De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 12. Mitos y leyendas #2
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Capítulo 12. Mitos y leyendas #2

Aeson chasqueó las riendas y espoleó a su caballo.

Sin dudarlo, Erik y Dahlen hicieron otro tanto.

Calen, que casi salió despedido de Ildarya, se agarró con fuerza a la cintura de Erik.

El caballo se adentró a toda velocidad en las profundidades del bosque, saltando por encima de árboles caídos y zanjas.

Se oyó un silbido, enmascarado por el estruendo de los cascos que arrancaban trozos de tierra empapada del suelo del bosque.

Algo enorme salió volando de la oscuridad y se estrelló contra un árbol a unas dos varas de distancia, haciendo volar astillas de madera en todas direcciones.

Fragmentos de corteza golpeaban el brazo levantado de Calen mientras intentaba proteger sus ojos para que no le destrozaran.

Gritos y rugidos retumbaban tras ellos, cada uno más feroz que el anterior, como si se respondieran entre sí. Eran rugidos guturales y espeluznantes.

Una flecha pasó silbando junto a la cabeza de Calen, demasiado cerca para su comodidad. Levantó la vista y vio a Dann sosteniendo el arco de Dahlen y colocando otra flecha. Creyó ver cómo se encogía de hombros en señal de disculpa.

Un urak salió disparado de los arbustos a su derecha y se lanzó contra Calen y Erik.

Sus ojos rojos como la sangre eran lo único que podía ver con claridad.

Estaba a mitad de camino cuando una flecha se le clavó en el cuello y lo derribó en el aire.

Con un grito monstruoso, se precipitó al abismo de la noche.

—¡Uraks! —Rugió Erik.

Azotó las riendas, haciendo que Ildarya se lanzara a una velocidad frenética.

El caballo hizo honor a su nombre. Calen solo pudo agarrarse mientras avanzaba con una fuerza asombrosa.

La mayoría de los caballos que Calen conocía tendrían dificultades para igualar la velocidad de Ildarya, incluso sin llevar dos jinetes.

Las vibraciones recorrieron la espalda de Calen mientras los cascos del caballo golpeaban el suelo del bosque.

Sus músculos se tensaron mientras se agarraba con las piernas y rodeaba con fuerza la cintura de Erik con los brazos.

Justo cuando pensaba que nada podía igualar su velocidad, el mundo comenzó a girar.

Cayó por los aires, indefenso mientras daba vueltas, antes de estrellarse contra el tronco de un árbol.

No estaba seguro de si los crujidos que oía provenían de la frágil corteza del viejo roble o de los huesos de su espalda. Lo único que sentía era dolor.

Entraba y salía de un estado de inconsciencia. Oleadas de dolor agudo le recorrían la base de la columna vertebral. Era difícil saber si estaba despierto o no; cerraba los ojos y se encontraba con una oscuridad total, y al abrirlos seguía viéndola.

Oyó a Ildarya relinchando. Fuera lo que fuera lo que les había golpeado, el caballo había recibido el impacto.

No sobreviviría a la noche. Con la cabeza latiéndole como un tambor, Calen sacó fuerzas de las entrañas y se puso de rodillas.

Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad.

Mientras se aferraba a una vaga sensación de conciencia, vio varias siluetas.

El urak estaba destrozando a Ildarya, miembro a miembro. El caballo aullaba y chillaba de dolor mientras los dientes del urak desgarraban su carne.

Hubo un destello de acero, seguido de un chorro de sangre.

El urak se derrumbó, con la cabeza siguiendo al cuerpo hasta el suelo.

Parecía que a Erik le había ido un poco mejor que a Calen en la colisión.

En cuestión de segundos, estaba intercambiando estocadas con otros dos uraks.

Golpes pesados y despiadados le llovían como martillos golpeando acero doblado; Erik los paraba, se agachaba y se apartaba.

El movimiento borroso le provocó a Calen un nuevo dolor de cabeza al intentar seguirlo.

Intentó ponerse en pie, pero se desplomó de espaldas al fallarle la fuerza en las piernas.

El dolor en la espalda le quemaba como el fuego.

—Dame la mano.

La voz era calmada y serena, con un tono tranquilizador. A Calen le recordó a Erdhardt Hammersmith. Consiguió levantar la cabeza para mirar hacia quienquiera que fuera el dueño de esa voz, medio esperando ver al decano del pueblo de pie junto a él.

La mente de Calen debía de estar jugándole una mala pasada por la caída.

El hombre que tenía delante era mucho más alto que Erdhardt, incluso más que los uraks, quizá medía dos varas y media de pies a cabeza.

Su piel brillaba con un pálido tono azul blanquecino a la débil luz de la luna.

Llevaba el pelo oscuro recogido en una coleta.

Intentó distinguir su rostro, pero era difícil en la oscuridad.

