calen se detuvo. El sonido de la voz que lo llamaba había desaparecido. Su piel se cubrió de un sudor frío.

Aeson tenía los ojos abiertos. Se incorporó con los codos apoyados en las rodillas y miró a Calen a los ojos. Buscando algo.

El joven tenía un nudo en la garganta. Se le erizaron todos los pelos del cuerpo y el miedo lo caló hasta los huesos.

—Eh… Qué…

—Oyes cómo te llama. La voz. ¿Qué dice?

Aeson sonaba tranquilo y sereno, como si no acabara de encontrar a Calen tendido sobre él en medio de la noche, con los brazos extendidos hacia una bolsa que contenía el huevo de un dragón. ¿Cómo sabía lo de la voz?

—Es solo… ¿Cómo puedo oírte? Es… —murmuró Calen.

Era incapaz de formar frases coherentes; incluso le costaba respirar con normalidad. La voz que lo llamaba lo había absorbido por completo, por lo que el simple hecho de oír las palabras de Aeson lo había sorprendido.

—Cálmate, muchacho. No te pasará nada, no estoy enfadado.

En cuanto a que puedas oírme, es un pequeño truco mío.

Se llama protección. Te lo explicaré en otro momento.

Ahora mismo te basta con saber que nadie fuera de este círculo —trazó con la mano un círculo imaginario de media vara de diámetro— puede oír nada de lo que digamos.

También tiene el efecto secundario de bloquear la voz que has estado oyendo, por eso ahora puedes oírme hablar.

Calen se quedó allí sentado, estupefacto.

—No estoy enfadado —repitió Aeson—. Pero si te quedas ahí sentado, mirándome con la boca abierta, puede que sí me enfade.

Calen tenía la garganta seca. Tragó saliva.

—No… no sé qué es. Solo dice palabras que no entiendo. Creo… ¿Es el huevo?

Si eso le decía algo a Aeson, no lo demostró. Su rostro permaneció tan impasible como siempre.

—¿Qué dice?

—« Draleid… n’aldryr ». —Los nervios de Calen comenzaron a calmarse.

—Ya veo.

—¿Sabes qué significan esas palabras?

—Sí. —Aeson asintió lentamente—. Son palabras de la lengua antigua, Calen. « Aldryr » significa fuego. Y «draleid»… Bueno…, esa palabra deberías reconocerla. Has oído suficientes historias de Therin, ¿no?

Calen asintió, inclinando la cabeza. La palabra le sonaba, pero no conseguía ubicarla. Era como si tuviera un bloqueo mental.

—Deberías conocer de sobra la palabra «draleid».

Significa «ligado al dragón». Era el nombre que se daba a aquellos cuyas almas estaban unidas a la de un dragón por una magia más antigua que el tiempo mismo.

La Guardia Dragontina del Imperio fue conocida en su día como draleid, pero han deshonrado ese nombre.

Así que la expresión « Draleid n’aldryr » significa poco más o menos «ligado al dragón por el fuego».

—Ya… —susurró Calen, mientras los recuerdos le inundaban la mente.

No podía entender cómo había olvidado la palabra. En todas las historias de Therin sobre la caída de la Orden, la traición de Fane Mortem y el auge del Imperio… Los draleid aparecían siempre en ellas.

—A veces, la Llamada puede nublarte la mente. Suele ocurrir a menudo.

—Ya me acuerdo. Alvira Serris era una draleid.

—En efecto. Una de las más grandes que jamás haya existido.

—Pero… ¿qué tiene que ver todo esto conmigo?

Aeson se detuvo y miró fijamente a Calen. Se giró, agarró la bolsa con ambas manos y la colocó entre él y Calen.

—Calen, voy a bajar la protección. Therin está despierto y siento que la está sondeando.

—¿Therin? ¿Qué quieres decir?

—Therin es un mago, Calen. Uno muy poderoso. De una época muy anterior a que el Círculo de Magii reclamara ese título.

Calen no sabía qué decir. Probablemente debería haberlo esperado. Todo su mundo se había puesto patas arriba en cuestión de días. ¿Qué importaba una cosa más?

«Therin es un mago».

—Eh…

La voz de Therin interrumpió a Calen.

—Veo que finalmente has decidido dejarnos entrar.