Capítulo 13. Todo cambia
TODO CAMBIA
C alen tiró de las riendas, haciendo que el caballo se detuviera bruscamente. Un relincho agitado le indicó que podría haber sido un poco más suave.
—Lo siento, chico. Es que estoy cansado —dijo en voz baja mientras acariciaba el cuello del caballo con la mano.
Dann y Rist detuvieron sus monturas a ambos lados de Calen.
Contemplaron el valle de colinas onduladas que conducía a El Claro.
Era sin duda una vista preciosa. Las columnas de humo salían de las chimeneas, impulsadas por la brisa matutina, mientras el tenue resplandor de la luz del amanecer se extendía sobre las cimas de la cresta Lupina, a espaldas de Calen.
—No puedo creer que hayamos robado caballos a tres tipos que matan soldados imperiales por diversión, y a tres gigantes —dijo Dann con una amplia sonrisa en el rostro. Se echó a reír un poco con satisfacción—. Gigantes… Se lo voy a contar a todo el mundo.
Rist le lanzó una mirada de incredulidad.
—No se lo vas a contar a nadie; además, no te creerían. Pensarían que es otra de tus ridículas historias, como aquella vez que les dijiste a todos que habías visto un caballo con un cuerno en la cabeza.
Dann miró a Rist con aire abatido.
—Eso pasó de verdad —murmuró desafiante, aunque apenas audible.
—¿Habéis terminado?
Calen se deslizó de su caballo. No pretendía ser brusco, pero no estaba de humor.
—Supongo que si vienen los soldados, no nos necesitarán a todos.
—Sintió un nudo en el estómago—. Id con vuestras familias y quedaos allí.
Yo le diré a la mía lo que ha pasado y volveré aquí y me encargaré de los caballos.
Haré suficiente ruido para que me sigan.
Aeson dijo que iban a Camylin. Quizá vaya allí y trate de encontrarlos. Si me aceptan.
La idea se le había ocurrido mientras cruzaban el bosque de Ölm.
Si los soldados imperiales llegaban a El Claro no tenía ningún sentido que los tres pagaran el precio.
Mientras su familia estuviera bien, eso era lo único que importaba.
Y si podía despistar a los soldados y llegar a Camylin para encontrar a Aeson, lo haría.
Pero llegado el caso, pagaría el precio por lo que había hecho, no había más que hablar.
—Ya, ni por asomo —se burló Dann—. En primer lugar, saben que estábamos contigo. En segundo lugar, no.
Rist, que había desmontado mientras Calen hablaba, puso las manos sobre los hombros de Calen.
—Como Dann ha explicado tan poéticamente —dijo, mirando de reojo a Dann—, no es como hacemos las cosas.
Eres nuestra familia. Quizá no por sangre, pero el agua se vuelve tan espesa como la sangre si se pasa por suficientes mierdas juntos.
En pocas palabras, no vamos a dejar que hagas esto solo.
Si vas, vamos. Les diremos a nuestras familias que estamos a salvo pero que tenemos que irnos y nos reuniremos contigo aquí.
No debería llevarnos más de una o dos horas.
Podemos dejar los caballos atados a uno de los árboles.
—Exacto —intervino Dann, con aquella mirada picara tan familiar en los ojos—. No vamos a dejar que te lo pases bien tú solo.
Calen buscó la sonrisa más sincera que pudo esbozar. Puso una mano en el hombro de Rist y la otra en el de Dann.
Lo…
—No digas nada sentimental. No la cagues. Por el amor de los dioses, no la cagues. —Dann mantuvo el rostro serio durante unos segundos y luego sonrió de oreja a oreja—. Vamos.
Calen quería discutir, pero sabía que no tenía sentido. Por la expresión de sus rostros, se daba cuenta de que ya habían tomado una decisión.
Una vez que ataron los caballos, descendieron por la colina hacia El Claro.
El sol apenas había coronado las cimas de las montañas y un frío glacial aún habitaba las sombras.
Había muchas más luces en el pueblo de lo que Calen habría esperado tan temprano, pero descartó sus preocupaciones como simples nervios.
Cuando se acercaron al límite del pueblo, Rist miró a Dann y Calen.
—Volved a los caballos en no más de dos horas, ¿entendido?
—Entendido —respondieron mientras se separaban y se ponían en marcha por su cuenta.
Calen recorrió las calles a paso ligero. La mente le repetía constantemente que no corriera, mientras el corazón, que latía con fuerza, le reprochaba que fuera demasiado lento.
«¿Qué van a decir? He matado a alguien. Le he quitado la vida a alguien».
No dejaba de darle vueltas a todo aquello. Estaba a punto de doblar la esquina de la casa de Tach Edwin, en dirección a casa, cuando oyó las voces.
—¿Estás seguro de que no ha vuelto?
Calen reconoció la voz y se le encogió el corazón.
—No ha estado aquí. ¿De qué se trata? —preguntó Vars en tono inflexible.
«Papá».
Apretando el cuerpo contra la pared de la casa, se asomó por la esquina.
Su madre y su padre estaban frente a la casa y un grupo de soldados los rodeaba en formación cerrada.
Dos de ellos estaban fuera de la formación, en medio del semicírculo, interrogando a Vars y Freis.
Una multitud de aldeanos se había reunido a su alrededor.