Estaba desnudo de cintura para arriba y su cuerpo era un apretado conjunto de gruesos músculos que rivalizaban con los de cualquier herrero.

Llevaba unos pantalones largos y oscuros muy parecidos a la capa de Therin: viejos, gastados, pero con una sensación de atemporalidad, como si no pudieran quemarse en el fuego ni ser rasgados por una espada.

Para su propia sorpresa, Calen extendió la mano y tomó la del desconocido sin pensarlo.

Era cálida al tacto. No estaba seguro de por qué esperaba lo contrario; tal vez porque su pálida piel parecía una fina capa de hielo.

Algo en aquel gigante lo tranquilizaba. Sin previo aviso, el desconocido lo empujó con tanta fuerza que lo tiró al suelo.

El joven torció el gesto de dolor al golpearse la espalda contra el suelo del bosque.

Calen miró hacia el gigante. Tentáculos de luz roja brillante se enroscaban desde su mano en ambas direcciones, envolviéndose y entrelazándose entre sí, como enredaderas trepando por la pared de una casa.

La luz era tan brillante que casi cegaba; en un instante se había extendido por los alrededores.

A medida que los tentáculos de luz se entrelazaban, la forma que dejaban atrás se solidificaba.

El mango y la hoja de una enorme hacha de doble filo se formaron en una luz roja brillante, cuya intensidad se atenuó a medida que la forma ganaba consistencia.

El desconocido echó el hacha hacia atrás y la blandió sobre la cabeza de Calen con una fuerza descomunal.

Se estrelló directamente contra el pecho de un urak que saltaba, levantando a la bestia más alto en el aire al tiempo que se hundía por completo en su carne.

El desconocido sacudió el cuerpo del urak del hacha como si no fuera más que una astilla.

Giró sobre sí mismo, soltó el hacha y la lanzó hacia lo lejos por los aires.

Calen vio que atravesaba la cabeza de un Urak que cargaba contra él y se clavaba en un árbol tras el cuerpo que se desplomaba.

Luego desapareció, desvaneciéndose en la oscuridad más rápido de lo que había aparecido.

Más uraks emergieron del bosque, saltando sobre los cuerpos de sus compañeros caídos.

Gruñían y rugían, blandiendo frenéticamente en lo alto pesadas hachas y espadas carbonizadas.

El enorme desconocido pasó junto a Calen y lanzó un rugido feroz a modo de respuesta.

Levantó ambos brazos como si empujara algo imaginario hacia las monstruosidades que se acercaban.

Gruesas enredaderas brotaron del suelo bajo ellos y se entrelazaron en el aire de manera muy similar a como lo había hecho la luz roja.

Excepto que estas no formaban un arma; eran el arma.

Se movían por el aire más rápido de lo que los ojos de Calen podían seguir; a medida que se alejaban se iban engrosando.

Cinco uraks, cinco enredaderas; todas encontraron su objetivo y atravesaron el torso de un urak.

Siguieron moviéndose hasta que cada una quedó enterrada en el tronco de un árbol diferente, con los cuerpos sin vida de los uraks suspendidos en el aire.

Calen, boquiabierto, intentaba sentirse aterrorizado, pero su cabeza no podía procesar lo que estaba sucediendo con la suficiente rapidez.

Los cuerpos cayeron al suelo cuando las enredaderas se retiraron hacia la maleza.

Calen recuperó el sentido y sintió el terror acumularse como una bola de hielo en la boca del estómago. Los pelos de los brazos y la nuca se le erizaron como las púas de un puercoespín.

—No pasa nada.

Erik se arrodilló a su lado, le puso una mano en el hombro y lo miró directamente a los ojos. Tenía la ropa cubierta de manchas de suciedad y barro. Finos hilos de sangre le brotaban de los nuevos cortes en la cara y los brazos, pero estaba vivo.

—Asius es un amigo. Es a quien hemos venido a ver.

Calen intentó responder, pero las palabras se le atragantaron. El gigante lo miraba fijamente. Extendió la mano, que debía de ser el doble de grande que la suya.

—Soy Asius, hijo de Thalm. Me alegro de que nuestros caminos se hayan cruzado, aunque lamento cómo ha sucedido.

Algo parecido a una sonrisa se dibujó en su rostro o, al menos, Calen pensó que era una sonrisa. Casi sin darse cuenta, extendió la mano a su vez. Asius envolvió los dedos gigantescos alrededor de su antebrazo y lo levantó con una facilidad inquietante.

—Gra… gracias, Asius, hijo de Thalm. Soy Calen Bryer, hijo de Vars Bryer. Te debo la vida —balbuceó el joven, luchando por sacar las palabras de su garganta. No se había dado cuenta de la fuerza con la que le latía el corazón hasta ese momento.

—No me debes nada, pequeño. Todo lo que se da se recibe, tan seguro como que el día da paso a la noche.