Capítulo 16. Como en casa en ninguna parte
COMO EN CASA EN NINGUNA PARTE
E l sol poniente bañaba la ciudad con un cálido resplandor; los rayos anaranjados que se reflejaban en la suave piedra gris de los edificios hacían que Camylin pareciera mágica.
Ella había pasado el día explorando los interminables mercados de la ciudad.
Nunca había visto nada igual. Plazas enteras de puestos de mercado dedicadas exclusivamente a sedas de diferentes colores; amplias calles llenas de comerciantes que vendían bufandas, vestidos y sombreros de todo tipo.
Había columnatas repletas de vendedores ambulantes que ofrecían todo lo que Ella nunca había sabido que no necesitaba.
Podría haber pasado días recorriendo las calles de la ciudad y no habría visto todo cuanto había que ver.
El enorme tamaño de Camylin hacía que El Claro pareciera el lugar más pequeño de Eferia.
Ojalá su padre la hubiera llevado con Calen cuando habían ido de visita.
Los echaba de menos, al igual que a su madre.
No podía ser, echaba de menos a su mamá.
Solo habían pasado unos días, pero así era.
Sabía que podrían pasar años antes de volver a verlos.
Se agarró el dobladillo de la falda sin darse cuenta. Estaba haciendo lo correcto.
—Disculpa, joven —dijo una vocecita tras ella.
Vio a un niño pequeño, de unos diez años.
Llevaba una gorra redondeada con visera rígida en la parte delantera que le daba sombra a las mejillas demacradas, ennegrecidas por la suciedad.
La ropa le quedaba grande, claramente heredada de un hermano mayor.
Tenía ojeras y parecía como si no hubiera comido en días.
—¿Podrías darme algo de comida? Tengo mucha hambre… Siento pedirlo…
El corazón de Ella se derritió al ver al niño.
—Por supuesto.
—Eh, vete de aquí. ¡Deja en paz a mis clientes!
Los ojos del comerciante eran duros como piedras.
Era un hombre de aspecto horrible, de bigote espeso y tupido, ceño fruncido y cabeza calva.
Ella había visto cerdos en mejor forma; la gran barriga redonda sobresalía bajo la fina camisa de seda y parecía que le faltaba el aliento solo por estar de pie.
Con una última mirada de pesar hacia Ella, el niño se escabulló entre la multitud.
—Malditas sanguijuelas —murmuró el comerciante, sacudiendo la cabeza mientras se preocupaba por arreglar su elegante ropa.
—Mejor una sanguijuela que un cerdo —espetó Ella.
El comerciante la miró sorprendido mientras se levantaba el borde de la falda, se daba la vuelta y se dirigía tras el niño. Lo encontró apoyado contra una pared, con un torrente de lágrimas resbalándole por las mejillas.
—Eh… ¡Eh! —Se agachó frente a él, metió la mano en su bolso y sacó una manzana verde brillante—. Toma. Vamos.
El niño la miró con cautela. Era evidente que no estaba acostumbrado a que alguien lo ayudara.
Extendió la mano y agarró la manzana verde con los dedos.
La acercó hacia sí, como si pensara que era un truco.
En cuanto se alejó de las manos de Ella, se la llevó a la boca y la mordió con ansia, salpicando sus mejillas con su dulce jugo.
—Gracias —dijo, con la boca aún llena.
Ella le dedicó al niño una débil sonrisa. Contempló el interior de la bolsa, el pan y el trozo de queso que había comprado para ella y Rhett para más tarde esa noche, y luego volvió a mirar al niño. Se había comido toda la manzana, con corazón y todo.
—Toma —dijo, poniéndole el pan y el queso en los brazos—. Para ti y tu hermano.
Los ojos del niño reflejaban una mezcla de alegría y confusión.
—No puedo aceptarlo… ¿Cómo sabías que tenía un hermano?
Ella alzó la mano con la palma hacia el niño, como había visto hacer a su madre con Calen cada vez que él discutía con ella.
—Tómalo. No discutas.
Se enderezó y se alisó el vestido con las manos.
—Gracias.
—De nada. ¿Cómo te llamas? —preguntó Ella.
—Me llamo Gareth, señorita —dijo el niño tímidamente.
—Encantada de conocerte, Gareth. Me llamo Ella. Cuídate, ¿vale?
—Sí, maesa Ella. Gracias.
Ella sonrió. Gareth se levantó y se dirigió a una calle lateral cercana, mirando hacia atrás cada dos pasos con una sonrisa en el rostro.
La joven se echó a reír para sus adentros mientras deambulaba entre los puestos del mercado.
Tendría que encontrar algo para comer más tarde, pero de ninguna manera iba a dejar que el niño pasara hambre.
«Supongo que eso es lo que pasa en ciudades como esta. Hay tanta gente que algunos simplemente quedan olvidados. Eso nunca pasaría en El Claro».
Compró otra barra de pan en una panadería cercana, pero no tenía suficiente dinero para reemplazar el queso, así que tendrían que prescindir de él.
Aceleró el paso al ver que el sol se ponía.
No se había dado cuenta de cómo pasaba el tiempo.
Rhett ya estaría de vuelta en la posada; ella nunca había estado sola en una ciudad después del anochecer.
