Capítulo 11. Un viaje inesperado
UN VIAJE INESPERADO
— A lejaos del carro. Va a ser registrado por orden del emperador.
Erik y sus dos compañeros se encontraban a la derecha de la puerta del patio del establo, frente a la cubierta de un carro.
Sus dos compañeros se habían envuelto en las capas.
Las capuchas les cubrían el rostro, protegiéndolos de la luz amarilla y brillante de las lámparas que colgaban alrededor del patio.
Un grupo de soldados lorios se había desplegado a su alrededor en semicírculo.
Los dos individuos que Calen había visto en la cubierta del barco se situaron al frente: el de la capa negra y el de la capa roja con la coraza con el león.
Este era casi dos palmos más bajo que su compañero, aunque su cuerpo fibroso lo volvía igualmente intimidante. Sus ojos eran fríos.
Erik se volvió a Calen en cuanto este salió al patio y frunció el ceño al ver que llevaba la capa.
Solo movió los ojos; siguió inmóvil ante el grupo de soldados que se encontraba frente a él.
Calen no fue el único que se fijó en la mirada de Erik.
Casi la mitad de los soldados se volvieron para ver quién era el nuevo visitante, incluido Capa Roja.
—Vete de aquí, chico. Esto no te concierne —ordenó el soldado, inclinando la cabeza—. No me hagas repetirlo.
Los pies de Calen estaban pegados al suelo.
Cada fibra de su ser le decía que allí no se le había perdido nada, pero algo le impedía moverse.
Así que se quedó donde estaba. Su expresión era la misma imagen de la calma, aunque por dentro temblaba.
Quería disculparse, volver al interior y seguir bebiendo con Dann y Rist.
—Esto… —Sus palabras lo traicionaron.
—No era una petición, chico. Era una orden. —La ira en la voz del soldado era palpable. Desenvainó la espada, se giró, estiró el brazo y apuntó directamente a Calen—. Lárgate —gruñó.
—Él no tiene nada que ver con esto —dijo Erik, dando un paso hacia Calen—. Déjalo en paz. Calen, vuelve adentro.
—Erik, ¿qué haces? Vuelve aquí ahora mismo. Lo que le pase no es cosa nuestra —dijo uno de sus compañeros. La voz denotaba tensión e impaciencia. Se volvió hacia Capa Roja—. Por favor, señor. Nos vamos; no queremos problemas.
El de la capa negra soltó un suspiro.
—Ya estoy harto. Estamos registrando todos los carros y carretas del pueblo. Si no tuvierais nada que ocultar, ya nos habríamos ido. No tengo ningún reparo en derramar sangre, pero si os hacéis a un lado inmediatamente, me ahorrareis tener que limpiar mi espada por la mañana.
Su rostro, aunque tomado por el cansancio, no carecía de atractivo. Una larga y delgada cicatriz que empezaba justo bajo la línea del cabello pasaba por encima del ojo derecho y llegaba casi hasta la parte inferior de la mejilla. Tenía los ojos de un verde intenso y vivo, casi antinatural.
—No nos vamos a mover, Farda —dijo el otro compañero de Erik, con voz tranquila y firme.
Levantó las manos y se quitó la capucha. Era un hombre algo mayor, probablemente tenía unos cuantos veranos más que Vars. Su corto cabello negro estaba salpicado de canas blancas y grises; el color de su barba era muy similar. Sus penetrantes ojos azules contrastaban con su piel curtida.
Con una velocidad sobrehumana, Farda desenvainó la espada y dio un paso adelante, con la muerte en los ojos. El otro sonrió, mostrando los dientes, y sacó ambas espadas de las vainas que llevaba a la espalda con un movimiento fluido.
—Aeson Virandr —siseó Farda. Su tono seguía siendo frío e inflexible, pero sus ojos brillaban—. Sabía que eras tú quien estaba en ese barco. Te me escapaste en Ilnaen. Te juro que eso no volverá a pasar.
—No hagas promesas que no puedas cumplir, Farda.
Aeson hizo girar sus espadas en el aire, sin apartar la mirada de Farda. Se movía con tal confianza y naturalidad que casi hacía parecer a Erik un ratón tímido.
Sin previo aviso, Farda se lanzó sobre Aeson, blandiendo la espada en alto.
Las hojas de los dos se encontraron en un estruendo de acero que resonó en todo el patio.
En cuestión de segundos, este fue tomado por el caos.
Farda y Aeson intercambiaban golpes a una velocidad aterradora; ambos tenían el rostro inexpresivo, sin mostrar ira ni miedo, mientras intentaban encontrar el punto débil en la defensa del otro.
Sus espadas rebotaban entre sí como truenos metálicos.
Erik y su otro compañero luchaban contra cuatro o cinco soldados cada uno; los dos empuñaban espadas cortas casi idénticas.
El compañero encapuchado de Erik era despiadado.
Se movía entre sus atacantes en un torbellino de acero silbante, zigzagueando, esquivando y parando golpes sin que pareciese costarle el menor esfuerzo.
Un soldado dio un golpe alto y cargó, solo para quedarse gritando cuando el encapuchado se deslizó fuera de su camino, al tiempo que le cortaba los tendones con el movimiento de retroceso de la espada.
