De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 17. Divididos #3
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Capítulo 17. Divididos #3

Dahlen se detuvo en seco. El impulso del cuerpo inerte de Rist casi los derribó a ambos. Dahlen se giró para encontrar el origen de la voz, que parecía provenir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.

—¿Qué voy a hacer contigo, niño? No tienes lo que vine a buscar, pero lo que llevas contigo es… interesante.

La voz se apagó, siseando como una serpiente.

—¿Quién eres? —gritó Dahlen, el pánico reflejado en su voz.

Era como si la noche se hubiera vuelto más oscura y la luz se fuese apagando por el borde de su visión. Inmediatamente miró hacia el cielo, pero vio la luna tan clara como el día. Se le erizaron los pelos de la nuca.

—Te propongo un trato.

La voz sonaba ahora tras él. Se giró tan rápido como pudo y vio a un individuo detenido en medio de la calle, a pocas varas de distancia.

Parecía un hombre, aunque la túnica negra con capucha daba la impresión de ser más oscura que las profundidades de cualquier sombra, casi como si absorbiera la luz del aire.

En marcado contraste con aquel negro devorador, la túnica estaba decorada con trazos de pincel en espiral de un azul vivo.

Cuanto más se fijaba en ella, más se esforzaban los ojos de Dahlen, y una sensación de malestar le iba creciendo en las entrañas.

El rostro del desconocido habría parecido tan normal como cualquier otro de no haber sido por su piel casi translúcida, como una fina lámina de pergamino estirada sobre una vela.

Sus labios eran finos y quebradizos, y el rojo habitual había sido sustituido por un azul gélido.

Dahlen dejó escapar un grito ahogado cuando su mirada se posó en los ojos del desconocido.

Eran tan negros como el alquitrán; sintió que si los miraba fijamente durante mucho tiempo podrían arrancarle el alma del cuerpo.

Los labios finos como agujas comenzaron a moverse.

—Bueno, ¿ya has terminado de mirarme?

La voz de Dahlen se le atragantó en la garganta.

—Te propongo un trato, chaval. Porque este mundo puede ser terriblemente tedioso si sigues las reglas. —Sus labios atenuados se torcieron en algo parecido a una sonrisa—. Dame al chico. Me ocuparé de él y podrás seguir tu camino. Es tan sencillo como liberarte de una carga.

Dahlen tardó un segundo en comprender exactamente lo que había oído.

«¿Entregarle a Rist?».

Lo había conocido hacía pocos días, pero ¿abandonarlo? No, aquello no iba con él. Además, no tenía ninguna duda de que, fuera lo que fuera lo que aquel tipo fuese a hacerle a Rist, no sería por su bien.

Se armó de valor, luchó contra el nudo que tenía en las tripas y obligó a su boca a obedecerle.

—No puedo —dijo con mucha más fuerza de la que sentía.

El otro se echó a reír. Al menos Dahlen pensó que era una risa. Sonaba como el rugido de un lupino cuando se siente amenazado.

—Esperaba que esa fuera tu respuesta. El camino difícil es siempre más entretenido.

Movió la mano en un arco y una fuerza invisible golpeó a Dahlen de pies a cabeza, lo dejó sin aliento y lo lanzó contra una pila de cajas de madera. Le daba vueltas la cabeza. Creía que no había ni una sola parte de su cuerpo que no le doliera. Se puso de rodillas, jadeando.

Los pasos del encapuchado resonaron en las calles. Dahlen siguió el sonido y lo vio de pie junto al cuerpo tendido de Rist, con la túnica ondeando al viento.

Se llevó la mano al hombro y sintió alivio al notar el tacto de las empuñaduras de las espadas. Le preocupaba haberlas perdido al salir volando por los aires. Solo iba a tener una oportunidad.

Hizo acopio de sus últimas fuerzas. Con un movimiento fluido, se puso en pie y desenvainó una espada.

Cubrió la distancia que lo separaba del encapuchado de un solo salto y se lanzó contra él.

Le atravesó el pecho con la espada; la hoja traspasó la capa como si no existiera, cortando la carne del desconocido.

Dahlen sintió alivio a verla salir por el otro lado, justo donde se suponía que estaba el corazón. Nadie podía sobrevivir a eso.

Se derrumbó de rodillas, incapaz de mantenerse en pie. Subía y bajaba el pecho, esforzándose por llenar los pulmones. Necesitaba descansar, así que relajó los músculos.

El sonido áspero de una espada deslizándose fuera de la carne hizo que Dahlen soltara un suspiro de derrota.

«No. No es posible».

Alzó el rostro y vio su espada salir por sí misma de la espalda del encapuchado. La observó flotar en el aire sobre su cabeza. No había ni una sola gota de sangre en la hoja. El corazón le dio un vuelco; se le secó la garganta como si se la hubiera frotado con algodón.

«¿Qué es esta criatura?».

Volvió a oír aquella risa lobuna.

—Los humanos nunca aprendéis, pero me gustas. Te dejaré vivir.

La voz de la criatura sonaba como piedras irregulares que chocasen entre sí. Mientras se le acercaba, Dahlen vio que Rist seguía tirado en el suelo a poca distancia.

—Pero no puedo dejar tu comportamiento sin castigo —siseó el encapuchado.

Antes de que Dahlen pudiera comprender lo que estaba pasando, salió disparado por los aires, zarandeado como un muñeco de trapo. Sintió que su espalda chocaba contra algo duro. Una pared.

Todo se volvió negro.