Capítulo 12. Mitos y leyendas
MITOS Y LEYENDAS
C alen había perdido la noción del tiempo transcurrido desde que salieron de Molinar, pero el cielo seguía tan negro como el azabache. La única luz provenía del resplandor nacarado de la luna, que se colaba en el carro a través de las aberturas del toldo.
Aeson estaba sentado en el banco del conductor, dirigiendo a los caballos hacia algún lugar. Él y Dahlen se habían turnado poco después de salir de Molinar.
Calen no tenía ni idea de dónde iban. Había intentado preguntar un par de veces, pero Dahlen se había limitado a lanzarle una mirada vacía, y luego había vuelto a acunar el enorme morral de cuero que tenía en el regazo.
Erik le respondió que no estaba seguro, pero que su padre lo sabía y que pronto podrían descansar todos.
Dann no había hablado desde que había salido de Molinar. Calen no estaba seguro de si había parpadeado siquiera. Se limitaba a mirarse las manos, y ocasionalmente alzaba la vista para contemplar el vacío del cielo nocturno desde la parte trasera del carro.
La única conversación real que Calen tuvo fue con Rist. Le explicó todo lo que había sucedido antes de que él y Dann salieran al patio.
Su amigo soltó un breve grito ahogado cuando Calen le contó que había matado a un soldado momentos antes.
Notó que Dann lo miraba cuando llegó a esa parte, pero tan pronto como sus ojos se cruzaron volvió a fijar la vista en sus manos.
Así que se quedó allí sentado. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Tenían que parar en algún momento y entonces responderían a sus preguntas.
Al cabo de un rato, cada vez más árboles pasaban por la abertura de la parte trasera del carro.
Calen supo que habían llegado a unas colinas onduladas cuando el carro empezó a balancearse de un lado a otro, inclinándose hacia delante y hacia atrás al pasar por las pendientes.
Estaba a punto de preguntar dónde se encontraban cuando oyó relinchos que resonaban en la noche varía.
Estaban cerca y, por el sonido, había más de un caballo.
—Nos bajamos aquí. Dejamos el carro —gritó Aeson.
Lo detuvo bruscamente, lo que hizo que todos se inclinaran ligeramente hacia delante. Erik asintió a Calen mientras se ponía en pie. Fue un gesto sombrío; había cansancio en sus ojos.
Uno tras otro, se bajaron del carro y se adentraron en la noche.
El aliento de Calen se condensaba frente a él mientras saltaba a los campos abiertos que se extendían sobre colinas onduladas hasta donde alcanzaba la vista.
Una ligera capa de escarcha cubría cada brizna de hierba, vistiéndolas de blanco, rígidas y crujientes.
Crujía bajo el peso de las botas. La adrenalina de antes se había disipado y sentía un ligero escalofrío en los huesos, así que se arrebujó en la zamarra.
A unas seis varas de distancia, junto a un matorral, había tres caballos atados a un pequeño poste con pinta de que lo habían clavado apresuradamente en el suelo no hacía mucho tiempo.
Parecía un buen momento para hacer preguntas.
—¿Por qué hay caballos aquí? ¿Por qué estamos aquí?
—Porque hemos dispuesto que estén aquí. No podemos llevar el carro al bosque. No contábamos con vosotros tres, así que solo hay para nosotros. Tendremos que ir dos por caballo.
Aeson se dirigió hacia los caballos, sin esperar respuesta. Erik y Dahlen lo siguieron sin dudar, y Dahlen se echó la gran bolsa al hombro. Rist no se movió.
—Espera, ¿qué demonios está pasando aquí? ¿Dónde vamos? ¿Qué hacemos aquí? Calen, tendríamos estar en la cama, para volver a El Claro por la mañana. Esto es una locura.
Aeson se detuvo y se volvió hacia Rist. Un suspiro se le escapó de los labios. Había melancolía en sus ojos.
—Mira, no importa el porqué o el cómo, después de lo que pasó allí, esos soldados os estarán buscando.
Volver sería más estúpido que venir con nosotros.
Tenemos que reunirnos con unos amigos en un pequeño campamento en el bosque.
Venid con nosotros, descansad esta noche y decidid con la mente despejada por la mañana.
¿Os parece bien? No os obligaré. De hecho, no tengo problemas en dejaros aquí, pero la oferta sigue en pie.
—Iremos con vosotros.
La voz de Dann era ronca, como si acabara de despertar de un largo sueño. Rist lo miró con las cejas alzadas, sorprendido.
—Dann, ¿en serio…?
—Rist, no tenemos dónde ir. Tiene razón. Nos buscarán. Hemos matado a gente. ¿Crees que el Imperio lo va a dejar pasar? ¿«Adelante, jóvenes, todo está perdonado»? No seas estúpido.
—Tiene razón —dijo Calen, suspirando—. No tenemos muchas opciones.
La incredulidad se apoderó del rostro de Rist. Su mirada se posó alternativamente en Dann y Calen, buscando desesperadamente las palabras mágicas que les hicieran cambiar de opinión. Al final, se encogió de hombros y suspiró.
—¿Con quién voy?
Una vez que montaron todos, Aeson dio una palmada en el costado del caballo que tiraba del carro, haciéndolo salir disparado en la noche, arrastrando el carro tras él.