Luego clavó la otra en el pecho de su oponente.
La lucha de Erik era muy similar. Más que pelear parecía bailar con el acero en las manos. Calen no tardó en llegar a la conclusión de que los soldados no tenían la menor posibilidad.
Solo que en ese momento otro puñado de soldados irrumpió en el patio del establo desde la calle lateral, las espadas desenvainadas y gritando consignas de guerra indescifrables.
Debían de haber oído la lucha. A Erik, distraído por los recién llegados, lo tomó por sorpresa uno de los soldados.
Más pequeño que su contrincante, lanzó todo su peso en una embestida con el hombro que hizo que Erik trastabillara hacia atrás.
La parte posterior del talón se estrelló contra la caja torácica de un cuerpo encogido, lanzándolo de cabeza al suelo polvoriento y pisoteado.
El soldado se abalanzó, blandiendo la espada en un arco descendente.
La mano de Calen cayó sobre la gruesa empuñadura de su espada, atada a su cadera.
Había olvidado que estaba allí. Sin pensarlo, la sacó de la vaina, con un poco más de fuerza de la necesaria, y la clavó en el espacio entre Erik y la espada del soldado.
El sonido metálico del acero contra el acero le indicó que había detenido la espada en pleno vuelo antes de que alcanzara su objetivo.
Durante un breve segundo, los ojos de Calen se encontraron con los del soldado.
Su pecho se hinchó al llenarse de aire; el corazón le latía con fuerza.
El choque de las espadas y el zumbido de los gritos se hicieron cada vez más fuertes, sobrecargándole los tímpanos.
Volvió a prestar atención cuando el soldado retiró la espada y volvió a blandiría, esta vez contra él.
Los recuerdos del entrenamiento en el campo con su padre se apoderaron del cuerpo del joven.
Movió sin parar los brazos, bloqueando cada golpe que le lanzaban.
Cada una de esas suertes tenía un nombre, que Vars siempre recitaba, pero por más que lo intentaba ahora no conseguía recordarlo.
El soldado se lanzó demasiado adelante; estaba cansándose.
Sus dedos luchaban por agarrar la empuñadura de la espada mientras la blandía hacia el costado de Calen.
Este retrocedió con el pie izquierdo, estabilizó los hombros y se enfrentó al golpe del soldado en mitad de su arco, lanzando la espada lejos de su cuerpo.
El soldado quedó expuesto. Apoyándose en los talones y girando la cintura, Calen aprovechó la oportunidad y empujó la espada hacia delante con todas sus fuerzas.
La sintió hundirse en el vientre del soldado cuando la coraza de cuero cedió ante el impulso del golpe.
Este miró a los ojos de su oponente. Calen vio sorpresa en ellos y luego notó que la luz se apagaba lentamente. La sorpresa se convirtió en miedo, hasta que se desvaneció por completo.
Calen sintió un vacío en las tripas al sacar la espada del cuerpo del soldado y verlo caer al suelo. Sin vida. Trastabilló hacia atrás, con un ligero temblor en las manos.
Sin previo aviso, algo duro le golpeó el pecho, dejándolo sin aliento.
Cayó al suelo. Otro soldado se alzaba sobre él, con el león negro de Loria estampado en la coraza y una pesada hacha de doble filo en alto.
Rugió mientras blandía el hacha hacia abajo, pero se vio interrumpido por el acero que se deslizó por un lado de su garganta, cortando el sonido de raíz.
Dann se colocó sobre Calen, los dedos alrededor de la empuñadura de una espada que debía de haber tomado del cadáver de un soldado caído. Tenía los ojos vidriosos y el pecho subía y bajaba en respiraciones profundas y lentas.
—¡Calen! ¿Estás bien? Tienes que levantarte.
La voz de Rist comenzó como un zumbido sordo en el oído de Calen, hasta que se hizo más aguda cuando este tomó conciencia de su entorno. La lucha seguía en pleno apogeo a su alrededor. Erik se había puesto en pie y se enfrentaba a un grupo de soldados a menos de un brazo de distancia.
Calen intentó concentrarse mientras se estabilizaba.
—¿Qué… qué hacéis vosotros dos aquí?
Una mirada de incredulidad se extendió por el rostro de Rist.
—¿Que qué hacemos aquí? Has estado fuera demasiado tiempo y, cuando llegamos a la puerta, oímos una pelea. ¿Qué haces tú aquí?
Calen no respondió. No podía pensar con claridad.
Intentó evaluar lo que sucedía a su alrededor.
Erik y su compañero no tardarían en verse superados; había demasiados soldados imperiales.
Aeson y Farda seguían intercambiando golpes feroces, con el rostro impasible.
Nuevas gotas de sangre decoraban a ambos.
Dann se acercó a Calen y Rist casi tropezando. Cuando sus miradas se cruzaron, Calen le hizo un gesto interrogativo con la cabeza y articuló con los labios:
—¿Estás bien?
Dann se detuvo un segundo y luego asintió sin entusiasmo. Una mano agarró el hombro de Calen.
—Calen, tenemos que irnos. No podemos ganar. Tus amigos también. Seguidme.