De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 13. Todo cambia #3
40%

Capítulo 13. Todo cambia #3

El dolor en el pecho era tan profundo que pensó que moriría allí mismo. Incapaz de moverse vio a Farda acercársele. El imperial dio un paso lento tras otro hasta que volvió a situarse sobre el cuerpo encogido de Calen.

—Ninguno de ellos tenía por qué morir, pero tuviste que hacerte el héroe y el destino tomó su decisión. Tú, sin embargo, tienes que morir. Para eso, no necesito preguntar.

Una vez más, Farda alzó la espada. Se detuvo un momento en lo alto del arco. A través del caos, Calen oyó un silbido bajo. Una flecha atravesó el bíceps del brazo armado de Farda, haciendo que la espada rebotara en el suelo con una serie de sonidos metálicos.

Calen sintió unas manos rodeándole el pecho mientras alguien lo levantaba del suelo.

—¡Levántate!

El sudor resbalaba por el rostro de Dahlen mientras tiraba de Calen para sacarlo de su posición encorvada. El joven miró más allá de Dahlen, con un vacío en el pecho. Sus ojos se perdieron en las llamas rugientes de su hogar y en el cuerpo sin vida del hombre que lo había criado y amado.

«Mamá… Papá… ¡Ella!».

—¡Ella!

Calen se abalanzó hacia las llamas. Su corazón se retorció en el pecho al darse cuenta de que Ella aún estaría durmiendo. Dahlen lo agarró por el cuello, le puso la espada en el pecho y lo miró a los ojos con tristeza.

—Están muertos. Si no te mueves, te dejaré aquí para que mueras también. ¡Despierta de ese sueño en el que estás y corre!

«Están muertos. Por mi culpa. Los he matado».

Dahlen agarró a Calen por la camisa y lo empujó para que echara a correr. Calen sentía que sus pies se movían, pero no recordaba haberles ordenado que lo hicieran.

«Es culpa mía».

Otra flecha pasó silbando junto a su cabeza.

Levantó la vista y vio la esbelta figura de Therin.

El bardo estaba de pie sobre una elevación del terreno a unas doce varas de distancia, con un gran arco curvo en la mano.

Su capa moteada de color marrón verdoso ondeaba al viento mientras colocaba otra flecha en el arco.

«¿Qué hace aquí?».

Calen giró la cabeza hacia atrás y siguió el vuelo de la flecha.

Esta se clavó en el hombro de Farda. Otras dos flechas sobresalían de su bíceps y su pierna.

Una furia ardiente se reflejaba en su rostro mientras miraba a Calen con ira.

Volvió a lanzar la moneda. Fuera cual fuera el resultado del lanzamiento, apartó su atención de Calen.

Rompió los astiles de las flechas con la hoja de la espada y se unió a los soldados. Ni siquiera cojeaba.

Dahlen volvió a aparecer.

—Calen, si no huyes, ¡juro por los dioses que yo mismo te atravesaré con mi espada!

Calen tropezó, incapaz de ordenar sus pensamientos.

—Mi madre… Ella…

Le temblaba la voz. El dolor en el pecho amenazaba con hacerle perder el conocimiento.

—Están muertos, Calen. Lo siento. —Dahlen sonó solemne. Suspiró—. Si no huimos ahora, moriremos todos. Necesito que huyas. Los aldeanos no los mantendrán distraídos mucho tiempo, y esas flechas no detendrán a Farda. No es… natural.

Calen miró con tristeza la escena que se desarrollaba justo bajo él.

Los soldados y los aldeanos seguían luchando en la calle, pero la gente de El Claro se vería obligada a deponer las armas a no tardar.

Muchos ya lo habían hecho, ensangrentados y magullados.

Quería ayudarlos, pero sabía que no podía hacer nada.

Él había traído a los soldados. Era culpa suya.

«Culpa mía…».

Miró a Dahlen y asintió sin entusiasmo.

Therin ya se había colgado el arco al hombro cuando llegaron a él. Lanzó una mirada preocupada a Calen en busca de heridas graves. Calen quería hablar, preguntarle qué hacía allí, pero guardó silencio.

Solo tardaron unos minutos en aparecer los demás.

Rist y Dann montaban los dos caballos que habían robado del campamento aquella misma noche.

Dann sujetaba las riendas del tercer caballo.

Aeson y Erik iban a su lado, montados en dos grandes castrados de color marrón.

Cada uno sujetaba las riendas de otra montura similar.

Cuando llegaron al grupo, Therin saltó a la espalda de uno de los animales sin detener el paso, tirando de las riendas hacia el pecho mientras se subía.

Dahlen montó el que quedaba libre. Extendió la mano y arrastró a Calen tras él, resoplando por el esfuerzo mientras lo levantaba.

Calen se sentía como un peso muerto inútil.

No tenía control sobre sus extremidades. Le costaba incluso respirar.

—¿Calen? —El tono de Rist era vacilante—. Calen, ¿qué ha pasado?

Calen se limitó a mirar sus manos empapadas de sangre… La sangre de su padre.

—¿Estás bien? Hemos oído la pelea.

Calen no respondió. No podía. Tenía tanto control sobre su voz como sobre sus piernas. Todo seguía repitiéndose en su cabeza. El momento en que Rendall clavó su espada en el pecho de Vars. Su madre sollozando, y luego siendo lanzada contra la pared. Las llamas. Ella.

Aeson y Dahlen intercambiaron una mirada y el segundo negó con la cabeza. Aeson asintió solemnemente y se llevó las riendas al pecho.

—Cabalga rápido y no te detengas hasta que se ponga el sol.