De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 18. Grietas
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Capítulo 18. Grietas

GRIETAS

—¿ C alen? —repitió Dann, levantando las cejas—. Te he preguntado si estabas bien.

Calen meneó la cabeza, intentando despejar la mente.

—Sí. Me quedé ensimismado mirando el fuego.

—Ten cuidado. Si miras demasiado tiempo el fuego, te consumirá. O, bueno, al menos eso es lo que siempre decía papá. Sé que es imposible que estés bien. Estos últimos días han sido una locura. Especialmente…

Dann dejó la frase en el aire y sus ojos se volvieron pesados.

Calen soltó el aire por la nariz y volvió a centrar la atención en el fuego.

Lo invadió de nuevo aquella sensación, como si el corazón estuviera a punto de caerle al regazo.

Lo ocurrido aún no le parecía real y haría todo lo que estuviera en su mano para que siguiera siendo así.

Toda su familia desaparecida. Una parte de él albergaba la esperanza de que Ella no estuviera en la casa, pero sabía que solo se estaba engañando.

—Volverán pronto.

Calen no había oído acercarse a Erik; el crepitar del fuego cubría sus pasos. Se sentó en un tronco junto a Calen y Dann, luego abrió la bolsa y sacó dos pequeños envoltorios de tela.

—Dahlen verá la señal que le dejamos.

Dentro del primer envoltorio había tiras de carne seca. Les tiró algunas a Calen y Dann, quienes le dieron las gracias con avidez.

—Esperad. Hay pan para acompañar. Está un poco duro, pero es mejor que nada.

Dann miró a Erik con aire de disculpa mientras se comía la mitad de su carne seca de un bocado. Extendió la mano para coger un poco de pan. Calen le dio las gracias a Erik y los tres se sentaron en silencio mientras comían.

Mientras luchaba con el pan duro, parecido a la corteza de un árbol, Calen se dio cuenta de que hacía bastante que no comía. No había almorzado el día anterior y tampoco había comido nada en El Reposo del Viajero. Su estómago rugió. Se tragó el resto del pan y la carne seca sin quejarse.

Se dejó llevar por los ruidos del bosque mientras el grupo esperaba a que Dahlen y Rist aparecieran entre los árboles.

El canto de los pájaros chocaba con el incesante zumbido de los insectos; las hojas susurraban cuando la brisa nocturna rozaba los árboles; un arroyo cercano murmuraba.

Aunque nada de eso podía competir con los ronquidos atronadores de Therin.

Era peor que Dann. Llevaba durmiendo desde que habían montado el campamento, lo que no sorprendía a Calen.

Cuando lo encontraron esperándolos a la entrada del túnel a las afueras de Camylin, parecía a punto de caerse del caballo.

Nunca había visto a nadie con ese aspecto.

Era casi antinatural. Tenía profundas ojeras, le costaba respirar y la piel, ya de por sí pálida, parecía porcelana.

Era como si le hubieran arrancado la energía del cuerpo a patadas y gritos.

Aeson se sentaba tras Therin, la espalda apoyada contra la base de un árbol. La bolsa que protegía el huevo estaba en su regazo y pasaba ambos brazos alrededor. Tenía los ojos cerrados, pero Calen estaba seguro de que no estaba dormido. Nunca parecía bajar la guardia.

Se volvió hacia el fuego al tiempo que metía las manos en los bolsillos de la zamarra.

Fue entonces cuando la notó. Era la bufanda que le había comprado a su madre en Molinar.

No necesitaba sacarla para verla. Rojo otoñal.

Enredaderas doradas y crema entretejidas en una pauta de hojas mecidas por el viento.

Se le erizaron los pelos de la nuca y sacó las manos de los bolsillos.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y todo volvió a pasar por su mente.

El cuerpo sin vida de su padre, inmóvil, la tierra apisonada manchada de sangre.

Su madre sollozando. Su casa en llamas. Los gritos.

Se le revolvió el estómago. Le temblaban las manos.

«No. Ahora no».

Dann se puso de pie de un salto y cogió el arco. Preparó una flecha antes de que Calen pudiera girar la cabeza.

—Dann…

—Silencio —susurró este.

Entrecerró los ojos para intentar ver más lejos en la oscuridad del bosque. Calen siguió su mirada, pero no vio más que la bruma de la noche, espesa como un mar infinito de árboles. Entonces lo oyó. Alguien o algo se abría paso entre la maleza en el extremo norte del claro.

Aeson abrió los ojos. Se puso de pie, se colgó la bolsa a la espalda y desenvainó las espadas. Therin se unió a él, con el cansancio aún reflejado en el rostro.

—Vivo de día y muero de noche. Puedo volar, puedo caminar y puedo nadar, pero no me mojo. ¿Qué soy? —Se oyó una voz desde la espesura.