Le había insistido en que quería hacer la compra sola, que solo la ralentizaría, pero empezó a arrepentirse de ello al ver que las calles empezaban a vaciarse.
El resplandor naranja se desvaneció, mezclándose con la pálida luz de la luna, y los comerciantes y vendedores ambulantes guardaron las mercancías en los carros y cajas.
Se dio cuenta de que los rostros que quedaban en las calles no eran tan amigables como los que había visto antes.
Eran duros, con ojeras, de piel áspera y curtida, marcada por cortes y cicatrices.
Todos la miraban fijamente, recorriendo su cuerpo de arriba abajo con ojos que no parecían bienintencionados.
Volvió a acelerar el paso; si trataba de ir más rápido acabaría echando a correr.
Las sombras acechaban en cada esquina y calle lateral; crecían conforme el sol se retiraba.
Bajó la mirada y se concentró en sus pasos.
«Camina, no pienses».
No sabía muy bien por qué le latía tan rápido el corazón. No había pasado nada, y sin embargo tenía miedo.
—¿Qué tal, nena? ¿Te apetece un poco de compañía? —Oyó una voz ronca al otro lado de la calle.
Miró hacia allí. La voz provenía de un individuo al menos veinte años mayor que ella.
Tenía el pelo largo y grasiento, de color negro grisáceo.
Una horrible cicatriz le cruzaba el rostro en diagonal.
Ella clavó de nuevo la vista en el suelo, luchando contra el escalofrío que le recorría la espalda, y siguió caminando.
«Ya no queda mucho. Solo unos minutos. ¿Por qué insistí en ir sola?».
Estaba a solo una esquina de la posada cuando se topó con lo que parecía un muro de ladrillos. Levantó la vista y vio el rostro de un hombre bastante atractivo. Era un par de dedos más bajo que Calen, pero diez años mayor, por lo menos. La mirada de sus ojos la inquietó.
—Vaya, vaya, vaya. Mira lo que tenemos aquí, Rufin. Una señorita perdida.
La voz era untuosa. Un olor acre a alcohol barato emanaba de su boca abierta. Ella dio un salto hacia atrás, sorprendida.
—Vamos, vamos, señorita. No te escapes.
El tal Rufin era un tipo desaliñado y delgado. Tenía el pelo negro y espeso peinado hacia atrás, reluciente a la luz de la luna. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
—Solo queremos jugar.
Ambos hombres soltaron una risita entre dientes. El corazón de Ella latía con fuerza. Las manos no dejaban de temblarle.
—Por favor, dejadme en paz. No quiero problemas.
Las palabras salieron temblorosas de su boca.
—Pequeña, nosotros tampoco queremos problemas. Solo queremos jugar. Te gusta jugar, ¿verdad?
La rodearon muy despacio.
—Vamos. Creo que podríamos hacerte pasar un rato tan agradable que a lo mejor hasta quieres pagamos después —dijo el hombre atractivo, riéndose para sus adentros.
Hubo un movimiento rápido que los ojos de Ella no pudieron captar. El guapo cayó al suelo con un grito. Se llevó la mano izquierda a la cara, intentando detener el flujo de sangre que le brotaba del labio.
—La joven te dijo que la dejases en paz.
Quien había lanzado el puñetazo era más alto que los otros dos.
No tendría de dos o tres veranos más que Ella, pero se comportaba como si hubiera visto muchos más.
Llevaba un manto blanco brillante sobre los hombros y una sobrevesta de color verde oscuro con el diseño de una espada apuntando hacia abajo incrustada en un sol radiante en el centro, todo pintado en blanco.
—Oh, vas a pagar por eso —gruñó el tipo guapo mientras se ponía en pie.
El fino hilo de sangre que fluía sin cesar marcaba ahora una línea desde sus labios hasta la barbilla. Apretó los puños. El de la sobrevesta verde ladeó la cabeza. Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios, como si le divirtiera el comentario.
—Kaffa, mira el símbolo —dijo Rufin, señalando la espada y el motivo del sol radiante en la sobrevesta del hombre. Su voz apenas superaba un susurro—. Los Caballeros de Achyron.
Kaffa entrecerró los ojos con recelo.
—¿Los Caballeros? ¿Esa secta vetusta? Escuchas demasiados cuentos de hadas, Rufin —se burló.
—No es un cuento de hadas, Kaffa. No vale la pena.
Rufin puso la mano en el hombro de Kaffa y tiró de la camisa para llevarlo a uno de los callejones laterales. Su mano encontró resistencia, pero Ella vio vacilación en los ojos de Kaffa.
Se dio cuenta de que todavía se interponía entre el hombre de la sobrevesta verde y sus posibles atacantes. Retrocedió muy despacio, hacia el borde de la calle, con la mirada oscilando entre los dos.
—Yo escucharía a tu amigo. Todos los cuentos de hadas contienen algo de verdad —dijo el desconocido.
Hablaba con voz monótona y mesurada. Tenía la mano apoyada en la empuñadura de las espadas y los dedos tamborileaban sobre el pomo redondeado de plata.
Kaffa y Rufin intercambiaron una mirada.
Kaffa soltó un suspiro de irritación. Entrecerró los ojos y un gruñido se le escapó de la garganta. Alzó la mano y señaló al caballero.
—Ya nos veremos.
Las palabras salieron de sus labios como piedras arrastradas sobre hierro oxidado.