De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 14. Un nuevo camino
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Capítulo 14. Un nuevo camino

UN NUEVO CAMINO

E l aire pesado del bosque de Ölm se había convertido en algo reconfortante para Calen.

Respiró hondo, y luego lo soltó en un suspiro de dolor, con el pecho dolorido por la patada que le había dado Farda.

El sol se había puesto hacía una hora y el grupo estaba acampado en un claro en medio de la espesura.

Habían cabalgado más rápido de lo que Calen hubiera creído posible a través de un bosque tan denso.

Al contrario que él, sus nuevos compañeros parecían haber nacido en una silla de montar.

Le dolían todos los huesos del cuerpo, tenía los muslos en carne viva y los músculos del vientre le ardían de tanto mantenerse erguido.

Con solo mirar a Dann y Rist, sentados a cada lado de él, supo que estaban en las mismas condiciones.

Ambos se quedaron sin palabras cuando Therin les contó lo sucedido.

Los soldados no habían venido a por sus familias.

Therin, Aeson, Erik y Dahlen los habían seguido a través del bosque de Ölm y de vuelta a El Claro; al enterarse de la presencia de los soldados, habían ido a buscar a los tres chicos.

Al parecer, los soldados conocían el nombre de Calen por el incidente de Molinar y habían descubierto dónde vivía.

Alguien debía de haberles dado su nombre.

Calen aún no estaba seguro de cómo ni por qué Therin estaba allí.

No había tenido tiempo de hablar con él, ni ganas.

No había dicho nada desde El Claro. Un doloroso vacío le llenaba el pecho y le resultaba imposible no perderse en sus pensamientos más íntimos.

Suspiró y arrojó una ramita suelta al crepitante fuego.

—Calen… —La voz de Rist era vacilante, inquisitiva—. Eh…

Calen suspiró.

—No pasa nada, Rist. No tienes que decir nada.

—Y una mierda —dijo Dann, enderezándose—. Calen, no puedes limitarte a enterrarlo bien hondo y no volver a hablar de ello. Te carcomerá por dentro hasta que no quede nada de ti. —Sus hombros se hundieron un poco y su arrebato de ira se apaciguó—. Recuerda lo que dijo Rist: la familia.

Calen suspiró y esbozó una débil sonrisa, pero siguió en silencio, mientras jugueteaba con una ramita.

Las emociones lo inundaban en oleadas que iban de la ira a la tristeza y de ahí a un hondo vacío con la misma rapidez con la que las llamas del fuego parpadeaban en el aire y la noche engullía las brasas.

Ni siquiera había pensado en los demás. ¿Cuántos otros habían muerto en El Claro porque se había empeñado en comportarse como un héroe? Era culpa suya.

«Mamá… Papá… Ella…».

—Faenir. —Calen se enderezó de repente, con los ojos muy abiertos. El vacío en su pecho se llenó de un fuego urgente. Agarró a Dann por los hombros—. ¡Dann! ¿Has visto a Faenir? No estaba fuera de la casa. Al menos, no lo vi allí. Tiene que estar bien.

Sus palabras se apagaron cuando el vacío se apoderó de él una vez más. Dann suspiró y negó con la cabeza.

—No lo vi, Calen…

Este asintió de forma distraída. La imagen del fuego ardiente consumía sus pensamientos.

«Lo siento».

Therin se apoyaba contra un imponente roble y hacía girar hábilmente un pequeño cuchillo de acero entre los dedos.

Se había puesto la capucha de la capa moteada, así que no se le veía el resplandeciente cabello plateado.

Estaba haciendo la primera guardia. Calen tenía intención de hablar con él, preguntarle por qué estaba allí, por qué lo había salvado. Pero no podía, todavía no.

Aeson, Erik y Dahlen se sentaban al otro lado del fuego, descansando tras el duro viaje hasta el bosque de Ölm, y apenas intercambiaban alguna palabra de vez en cuando.

Calen no podía evitar pensar que todo había empezado cuando ellos aparecieron.

El Imperio los estaba buscando. El Imperio estaba en El Claro por su culpa.

De no haber estado allí, nada de aquello habría ocurrido y su familia seguiría con vida.

—¿Por qué os persigue el Imperio? —preguntó, sorprendido por la dureza de su tono.

Las caras de Erik y Dahlen se torcieron en señal de confusión. Aeson alzó una ceja, con una expresión que contrastaba con la de sus hijos. No respondió. Eso encendió una llama en Calen. Se puso de pie de un salto.

—¡Mi familia acaba de ser asesinada por los que os buscaban, así que responde a mi pregunta, joder!

La ira lo consumía por completo. Su corazón latía a toda velocidad. La sangre se le escapaba de los dedos mientras apretaba los puños. Quería explotar y marchitarse en un instante.

—Cálmate y hablaremos. Aquí todos somos amigos.

La voz de Dahlen era tranquila y mesurada. Se puso de pie y extendió el brazo hacia Calen.

—¡No me toques! —Rugió él, apartando el brazo de Dahlen—. No somos amigos. ¡Están muertos por vuestra culpa!

