Capítulo 14. Un nuevo camino #3
—Voy con ellos —Calen ya no miraba distraídamente al fuego. Se volvió hacia Aeson, con una mirada fija en su rostro—. Voy con ellos —repitió—, con una condición.
—¿Cuál? —preguntó Aeson alzando una ceja.
Therin también sintió curiosidad y se incorporó para escuchar.
—Quiero que me enseñéis a manejar la espada. No quiero volver a sentirme tan indefenso como antes. —Cerró con fuerza las temblorosas manos—. Voy a hacerles pagar por lo que hicieron. Quiero que me prometáis que tendré mi oportunidad de vengarme.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Aeson. Extendió el brazo hacia Calen, lo agarró del antebrazo y lo ayudó a ponerse en pie.
—Muchacho, eso puedo prometértelo sin problemas.
—Yo también —dijo Dann—. También voy.
—Bien —asintió Aeson—. ¿Y tú, joven maese Rist?
Rist giró la cabeza de izquierda a derecha mientras reflexionaba. Se sacudió suavemente el polvo de los pantalones y se puso de pie.
—Supongo que tendré que ir. Estos dos no durarán ni dos días sin mí.
Les dedicó una débil sonrisa a Calen y Dann.
—Entonces está decidido. Partiremos al amanecer. Son cuatro días de duro viaje hasta Camylin, así que descansad.
Rhett abatió los hombros, se dejó caer en el mullido sofá de cuero y lanzó un hondo suspiro.
Como posada, La Ribera era más bien pequeña, aproximadamente la mitad del tamaño de El Dragón Dorado.
Mesas circulares salpicaban el espacioso salón sobre el grueso suelo de madera.
La mayoría de las mesas estaban vacías, ya que los comerciantes y mercaderes habían continuado su camino al amanecer.
El posadero era un hombre corpulento, calvo y con un rostro afable y acogedor.
Sonrió a Rhett mientras limpiaba una jarra con un paño grande.
Este le devolvió la sonrisa y apenas asintió, como a alguien a quien no se conoce muy bien, pero con quien se quiere mostrar amabilidad.
Jugueteó distraídamente con el asa fría de su jarra de hidromiel.
Habían pasado dos días y dos noches desde que habían dejado El Claro, periodo en el que habían dormido al raso.
No se atrevieron a parar en el pueblo de Ölm, donde conocían bien a sus familias, al contrario que en Pirn.
Aun así, se sentía intranquilo. Le ponía nervioso dejar su hogar y a su familia, por no mencionar lo que pudiese depararle una nueva vida en Berona.
El viaje sería largo. Con Lobregal y las Tierras Calcinadas partiendo en dos el continente, el barco era la única forma real de viajar del sur al norte y solo había dos puertos en los que atracasen barcos lo bastante grandes para hacer ese viaje desde Illyanara: Gisa y Otoñada.
Solo los ricos viajaban desde Gisa: mercaderes y comerciantes, señores y damas que se dirigían a la ciudad insular de Antiquar o a la capital, Al’Nasla. En toda su vida, Rhett no había visto suficiente dinero para permitirse un solo billete desde esa ciudad. Probablemente nunca lo vería.
Todos los demás viajaban desde el puerto de Otoñada.
Era un viaje más largo y peligroso, pero era cuanto podían permitirse.
Se tardaba al menos dos meses a caballo en llegar a Otoñada y era un trayecto peligroso, con muchas noches difíciles, en tierras llenas de ladrones y asesinos.
Tras eso, o bien trataban de cruzar las Tierras Calcinadas, lo que equivalía a un suicidio, o daban con un capitán lo bastante estúpido para navegar por la Costa Radiante.
Sabía que no tenía que preocuparse por Ella.
Era una dama, sí, pero su fuerza de voluntad superaba a la suya en muchas ocasiones.
—Hola, forastero.
Estaba maravillosa con el vestido floral color crema y el cabello suelto en una cascada dorada sobre los hombros. Los ojos azul océano lo miraban desde arriba, escrutándolo. No había nada que no haría por ella. Llegarían a Berona.
—Vaya, sí que alegras la vista. —La miró con una cálida sonrisa en el rostro—. Vamos, siéntate, tómate una copa. Tenemos el lugar para nosotros solos.
Ella se echó a reír y se sentó a su lado, luego le dio un empujón juguetón en el hombro.
—Serás tonto.
Le pidieron al posadero con un gesto dos hidromieles más. Se quedaron un rato allí sentados, discutiendo los próximos días, evitando mencionar el largo viaje a través de las llanuras de Illyanara.
Ella bebió tímidamente un sorbo de hidromiel, luego se incorporó y se volvió hacia Rhett, con los ojos llenos de emoción.
—Estoy ansiosa por ver Camylin. Nunca he estado allí. Calen fue con papá cuando era más joven, pero yo no pude ir. He oído que los mercados son increíbles.
Rhett percibió el júbilo en su voz. Era increíblemente adorable cuando se emocionaba. Metió la mano en la bolsa de viaje que tenía a su lado y sacó un pequeño monedero, que tintineó cuando lo dejó sobre la mesa.
—He apartado unas monedas. No estaría bien pasar por Camylin y no comprar nada en los mercados.
Los ojos de Ella se iluminaron.
—¿De verdad? ¿Estás seguro de que podemos permitírnoslo?
—Por supuesto —respondió Rhett—. Ya lo tuve en cuenta antes de salir.
Ella le dio un beso en la mejilla.
«Solo hay que racionar un poco la comida los próximos días».