De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 10. En la encrucijada #3
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Capítulo 10. En la encrucijada #3

—Muy bien, perfecto. ¿Quieres lanzar tú primero? —preguntó Calen.

Erik negó con la cabeza.

—Mejor tú. Así podré aprender algunos trucos.

Acompañó sus palabras con una sonrisa amistosa mientras le pasaba el hacha. Calen no estaba seguro de si era sincero o intentaba que bajase la guardia; se comportaba con una confianza que resultaba inquietante. Cogió el hacha y se acercó a la línea marcada.

Una vez más, con la punta del pie tocando apenas la marca en el suelo, se volvió muy consciente de todos los sonidos de la posada que habían quedado relegados a un segundo plano en su mente.

La voz aguda de maesa Elena, como el canto de un pájaro en una mañana de primavera.

Las conversaciones ebrias de las mesas circundantes, que habían empezado como discusiones inteligentes y se habían convertido en gruñidos ininteligibles a medida que el hidromiel seguía fluyendo.

Luego percibió un ruido fuerte como de acero contra acero.

Al principio no estaba seguro de haberlo oído, pero empezó a atravesar los demás sonidos, como un rayo de sol en un día nublado.

Sus ojos siguieron el origen del ruido. Pasó junto a la camarera, cuyos talentos acrobáticos la habían abandonado de repente al tropezar con la pierna extendida de un cliente, que hacía tiempo que se había quedado dormido, haciendo que la bandeja de bebidas saliera volando por los aires.

Pasó junto al grupo que jugaba a los dados en la gran mesa del centro de la sala y el tipo que acababa de sacar un juego de dados escondido en la manga con un movimiento rápido de la mano.

Los ojos de Calen pasaron por alto estas cosas y se fijaron en un pequeño cuchillo en la esquina de la sala, que golpeaba el borde de una jarra de acero.

Cuando sus ojos se movieron hacia arriba, su corazón casi se detuvo.

El hombre que sostenía el cuchillo lo miraba fijamente, observándolo todo el tiempo.

Calen apartó la mirada y volvió a fijar su visión en el objetivo que tenía delante, esperando que el otro no se hubiera dado cuenta de que lo estaba mirando.

Era una de las dos personas con las que se sentaba Erik cuando Calen entró, pero ahora estaba solo.

Observando. Calen miró hacia Erik, que charlaba con los demás y no parecía haberse dado cuenta de nada.

Respiró hondo. A medida que el aire llenaba sus pulmones, sintió que el estruendo se desvanecía, dando paso a una sensación de calma.

Agarró el hacha con firmeza. El mango de madera rugosa, frío al tacto, era áspero contra su piel.

Siguiendo los movimientos que Alleron le había enseñado esa misma noche, Calen lanzó su primer hacha al blanco.

¡Zas! Tres puntos.

¡Zas! Centro. Sí, cinco puntos.

¡Zas! Tres puntos.

El grupo vitoreó cuando acertó con las dos primeras hachas, pero sus aplausos fueron bastante moderados cuando se clavó la última hacha.

No era la peor ronda que había lanzado en toda la noche: once puntos de quince no estaba mal, pero tampoco era una maravilla.

Le entregó el hacha a Erik, que había estado observando atentamente.

—No está nada mal. Va a ser difícil superar eso, creo. —Tomó el hacha que Calen le tendía y la colocó sobre la mesa a su lado—. Tendré que quitarme esto antes de lanzar. Solo va a estorbar.

Desató los lazos del manto y lo dejó sobre una silla cercana.

La coraza de cuero no le cubría los hombros ni los brazos, dejándolos al descubierto, y sus músculos robustos delataban su corta edad.

Se acercó a la marca grabada en el suelo.

Lanzó el hacha al aire, dejándola dar dos o tres vueltas completas antes de atraparla de nuevo.

Sus ojos no se apartaron del objetivo. Calen sintió crecer la tensión entre el grupo.

Las conversaciones se fueron apagando poco a poco, hasta que toda la atención se centró en el recién llegado que sostenía el hacha.

Erik hinchó el pecho mientras respiraba profundo. Alzó el hacha y la lanzó con fuerza. Con un golpe seco, se hundió directamente en el centro del objetivo. El grupo estalló en una cacofonía de vítores.

—La suerte del principiante —dijo Erik, encogiéndose de hombros ante Calen.

Calen ya podía sentir que su bolsa pesaba cuatro monedas menos. Dann sonrió de oreja a oreja. Saltó hacia el hacha, la agarró con una mano para sacarla del blanco y se la devolvió a Erik para su segundo lanzamiento.

«Vaya. Está claro que Dann ha apostado en mi contra».