—No queremos causar más problemas de los necesarios, pero el problema es que no te creo.
El soldado trataba de sonar amigable, pero había un tono cortante, una advertencia al final de cada palabra.
—Parecéis personas buenas y responsables. Buenos padres. No puedo imaginar que dejéis a vuestros hijos vagar libremente, así que no nos estáis diciendo la verdad.
Sostenía el casco en el hueco del brazo, con la mano apoyada en la cadera. Su capa roja ondeaba perezosamente al viento.
«Capa Roja».
—O nos decís lo que necesitamos saber, o el día no va a terminar bien ni para ti ni para tu esposa.
Una profunda mueca de enfado se dibujó en el rostro de Vars.
—Si me pones una mano encima…
El soldado le dio un golpe con el dorso de la mano, enfundada en un guante de acero pulido.
El golpe impactó con fuerza en la mejilla de Vars.
Este trastabilló hacia atrás y alzó la mano para limpiarse el corte que se acababa de abrir, del que brotaba un fino hilo de sangre como una lágrima carmesí.
«Sus ojos».
Calen solo había visto esa mirada en Vars una vez antes, con Rhett. Estaba dispuesto a matar. El soldado lo observaba con expectación. Estaba jugando con él.
El más alto permanecía en silencio. Su gruesa capa negra ondeaba con la brisa matinal.
Clinc.
Una moneda de oro voló por los aires, elevándose media vara para caer de nuevo en la mano abierta del hombre.
Era el que había luchado contra Aeson. Farda.
Un escalofrío recorrió la espalda de Calen y se le erizaron los pelos de la nuca.
Era como si lo llevase siguiendo desde que lo había visto en los muelles.
Vars se enderezó, echó los hombros hacia atrás y soltó un largo suspiro tranquilizador.
—No puedo decirte lo que no sé. No está aquí y no sé dónde está. ¿Para qué necesitas a un joven como él? ¿Por qué el Imperio está a mi puerta?
Calen oyó susurros entre la multitud reunida. Todos conocían a su familia. Conocían a Vars, pero en los pueblos había tanto miedo al Imperio como odio.
—No estoy aquí para darte explicaciones, herrero. Me considero un hombre justo, pero mi paciencia se está agotando. Dime dónde está tu hijo o te borraré esa mueca de indignación de la cara y tomaré a tu esposa como sierva. Aún parece capaz, a pesar de su evidente edad.
Capa Roja desenvainó la espada y la empuñó con una mano.
Los soldados del círculo hicieron lo mismo.
Farda seguía lanzando la moneda al aire, prestando tanta atención a la conversación como un niño a la pintura que se seca.
Calen había visto suficiente; no podía quedarse allí, escondido, mientras castigaban a sus padres por algo que él había hecho.
Asumiría la responsabilidad y pagaría el precio, fuera cual fuera. Salió de detrás de la pared.
—Dejadlos en paz —dijo, alzando la voz—. Aquí me tenéis.
Farda atrapó la moneda en el aire y volvió la cabeza hacia Calen. Sus ojos brillaban intensamente, y la piel alrededor de su boca se torció en una sonrisa de satisfacción. No dijo nada.
—Ven aquí, joven —ordenó el otro—. Me llamo Rendall.
Hizo un gesto a los soldados que lo rodeaban para que rompieran filas y dejaran pasar a Calen al centro.
Este se acercó paso a paso. Su mente no dejaba de preguntarse si aquello era lo más estúpido que había hecho en su vida.
Que era una estupidez estaba claro. Tenía un nudo en el estómago. Una mano se le posó el hombro.
—Calen, ¿qué pasa, muchacho? —le susurró Jorvill Ehrnin.
Intentó responder, pero sentía la boca cerrada con alambre. Oyó a otros llamándolo en voz baja. Mara Styr. Ferrin Kolm. El corazón le dio un vuelco cuando le pareció ver el pelo rojo de Anya, pero sus pies siguieron avanzando.
—Calen, ¿qué haces aquí? —La voz de Vars se abrió paso entre el ruido. Había una mirada de agonía en su rostro al verlo.
El soldado de la capa roja, Rendall, frunció el ceño a Vars por hablar fuera de tumo.
—Soy un inquisidor imperial, enviado desde Al’Nasla. Anoche te metiste en un pequeño lío, ¿verdad?
Hizo una pausa, no para dejar hablar a Calen, sino para dejar que se consumiera en su propio miedo. Y el miedo se apoderó de él; los inquisidores eran solo historias aterradoras. No existían realmente. Pero tampoco existían los gigantes.
—¿Qué fue lo que hizo, Farda? Interrumpió un interrogatorio imperial, desobedeció una orden directa… Ah, ¿y qué más? Ah, sí, asesinó a un soldado del Imperio.
Una ola de conmoción recorrió la multitud. El alboroto se convirtió en susurros apagados y exclamaciones de sorpresa. Una acusación como esa no era nada habitual en El Claro. Calen se dijo que no era habitual en ningún sitio.
Se le puso la carne de gallina al ver la cara de su madre. Los ojos de Freis se llenaron de lágrimas.
—Calen…
No pudo seguir hablando.
—Hijo, ¿es eso cierto? —La voz de Vars no vaciló, los ojos fijos en Calen.