Capítulo 12. Mitos y leyendas #4
—Tranquilo, no pasa nada, las preguntas son naturales.
Hemos tenido tiempo suficiente para reflexionar sobre las respuestas.
Quedan pocos de nosotros, aunque nunca fuimos muchos.
Los jotnar no somos como los humanos. Somos menores en número, pero vivimos mucho más tiempo.
Cierto que… —Hizo una pausa y estrechó la mano de Senas.
Miró a Larion, que tenía una expresión melancólica en el rostro—.
Fane y sus ejércitos cazaron a los de nuestra especie hasta casi extinguirnos.
Éramos un pueblo fuerte y orgulloso, pero ni siquiera nosotros pudimos resistir la fuerza que se nos echó encima.
Muchos de nuestros amigos y familiares cercanos forman parte de la tierra de nuevo. Como fuimos, por siempre seremos.
—Como fuimos, por siempre seremos —repitieron Senas y Larion en un susurro.
—Sin embargo, algunos de nosotros sobrevivimos escondiéndonos y buscando la ayuda de viejos amigos.
—Sonrió levemente a Aeson—. En realidad, no sé cuántos quedamos.
Nos mantenemos en pequeños grupos y no nos comunicamos a menudo, sería demasiado peligroso.
Pero con suerte y esperanza, no siempre será así.
Cuando llegue el momento, los demás responderán a la llamada.
—Entiendo —respondió Rist, sumido en sus pensamientos—. ¿Por qué arriesgarse a mostraros ante nosotros? Podríamos contárselo a cuantos conozcamos.
Calen tuvo que reprimir las ganas de maldecir. Eran criaturas de leyenda. No estaba bien cuestionarlas así.
—Lo cierto, pequeño, es que nadie te creería.
La sonrisa de Asius no era alegre.
—¿Puedo hacerte una pregunta más? —intervino de nuevo Rist tras un largo silencio.
Asius asintió.
—Claro, pequeño. Si no preguntamos, nunca lo sabremos.
Eso pareció animar a Rist. Los ancianos del pueblo solían reprimir su curiosidad sin pensarlo dos veces. «La curiosidad mató al kato», oyó Calen la voz de Verna Gritten resonando en su cabeza.
—Antes, cuando salvaste a Calen y Erik, ¿eso fue magia? —preguntó Rist inclinándose hacia delante, los ojos brillando a la luz del fuego.
Aeson alzó una ceja interrogativa hacia Asius, quien le hizo un gesto para que se callara.
—Sí, pequeño. Es lo que llamas magia. Aunque para nosotros es la Chispa. —Los ojos de Asius se posaron en Rist, con una sonrisa cómplice en el rostro—. Tú…
—¿El hacha?
Calen se tapó la boca con la mano. Quería que la tierra lo tragara. No había querido decir eso en voz alta. Era tan malo como Rist.
Asius se volvió hacia él, sin dejar de sonreír.
—Tu curiosidad es reconfortante, pequeño.
La mayoría de los humanos rehúyen lo que no comprenden.
Te refieres es a un níthral. En lengua común, sería «espada del alma».
Es un arma poderosa, creada a través de los hilos de la Chispa, única para quien la invoca.
Se necesitan muchos años de concentración y aprendizaje antes de poder invocarla.
Es una habilidad que la mayoría nunca alcanza.
«Espada del alma».
Imágenes del gigante (no, el jotnar) blandiendo el hacha de luz roja brillante pasaron por la mente de Calen. Sintió el poder que irradiaba al atravesar el pecho del urak. Era un arma como nunca había visto antes. ¿Cómo podía alguien enfrentarse a algo así?
A medida que avanzaba la noche, las preguntas de Rist parecían no tener fin, al igual que el entusiasmo de Asius por responderlas.
Dann, Erik y Dahlen se sumergieron en el mundo de los sueños, inconscientes alrededor del fuego.
Larion y Aeson mantuvieron su propia conversación, en su mayor parte en susurros.
Calen no podía entender nada de lo que decían, pero parecía girar en torno a lo que había en la bolsa que Larion sostenía.
