De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 17. Divididos #2
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Capítulo 17. Divididos #2

Dann lo siguió por las escaleras; volvió la cabeza, tratando de encontrar algo de luz.

Aeson le indicó a Calen que fuera el siguiente y luego pasó el último, cerrando la puerta tras de sí.

Estaban totalmente a oscuras. Calen tuvo que bajar las escaleras a tientas, con una mano recorriendo la húmeda pared de piedra y la otra en la barandilla astillada.

El fuerte olor a moho y madera podrida le invadía las fosas nasales.

—¿De qué conocéis este lugar? —preguntó Dann.

—Oliver es un contacto nuestro. Su abuelo construyó este túnel hace mucho tiempo. Lo utilizaba para introducir de contrabando sangre de altweid en la ciudad.

—¿Sangre de altweid? He oído que esa sustancia puede hacer milagros. Es una pena que sea ilegal.

—Así es. Con solo unas gotas, he visto a hombres reponerse de heridas a las que no tendrían que haber sobrevivido.

La madre de Calen había mencionado la sangre de altweid antes; se fabricaba con pétalos de esa flor, molidos y mezclados con agua, y el Imperio la había prohibido en el sur. Calen había oído rumores de viajeros de que no era así en el norte.

—Padre, ¿podrías darnos algo de luz?

«¿Darnos algo de luz?».

Calen oyó un gruñido vacilante de Aeson.

—Creo que ya hemos pasado la fase de los secretos, y no quiero tropezar con algo en este túnel húmedo. Tenemos un largo camino por delante.

Aeson respondió con otro gruñido.

—¿Cómo esperas que…?

Las palabras de Dann se vieron interrumpidas cuando pequeños fragmentos de luz se encendieron frente a Aeson, fusionándose en un pequeño orbe. Flotaba en el aire, iluminando el túnel con una clara luz blanca.

—¿Qué es eso, en nombre de la Madre y el Padre? —exclamó Dann, pegando la espalda a la pared de piedra cubierta de musgo del túnel.

—Cálmate, chico —dijo Aeson. Sonaba impaciente—. Es un baldír. Haz tus preguntas cuando hayamos llegado sanos y salvos a La Hoja Marchita. Por ahora, acéptalo sin más.

Dann abrió la boca, pero la volvió a cerrar. Calen lo vio en sus ojos; su mente iba a mil por hora. Igual que la de Calen.

«¿Magia? ¿Auténtica magia?».

Parecía casi aceptable que un gigante pudiera usar magia, pero no un hombre. Cien preguntas llevaron a otras cien. Las reprimió.

Con la luz pudo ver que el túnel apenas tenía una vara de ancho en ningún punto.

No parecía que lo hubieran usado en varios años.

El musgo cubría las paredes, con alguna que otra piedra asomando aquí y allá.

Las vigas de madera que le servían de soporte parecían a punto de derrumbarse en cualquier momento por la podredumbre.

Caminaron en silencio durante lo que parecieron horas acompañados tan solo del chapoteo del barro blando bajo los pies y del chirrido de las ratas, que apenas percibían a los intrusos en su hogar.

Una pérdida repentina de luz indicó el final del túnel, ya que el orbe desapareció.

Rápidamente se vio reemplazado por un rayo de luz de luna, que fluía desde el hueco de la trampilla que Erik acababa de abrir.

—Aquí no hay escaleras. Tendremos que trepar —susurró.

Un fuerte soplo de aire le indicó a Calen que acababa de seguir sus propias instrucciones. Sintió un ligero alivio cuando se impulsó y salió del túnel. Era agradable tener suficiente espacio para estirar los brazos sin tocar la roca húmeda.

—No es momento de detenerse. Tenemos que llegar a La Hoja Marchita. Therin nos estará esperando allí, y es allí donde se dirigirán los demás.

—¿Los demás?

Todos giraron la cabeza y vieron a Therin desplomado sobre su caballo a unas seis varas de distancia. Tenía ojeras y parecía a punto de caerse de la silla de montar.

Dahlen blandió una espada hacia arriba y bloqueó el golpe descendente del soldado, para a continuación clavar la otra hasta el fondo en el vientre de su oponente.

«Uno más para los dioses».

Ignorando los dolores en los hombros y la espalda, miró a Rist. El chico no era tan inútil como había pensado al principio.

Dos cadáveres yacían a sus pies y se defendía contra un tercer atacante.

Pero parecía cansado, mucho más de lo que Dahlen habría esperado.