Arremetió contra Dahlen, empujándolo hacia atrás, y echó mano a la empuñadura de la espada, que le colgaba de la cadera.

Erik se puso de pie de un salto. Dann echó a correr hacia Calen y lo agarró desde atrás por los hombros.

—Calen, basta.

Todo el cuerpo de Calen temblaba. Un zumbido le llenaba los oídos y ahogaba el resto de los sonidos, como si los envolviera una neblina amortiguadora. Tiró con fuerza contra el agarre de Dann, pero su amigo no se movió.

—Esta no es la forma correcta —dijo Rist con su voz habitual, los ojos fijos en los de Calen.

Tan rápido como había aparecido, el fuego se apagó en el cuerpo de Calen y el agotamiento se apoderó de él. Exhaló un largo suspiro y abatió los hombros. La ira había desaparecido, sustituida lentamente por aquel vacío familiar. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

Sin embargo, la expresión de Dahlen sugería que su ira no había hecho más que empezar. Antes de que pudiera decir nada, Aeson se colocó a su lado con la mano en el pecho y una expresión severa en el rostro.

—Hoy has sufrido una gran pérdida, Calen, y eso no es algo que se pueda tomar a la ligera. Pasaré por alto este arrebato, ya que también he sentido un dolor como el que te embarga en este momento.

Aeson dirigió una mirada suave a Erik y Dahlen. Estos retrocedieron con expresión renuente y volvieron a sus asientos junto al fuego.

—Dicho esto —dijo Aeson—, también es verdad que se te debe una explicación de por qué murieron y por qué te han sacado de tu casa. Por favor, vuelve a sentarte. Te lo contaré todo.

Dahlen y Erik intercambiaron una mirada de reojo, la incertidumbre pintada en el rostro, pero Aeson los ignoró.

En cuanto Calen, Rist y Dann se hubieron sentado en la tierra compacta alrededor del fuego, Aeson volvió a su posición en lo alto del tocón del árbol.

Se llevó la mano a la espalda y sacó la gastada bolsa de cuero que había sido la causa de todo.

Calen aún sentía que algo emanaba de su interior.

Therin estaba ahora a solo unas varas de distancia, apoyado contra otro árbol, y tenía los ojos fijos en Aeson y en la bolsa. Este paso las manos por ella, vacilante.

—En esta bolsa está la causa de lo ocurrido —susurró—.

Te has criado con las historias de Therin, así que seguro que conoces el verdadero modo en que llegó al poder el Imperio, y no las mentiras que este difundió por el resto de Eferia.

—Hizo una pausa y soltó un largo suspiro—.

En los cuatrocientos años transcurridos desde el surgimiento del Imperio, algunos hemos estado trabajando en su caída.

Hemos ayudado en levantamientos, incitado rebeliones y peleado en muchas guerras.

Desgraciadamente, nos han derrotado una y otra vez.

Cada vez que parecía que se había conseguido la victoria, aparecía la Guardia Dragontina o el propio Fane.

Aunque en las últimas décadas no se le ha visto fuera de Al’Nasla.

Apretó la bolsa con más fuerza.

—No podíamos enfrentarnos al Imperio lorio, con su Guardia Dragontina y sus magos, no mientras las tierras estuvieran fracturadas y divididas.

Cazaron a los gigantes hasta casi extinguirlos.

Los elfos se dispersaron y se retiraron a los bosques de Lynalion.

Los enanos cerraron las puertas de sus reinos montañosos.

Y el Imperio gobernaba las tierras humanas con mano de hierro.

Quedan algunos que se le oponen, pero la mayoría nos escondemos en las sombras, esperando.

Necesitábamos algo que forjara de nuevo las antiguas alianzas, que nos sirviera de apoyo.

Y al fin, tras todo este tiempo, lo hemos encontrado.

Calen sintió la expectación ardiendo en todos los que rodeaban el fuego.

Incluso Therin alzó la cabeza para echar un vistazo al interior de la bolsa; las llamas del fuego parpadeaban sobre sus afilados pómulos mientras fingía desinterés.

Aeson sujetó la bolsa entre las rodillas y desabrochó las hebillas.

Dudó un momento antes de meter las manos en su interior.

¿Qué podía merecer tanto dolor y miseria?

A Calen se le cortó la respiración. Giró bruscamente la cabeza y se llevó la mano a los ojos para protegerse del repentino resplandor que emanaba de la bolsa.

Los demás hicieron lo mismo. Apartó la mano del rostro cuando los ojos se le acostumbraron a la luz resplandeciente.

La respuesta que tanto había ansiado solo le suscitó más preguntas.

Medía alrededor de cuatro palmos de largo y la mitad de ancho.

Capas de escamas superpuestas lo cubrían de arriba abajo.

Las puntas blancas como huesos de cada escama reflejaban la luz cegadora del fuego, pero el blanco se desvanecía en un negro azabache en la base. Parecía un huevo. Un huevo blindado.

Therin lo miraba ahora sin disimulo. La luz reflejada iluminaba sus ojos y hacía brillar su cabello, incluso bajo la capucha.

—Jamás en toda mi vida… —susurró con una voz que apenas se oía, mezclada con los jadeos de asombro de los demás.