De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 17. Divididos
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Capítulo 17. Divididos

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E l eco de pasos apresurados rebotaba en las altas paredes de la estrecha calle, perseguido por las voces que gritaban en la noche. A Calen le vibraban las piernas cada vez que sus pies golpeaban los escalones empedrados. El pecho le ardía a cada zancada.

Habían metido todo lo que podían en las bolsas.

Calen se había ceñido el cinturón de la espada, Dann se había echado el arco al hombro y Rist había metido el libro en el zurrón.

A continuación habían seguido a Erik por las escaleras hasta la parte trasera de la posada, donde los esperaban Dahlen y Aeson, ambos con las armaduras puestas y la espadas desenvainadas.

Dahlen hacía girar ambas espadas, preparando las manos para lo que estaba por venir.

Todos los caballos del establo estaban muertos. Les habían cortado el cuello. El que había intentado colarse en su habitación no había querido arriesgarse a que escaparan a caballo.

—Por aquí, por esta calle. La Botica de Oliver tiene acceso a los túneles —dijo Dahlen entre jadeos.

Llevaban recorriendo las calles a la carrera desde que habían dejado el patio del establo, sobre todo por callejuelas y escaleras.

Era duro incluso para los pulmones más resistentes.

De momento, habían tenido suerte y no se habían topado con ninguno de sus perseguidores, pero las voces de estos sonaban siempre cercanas.

—¿Quién…? —Dann se detuvo para tomar aliento—. ¿Quién cojones nos persigue? ¿Quién era el tipo de la habitación?

Bajaron por otra escalera empedrada, con paredes estrechas a ambos lados. Al llegar abajo giraron rápidamente a la derecha y luego a la izquierda. Calen no tenía ni idea de dónde estaban. Si perdía a los demás, estaría muerto en cuestión de minutos.

—Es el Imperio —susurró Dahlen—. Quienquiera que estuviera fuera de las habitaciones era un mercenario, pero los que nos persiguen ahora son sin duda soldados. Demasiados y bien organizados. No sé cómo nos han encontrado.

—Podemos discutirlo más tarde —espetó Aeson—. De momento, mejor nos movemos.

—¡Están aquí! —gritó alguien en la noche.

Los soldados irrumpieron desde una calle lateral, ocultos por la oscuridad hasta que estuvieron prácticamente encima de Calen y los demás.

El joven desenvainó la espada justo a tiempo para bloquear un fuerte golpe descendente.

Intentó concentrarse en sus movimientos, pero su mente iba a mil por hora.

«Mantente con vida. Mantente con vida. Vamos».

Volvió a blandir la espada y paró un golpe tras otro, pero más por suerte que por habilidad.

Dann tenía una flecha en la cuerda y estaba espalda con espalda con Dahlen.

A los dos les iba más o menos igual que a él.

Aeson y Erik parecían tener ventaja, a juzgar por las siluetas de tres cadáveres que yacían a sus pies.

Calen se dejó llevar por el pánico por un instante, incapaz de encontrar a Rist en medio del caos.

Un sonido metálico resonó en el aire cuando recibió otro golpe en la cabeza que casi lo dejó sin aliento.

Rist estaba tras Dahlen y Dann, de pie sobre el cuerpo de un soldado caído.

Había algo raro en la imagen, pero Calen no sabía qué.

Tenía que concentrarse.

El soldado que tenía enfrente intentó golpearlo en la cabeza, pero tropezó con algo oculto por la oscuridad nocturna.

Calen detuvo la espada con la suya y le asestó una estocada en el torso.

El soldado cayó al suelo, agarrándose con las manos la herida que le había abierto en el vientre.

Brotó sangre de la boca abierta. Calen sintió un nudo en el pecho y contuvo como pudo las arcadas.

—Calen… ¡Calen!

Apenas se dio cuenta de que Rist lo llamaba. No había notado que el estruendo de la lucha disminuía. Tenía grabada en la cabeza la mirada de pánico en el rostro del soldado agonizante.

—Calen, tenemos que irnos. Ya. ¡Vamos!

Tenía que concentrarse, pero sus ojos permanecían fijos en el cadáver que yacía tendido en el suelo.

El tercero. Tres vidas arrebatadas por su mano.

No estaba seguro de si debía contar al urak.

Sí, había visto, al escapársele la vida de los ojos, que era consciente de lo que le pasaba. Claro que contaba.

Se recompuso tras unos instantes y siguió con los demás, el pecho ardiéndole de nuevo mientras se internaban una vez más en el laberinto de calles.

—Diez minutos más —animó Erik—. Creo.

—¿Crees? —exclamó Dann.

—Está oscuro, ¿vale? Diez minutos. Intenta seguir el ritmo.

Dann gruñó en señal de acuerdo.

Un peso se estrelló sobre él, lanzándolo contra la pared y sacándole el aire de los pulmones. Agarró al soldado con la mano libre y lo empujó lo suficiente para clavarle la espada en el pecho. Sintió que el cuerpo quedaba flácido al sacar la espada.

«Cuatro».

—¿Estás bien? —preguntó Dann.

—Sí —respondió Calen con un suspiro mientras contemplaba el cadáver sin vida—. Vámonos.