Se le encorvaba la espalda por el peso desconocido de la espada, sus pasos eran pesados y tenía los ojos algo vidriosos.

No iba a aguantar mucho más. Un grito feroz llegó desde la izquierda de Dahlen.

Esquivó el golpe por los pelos. Al hacerlo, extendió el pie y envió al soldado rodando por la escalera de piedra hacia la izquierda.

Tardaría en levantarse.

Sin dudarlo, se abalanzó sobre el hombre que estaba atacando a Rist. Se agachó a medias y lo golpeó con fuerza en las costillas, enviándolo contra la pared de piedra que tenía a la espalda.

Lanzó luego una estocada hacia arriba y la hoja se hundió en la mandíbula de su oponente.

El soldado se desplomó, deslizándose por la pared como un caracol mientras Dahlen sacaba la espada.

—¿Estás bien? —le preguntó a Rist, que intentaba llenar sus pulmones de aire.

La embestida lo había golpeado casi tan fuerte como al soldado y tenía los ojos pesados. Cayó de rodillas y soltó la espada. El sonido del metal contra la piedra resonó en la calle, inquietantemente silenciosa.

—¡Mierda! —Los músculos de Dahlen gritaron en señal de protesta mientras saltaba para sostener los hombros caídos de Rist—. Rist, mírame. ¿Estás herido?

Revisó el cuerpo de Rist en busca de heridas. La confusión se apoderó de él cuando no encontró ninguna.

—No…, estoy bien. Pero débil. No puedo controlarlo.

Rist apenas podía respirar. Tenía ojeras y Dahlen habría jurado por los dioses que estaba mucho más pálido que antes.

—¿Que no puedes controlar qué? —preguntó Dahlen.

Empezaba a recuperar el aliento, pero con él, la rigidez se empezaba a adueñar de sus articulaciones. No podía esperar la respuesta. Tenían que moverse; podía oír más gritos que se acercaban.

—¿Puedes andar?

Rist no respondió. Miraba fijamente a lo lejos, los párpados caídos y la boca abierta. Dahlen estaba seguro de que si lo soltaba se derrumbaría. Tenía los ojos abiertos, pero estaba perdido en un sueño.

«¿Qué le pasa?».

Pasó el brazo bajo el de Rist y lo rodeó por la espalda.

Intentó ponerlo en pie; el cuerpo le gimió de dolor y el cambio de equilibrio estuvo a punto de hacerlos caer a ambos sobre los adoquines.

Trató de mantener erguido el peso muerto de Rist y aguantó como pudo el dolor de rodillas.

Los últimos días le estaban pasando factura. Necesitaba dormir.

—No estamos lejos, Rist. —Lanzó un hondo suspiro mientras luchaba por poner un pie delante del otro—. Hay más de un túnel para salir de esta ciudad —murmuró para sí mismo.

Torció el gesto mientras movía los hombros, cambiando el peso de Rist a una posición más cómoda.

«Podría ser peor. Al menos es capaz de mover los pies por sí mismo».

Estaba bastante seguro de que iban por el camino correcto, pero era difícil saberlo.

En realidad, nunca había cruzado el túnel bajo La Cabra Ciega.

Su padre solo les había dejado usar el que había bajo Oliver, pero lo más probable era que el resto de las rutas para salir de la ciudad estuvieran vigiladas, así que aquella era su mejor opción.

Dejó escapar un leve gemido y volvió a mover los hombros.

Las piernas le empezaban a fallar y el peso de Rist no disminuía, precisamente.

Una brisa silbaba por las calles vacías mientras la pareja avanzaba cojeando, con Rist apenas consciente.

La pálida luz de la luna hacía que las largas calles empedradas se fundieran con las grises paredes de piedra de los edificios a ambos lados.

El eco de sus pies resonaba tras cada paso, provocando un ligero escalofrío en la espalda de Dahlen.

Giraba el rostro hacia atrás cada pocos segundos y no dejaba de comprobar las calles laterales y las escaleras.

Estaba demasiado silencioso para su gusto, mucho más de lo que debería, teniendo en cuenta el alboroto que habían armado.

La ciudad tendría que estar llena de actividad, pero no era así.

Casi no se oía ningún ruido. Hizo caso omiso del dolor y aceleró el paso.

La Cabra Ciega ya no estaba lejos.

«Solo unos minutos más».

—Qué noble por tu parte —se oyó una voz áspera y grave.