De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 13. Todo cambia #2
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Capítulo 13. Todo cambia #2

—Disculpa, herrero, ¿me estás llamando mentiroso? —preguntó Rendall—. Tu hijo atacó a mis hombres, en ayuda de unos asesinos buscados. Al hacerlo, le quitó la vida al menos a un joven iniciado. Oren Harstead, ¿verdad, Farda?

«¿Asesinos buscados? ¿Es eso lo que es Erik? ¿Y Aeson? ¿Y Dahlen?».

Sintió un nudo en el estómago. El hombre más alto asintió con una sonrisa divertida, como un kato observando pelear a dos conejos. Calen quería hablar, pero no estaba seguro de qué podía decir. Había matado a aquel hombre. Había visto la luz apagarse en sus ojos…

—Hoy estoy de buen humor y, como he dicho, me considero un hombre justo —dijo Rendall—. Si nos llevas hasta esos asesinos, te concederé la amnistía por tus actos equivocados, porque soy un hombre generoso. Pero si te niegas, no tendré más remedio que pedir justicia al emperador por tus crímenes.

Se oyeron más exclamaciones entre la multitud y el rostro de su padre se endureció.

—¿Qué… qué es la justicia del emperador? —preguntó Calen. Tenía la sensación de que ya lo sabía. Sintió un vacío en el estómago.

Su madre sollozó.

—Por favor…

Rendall miró a Freis con ira.

—La justicia del emperador es la verdadera justicia; ojo por ojo, vida por vida —dijo Rendall con tono firme—. Ahora, si tienes la amabilidad de decirme lo que necesito saber, podremos seguir nuestro camino.

Rendall alzó las cejas y los brazos. Calen no sabía qué hacer.

Por un lado, no tenía ninguna duda de que lo que Rendall haría si encontraba a Aeson, Erik y Dahlen no sería agradable.

Por otro lado, ni siquiera los conocía realmente.

¿Eran asesinos? Sin duda habían matado a gente…

Los había visto hacerlo. Pero… ¿él también era un asesino?

—Eh…

—¡Suéltalo, chico! —espetó Rendall.

Las grietas se extendieron por su falsa actitud encantadora.

Calen se dio cuenta de que la tensión aumentaba entre la multitud reunida.

Todo el mundo estaba nervioso. Su madre seguía sollozando en voz baja, con el brazo de su padre alrededor de los hombros.

La mirada de Vars quemaba el costado de la cabeza de Rendall.

—No… no sé dónde están. Los dejé en el bosque de Ölm. —Calen intentó desesperadamente no vomitar mientras su estómago se retorcía—. Lo juro.

La cara de Rendall se crispó con irritación.

—Ya ves, chico. De tal palo, tal astilla. —Con un movimiento lento y firme Rendall se volvió a colocar el casco en la cabeza—. Debe de ser hereditario, porque no me creo a ninguno de los dos.

Rendall se volvió a Farda, que lanzó la moneda al aire y la dejó caer perfectamente en su palma abierta. Farda miró la moneda y asintió a Rendall.

Este soltó un suspiro.

—Es una pena quitar una vida antes de que el sol haya alcanzado su máximo esplendor, pero son cosas que hay que hacer.

La sonrisa maliciosa que se dibujó en sus labios desmentía sus palabras. Calen tuvo la sensación de que disfrutaba quitando vidas, independientemente de la posición del sol.

Un murmullo de descontento se extendió entre la multitud. Los soldados del círculo se volvieron hacia el gentío, que había crecido considerablemente desde la llegada de Calen.

—¡Atrás! ¡Atrás, o habrá más de un muerto esta mañana! —gritó uno de los soldados.

Rendall apretó con fuerza la empuñadura de la espada mientras se acercaba a Calen.

Sollozando, Freis se arrojó hacia Rendall.

—Por favor, déjalo en paz. ¡No es más que un niño! ¡Todo esto es un malentendido! Yo…

Rendall golpeó a Freis con el mismo revés brutal que le había dado a Vars, enviándola al suelo con un grito.

—¡Aprende cuál es tu lugar, mujer! —gritó Rendall, escupiendo al suelo.

Vars rugió y se abalanzó sobre él, alcanzándolo con un poderoso gancho de izquierda en la mejilla y haciéndolo trastabillar hacia atrás. Rendall se tocó la mejilla con la mano y retrocedió ligeramente al tocar un punto sensible.

—Dame una espada y lucha conmigo como un hombre —siseó Vars.

La furia ardía detrás del azul de sus ojos—.

Vas por ahí intimidando a niños y golpeando a mujeres.

¿Es esto lo que hacen ahora los inquisidores?

Solían ser hombres de honor, al menos lo suficiente para enfrentarse a un hombre.

Pon una espada en mi mano y muéstrame quién eres.

Rendall arqueó las cejas con sorpresa. Miró a Farda, que se encogió de hombros con desinterés.

En un movimiento borroso, Rendall saltó hacia Vars, acortando la distancia entre ellos en fracciones de segundo.