Seguían las vueltas y giros. Recorrieron callejuelas, subieron y bajaron escaleras, doblaron esquinas y se metieron en callejones oscuros sin aminorar el paso ni un momento. Al ardor en el pecho de Calen se sumó un dolor en las piernas. La ciudad parecía interminable.

Se oyó un aullido tras el joven, seguido del sonido de espadas chocando. Se giró. Rist yacía en el suelo, bocabajo, con el contenido de la bolsa esparcido por el empedrado. El corazón de Calen se detuvo. No podía soportar perder a nadie más.

Al cabo de un segundo vio moverse a su amigo y sintió un alivio feroz. Dahlen había vuelto a por Rist y ahora tres soldados se interponían entre la pareja y el resto del grupo. Sus espadas gemelas eran un borrón vertiginoso mientras se movía entre ellos como un bailarín.

Calen miró suplicante a Aeson y Erik. Sus ojos estaban fijos en Dahlen.

—¡Seguid! Tomaremos la otra ruta.

Dahlen se apartó de la trayectoria de una espada que cortó el aire donde había estado su cabeza, provocando un profundo corte en una de las piernas del propio atacante. Los gritos de más soldados resonaron por toda la ciudad, cada vez más cerca.

Calen apretó con fuerza la espada. Estaba a punto de echar a correr hacia Dahlen y Rist cuando una mano lo agarró por el hombro.

—No —dijo Aeson con firmeza, con la mirada fija en Calen.

—Debo…

—No. No nos harás ningún bien a ninguno de nosotros si acabas en la punta de una espada loria.

Dahlen puede valerse por sí mismo y cuidar de Rist. Tenemos que seguir antes de que el resto nos alcance.

No tiene sentido que nos arriesguemos todos.

Hay otras formas de salir de la ciudad, y Dahlen las conoce.

Cien pensamientos se agolparon en la mente de Calen.

Cada fibra de su cuerpo ardiente le decía que echara a correr hacia Rist, que acababa de ponerse en pie, pero lo que decía Aeson tenía sentido.

Nunca había visto a nadie manejar una espada como Dahlen, Erik y Aeson.

Quizás su padre, idea que le provocó un nudo en el estómago.

Imágenes del cuerpo sin vida de Vars pasaron por su mente. Las apartó.

—Está bien.

Soltó un suspiro y miró a Dahlen y Rist. Había dos cadáveres a los pies del primero, pero nuevos soldados los sustituyeron.

—¡Calen, no podemos dejarlo aquí! —gritó Dann.

Tenía los nudillos blancos, apretados alrededor del arco. Calen miró a Rist mientras se abría paso con Dahlen hacia una calle lateral desierta. Si intentaban ayudar, podían quedar acorralados.

—No nos queda otra, Dann. Aeson tiene razón. Dahlen cuidará de él. Tenemos que confiar en ellos.

Calen vio la lucha en el rostro de Dann. Él y Rist siempre se burlaban el uno del otro, pero los tres eran como hermanos. Por muy molestos que pudieran ser a veces, cada uno de ellos moriría por los demás.

La mirada de Dann se detuvo en Rist un momento más antes de apretar la mandíbula y asentir con resignación a Calen. Echaron a correr con los demás. Con cada paso, el corazón de Calen se retorcía y los envolvía una espiral de remordimiento.

—Solo quedan unos minutos —dijo Erik.

Era obvio que intentaba tranquilizarse a sí mismo tanto como a Dann y Calen. Este se dio cuenta de que, por muy cerca que estuviese Rist de ser su hermano, Dahlen era de hecho el hermano de Erik. Sintió una punzada de culpa por dudar cuando Erik no lo había hecho.

—Aquí está —dijo este al tiempo que se acercaba un pequeño edificio, enclavado junto a la muralla de la ciudad.

Conectaba con una gran posada por un lado y un pequeño callejón por el otro. Sobre la puerta principal colgaba un letrero pintado a mano que decía: «La Botica de Oliver: Felicidad y salud».

Erik espero a que lo siguieran al lateral, luego se agachó e inclinó un barril de madera medio podrido, dejando al descubierto una pesada llave de hierro.

—Por fin buenas noticias. La llave está aquí —dijo, riéndose sin el menor entusiasmo.

—¿No estabas seguro? —preguntó Dann—. Hemos recorrido media ciudad, hemos estado a punto de morir más de una vez, ¿y ni siquiera estabas seguro de que la llave estuviera aquí?

Erik se encogió de hombros.

—No teníamos muchas opciones. Lancé una moneda al aire.

Dann abrió mucho los ojos.

—¿Lanzaste una puñetera moneda al aire?

Erik se encogió de hombros de nuevo.

—Sí, lancé una moneda.

La cara de Dann se retorció con incredulidad.

—Una moneda… Lanzó una puñetera moneda —murmuró.

Calen tuvo que reprimir una carcajada. La ocasión no era propicia para reírse, pero descubrió que precisamente por eso le costaba más contenerse. Fue el pensamiento de Rist lo que lo detuvo.

«Por favor, que esté bien».

Erik introdujo la llave en la cerradura oxidada de la puerta lateral. Tuvo que empujarla para que encajase, pero, una vez dentro, giró sin dificultad. La puerta se abrió hacia el interior, revelando una escalera que descendía hacia la oscuridad.

—Bueno, ¿venís? —preguntó Erik mientras cruzaba el umbral.