De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 16. Como en casa en ninguna parte #2
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Capítulo 16. Como en casa en ninguna parte #2

—Cuento con ello —respondió el caballero mientras los dos se escabullían entre las sombras.

Se volvió hacia Ella, hinchó las mejillas y soltó un suspiro, antes de esbozar una tímida sonrisa.

—Bueno, podría haber sido peor —dijo mientras se echaba a reír y se pasaba la mano por el pelo—. ¿Estás bien?

A Ella le desconcertaba por completo lo tranquilo que estaba. Su corazón latía a toda velocidad, como si corriera por su vida, y tenía un nudo en el estómago. Pero él parecía como si acabara de separar a dos niños que se peleaban.

—Sí… Gracias por lo que has hecho. Es mi primera vez en la ciudad. No sabía…

—No pasa nada. Camylin es una ciudad encantadora… durante el día. Por la noche, es un poco diferente, como cualquier otra ciudad. No es seguro pasear a solas, seas hombre o mujer.

Ella alzó una ceja.

—Tú estás paseando solo.

—Bueno, en mi caso es un poco diferente, como puedes ver.

Señaló con un gesto el callejón por el que se habían escabullido los dos hombres.

—Cierto. Bueno… Gracias. Te agradezco mucho tu amabilidad, pero debo irme. Llego muy tarde y Rhett estará preocupado.

—No tienes que ir muy lejos, ¿verdad? Puedo acompañarte.

—No, no… No pasa nada. Tengo que irme. Gracias de nuevo. Cuídate.

Ella se alejó tan rápido que casi corría. Le oyó llamarla, pero no pudo distinguir las palabras. Su corazón seguía latiendo con fuerza en su pecho, como si fuera una puerta a la que había que responder desesperadamente.

Mientras caminaba, sintió una lágrima resbalar por la mejilla. Rompió a llorar en silencio, sin reducir el paso.

No podía decírselo a Rhett. No quería que se preocupara. Nunca más la dejaría ir sola a ningún sitio.

Rhett tamborileaba con los dedos sobre la vieja mesa de roble.

Había visto días mejores. Arrancó una tira de madera del borde; se desmoronó y se desprendió al tocarla.

Llevaba aproximadamente una hora de vuelta en el Roble Contrahecho.

El posadero, Forn, se le había acercado nada más entrar con una gran sonrisa en su rostro huesudo y curtido para decirle que alguien le había dejado una carta.

Rhett le había dicho a su tío dónde estaría, pero no esperaba recibir carta suya.

Pensativo, tomó un sorbo de cerveza. No estaba seguro de si alguna vez se acostumbraría a su sabor áspero y amargo.

Siempre se le quedaba en la garganta mucho más tiempo del deseado.

No se parecía en nada al delicado sabor del hidromiel de Lasch Havel.

Casi podía saborear la dulce miel en su lengua. Lo echaría de menos.

Suspiró para sus adentros con nostalgia, tomó la carta con ambas manos y la leyó de nuevo.

Rhett:

Espero que estés bien.

El Roble Contrahecho ha visto días mejores, pero Forn Blackwell es un buen hombre. Cuidará de ti mientras estés en Camylin. Como hemos hablado, te he conseguido un puesto en la Guardia de la ciudad aquí en Berona. No es nada glamuroso, pero con el tiempo te irá muy bien.

En tu última carta mencionabas que tú y tu dama viajaríais a través del puerto de Otoñada. No es un lugar seguro, por muy bien que creas que puedes defenderte. Y el viaje a través de Illyanara es largo y duro incluso para un soldado curtido.

He hablado con mis contactos en el puerto de Antiquar y te he conseguido dos billetes desde Gisa. Sé que ahora mismo no tienes dinero para pagarlos; ya los he pagado yo. Me los puedes devolver poco a poco cuando llegues. Solo quiero verte aquí a salvo, o mi hermano nunca me lo perdonaría.

Cuando llegues a Gisa, ve al puerto y pregunta por un hombre llamado Jack Narys. Dile que te envío yo.

Andad siempre ojo avizor, Rhett. Estoy deseando verte y conocer a tu novia.

Cuídate,

Tanner

Era la cuarta vez que leía la carta. Cuando él y Ella habían hablado por primera vez sobre irse de El Claro, había sido con Tanner con quien había contactado.

Su tío era un buen hombre. Rhett solo lo había visto unas pocas veces, ya que siempre era difícil viajar del sur al norte, pero cada vez que se encontraban, Tanner lo trataba como si fuera su propio hijo.

«¿Gisa?». Gisa era una de las ciudades más ricas de todo el sur, a pesar de estar aislada del resto del continente.

Era el principal puerto entre el norte y el sur, por donde las riquezas lorias fluían hacia las tierras meridionales.

También era el lugar por donde se transportaba el oro de Aonar a Loria.

Su tío debía de haber pagado una pequeña fortuna por esos billetes.

Era un acto de bondad increíble, pero no pudo evitar soltar una imprecación, porque lo había acorralado.

No le dejaba ninguna opción. Despreciaba la idea de empezar su nueva vida en desventaja, pagándole a su tío un billete que nunca había pensado comprar.

