Capítulo 14. Un nuevo camino #2
Aeson miró fijamente a Calen. Había algo en su expresión que lo inquietaba. No era malicia ni mala intención, sino casi… expectación. El joven se agitó, incómodo bajo la mirada fija de Aeson, desesperado por romper el silencio. Afortunadamente, tenía muchas preguntas.
—¿Qué… qué es eso?
—Un huevo de dragón —dijo Therin para sorpresa de Calen.
Se acercó al grupo. Parecía haber crecido. La luz dibujó un halo a su alrededor mientras el fuego se apagaba, haciéndolo parecer casi etéreo.
—Más concretamente, es un huevo de dragón de Valacia, las tierras heladas del norte al otro lado del océano Antígano. Ni siquiera estábamos seguros de que existieran, solo eran una leyenda.
Había una sensación de asombro en su voz. Mientras hablaba, a Calen le pareció que incluso los insectos del sotobosque cesaban sus ruidosos rituales nocturnos solo para escuchar su voz.
Therin se agachó frente a Aeson, las manos casi rozando el huevo.
—Dragones errantes de las tierras heladas de Valacia, con escamas tan blancas como la nieve y tan negras como la noche más oscura, capaces de crecer tanto como cualquier dragón de Eferia.
Se dice que su conexión con la Chispa de la magia es tan pura y antigua como la luz del sol.
Ningún elfo, humano o gigante ha estado jamás vinculado a un dragón valaciano.
No creo que se haya visto ninguno en esta parte del mundo, hasta ahora.
—Sus ojos se desviaron momentáneamente del huevo hacia Aeson.
Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras le agarraba por los hombros—.
Lo has conseguido, viejo amigo. Lo has conseguido.
Los sonidos del bosque volvieron a llegar a los oídos de Calen y la luz del fuego iluminó el campamento. Therin se sentó con las piernas extendidas frente a Aeson y el huevo. Una sonrisa radiante se dibujaba en su rostro y sus ojos se posaron otra vez en el brillante huevo blanco y negro.
—¿Cómo demonios lo hace? —susurró Dann al oído de Calen—. ¿Es cosa mía o de verdad brillaba un poco?
Calen asintió. No podía apartar los ojos del huevo. Era hermoso. Duro, pero hermoso.
—¿De qué servirá un solo dragón contra el Imperio? Tienen la Guardia Dragontina —dijo Rist bruscamente—. ¿Cómo va a enfrentarse un solo dragón a una docena?
Aeson suspiró y pasó la mano por el huevo.
—No se trata de lo que puede hacer un dragón, Rist. Se trata del símbolo que representa. Es lo que significa. Esperanza. Dale esperanza a la gente y lucharán.
Rist torció el gesto y frunció el ceño. Calen conocía esa cara. Era la que Rist ponía cada vez que una respuesta no le satisfacía.
«Draleid».
Un escalofrío recorrió la espalda de Calen al oír la voz. Era un eco en lo más profundo de su mente. No era su propia voz, pero lo era. No la reconocía, pero le resultaba familiar. Un susurro. Intentó ignorarlo.
«Draleid».
La voz ahogó todos los sonidos a su alrededor. El susurro de las hojas, el zumbido incesante de los insectos y el ocasional canto de los pájaros nocturnos se apagaron y murieron. Intentó desesperadamente volver al mundo real, pero solo podía concentrarse en la voz.
«Draleid n’aldryr. Draleid».
La voz se hizo más fuerte y resonó en su mente. Se le puso la carne de gallina. No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado. Le parecieron segundos, pero era difícil saberlo. Todo a su alrededor parecía casi borroso.
«Draleid».
—Draleid…
—¿Qué has dicho? Lo siento, no te he oído —dijo Rist disculpándose.
Sus ojos buscaron los de Calen, quien ni siquiera se había dado cuenta de que había hablado en voz alta.
—Nada, lo siento. Estaba perdido en mis pensamientos.
La confusión en su cabeza empezó a despejarse, la voz se desvaneció. Miró a su alrededor y vio que Aeson y Therin lo observaban con curiosidad. Apartaron la vista cuando él los miró a los ojos.
«¿Me han oído? ¿Qué está pasando?».
La luz brillante del huevo desapareció en cuanto Aeson lo volvió a guardar en la bolsa. La apartó a un lado y se puso en pie.
—Está bien, que todo el mundo se calme. Es hora de trazar nuestros planes. Por la mañana cabalgaremos hacia Camylin y luego hacia Belduar. —Miró a los jóvenes de El Claro y respiró hondo—. Creo que es mejor que vengáis con nosotros.
Dahlen intentó intervenir.
—Pero…
—Esto no es un debate, Dahlen. Así que silencio.
Aeson miraba expectante a Calen, Dann y Rist. Dahlen frunció el ceño. Erik le lanzó una mirada como diciendo «cálmate».
Rist fue el primero en responder:
—El Claro es cuanto conocemos. Cuanto hemos conocido. ¿Cómo podemos abandonar a las personas que nos criaron después de lo que acaba de pasar?
—Me temo, joven maese Rist, que quedarse no es una opción.
Acabo de mostraros el motivo. El Imperio sabe que lo tenemos, por eso nos siguieron hasta Molinar.
Y os matarán sin pensarlo dos veces, algo que es culpa mía y de nadie más.
Siento que os hayáis visto envueltos en esto.
No era mi deseo, pero los dioses intervinieron y aquí estamos.
Los ojos de Aeson se suavizaron al mirar a Calen, cuya vista no se había apartado del crepitante fuego.
—Calen ha perdido mucho hoy, más de lo que cualquier joven debería perder.
Si regresáis solo conseguiréis poner a vuestras familias en el mismo peligro.
El Imperio seguramente permanecerá en los pueblos y sus alrededores durante algún tiempo.
Debéis usar la cabeza. No os pido que os unáis a nuestra causa, pero de momento es mejor que vengáis con nosotros.
Dejad que os llevemos a un lugar seguro.
Tenemos amigos en Belduar que pueden ayudaros.
—No… no lo sé —dijo Rist.
Aeson no se movió de donde estaba, con la mirada fija en los jóvenes de El Claro. El fuego crepitaba en la noche mientras un silencio sin palabras llenaba el aire.