De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 15. Las sombras no duermen #2
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Capítulo 15. Las sombras no duermen #2

La clientela era la mezcla más extraña que había visto jamás: comerciantes vestidos con finas sedas de atrevidos colores rojos, dorados y verdes; individuos de aspecto taimado, con ojeras y la ropa manchada de suciedad, quizá carteristas y ladrones a juzgar por su aspecto; hombres y mujeres canosos con pesadas armaduras de cuero y más cicatrices en el rostro que pelo en la cabeza.

Calen no sabía muy bien qué pensar de todo aquello.

Ninguno parecía estar en su sitio, pero tampoco fuera de lugar.

—¿Qué es esto? —le susurró a Erik.

—Es una… ¿zona de reuniones privada? —respondió Erik, como si él mismo no estuviera muy seguro—. Mi padre la utiliza a menudo para reunirse con conocidos.

Calen asintió mientras examinaba la sala. Entendía por qué Aeson la usaba para reunirse con conocidos, lo que parecía una forma elegante de decir «cualquiera con quien no quisiera que lo vieran».

No tardaron mucho en repartir las habitaciones. Al posadero solo le quedaban dos, cada una con tres camas. Calen, Rist y Dann se quedaron con una, y Aeson, Erik y Dahlen con la otra.

—Cinco minutos —dijo Dahlen al separarse—. Nos vemos en la sala común.

Calen tenía claro que la habitación que les habían dado solo estaba pensada para una persona.

Las tres camas estaban tan juntas que no había espacio suficiente entre ellas ni poniéndose de lado.

Además, era muy austera. La única decoración de la pared consistía en un agujero mal tapado y una lámpara de aceite que tenía pinta de llevar rota mucho tiempo.

—Recuérdamelo otra vez, ¿qué hacemos aquí? —preguntó Rist mientras lanzaba la bolsa sobre la cama situada en el extremo derecho de la estrecha habitación.

—No tenemos muchas opciones —dijo Dann.

Se encogió de hombros y pasó la mano por el trozo dañado de pared. Luego dejó caer la bolsa en el suelo junto a la cama y se volvió hacia la puerta.

—Vamos, han sido unas noches muy largas. Tomemos algo.

«Estamos aquí porque voy a encontrar a los que me quitaron a mi familia».

Erik y Dahlen ya habían reservado una gran mesa circular en la esquina oeste de la sala cuando Calen, Rist y Dann llegaron al pie de las escaleras.

—¿Dónde está…? Ya sabes —preguntó Dann mientras se acercaban a la mesa.

Su voz se apagó cuando se percató de la mirada severa de Dahlen. Aeson les había advertido que no mencionaran nombres allí.

—Ocupándose de unos asuntos —dijo Erik, señalando con la cabeza uno de los reservados, con la cortina completamente corrida—. Terminará en unas horas —añadió, dándole un codazo juguetón a Dahlen.

—¿Unas horas? ¿Qué se supone que debemos hacer hasta entonces? —preguntó Dann, incrédulo.

Erik se encogió de hombros.

—No sé vosotros, pero yo pienso beber.

—Vaya, por fin hablas mi idioma —dijo Dann.

Mientras se sentaban, llamó con un gesto a una camarera ligeramente abrumada y le pidió tres cervezas más. Ella asintió tímidamente antes de desaparecer entre la multitud que la rodeaba.

—Una moneda de cobre a que se olvida de las bebidas —le susurró Dann al oído a Calen.

—Acepto.

Rist levantó la vista del libro que acababa de sacar del bolsillo.

—Si me paso esperando el resto de la noche porque vosotros estáis jugando a un estúpido jueguecito, juro por los dioses que os tiraré agua mientras dormís.

—Oh, relájate —dijo Dann, apartando a Rist con un gesto—. Tú a tu libro, y deja de arruinarnos la diversión.

Rist frunció el ceño con desaprobación. Se humedeció la punta del dedo, pasó la página y se sumió de nuevo en la lectura.