Ella no estaría contenta. Tendría que decírselo.

Fingir que contaban con más dinero del que realmente tenían para que ella pudiera disfrutar de los mercados era una cosa, pero aquello era diferente.

De haberse tratado de cualquier otra persona, simplemente habría ido a Otoñada de todos modos y habría resuelto el problema cuando llegaran allí. Pero no podía hacerle eso a su tío.

Suspiró, exasperado. Se recostó en la silla y dio un largo trago a la cerveza, torciendo el gesto cuando le llegó al fondo de la boca.

«Es un sabor que hay que aprender a apreciar».

Su tío tenía razón. El Roble Contrahecho había visto días mejores.

Se notaba que en su tiempo había sido un lugar muy apreciado.

Los techos tenían casi seis varas de altura, lo suficiente para que tres hombres se subieran unos encima de otros.

Las leyendas decían que Camylin había sido una ciudad de gigantes, pero Rhett siempre había pensado que solo eran eso, leyendas.

Todas las mesas eran de roble macizo, un material caro, aunque ahora estaban tan desgastadas que parecían rescatadas de un pecio.

Las sillas tenían cojines de terciopelo rojo, bordados con finos tejidos de oro.

Al menos, estaba seguro de que en algún momento habían sido tejidos finos. Ahora estaban raídos y se desmoronaban.

Enormes losas de piedra decoraban la mitad inferior de las paredes, apiladas unas sobre otras. Probablemente era lo único de la posada que había resistido el paso del tiempo. La mitad superior era otra historia. El moho asomaba entre las capas de pintura descascarillada.

Dio un respingo, sacado de su ensimismamiento por la tos seca y llena de flemas de un anciano que estaba sentado en la otra esquina de la sala común. El tipo parecía llevar tanto tiempo allí sentado que se había quedado pegado a la silla.

Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó el monedero.

Lo dejó en el regazo, justo bajo la mesa, para no llamar la atención.

No había mucha gente en la sala común: estaba el anciano que parecía a punto de perder un pulmón, el borracho en la barra que luchaba por mantener los ojos abiertos, un puñado de comerciantes cansados, dos camareras y el posadero, que era un hombre agradable, aunque ya había pasado su mejor momento.

No creía que ninguno de ellos le prestara mucha atención.

Abrió los cordones y contó rápidamente las monedas. Tenía la esperanza de encontrar por arte de magia más de lo que esperaba. No se llevó una sorpresa agradable.

Tardarían mucho menos en llegar a Gisa que a Otoñada, tal vez solo una semana y media a caballo. El dinero les duraría mucho más. No tendrían que racionar la comida. Podrían dormir en camas cómodas todas las noches. Sería más seguro.

Sacó una moneda de cobre. La hizo rodar entre los dedos, miró la carta y luego al posadero, que asintió y comenzó a servir otra jarra de cerveza.

—Aquí tienes, joven. Esta la paga la casa. Dale recuerdos a Tanner. Estoy seguro de que le debo una en este momento.

Forn dejó la cerveza delante de Rhett. Cogió la jarra vacía, envolviendo con sus manos huesudas el asa metálica.

Rhett lo miró más de cerca y se dio cuenta de que, aunque su piel parecía vieja y gastada y su cabello era fino y canoso, los ojos del hombre eran brillantes y llenos de vida.

¿Cómo conocía su tío tan bien a este hombre?

—No es necesario, pero te lo agradezco mucho, maese Pozonegro. Mi tío mencionó tu amabilidad en sus cartas. No exageró ni un ápice.

Rhett sonrió y alzó la jarra hacia el anciano, quien asintió con gratitud en respuesta.

—¿Puedo preguntarte cómo vas a llegar a Berona? ¿Por Gisa o por Otoñada?

Rhett dudó. La verdad es que él mismo no estaba seguro.

—Verás…, lo pregunto porque últimamente he oído malas noticias sobre Otoñada.

Hay un gran número de bandidos en la carretera de Baylomon y en las Ciénagas Argonias.

Y he oído historias de otras cosas que bajan de las montañas Marin.

No es precisamente el mejor momento para viajar.

No falta mucho para la Luna Sangrienta y eso está provocando todo tipo de problemas. Y no te cobraré nada por el aviso.

Negó con la cabeza mientras limpiaba distraídamente el interior de la jarra con el paño.

—Bueno, el plan original era viajar a través de Otoñada —dijo Rhett—, pero Gisa podría ser una opción. Aún no lo hemos decidido. No tendremos que decidirlo hasta que lleguemos a Resguardo. ¿La Luna de Sangre?

Forn asintió y se volvió hacia la barra, sin dejar de limpiar el interior de la jarra.

—Yo elegiría Gisa, jovencito —respondió, volviendo el rostro a medias—. Siempre que tengas dinero.

Se fue sin hacer caso de la pregunta de Rhett sobre la luna.

«Pobre. Los años le están comiendo la mente igual que le comen la posada».

Miró fijamente la bolsa. Dio un largo trago a la cerveza amarga. «Me va a costar mucho acostumbrarme a este sabor».

Suspiró profundamente mientras hacía rodar una y otra vez la moneda entre los dedos.