De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 10. En la encrucijada #2
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Capítulo 10. En la encrucijada #2

Alleron le puso la mano en el hombro a Calen y lo giró hacia el blanco improvisado en la pared.

—Si clavas el hacha entre el anillo exterior y el siguiente anillo hacia dentro, es un punto. Dos puntos por el siguiente anillo, y así sucesivamente. Cinco puntos si lo clavas en el centro, como hizo tu amigo. Es fácil.

Sonrió con aire burlón a Dann, que se echó a reír y dio un trago a su jarra de hidromiel.

—De acuerdo. —Calen agarró el hacha y la balanceó en la mano—. Espero ser mejor con esto que con el arco. ¿Dónde me coloco?

—Aquí, detrás de esta marca en el suelo —respondió Alleron.

Señalaba una línea grabada en las tablas del suelo, a media vara detrás de Calen, lo que provocó el ceño fruncido de maesa Elena, que pasaba por allí. Calen tenía la sensación de que esa línea era una adición reciente al suelo de la posada, cortesía de sus nuevos amigos.

El grupo se quedó en silencio mientras se colocaba tras la línea y tocaba con la punta del pie izquierdo justo en el borde. Iba a necesitar toda la ayuda posible.

Le costaba concentrarse con el ruido de fondo de la posada zumbándole en los oídos.

El clic, clac de los dados al rebotar en las mesas.

El tintineo de las jarras al chocar entre sí.

Los gritos y rugidos de los borrachos del pueblo que ahogaban el cansancio de un día de trabajo llenándose el buche de hidromiel.

El dolor que el bardo infligía al pobre laúd.

Parecía que se haría cada vez más fuerte a medida que pasaban los segundos, como el canto de un gallo por la mañana.

—Venga, Calen. ¿Estás esperando a que salga el puñetero sol? —se burló Dann.

El resto del grupo coreó la ocurrencia con una carcajada. Calen le lanzó una mirada asesina a Dann y luego tensó el agarre del hacha, con los nudillos pálidos como la cera. Echó el hombro hacia atrás y alzó el hacha; la lanzó con todas sus fuerzas hacia el blanco.

Parecía moverse a cámara lenta mientras giraba en el aire. Un ruido metálico resonó en los oídos de Calen mientras lo hacía. Tras lo que pareció una eternidad, la cabeza del hacha se clavó en el blanco, fuera del anillo más externo. El pecho de Calen se hundió.

Por encima del ruido, oyó la risa de Dann.

—Bueno, mira el lado positivo. Al menos eres mejor con el hacha que con el arco. Nunca le he visto dar en el blanco con el arco —añadió, volviéndose al grupo y luchando por mantenerse en pie entre risas.

Calen sintió un fuego ardiendo en la boca del estómago. Una mano se le posó suavemente en el hombro.

—Tómate un minuto. Inspira y aguanta la respiración. No dejes que el aire se escape hasta el momento exacto en que sueltes el hacha y no dejes caer la mano después de haberla lanzado. Eso la desvía de su trayectoria.

Alleron le dedicó una sonrisa tranquilizadora y le entregó otra hacha. Calen asintió. Cogió el hacha de Alleron y volvió a colocar los pies tras la línea. Respiró hondo y relajó los músculos.

—Cuatro monedas de cobre si da en el centro —oyó decir a Alleron.

—Acepto la apuesta. Nunca le digo que no a una bebida gratis —dijo Dann, jarra en ristre.

Calen no esperó a que Dann dijera nada más. Lanzó el hacha, dejando la mano suspendida en el aire después de soltarla, tal como le había dicho Alleron. Cerró los ojos justo cuando la lanzó.

«Por favor, por favor, que Dann pierda esta apuesta».

El grupo estalló en una frenética ovación que ahogó todos los demás sonidos de la taberna. Calen sentía los latidos de su corazón. Los nervios le pinchaban las tripas como pequeñas agujas. Abrió un ojo, demasiado nervioso para mirar con los dos.

La cabeza del hacha estaba firmemente encajada en el círculo central, con el mango suspendido en el aire.

Una oleada de energía recorrió su cuerpo.

Un rugido ininteligible salió de su garganta mientras saltaba en el aire.

Se volvió y vio una mirada abatida en el rostro de Dann, que contemplaba con incredulidad el hacha.

Alleron le puso una jarra de hidromiel en la mano a Calen.

—¡Por el Guerrero! ¡Por Achyron! —gritó.

—¡Por el Guerrero! —respondió Calen eufórico. Ambos vaciaron sus jarras hasta la última gota.

—Sabía que podías hacerlo —dijo Alleron, radiante—. Aunque la próxima vez, intenta mantener los ojos abiertos.

Con un guiño, se dio la vuelta y se dirigió a grandes zancadas hacia Dann para recoger sus ganancias. El resto del grupo felicitó a Calen de la misma manera que Alleron.

—No está mal —dijo Dann, medio encorvado y apoyado contra la pared, cuando Calen se le acercó. Alzó la jarra y la chocó con la de Calen en el saludo que tanto gustaba a los drifaienses—. Aunque voy a tener que recuperar esas cuatro monedas de cobre, sea de Alleron o de ti.