Calen quería saber las respuestas a las preguntas de Rist. Él mismo habría querido hacerlas.
Aunque la pregunta que dominaba todas las demás en su mente era el tema de la conversación de Aeson y Larion: qué había en aquella bolsa.
¿Qué era lo que los soldados del Imperio querían encontrar tan desesperadamente?
O, más importante, ¿por qué había matado Calen a un hombre?
Se estremeció al pensarlo. Había quitado la vida a otra personas y ni siquiera sabía por qué.
«Necesito saber por qué».
Se acercó a Aeson y Larion, con cuidado de no hacer demasiado ruido mientras se arrastraba por el suelo. Inclinó la cabeza lo más discretamente que pudo, esforzándose por distinguir lo que decían Aeson y Larion.
—Es increíble —decía Larion en un susurro ahogado—. El valaciano…
De repente, las voces se callaron. Podía oír el crepitar del fuego y el soplo de la brisa nocturna que se deslizaba entre los árboles, pero no las voces de Aeson y Larion.
Giró la cabeza para ver si seguían hablando y casi se le sale el corazón del pecho cuando sus ojos se encontraron con los de Aeson.
Calen giró la cabeza tan rápido que se mareó un poco.
«Mierda».
No se atrevió a mirar atrás para ver si Aeson seguía observándolo. Quería seguir escuchando, pero ni siquiera podía distinguir el final de un susurro. Era como si el viento se hubiera llevado las voces de Aeson y Larion.
Sintió que los párpados se le cerraban mientras el fuego irradiaba calor.
Había sido un día largo y una noche larga.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había dormido?
Se dejó caer al suelo y apoyó la cabeza contra el tronco que tenía detrás, con el calor del fuego calentándole los huesos. Sintió que el sueño se apoderaba de él.
Draleid n’aldryr.
N'aldryr. Draleid.
Draleid.
Draleid.
Se despertó sobresaltado y se llevó la mano al pecho.
Su corazón latía con tanta fuerza que pensó que estaba tratando de escapársele del cuerpo.
Usó la otra mano para secarse las gotas de sudor que se le formaban en la frente.
Trató de ralentizar la respiración, dejando que sus pulmones se llenaran de aire, conteniéndolo y luego soltándolo muy despacio.
Sus pensamientos eran un torbellino. La voz le parecía totalmente real.
Miró a su alrededor en el campamento mientras su pulso recuperaba algo parecido a la normalidad.
El fuego ardía despacio, crepitando cada pocos segundos.
Nubes de brasas y polvo se elevaban en el aire a medida que los trozos de madera cedían y se derrumbaban.
Pero el fuego no desprendía suficiente calor para explicar por qué la piel de Calen estaba tan caliente; parecía como si pudiera incendiarse.
Era difícil ver a la luz del fuego moribundo, pero parecía que la mayoría del grupo estaba dormido, salvo Senas y Asius.
Era imposible confundir sus enormes cuerpos, incluso en la oscuridad del bosque.
Hablaban en voz baja sentados frente al fuego.
La cabeza de Senas descansaba sobre el hombro de Asius.
Tenía los ojos cerrados, pero Calen podía ver cómo se movían sus labios.
Otra silueta corpulenta yacía en el suelo, con la cabeza apoyada en uno de los troncos a solo unas varas de los dos gigantes. El pecho de Larion subía y bajaba con un ritmo lento y constante, con la bolsa que había estado sosteniendo antes todavía envuelta en sus brazos.
«Draleid».
Un susurro resonó en la mente de Calen, una sombra de su sueño. Sacudió la cabeza y se frotó los ojos con las palmas de las manos para intentar despejarse. Un ronquido grave le indicó que Dann estaba profundamente dormido.
Algo seguía atrayendo su mirada hacia la bolsa que Larion sostenía en brazos.
A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad de la noche, todo se veía un poco más claro.
La bolsa estaba hecha de cuero grueso, con costuras reforzadas y fuertes hebillas de hierro en la parte superior.
Sintió que algo emanaba de su interior. Algo atraía su mirada hacia ella.
«Draleid n’aldryr».