Capítulo 11. Un viaje inesperado #2
Erik se giró casi de inmediato, abriéndose paso entre los soldados que tenía delante, las dos espadas silbando al viento. Calen no tuvo que mirar atrás. Sabía que Dann y Rist lo seguían.
Sentía los latidos del corazón en todo el cuerpo.
Le temblaba la mano que empuñaba la espada ligeramente curvada que le había dado su padre.
A pesar de todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, hasta ahora no se había fijado en los intrincados remolinos que brotaban de la guarda hasta la hoja.
La ornamentación parecía irónica en algo creado para quitar una vida.
«Acabo de matar a un hombre».
Vio un destello de acero por el rabillo del ojo. Reaccionó sin pensar, blandiendo la espada para esquivar el golpe que se le venía encima. Cargó con el hombro, enviando al hombre al suelo.
—¡Dahlen, cúbrenos! —gritó Erik a su compañero encapuchado.
Dahlen ya había llegado al carro. Sacó un arco largo y una aljaba de su interior.
Zas. Una flecha pasó silbando junto a la oreja de Calen, y el familiar sonido sordo indicó que había dado en el blanco.
—¡Corred!
Dahlen soltó otra flecha y otro soldado cayó. Cuando llegaron al carro, Erik se detuvo.
—¡Subid!
Empujó a Calen al interior del carro, luego a Dann y a Rist, antes de unirse a ellos.
—¡Dahlen!
Erik señaló con la cabeza hacia Aeson, que seguía enzarzado en su duelo con Farda.
—¡Padre! —gritó Dahlen, soltando una flecha.
Aeson giró la cabeza justo cuando la flecha se clavaba en el hombro de Farda.
Solo un gruñido escapó de los labios de este, y parecía más de molestia que de dolor.
Aeson saltó lejos del herido Farda y echó a correr hacia el carro.
Dahlen le pasó el arco a Erik, se dirigió a la parte delantera del carro y puso los caballos en marcha.
Erik disparó flecha tras flecha contra la densa multitud de soldados, intentando despejar un camino.
Aeson trató de llegar al carro, entrando y saliendo del campo de visión de Calen mientras se abría paso entre los soldados.
Era imposible. Había demasiados hombres.
Un silbido fuerte y profundo llenó sus oídos.
Terminó con un estruendo atronador, como una inmensa ráfaga de viento que se estrellase contra un árbol, o una poderosa ola que rompiera contra el lado de un acantilado.
Varios soldados que se interponían entre Aeson y el carro salieron disparados por los aires, lanzados en todas direcciones como muñecos de trapo.
Rist casi saltó por encima de la barandilla del carro cuando vio lo que había sucedido; le brillaban los ojos.
Aeson se abalanzó por el hueco creado. Una flecha pasó silbando junto a su cabeza y atravesó el ojo de un soldado mientras él saltaba a la parte trasera del carro.
—¡Vamos, vamos!
Con un chasquido de las riendas, el carro partió veloz como un rayo huyendo de las nubes.
La repentina sacudida casi hizo que Calen saliera disparado por encima del pretil trasero.
Cuando se asomó por el borde una flecha atravesó el aire cerca de su cara, rasgando la lona que cubría el carro.
Tras pensarlo mejor se dio la vuelta, dejando que la espalda golpeara contra el pretil de madera.
Se deslizó lentamente hasta que el trasero tocó la base de madera del carro.
Las vibraciones le sacudían los huesos mientras las ruedas golpeaban contra los adoquines. Cerró los ojos por un segundo.
—¿Calen? —La mano de Rist se le posó en el hombro—. ¿Qué demonios acaba de pasar?
Miró a Rist con la mirada perdida y luego dirigió la vista hacia Aeson y Erik, los dos apoyados contra los barrotes de madera del carro.
Erik contaba las flechas que le quedaban en la aljaba, mientras Aeson permanecía sentado con los ojos cerrados. Su pecho se elevó, se mantuvo así un momento y luego se hundió. Dann estaba sentado en silencio, con la mirada fija en las manos cubiertas de sangre.