Erik lanzó una pregunta con la mirada. Aeson respondió con un gesto de asentimiento. Fue Erik quien habló.

—Eres la sombra de un pájaro —respondió, con una risa al final de sus palabras—. ¡Ahora ven aquí, hermano!

Dahlen entró tambaleándose en la luz del fuego. Cojeaba de la pierna derecha. Tenía algunos cortes y moratones en la cara, y su ropa estaba cubierta de sangre seca.

—Lo han conseguido… —murmuró Calen, con una amplia sonrisa en el rostro.

«No puedo perder a nadie más».

Erik abrazó con fuerza a Dahlen, luego se apartó y lo agarró por los hombros, revisándolo en busca de heridas.

—Bueno, no te lo has puesto fácil, ¿eh? —Se echó a reír—. No te preocupes. Te enseñaré un par de cosas.

—¡Vete a la mierda! —espetó Dahlen.

Aeson guardó las espadas en las vainas y sonrió. Asintió con aprobación a Dahlen, quien le devolvió el gesto.

—¿Dónde está Rist? —preguntó Dann en tono seco.

Miró fijamente hacia la oscuridad. Dahlen no respondió, pero su expresión facial cambió. Calen contuvo un escalofrío.

«Rist no. Por favor, Rist no».

—Lo siento —dijo Dahlen con voz apagada. Miró fijamente al suelo—. Hice todo lo que pude. Luchamos para abrirnos paso. Se defendió bien, pero…

—¿Qué pasó? —gritó Calen.

Su propia ira lo tomó por sorpresa. No se había dado cuenta de que se estaba acumulando.

—Un umbrío, creo. No pude hacer nada, le clavé la espada en el corazón, pero no sirvió de nada. Se limitó apartarme de un empujón.

La voz de Dahlen sonaba ausente y sus ojos suplicantes.

—¿Un umbrío? ¿Qué demonios es un umbrío? —preguntó Dann.

—¿Qué haría un umbrío en Camylin? —dijo Aeson, ignorando la pregunta de Dann.

—Vino por el huevo, creo —respondió Therin. Todas las cabezas se volvieron hacia él—. Me lo encontré de camino a La Hoja Marchita. Tenía soldados a sus órdenes. Apenas pude escapar. Sabía que estabas en Camylin, así que tenía que ser por el huevo.

—Que le den al huevo —dijo Calen. Un escalofrío le recorrió el cuerpo mientras se acercaba un paso a Dahlen—. ¿Dónde está Rist?

Durante unos instantes, se hizo el silencio.

—Se lo llevó.

—¿Se lo llevó? —repitieron Dann y Calen al mismo tiempo—. ¿Qué quieres decir con que se lo llevó?

Dahlen asintió solemnemente.

—No pude hacer nada. Me lanzó a un lado como si fuera un juguete. Me dejó inconsciente y, cuando recuperé el conocimiento, ya se había ido, y Rist también. Yo…

—¿Lo abandonaste?

Calen se abalanzó sobre Dahlen y le dio un empujón en el pecho, haciéndolo tropezar y retroceder. Un zumbido se apoderó de la parte posterior de la cabeza de Calen y fue volviéndose más fuerte hasta alcanzar un crescendo que intentaba superar los latidos de su corazón.

La mirada vacía de Dahlen dio paso a la ira.

—Vuelve a hacer eso y te tumbaré de espaldas. Siento que se lo llevara, pero no pude hacer nada.

—¿Lo dejaste allí, solo? —gritó Calen, los ojos a la altura de los de Dahlen—. ¡Eres un cobarde! ¡Huiste cuando te necesitaba!

Volvió a empujarlo, la sangre hirviéndole en las venas. Dahlen trastabilló durante medio segundo, luego clavó el pie trasero en el suelo. Giró y le dio un puñetazo en la nariz a Calen. Un dolor agudo lo invadió, seguido de un golpe seco cuando cayó al suelo.

—Al menos yo estaba allí. ¿Dónde estabas tú? —preguntó Dahlen, de pie sobre él.

Con la cabeza aún dando vueltas, Calen se puso en pie de un salto, consumido por la ira. Antes de que pudiera reaccionar, Dann le rodeó el pecho con el brazo.

—Déjalo estar, Calen. No es el momento.

—¿Que lo deje pasar? —se burló Calen, limpiándose la sangre que le goteaba de la nariz—. ¡Dejó que se llevaran a Rist! ¡Lo abandonó, Dann!

—Lo sé. —Dann agarró a Calen por los hombros, juntó las frentes de ambos y lo miró directamente a los ojos—. Y lo encontraremos, Calen, pero ahora no es momento de pelear…, ¿de acuerdo?

Las manos de Calen temblaban. Respiraba con agitación y el corazón le latía con fuerza. Suspiró y su voz se redujo a un susurro.

