Capítulo 12. Mitos y leyendas #5
Las palabras resonaban en su cabeza una y otra vez. Una niebla llenó su mente. El bosque y el campamento se desvanecieron, engullidos por la niebla. Solo podía ver la bolsa y un tenue resplandor que pulsaba en su interior.
«Draleid n’aldryr».
— Draleid n’aldryr —susurró, repitiendo las palabras en voz alta.
—¿Qué has dicho?
La niebla se desvaneció. Todo volvió a la normalidad, con el campamento bañado por el resplandor amarillo anaranjado del fuego.
Aeson estaba sentado en el tronco en el que Calen había apoyado la cabeza.
Tenía un cuaderno en una rodilla, una pluma en la mano y un pequeño tintero en la otra rodilla. Miró a Calen sin pestañear.
—Eh…, ¿has estado ahí todo el tiempo? —tartamudeó Calen.
Aeson asintió.
—Desde hace un rato. Solo estaba tomando algunas notas antes de partir hacia Camylin. ¿Qué dijiste hace un minuto, cuando estabas medio dormido?
Sus ojos no se apartaron de Calen, quien sintió un nudo en la garganta al intentar hablar.
—No lo sé. Solo algo de un sueño que estaba teniendo. ¿Camylin? ¿Es ahí dónde te diriges ahora?
—Sí. —Aeson entrecerró los ojos y mantuvo la mirada fija en Calen durante un incómodo instante, como dispuesto a indagar más en el sueño de Calen.
En lugar de eso cerró el cuaderno y tapó el tintero, haciendo clic con el pestillo—.
Asius nos ha dado lo que vinimos a buscar, y debemos partir hacia Camylin por la mañana.
Con los caballos frescos que Asius ha conseguido, podemos llegar allí en unos días si cabalgamos sin descanso.
Calen asintió. Le llevó un segundo comprender lo que Aeson había dicho.
—Espera, ¿qué quieres decir? No vamos a ir contigo a Camylin. Tenemos que volver a casa. He dejado el caballo y el carro de mi padre en Molinar. Va a ser imposible explicarlo tal y como están las cosas.
La expresión de Aeson no cambió. Guardó la pluma en una cajita de madera con el interior forrado con un suave material morado.
—Creía que habíamos acordado que no era buena idea que volvieras. Esos soldados irán a buscaros, y en El Claro es donde mirarán primero. Seguro que alguien de Molinar te conoce bastante como para informarles de dónde eres. Amigo o no, Calen, el dinero manda.
—Acordamos que lo decidiríamos por la mañana. —El pánico se apoderó de Calen—. Si van a El Claro, entonces tenemos que volver. ¿Y si hacen daño a mi familia por mi culpa?
No podía soportar la idea de que los soldados pudieran hacerle algo a sus padres o a Ella por su culpa. No había sido su intención matar a ese soldado.
Aeson puso la mano sobre el hombro de Calen.
—Descansa un poco, duerme y hablaremos por la mañana. De todos modos, no quedan muchas horas de oscuridad. Podemos elaborar un plan cuando todos hayamos dormido un poco.
Calen asintió.
—Sí, supongo que tiene sentido. Estoy bastante cansado. Podemos decidirlo por la mañana.
Se le escapó un bostezo.
—Bien —dijo Aeson, poniéndose en pie—. Si no estás despierto al amanecer, os despertaré a ti y a tus amigos.
Esbozó una leve sonrisa y se dirigió hacia donde tema extendidas sus mantas.
En cuanto Calen se aseguró de que todos dormían, se acercó de puntillas al lugar donde estaban Rist y Dann. Se movió lo más silenciosamente posible, con cuidado de no pisar ninguna rama ni hoja seca.
—Rist, Dann, despertad —susurró—. Tenemos que irnos. Ya.
Las brasas del fuego crepitaban y chisporroteaban. Aeson miró fijamente el fuego, frotándose las manos. No tenía frío, pero tenía que tomar decisiones. El chico tenía más fuerza de voluntad de lo que él había pensado.
—¿Sabes que han vuelto a El Claro?
Aeson no levantó la cabeza del fuego.
—Me preguntaba cuándo te veríamos, Therin.
El elfo salió de la oscuridad y se adentró en la tenue luz del fuego moribundo. Se quitó la capucha de la capa verde marrón. Aeson torció el gesto cuando el pelo plateado de Therin brilló a la luz ardiente. El elfo se colocó al otro lado del fuego, fingiendo calentarse las manos.
—Lo sé —suspiró Aeson—. Esperaron hasta que me creyeron dormido y se llevaron tres de los caballos.
Therin arrojó a las llamas una ramita con la que había estado jugando y luego rodeó el fuego hasta situarse frente a Aeson.
—Y los dejaste ir. ¿Por qué?
Su tono no era crítico, eso no era propio de Therin, pero había un claro tono de irritación en él.
—Me hago la misma pregunta —dijo Asius. Aeson no se había dado cuenta de que el gigante se había acercado—. Me alegro de verte, Therin Eiltris, hijo de Alwin Eiltris.
—Igualmente, Asius, hijo de Thalm. Ha pasado demasiado tiempo.
Aeson apartó la mirada del fuego.
—Creo que es hora de avisar a los demás. Puedo encargarme de que envíen algunos halcones desde Camylin. Asius, lamento decir esto, pero ¿cuándo podéis partir tú, Senas y Larion?
Therin arqueó una ceja ante la pregunta. Asius ladeó la cabeza y entrecerró los ojos con curiosidad.
—Podemos ponernos en marcha en menos de una hora, pero ¿por qué? Después de tanto tiempo, ¿por qué ahora?
Aeson resopló ruidosamente y levantó la cabeza para encontrarse con la mirada curiosa de Asius.
—Porque, viejo amigo, creo que hemos encontrado a nuestro draleid.