—¿Dann?
Su amigo ni siquiera pestañeó. Extendió las manos frente a él, con los dedos estirados.
Calen extendió las suyas. Estaban cubiertas de sangre seca, coagulada y agrietada.
—No lo sé, Rist… No lo sé —respondió.
Alzó la vista de las manos. Sus ojos se encontraron con los de Erik, quien le dedicó una débil sonrisa antes de volver a contar sus flechas.
«He matado a un hombre».
Un escalofrío recorrió la espalda de Ella al salir al aire nocturno.
El nuevo calor de los días de verano aún no se había filtrado en las noches y el sol se había puesto en el horizonte hacía horas.
Tanto Vars como Freis se habían retirado a descansar a la misma hora, y Calen estaba en Molinar.
Probablemente bebiendo hasta perder el sentido si estaba con Dann.
«Es una noche tan buena como cualquier otra».
Se subió la capucha del largo manto marrón.
Sus manos se movían nerviosas mientras ajustaba los cordones, asegurándose de que estuviera bien atado a su alrededor.
Dudó un momento, negándose a revisar el contenido de su bolso por quinta vez.
Respiró profundamente el aire fresco y lo retuvo un instante, dejando que el frío fluyera por sus pulmones.
Lo soltó con un profundo suspiro mientras observaba el humo que ascendía de una chimenea.
Las calles estaban prácticamente desiertas. Habían sido unas semanas muy largas. Con la Prueba y las celebraciones, la mayoría estaban tan cansados que podrían haberse tirado durmiendo varios días. Cosa que le venía de perlas.
El resplandor plateado de la luz de la luna se derramaba sobre las calles, proporcionando la luz suficiente para ver el camino que tenía delante.
Aunque eso no importaba; habría podido encontrar cualquier puerta del pueblo con los ojos cerrados.
La tierra crujía bajo sus pies mientras recorría las calles, con los grillos de los campos cercanos y la tos ocasional de alguien que se daba la vuelta en la cama como únicos compañeros.
Rhett estaba exactamente donde había dicho: al sur del pueblo junto al poste indicador roto, al lado del muro bajo.
Incluso a la tenue luz de la luna era el hombre más guapo que había visto jamás.
Aceleró el paso, casi saltando mientras caminaba.
Una cálida sonrisa se dibujó en su rostro; las comisuras de los labios casi le llegaban a las orejas. Le encantaba esa sonrisa.
—Aquí estás —dijo, al tiempo que una sensación de calidez se extendía por su cuerpo.
Se arrojó hacia él, rodeándolo con los brazos y entrelazando las manos a su espalda. Rhett esperó un momento antes de abrazarla a su vez y atraerla hacia sí para compartir la calidez de su pecho.
—Por supuesto que estoy aquí —dijo. Estiró ligeramente el cuello para darle un beso en la coronilla, demorándose un segundo o dos antes de separar los labios—. Te seguiría hasta las profundidades de Mar Dorul. Aunque espero sinceramente no tener que hacerlo nunca, eso sí.
Ella inclinó la cabeza hacia arriba y apoyó la barbilla sobre su pecho.
—Sé que lo harías, igual que yo lo haría por ti. ¿Estás listo? ¿Dejaste la carta?
Vio la vacilación en su rostro. Rhett amaba El Claro. Lo era todo para él, pero si se quedaban habría sangre entre Rhett y Vars. Ella no podría estar con él si se quedaban. Quizás algún día podrían volver. Si se casaban y tenían hijos, eso podría ablandar el corazón de su padre.
«El tiempo cura todas las heridas».
—Sí, dejé la carta. Creo que mis padres lo entenderán. ¿Dejaste la tuya?
—Sí. Mamá lo entenderá. Papá, creo que también, con el tiempo. No les dije dónde íbamos. Me pareció que era lo mejor. Podremos volver, algún día.
Rhett asintió. Ella sabía que su sonrisa era más forzada que natural, y lo entendía. Lo amaba y esperaba no tener que volver a pedirle que hiciera algo así nunca más.