—No debería haberlo dejado, Dann. No debería…

Dann suspiró y abrazó a Calen con fuerza.

—Lo sé, yo tampoco.

—Eso no era necesario —dijo Aeson, volviéndose hacia Dahlen.

Dahlen se mostró incrédulo:

—¿Qué? Me empujó. Solo…

Aeson alzó la mano, se dio la vuelta y se sentó de nuevo. Se puso la bolsa en el regazo una vez más, como si nada hubiera pasado.

—Ven, hijo. Cuéntanos qué ha pasado y decidiremos qué hay que hacer. Dann, ¿podrías ver si hay algún conejo atrapado en las trampas que colocamos antes? Creo que a todos nos vendría bien un poco de carne fresca.

Dann respiró hondo y se apartó de Calen.

—Sí, claro. —Cogió el cuchillo y un trozo de cuerda, y luego puso la mano sobre el hombro de Calen—. Vamos, ven a ayudarme con las trampas.

—Creo que…

—Calen, ayúdame con las trampas.

Dann tenía razón. Las emociones de Calen estaban a flor de piel.

En un momento se sentía como si estuviera en el fondo de un pozo oscuro sin ayuda a la vista; al siguiente, como un toro suelto en un mar rojo.

Nunca se había enfadado tan rápido. No debería haberse abalanzado sobre Dahlen, aunque jamás lo diría en voz alta.

La idea de perder a Rist lo hacía explotar.

Tenían que recuperarlo, costase lo que costase.

La mayoría de las trampas estaban vacías, pero los cuatro conejos que encontraron colgados de las patas traseras serían suficientes para una exigua cena para el grupo. Era mejor que nada, mejor que pan duro y carne seca en cualquier caso.

Dahlen estaba terminando su historia cuando Calen y Dann regresaron al campamento. Aeson escuchaba atentamente y se acariciaba la barba salpicada de canas, con la mirada fija en algo en el oscuro dosel que se extendía sobre ellos.

—¿Dijo algo sobre por qué quería a Rist? —interrumpió Therin mientras se ponía en pie.

—No —Dahlen suspiró y negó con la cabeza—. Solo que era… interesante.

Erik hizo un gesto a Calen y Dann para que se unieran a ellos.

—Seguid —dijo Dann—. Voy a despellejar estos y prepararlos para ponerlos al fuego antes de sentarme. Me rugen las tripas. Me enteraré de todo.

Calen asintió y se sentó en el suelo junto a Erik.

—¿Interesante? —preguntó Erik.

Aeson y Therin intercambiaron una mirada de reconocimiento.

—Rist está conectado con la Chispa —respondió Therin—. Tiene el poder de ejercer la magia. Y si lo que percibí inicialmente sirve de referencia, tiene el potencial de ser bastante poderoso.

Calen lo miró con incredulidad, incapaz de evitar que se le abriera la boca.

«¿Rist? Rist es…».

—¿Rist es un mago? —exclamó Dann, atónito, mientras despellejaba uno de los conejos.

Calen no sabía qué decir ni qué pensar. Rist había sido uno de sus mejores amigos desde que tenía uso de razón.

Lo hacían todo juntos; no podía ser un mago.

Los magos, o al menos las personas que podían usar la magia, eran cosa de cuentos de hadas.

Eran los héroes y villanos de las historias de Therin.

Therin. Alguien que tampoco era quien Calen creía que era.

—¿Cómo lo recuperamos? —La voz de Dann rompió el silencio que resonaba en la mente de Calen.

—No estoy seguro de que eso sea posible —respondió Aeson con tono neutro—.

Si ese umbrío trabajaba con los soldados lorios, llevará a Rist a la Atalaya de Berona.

Ahí es donde los inquisidores llevan a todos los jóvenes que pueden manejar la Chispa.

Si es lo bastante fuerte, lo admitirán en el Círculo de Magii.

El Imperio no dejaría libre a alguien con su potencial.

Y, a menos que me equivoque, nadie aquí está en posición de ir a la Atalaya y exigir que lo liberen.

—Pero… —La voz de Calen sonaba frágil, incluso para sus propios oídos. La impotencia invadió todo su cuerpo. No podía dejar que ese sentimiento lo consumiera. No lo permitiría—. No.

—Calen, lo siento de verdad, pero Aeson tiene razón. No podemos ayudarlo. Al menos, todavía no. —Los ojos de Therin mostraban una preocupación genuina.

—¡No puedo dejarlo así! —gritó Calen. El ardor en sus venas hizo que su voz se elevara un poco más de lo que pretendía—. No… no puedo abandonarlo. Él nunca me abandonaría. Dann, el equipaje. Asegúrate de que lo tienes todo.

Dann había permanecido en silencio durante los últimos minutos, algo poco habitual en él. Levantó la vista de sus pies cuando Calen habló.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Nos vamos a Berona. Vamos a buscar a Rist.