Capítulo 15. Las sombras no duermen #3
Estaba a menos de media hora a caballo de La Hoja Marchita. Conocía al posadero y, si se mantenía al margen, no habría ningún problema. Era increíble lo tolerante que se volvía la gente cuando había dinero de por medio.
Le vendría bien una comida caliente y una buena noche de sueño. El dolor en la espalda era cada vez mayor y sentía las muñecas agarrotadas. Hacía mucho que no descansaba como era debido. Demasiado. Apretó los dientes y espoleó a Vaen para que fuera más rápido.
Le repugnaba abandonar el huevo ahora que Aeson por fin lo había encontrado, y también a Calen.
Era un extraño giro del destino que hubieran pasado siglos buscando un huevo, solo para encontrar a su draleid por pura casualidad.
En cuanto a que el draleid fuera el hijo de Vars…
, daría algo por saber las probabilidades de que eso ocurriera.
«Descansa en paz, amigo mío. Velaré por él; al menos, consideraste oportuno dejarle mi espada».
Y estaba el otro, Rist, que llevaba dentro la Chispa, algo muy poco común en aquellos días entre los sureños.
Al parecer había algo de verdad en los cuentos de viejas sobre inquisidores que vagaban por las tierras y se llevaban a los niños que se portaban mal; en realidad buscaban a aquellos que mostrasen siquiera un atisbo de la capacidad de tocar la Chispa y se los llevaban a la Atalaya de Berona, lo que había diluido el linaje en el sur.
Cada año parecía haber menos personas con el potencial de manejar la Chispa.
Muy triste. Lo más probable era que los pueblos no hubiesen visto un inquisidor en varias generaciones… hasta ahora.
«Vivir en los confines del continente puede tener sus ventajas».
Lanzó una imprecación cuando Vaen se tambaleó hacia delante y se retorció con violencia, casi tirando a Therin de cabeza contra la tierra compacta.
Pisoteó el suelo y relinchó ansiosamente mientras giraba la cabeza de un lado a otro.
Therin tardó un segundo en recuperar la compostura.
La sacudida repentina había interrumpido sus pensamientos.
—Extraño, ver a un elfo por estos lares.
La voz resonó en la noche, como si proviniera de todas partes y de ninguna a la vez.
Therin la conocía, o al menos el sonido que producía.
Era áspera, como acero arrastrado por un camino de grava.
Un escalofrío incontrolable le recorrió la espalda; buscó la Chispa, tirando de los hilos del Fuego y el Espíritu.
«Por si acaso».
La oscuridad no debería haberle afectado la vista, no con la Chispa fluyendo a través de él. El equilibrio adecuado entre el Fuego y el Espíritu debería haberle dado la visión nocturna de un kato, pero la luz parecía alejarse de él, envolviendo la noche en oscuridad.
—Oh, vamos, vamos. Sabes que no es eso, elfo.
Dejando que la Chispa ardiera en su interior, Therin tiró con fuerza de los hilos del Fuego y el Aire.
Lanzó una llamarada rugiente desde la palma de la mano en un amplio arco frente a él.
Alcanzó a ver la túnica negra ondeando al viento, adornada con espirales y remolinos de color azul oscuro.
Solo fue un destello y desapareció, pero sabía lo que se escondía bajo la capucha de esa túnica.
Una piel fina y pálida, no correosa ni agrietada como la piel de un animal del desierto, sino suave como la seda más fina de Narvona.
Ojos azabache, de comisura a comisura, tan negros que atraían la luz circundante.
Un umbrío era una criatura de sombra innata, un mago que compartía su cuerpo con la oscuridad misma y estaba consumido por la necesidad de poder.
En realidad solo creía estar compartiendo el cuerpo; Therin estaba seguro de que no era el mago quien estaba al control.
—¡Corre! —Rugió, azotando las riendas.
Espoleó con fuerza a Vaen, instándolo a moverse tan rápido como le permitieran las patas, dirigiéndolo de vuelta hacia Camylin.
«El huevo. Sabe dónde están».
—Demasiado tarde, elfo —dijo una voz grave, como si proviniera de todas partes a su alrededor. Estaba jugando con él—. No vas a llegar a tiempo; bueno, no vas a llegar. Punto.
Una flecha le pasó silbando junto a la cabeza. La oscuridad era su única salvación. Los soldados no estaban protegidos por la misma magia oscura que el umbrío. Los veía perfectamente.
Sintió el áspero roce en el fondo de la mente mientras extraía hilos de Tierra.
Empujó los hilos hacia el suelo y recogió un buen puñado de arcilla que moldeó en forma de punta.
La endureció hasta convertirla en piedra y la lanzó perforando el aire hacia los arqueros escondidos en la espesura a la derecha.
Cayeron uno tras otro mientras pasaba a caballo; la punta endurecida de arcilla desgarró las armaduras como si fueran alfombras.
La Tierra nunca había sido su punto fuerte, pero podía manejarla.
No miró atrás mientras caían los cuerpos.
Tenía que llegar a Camylin. Puso la mano en el cuello de Vaen y tiró de los hilos del Espíritu.
Obligó al caballo a ir más rápido, extrayéndole el dolor de las patas y el cansancio de los pulmones.
Iba a necesitar un lago descanso cuando todo acabase. Ambos lo iban a necesitar.