Capítulo 12. Mitos y leyendas #3
Calen no estaba seguro de lo que Asius quería decir, pero asintió de todos modos.
Oyó el suave sonido de los cascos de los caballos presionando el musgo que cubría el suelo del bosque.
Aeson y Dahlen estaban a lomos de sus monturas, observando la escena que se extendía ante ellos.
Había cadáveres de urak esparcidos por todas partes, Calen y Erik estaban magullados y un poco ensangrentados, y ahí estaba aquel individuo de dos varas y media con la piel tan pálida como el papel más delicado y los músculos tan gruesos como los del herrero más fornido.
Dann y Rist estaban tras ellos, con expresión preocupada en el rostro, y buscaban con la mirada a Calen.
—Estás bien. Por un momento me preocupé. Era imposible contar cuántos eran. Asius, me alegro de verte, viejo amigo —dijo Aeson.
Una cálida sonrisa se dibujó en su rostro al ver al gigante, que asintió y le devolvió la sonrisa.
—Yo también me alegro de verte, Aeson Virandr. Han pasado demasiados años desde la última vez que nos cruzamos. Me emocioné al recibir tu mensaje. ¿Lo tienes?
—Sí, demasiados para contarlos, viejo amigo.
Demasiados para contarlos. Y sí, lo tengo.
—Clavó pensativo la mirada en la lejanía unos instantes, perdido en sus pensamientos—.
Vamos —dijo. Miró a su alrededor, tras terminar de bucear en sus recuerdos—.
Supongo que el campamento no está lejos si estás aquí.
—A un paseo. Senas y Larion nos esperan allí. Hay una hoguera para calentaros y comida para llenaros el estómago. Seguro que estáis cansados y hambrientos.
A la mención del fuego el cuerpo de Calen recordó lo fría que era la noche. Sintió un escalofrío y se sopló en las manos para calentarlas; el estómago le rugía al pensar en la comida. La expresión de los rostros de Rist y Dann le indicó que les pasaba lo mismo.
—Erik, ¿estáis Calen y tú lo bastante bien como para caminar? Si estáis heridos, podemos cambiaros los caballos.
Había un tono pragmático en Aeson.
Erik miró a Calen, quien asintió con un gruñido. El fuego que ardía en la base de su columna no estaba de acuerdo, pero no era nada que un poco de descanso no pudiera solucionar.
—Sí, padre. Podemos caminar. No está lejos.
—Bien, pongámonos en marcha. Cuanto más rápido avancemos, antes tendremos comida en el buche.
Dio un ligero golpecito con el talón en el lomo del caballo, instándolo a caminar lentamente. Erik le dio un codazo a Calen en las costillas para llamar su atención, con una sonrisa picara en el rostro.
—Ya has luchado dos veces contra los uraks.
Calen frunció el ceño. No entendía cómo Erik podía reírse después de lo que acababa de pasar.
Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no vaciar el contenido de su estómago, y el corazón le seguía latiendo con fuerza; el pensamiento se le iba de los monstruosos uraks a la mirada del soldado en el momento de morir y la forma en que la luz se había apagado en sus ojos. Continuaron en silencio.
Tras unos quince minutos de caminata, Calen vio el cálido resplandor naranja rojizo de una hoguera, que proyectaba sombras titilantes a través de los huecos entre los árboles. A medida que se acercaban, oyó voces, una masculina y otra femenina, pero no pudo distinguir lo que decían.
Los árboles dejaron paso a un pequeño claro. En el centro ardía una gran hoguera, con una enorme olla de hierro fundido suspendida sobre ella y cuatro grandes troncos dispuestos alrededor.
Calen, Rist y Dann se detuvieron en seco cuando vieron a los dueños de las voces.
Ambos eran tan altos como Asius, con la piel igual de pálida y azulada como el hielo.
A diferencia de Asius, no iban con el torso desnudo, sino que llevaban jubones de cuero a juego, bien confeccionados, con botones de acero.
Los demás entraron directamente en el campamento sin pensarlo dos veces, dejando a los chicos allí de pie, boquiabiertos.
—¡Larion, Senas, qué alegría volver a veros!
La voz de Aeson resonaba con sinceridad. Les estrechó a ambos el antebrazo, con una amplia sonrisa que se extendía de oreja a oreja.
—Es un placer verte de nuevo, Aeson Virandr —respondió Senas con voz suave y cálida. Casi no encajaba con su enorme complexión—. ¿Quiénes son estos jóvenes tan apuestos? No son todos tus hijos, aunque estos dos lo parecen. Tienen tus ojos.
Se volvió hacia Erik y Dahlen mientras hablaba. Calen pudo ver bondad en su mirada.
—Tienes razón, Senas, como siempre. Estos son mis hijos, Erik y Dahlen. Los otros tres son nuevos compañeros nuestros. Para ser sincero, aún no me los han presentado como es debido. Fue por Erik que se cruzaron en nuestro camino.
De repente, todas las miradas se posaron en Calen, Dann y Rist. Dann le dio un rápido codazo a Calen para indicarle que era él quien tenía que hablar.
