Capítulo 15. Las sombras no duermen
LAS SOMbrAS NO DUERMEN
V iajaron desde el amanecer hasta el atardecer, deteniéndose solo para dejar descansar a los caballos y comer un poco de cecina y queso.
Calen no recordaba la última vez que su cuerpo había estado libre de dolor.
Nunca había pensado que montar a caballo pudiera causar tanto sufrimiento, pero se equivocaba.
Tenía la parte interior de las piernas enrojecida y en carne viva, y un dolor constante le recorría la espalda desde las nalgas hasta el cuello.
No habría sido tan malo de haber tenido la oportunidad de descansar de forma adecuada, pero cada vez que se detenían Aeson llevaba a Calen y Dann a practicar con la espada mientras los demás observaban.
A veces Erik o Dahlen se unían si Aeson lo pedía.
Therin y Rist se quedaban casi siempre junto a los caballos, tumbados en el suelo.
Rist seguía absorto en el libro que había comprado en Molinar.
Aeson les hacía practicar distintas suertes.
Calen reconocía algunas por haberlas probado con su padre, pero la mayoría le eran desconocidas.
Aprender una suerte nueva era lento y repetitivo, pero, una vez que se le pillaba el truco, el movimiento empezaba a fluir.
Aunque le dolía el cuerpo, encontraba consuelo en las suertes de la espada y, sobre todo, una familiaridad muy tranquilizadora.
Cuando el sol se hundió en el horizonte y los pájaros comenzaron su canto nocturno, Dann frunció el ceño.
No era tan rápido como Calen para aprender las distintas suertes, lo que lo frustraba sobremanera.
Nunca le había gustado no ser el mejor en algo.
Por suerte, aquella noche no habría entrenamiento; Camylin les daría un respiro.
Eso no le impidió enfadarse, como había hecho todas las noches desde que comenzaron a entrenar.
—Camylin —dijo Erik mientras detenía el caballo junto al de Calen en la cima de la colina.
La luz del crepúsculo bañaba los tejados de pizarra roja de la ciudad, enclavada en la ladera de la montaña.
Rodeada de enormes murallas, cuyo perímetro se veía cortado a intervalos regulares por gruesas torres cilíndricas, era mayor de lo que Calen recordaba.
Incluso desde la distancia, la fortaleza se elevaba por encima del resto de la ciudad.
Se apoyaba contra la muralla noreste, justo bajo la ladera.
El Claro habría cabido dentro de las murallas de la ciudad cien veces, y aún habría sobrado espacio.
—Vaya…
No era habitual que Dann se quedara boquiabierto. Calen había olvidado que nunca había estado en Camylin; Ölm era el lugar más oriental al que había ido.
Dahlen se echó a reír.
—Un poco más grande que tu pueblo, ¿no? Solo tiene la mitad del tamaño de Berona y una vez y media el de Antiquar o Vaerleon.
Dann murmuró para sí mismo:
—¿«Un poco más grande que tu pueblo»? Gilipollas.
Ni Calen ni Erik pudieron evitar reírse, para gran irritación de Dahlen.
Una vez que las risas se apagaron, Rist se volvió hacia Calen.
—¿Te encuentras bien?
El joven percibió la vacilación en su voz.
Sabía que su amigo tenía buenas intenciones, pero no estaba preparado para hablar; en realidad no estaba preparado para creer lo sucedido.
Lo mejor era enrollarlo en una pequeña bola y esconderlo en algún lugar recóndito de su mente.
Volvería a ello, pero aún no. Era demasiado doloroso. Si lo dejaba, lo destrozaría.
—Sí, estoy bien —mintió—. Solo intento no pensar en ello. ¿Has estado alguna vez en Camylin?
Calen era consciente de que Rist sabía que estaba tratando de cambiar de tema. Ambos sabían de sobra que Rist había estado en Camylin en muchas ocasiones con Lasch, pero su amigo lo dejó pasar.
—De hecho, sí —le siguió el juego—. He estado varias veces con papá, cuando compraba alfombras y cuadros para la posada.
Calen asintió en señal de reconocimiento. Ambos sabían que la respuesta no era necesaria, pero se agradecía.
Therin detuvo el caballo justo antes de que se incorporaran a la carretera principal que llevaba a Camylin.
—Aquí os dejo. Camylin no es lugar para un elfo.
Al menos, no para uno que quiera conservar la cabeza.
Nos veremos mañana al mediodía en La Hoja Marchita, a un par de horas al este de Camylin.
—Acercó su caballo al de Calen y se inclinó hacia el joven.
Su voz era un susurro en el viento—. Tu padre era un gran hombre.
Lo lloraré cada día que pase. Se merecía una muerte mejor.
No esperó respuesta. Se ajustó la capa y se aseguró de que los cordones estuvieran bien atados. Espoleó el caballo y se lanzó al galope hacia el sur por el camino descendente que rodeaba Camylin, ignorando los gritos de Calen.