Una mirada de sorpresa se extendió por el rostro de Vars cuando Rendall le clavó la espada en el pecho, hasta la empuñadura.

—Y, ahora, ¿por qué iba a hacer lo que me pides? —preguntó Rendall mientras sacaba la espada del pecho de Vars y lo miraba a los ojos.

Un profundo gemido llenó el aire. Freis se derrumbó en el suelo, llorando desconsoladamente.

—No, no, no… —Sus ojos, normalmente cálidos y acogedores, estaban enrojecidos y llorosos. Temblaba sin control—. ¿Por qué?

Calen saltó hacia el cuerpo de Vars, que yacía sin vida en el suelo. Se sintió vacío al caer de rodillas junto al cuerpo de su padre y agarrarlo por los hombros.

—¡Despierta! ¡Despierta! —Lo sacudió, cada vez más fuerte, hasta que sintió que sus brazos ya no podían más. Se sentía entumecido, vacío—. Por favor, por el amor de los dioses, ¡despierta! Papá…

Abrazó con fuerza el cuerpo de Vars y sollozó.

—Venga, levántate.

El disgusto era evidente en la voz de Rendall mientras limpiaba la sangre de la espada con un paño.

Calen sintió que el entumecimiento se desvanecía.

La rabia le recorría las venas; quemaba tanto que le dolía la cabeza.

Los aldeanos se habían quedado en silencio, conmocionados cuando Rendall atravesó a Vars con su espada, pero esa conmoción se había desvanecido. La indignación se apoderó de ellos.

—Mantenedlos a raya —gritó Rendall a los soldados que los rodeaban.

Calen se puso en pie con dificultad. Todo parecía moverse a cámara lenta.

El corazón le retumbaba con fuerza contra las paredes del pecho.

Un zumbido grave bloqueaba todos los demás sonidos.

Los aldeanos empujaban a los soldados, moviendo la boca de forma ininteligible mientras gritaban blasfemias, daban patadas y empujaban.

Rendall les daba la espalda, gritando instrucciones a los soldados.

Calen dejó caer la mano empapada de sangre hasta la cintura.

Sus dedos tocaron una gruesa moneda de metal que conducía a un mango envuelto en cuero.

Se había olvidado de su espada, poco acostumbrado como estaba a llevarla.

El cuerpo le temblaba de rabia y los dedos se aferraron con tanta fuerza al mango que pensó que podría quebrarse en su mano.

Desenvainó y se abalanzó sobre Rendall. En su cabeza solo estaba la idea de clavar la espada en el miserable corazón de aquella criatura.

Una vibración discordante recorrió su brazo cuando su espada rebotó hacia atrás. Farda se había interpuesto en su camino, desviando su golpe con facilidad.

—Niño idiota.

Farda volvió a blandir su espada hacia la cabeza de Calen, quien logró parar el golpe en el último segundo.

Farda se movía más rápido que nadie que hubiera visto jamás.

Su rostro apenas mostraba signos de esfuerzo mientras su espada bailaba en el aire.

No se parecía en nada a los combates con espadas a los que Calen estaba acostumbrado.

Tuvo que emplear toda su fuerza y voluntad para igualar sus golpes, pero Farda ni siquiera sudaba.

Apenas parecía interesado. Calen no podía seguir así.

La bota extendida de Farda le golpeó en el pecho como un martillo.

Calen pensó que su corazón se había detenido cuando lo levantó en el aire.

El dolor le retorció el pecho cuando se estrelló contra el duro suelo y su espada resonó contra la tierra a su lado.

Tenía la cabeza aturdida. Tosió violentamente y se salpicó la camisa de sangre.

Luchó por recuperar el aire en sus pulmones.

Cuando recuperó la visión, vio a Farda de pie junto a él con expresión impasible. Lanzó la moneda al aire y la dejó caer de nuevo en su mano. La miró rápidamente y luego alzó la espada.

—¡No!

Freis se abalanzó sobre Farda, utilizando todo su peso corporal para empujarlo hacia atrás.

Él pareció genuinamente sorprendido por un momento, luego se enderezó y se recompuso.

—Lamento el dolor que esto debe causar hoy, pero así debe ser.

Con una mirada de pesar en su rostro, levantó la mano en el aire, como si espantara una mosca molesta.

Algo invisible levantó a Freis del suelo, la lanzó hacia atrás y la estrelló contra la pared de la casa, que se astilló en todas direcciones al derrumbarse hacia dentro.

Farda apretó la mano en un puño. Los gritos y los alaridos se elevaron por encima del estruendo cuando la casa de Calen estalló en llamas.

—¡No! —exclamó Calen con la respiración entrecortada. Sintió un dolor profundo e implacable en el pecho cuando intentó volver a respirar.

«¿Cómo ha…? Mamá…».

Oyó el duro ruido metálico del acero chocando contra el acero a su alrededor. Los aldeanos finalmente habían perdido los estribos.

«Se ha ido».