—Nunca había estado en Camylin. Debe de ser diez, quizá veinte veces más grande que El Claro. De hecho, creo que Ölm es lo más al este que he estado. ¿Cuánto queda para llegar a Bel…?

Dahlen volvió a fruncir el ceño y levantó las cejas.

Dann no era muy bueno manteniendo la boca cerrada; y con la cerveza, la cosa iba a empeorar.

Calen vio por el rabillo del ojo a la camarera que pasaba junto a la mesa, deambulando como una gallina sin cabeza.

Ya se había olvidado. Esperó a que Dann se lanzara a otra diatriba verborreica, y entonces la miró a los ojos, señalando la mesa.

El reconocimiento se reflejó en su rostro.

Asintió de nuevo y corrió hacia la barra, recogiéndose las faldas con los puños mientras se abría paso entre la multitud ebria.

En pocos minutos, estaba de vuelta en la mesa, disculpándose profusamente.

Colocó tres jarras de cerveza fría frente a Dann, quien le sonrió, le pagó las bebidas y luego deslizó una hacia Calen y otra hacia Rist. Se llevaba la jarra a la boca cuando Calen tosió ruidosamente, con una ceja enarcada.

—Oh, muy bien. Eres un mal ganador.

Rebuscó en el bolsillo para sacar la moneda. Frunció el ceño y se la lanzó a Calen con un poco más de fuerza de la necesaria. Rist levantó la vista del libro con una sonrisa cómplice. No se le escapaba nada.

Las bebidas siguieron fluyendo a medida que avanzaba la noche. Con cada trago, Dann decía más y más tonterías. Afirmaba que el oso que mataron durante la Prueba era tan grande como un dragón.

—¡Era enorme! Al menos tres varas y media… ¡Hip! O cuatro.

Para cuando Aeson salió del reservado, Dann había exagerado con éxito todas las historias que Calen sabía que eran ciertas y también había inventado otras bastante dudosas.

Rist apenas había levantado la vista del libro. Dahlen, para sorpresa de Calen, parecía genuinamente fascinado con las historias de Dann, y le seguía el ritmo bebiendo cerveza tras cerveza. Quizá eso último explicase su interés.

Por otro lado, Calen consiguió que Erik aceptara una revancha en el lanzamiento de hachas, ya que era obvio que había fallado a propósito el último lanzamiento.

Su espalda rugió de alivio cuando finalmente se derrumbó sobre la cama.

Era un respiro muy bienvenido del dolor punzante que había sentido durante la mayor parte del día.

Tumbado sobre el colchón, estiró las piernas y los brazos.

Le ardían de esa forma deliciosamente dolorosa que se siente después de haberlos usado en exceso.

Ni siquiera los ronquidos ebrios de Dann le impedirían dormir aquella noche.

El crujir de las tablas del suelo en el rellano, justo fuera de la habitación, lo despertó de su ligero sueño.

—Dann —susurró, intentando transmitir toda la urgencia que la situación permitía. No hubo respuesta. Dann seguía roncando bastante fuerte. Calen suspiró y levantó los ojos al cielo—. Rist…

—¿Sí?

La voz de Rist era somnolienta, no estaba del todo despierto. Se frotó los ojos con la palma de la mano y se incorporó en la cama.

—Hay alguien fuera de la habitación —dijo Calen, señalando con la cabeza hacia la puerta.

—Calen, no seas tan…

Pum.

—¿Qué coño ha sido eso? —exclamó Dann, despertándose de golpe.

La puerta se abrió con fuerza, golpeando violentamente la pared de madera. Erik estaba de pie en la puerta abierta, con un cuerpo a sus pies. La sangre fluía por el suelo.

—Vestíos y coged vuestras cosas. Tenemos que irnos, ahora mismo. —Se encontró con miradas en blanco—. ¡Ya!

El viento, gélido y cortante, azotaba el rostro de Therin en su cabalgada nocturna. Se envolvió bien en la capa y le indicó a Vaen que acelerara el paso. Algo no iba bien. No sabía qué era, pero sabía que pasaba algo, como una sensación que le rondaba en la cabeza.