—Soy Calen Bryer. Estos son Dann Pimm y Rist Havel. Somos de El Claro. Tampoco sabemos muy bien cómo hemos acabado aquí, pero es un placer conoceros.
—Lo mismo digo, Calen Bryer, Dann Pimm y Rist Havel, de El Claro. Es un placer compartir nuestra hoguera con vosotros esta noche. Soy Senas, hija de Iliria, y él es Larion, hijo de Olin. Venid, sentaos. Seguro que tenéis hambre. Hay sopa y mantas calientes.
Salvo por Aeson y sus nuevos compañeros, no hubo conversación mientras comían. Calen no estaba seguro de haber visto a Dann comer tan rápido en toda su vida.
—¿Queréis más? —preguntó Senas riendo.
Se levantó para remover la sopa en la olla con un cucharón largo de hierro fundido.
Calen intentaba no mirarla fijamente. Era atractiva a su extraña manera, de ojos verde intenso que contrastaban con la pálida piel azul blanquecina; llevaba el cabello rubio plateado recogido en la nuca.
Los tres —Asius, Senas y Larion— eran diferentes a todo lo que Calen había visto antes.
—Sí, por favor. Está delicioso —dijo Dann. Se unió a ella junto a la olla, extendiendo el cuenco para que se lo llenaran. Parecía un niño pequeño a su lado.
—Aeson, cuéntanos tu viaje y háblanos de Molinar. ¿Has tenido éxito?
Calen no había oído hablar a Larion hasta entonces. Tenía una voz grave y mesurada, como si meditara cada sílaba con sumo cuidado. Aeson miró rápidamente de reojo a Calen, Rist y Dann antes de responder a la pregunta.
—Sí, amigo mío. Hemos tenido éxito.
Aeson hizo un gesto a Dahlen, quien a regañadientes le entregó la gran bolsa que había estado acunando durante casi toda la noche.
Larion la tomó con las manos con el cuidado de una madre que maneja a un bebé recién nacido.
Sus ojos se iluminaron cuando abrió la bolsa y contempló lo que había dentro.
—Fue realmente increíble —dijo Aeson, con un destello de emoción en el rostro.
Miró a Calen, Dann y Rist, y esa emoción se desvaneció un poco mientras enderezaba la espalda—.
Esperamos tres días y tres noches y casi morimos congelados en ese páramo helado, pero al cuarto día, justo cuando habíamos perdido la esperanza, regresaron.
El viaje de vuelta fue un poco accidentado.
Tuvimos algunos problemas con el Imperio, pero conseguimos escapar, gracias a la suerte de los dioses.
Ayer por la tarde llegamos al muelle de Molinar, aunque no sin complicaciones.
—Ya veo. ¿Y alguno de vosotros lo ha oído? —preguntó Asius, inclinando la cabeza.
Aeson negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro. Pasaron el rato siguiente discutiendo los acontecimientos de Molinar: los soldados que se les acercaron y la lucha, hasta que Asius los encontró en el bosque. A Calen le surgieron más preguntas de las que sabía cómo abordar. ¿Por dónde empezar?
—Asius, ¿te importa si te pregunto… qué eres?
Rist había estado callado, pero Calen reconoció la expresión de su rostro.
Llevaba un rato dándole vueltas a la pregunta.
Una profunda carcajada brotó tanto de Asius como de Senas.
Larion solo frunció el ceño por un momento, luego volvió a mirar dentro de la bolsa, pasando la mano por el exterior con lo que parecía afecto.
—Bueno, pequeño —dijo Asius cuando la risa se calmó—, los de tu especie siempre nos han llamado gigantes.
Nosotros nos llamamos jotnar. No pienses que somos groseros por reímos.
Es una risa de alegría. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hicimos nuevos amigos.
A veces olvidamos que nunca antes habíais visto a uno de los nuestros. El mundo no es como lo conocíamos.
Había una tranquila reflexión en los ojos de Asius.
Gigantes. La palabra resonó en la cabeza de Calen.
En todas las historias que le contaban de niño, el Imperio había cazado y asesinado a los gigantes hasta la extinción.
Estaban envueltos en tal misterio desde hacía tanto tiempo que nunca los había considerado más que una leyenda, cuentos de viejas.
Sin embargo, allí estaban, justo frente a él.
Siempre había imaginado que serían… ¿diferentes?
Algunos bardos y narradores, como Therin, contaban historias en las que los gigantes eran grandes constructores de ciudades, carpinteros navales y eruditos.
Pero la mayoría los pintaba como salvajes; monstruos de tres varas de altura con dientes retorcidos y despiadada sed de sangre, parecidos a los uraks.
—Creía que los gigantes habían desaparecido. No se les ha visto en siglos. ¿Dónde habéis estado?
Calen no pudo evitar lanzarle una mirada de reprobación a Rist, a quien nunca le había importado mucho la sensibilidad de los demás cuando se trataba de su curiosidad.
Y cuanto más se respondían sus preguntas, mayor se hacía esta.
A Calen le parecía contradictorio. Sin duda, una respuesta debería saciar la curiosidad, no avivarla.
Asius se percató de la mirada de Calen.