—Eso debería despistarlos —dijo, dando un veloz golpe de talón en el costado a su caballo bayo.
Dann cabalgaba con Dahlen y Rist con Aeson. No hubo mucha conversación en ninguno de los dos grupos.
Erik rompió el silencio primero.
—¿Tienes hermanos o hermanas?
La pregunta tomó posesión de la mente de Calen y se le hizo un nudo en el estómago. Habían pasado dos años desde la muerte de Haem. ¿Tanto tiempo, de verdad? El dolor era tan reciente como si hubiera ocurrido aquella misma mañana. Era como si tuviera un agujero en el pecho.
—Tengo una hermana, Ella. ¿Y tú?
—Solo estamos Dahlen y yo. Y papá, claro.
—¿Y tu madre?
Un silencio flotó en el aire.
—Falleció cuando éramos pequeños. Tuberculosis. Se la llevó demasiado rápido para que los curanderos pudieran entender qué era.
—Lo… lo siento.
—No pasa nada. Fue hace mucho tiempo.
Erik volvió las vista al frente, hacia la oscuridad del bosque que se acercaba rápidamente.
Se produjo un silencio incómodo mientras el caballo trotaba.
Calen no sabía qué decir. ¿Y qué podría haber dicho?
Sabía lo que se sentía al sufrir esa pérdida, y también que no era algo que las palabras pudieran curar.
No tardaron mucho en quedar envueltos por los árboles.
El bosque de Ölm. Por lo general no pensaba en lo grande que era, pues se extendía a lo largo de las estribaciones occidentales de la cresta Lupina.
Era como si no pudiera alejarse de aquel sitio.
Apretó las piernas alrededor del costado de Ildarya cuando el caballo tropezó con un agujero en el suelo.
«Supongo que a ti tampoco te gusta la oscuridad, chico».
Ildarya significaba «jinete del viento» en la lengua antigua, según Erik.
Calen no dudaba de que el nombre le quedaba bien al caballo; avanzaban a buen ritmo teniendo en cuenta que iban dos personas, pero tenía la impresión de que ni siquiera se estaba esforzando.
El caballo era una bestia; sus patas eran gruesas como troncos de árbol y su cuello era más robusto que el de un oso.
—El bosque de Ölm… No volveremos a este maldito lugar. ¿De verdad vamos a entrar ahí después de lo que pasó la última vez? —preguntó Rist en voz alta, aunque claramente se lo decía a Dann y Calen.
—¿La última vez? —dijo Erik, girando ligeramente la cabeza.
—Bueno, la última vez que estuvimos en el bosque de Ölm, tuvimos algunos problemas.
«Si es que casi ser asesinado por un oso y luego por dos uraks puede considerarse “algunos problemas”».
Erik giró un poco más la cabeza.
—¿Algunos problemas?
—Bueno… —Calen se detuvo un segundo, preguntándose cuánto debía contar—. Estuvimos a punto de morir a manos de unos uraks.
Erik tiró de las riendas. Ildarya se detuvo de repente, lo que hizo que Calen se inclinara hacia delante y se estrellara contra la espalda de Erik.
—¿Uraks? ¿Vosotros tres luchasteis contra unos uraks?
—Yo no lo llamaría luchar. La verdad es que no sé muy bien cómo seguimos vivos, pero lo estamos.
Erik asintió y se volvió hacia el bosque. Respiró hondo, como si fuera a decir algo, pero se contuvo. Dio un ligero golpecito a Ildarya en las costillas con el talón. El caballo se puso en marcha de nuevo, acelerando un poco el paso para alcanzar a los demás.
—Tendrás que contamos esa historia más tarde, alrededor del fuego, mientras comemos.
Aquella inconfundible densidad volvió a impregnar el aire.
Los pulmones de Calen tuvieron que esforzarse un poco más para tomar cada bocanada de aire.
A medida que los campos de hierba daban paso al esponjoso suelo del bosque, las pezuñas del caballo se hundían un poco más, y sus pasos se volvían cada vez más pesados.
Los grillos chirriaban y Calen oía el ocasional aleteo de un pájaro que despertaba de su letargo, pero por lo demás reinaba el silencio.
Era un poco inquietante. El bosque solía parecer vivo día y noche, como una ciudad bulliciosa que se ocupaba de sus asuntos sin saber nada del mundo de los hombres.
Había algo en aquel silencio que hizo que se le erizara el vello de la nuca.
También lo vio en Erik. Sus ojos se movían rápidamente de un árbol a otro, buscando cualquier peligro.
Estaba mucho más despierto de lo que parecía antes.
—Padre…
—Lo sé —respondió Aeson sin rodeos. Sacó una de las espadas de la vaina que llevaba a la espalda y sujetó las riendas con la otra mano.
Calen intentó concentrarse, aunque no le sirvió de mucho. Estaba demasiado oscuro para ver nada. Las copas de los árboles bloqueaban la poca luz de la luna que le había permitido ver hasta ese momento.
«Deben de tener una vista como la de los katos, porque…».
¡Crac!
Oyó el crujir de la rama tan claramente como si estuviera justo al lado de su oído. Dejó de intentar ver lo que estaba pasando y se dedicó a escuchar. Escuchó el silencio ensordecedor.
Crac.
—¡Al galope!