—¡Espera, Therin!
«¿Qué quería decir?».
Camylin se encontraba al pie de la cresta Lupina.
Era el embudo por el que los habitantes de los pueblos viajaban para llegar al continente de Illyanara y la única ciudad importante en varias decenas de leguas, lo que implicaba que la carretera principal que llevaba a la ciudad siempre estaba muy transitada.
Por todas parte, Calen veía los carros de los comerciantes cargados con todo tipo de mercancías, desde ruedas de queso hasta barriles de sidra y cerveza.
Los carruajes más elaborados y ornamentados pertenecían a los comerciantes de seda y vino, cuyo elevado estatus era evidente por el modo en que alzaban la nariz.
Había jóvenes en busca de empleo o de una oportunidad de llevar una vida más ajetreada que la que les podían ofrecer sus pueblos.
Hombres de aspecto robusto con espadas y hachas atadas a la cintura y a la espalda caminaban junto a familias que habían decidido venir a ver la ciudad.
Calen tuvo que reprimir una risita de diversión ante la extraña mezcla de gente.
Se subió la capucha cuando vio a habitantes de los pueblos; reconocía a algunos y a otros no, pero incluso los desconocidos eran fáciles de identificar por las miradas expectantes y los ojos muy abiertos.
La mayoría nunca habría visto nada parecido a Camylin.
Una oleada de pánico lo invadió cuando sintió una mano agarrándole la nuca y bajándole la capucha hasta los hombros.
—Quítate esa maldita cosa —susurró Aeson, con evidente irritación incluso en su tono apagado—. ¿Cómo crees que reaccionará la Guardia de la ciudad ante un jinete encapuchado con una espada élfica atada a la cadera? Piensa con la cabeza, no con el culo.
Dicho esto, siguió trotando y se puso al frente de la comitiva. Calen no creía que los demás se hubieran dado cuenta, o al menos fingían no hacerlo. Sintiendo una punzada de vergüenza, cubrió la espada con la capa. Era lo último que le había dado su padre.
Los guardias de la ciudad apenas se fijaron en ellos cuando atravesaron la enorme puerta arqueada.
Iban lo suficientemente separados para no despertar sospechas; por sí solos ninguno llamaba ni la mitad de la atención que los mercenarios o los asesinos, con sus armaduras maltrechas y su variopinta colección de cicatrices y heridas de guerra.
Una vez cruzada la puerta, la carretera se ensanchaba hasta duplicar su tamaño original.
Había una división en el centro, ocupada por una larga hilera de puestos de vendedores ambulantes, intercalados con grandes olmos, cuidadosamente podados para proporcionar la cantidad justa de sombra.
La calle estaba enmarcada a ambos lados por grandes edificios de piedra y una red de calles laterales y escaleras que fluían sin cesar, a medida que la ciudad se extendía hacia arriba en abanico.
Era una vista aún más espectacular de lo que Calen recordaba.
De cerca, se sentía como una hormiga junto a los gigantescos edificios.
Antes de poner los ojos por primera vez en Camylin, siempre había pensado que nada podía igualar el bullicio y la grandeza del Mercado Lunar, por muy lejos que viajara.
Pero en Camylin era como si el Mercado Lunar tuviera lugar en cada esquina, en todo momento, y ni siquiera era un día señalado.
—La posada está justo delante —dijo Aeson—.
Llevaremos los caballos a la parte trasera, al patio del establo, y reservaremos algunas habitaciones para pasar la noche.
Me reuniré con nuestro conocido allí dentro de una hora más o menos.
Sería mejor que estuviéramos instalados para entonces. Y nada de nombres una vez dentro.
Aeson desvió el caballo hacia la derecha para evitar atropellar a un niño pequeño que se tambaleaba sin rumbo fijo, ajeno al hecho de que casi se había convertido en pintura en la herradura del caballo castrado.
El patio del establo de El Reposo del Viajero era bastante pequeño, con solo tres o cuatro caballos atados fuera. Era de esperar. Dado el tamaño de la ciudad, no había mucho espacio para establos extravagantes.
El interior de la posada era otra historia.
La sala común era enorme, al menos tres veces mayor que la de El Dragón Dorado; olía a vino, incienso y humo de tabaco.
Había reservados en todas las paredes, excepto en la que estaba tras la barra, ocupada por grandes barriles de vino y cerveza.
Todos los muebles eran de la madera más exótica y el terciopelo y cuero más finos que Calen había visto jamás.
Una larguísima tabla de roble ejercía las funciones de barra, tallada con tal detalle que rivalizaba con la artesanía de los dos dragones que se sentaban en lo alto de la escalera de la posada de Lasch.
Calen no pudo evitar seguir con el pie el ritmo de la melodía que el bardo tocaba con la flauta. Le resultaba familiar, aunque no reconocía la letra que cantaban los demás clientes.