Calen sintió que el hidromiel le daba algo de valor líquido. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Cuatro monedas de cobre para el mejor de tres hachas?

La apuesta pareció atravesar a Dann como un rayo. Inmediatamente se apartó de la pared y se enderezó, con los ojos llenos de ese fuego familiar.

—Oh, reto aceptado. Yo tiro primero.

—¡Sí! —Rugió Calen cuando su hacha aterrizó firmemente dentro del cuarto anillo, dos puntos por delante de la de Dann. Una sonrisa picara se extendió por su rostro—. Parece que te toca pagar la ronda.

Dann lo imitó con voz burlona mientras se dirigía con paso pesado hacia la barra para pedir la siguiente ronda de bebidas.

Accidentalmente dio una patada a una mesa y cayó en los brazos de maesa Elena, que se limitó sonreír, darle una palmada en la espalda y empujarlo hacia la barra con un poco más de fuerza de la necesaria.

Calen se echó a reír, dio un sorbo a su hidromiel y se volvió para disfrutar del espectáculo de Alleron y otro de los drifaienses (Leif, tal vez, aunque era casi imposible distinguirlos) disputando el siguiente combate.

Dann podía ser un capullo cuando quería, pero Calen era muy consciente de la suerte que tenía de que él y Rist fueran sus amigos.

Sus hermanos. Jamás lo habían tratado de manera diferente tras la muerte de Haem.

Se burlaban de él cuando se lo merecía y lo regañaban cuando se comportaba como un idiota, mientras los demás lo evitaban como si fuera un huevo frágil, sin saber muy bien qué decirle o si debían decirle algo.

Cuando hacían eso, él sentía aún más profundamente la pérdida de Haem.

Intentando sacarse esos pensamientos de la cabeza, acarició con la mano el monedero que llevaba en el bolsillo, que tintineó en respuesta. Una punzada de culpa interrumpió su sonrisa. Casi había perdido en el juego el dinero suficiente para comprar comida para una semana.

«Solo es una noche».

Le dio un sorbo al hidromiel e intentó disfrutar al máximo de lo que lo rodeaba.

Apartó la mirada de la brutal demostración de fuerza que tenía delante para examinar la mesa en la que estaba Rist, quien hundía el rostro en su nuevo libro y agarraba con los dedos el asa de una jarra de hidromiel.

A Rist siempre le había interesado más lo intelectual que la lucha o las armas, pero era extraño que no se uniera a ellos en una noche como aquella.

Llevaba actuando de forma extraña desde la Prueba.

Calen tenía miedo de preguntarle qué le había pasado realmente al urak.

¿Había alguna respuesta que pudiera tener sentido?

Estaba decidido a sacar a Rist de la mesa cuando vio por el rabillo del ojo que alguien se le acercaba.

—¿Te importa si me uno?

Lo había visto antes sentado en un rincón de la sala. Era similar a él en altura y complexión, algo poco habitual en los pueblos. Trabajar en la herrería con su padre le había proporcionado a Calen un físico bastante robusto.

El largo manto negro del recién llegado estaba echado hacia atrás, por lo que dejaba al descubierto la coraza de cuero negro con tachuelas que llevaba en el torso.

Dos pomos triangulares de plata y mangos de cuero negro le sobresalían rectos por encima de los hombros.

No era raro que los illyanaros pasearan por las ciudades o pueblos con sus espadas, pero Calen no recordaba haber visto nunca a nadie llevar dos a la vez, y a la espalda.

Se preguntó cómo de bien sabría usarlas y lo difícil que sería volver a envainarlas.

Los cierto es que el desconocido se movía con la confianza de quien sabía manejarlas.

Estaba bien afeitado y tenía el pelo corto y rubio oscuro.

Había algo cálido en sus ojos. Cuanto más lo miraba, más seguro estaba Calen de que no era mucho mayor que él.

—Por supuesto. —Le tendió la mano—. Me llamo Calen. ¿Y tú, amigo?

—Soy Erik Virandr. Un placer conocerte, Calen.

Calen presentó a Erik al resto del grupo, que lo abrazó con un vigor ebrio que cabría esperar después de haberse bebido su propio peso en hidromiel. Dann regresó con su bebida y la de Calen justo cuando Alleron comenzaba a explicarle a Erik las reglas básicas del juego del hacha.

—¿Quién es ese? —preguntó, mirando a Erik con curiosidad mientras le entregaba una jarra a Calen.

Chocó el borde de su jarra con la de Calen y ambos dieron un largo trago.

—Se llama Erik —dijo Calen—. Ha pedido unirse a nosotros.

Dann asintió con aprobación.

—Ya veo. Bueno, esperemos que tenga los bolsillos llenos de monedas y que no sea tan bueno con el hacha como tiene pinta de ser con las espadas.

Lanzó una mirada picara. Erik se volvió hacia Calen, sujetando con fuerza un hacha con la mano derecha.

—¿Qué tal una pequeña competición amistosa? Kettil me ha dicho que la apuesta habitual es de cuatro monedas de cobre al mejor de tres hachas y que de momento estás invicto.

—Solo porque es muy lento bebiendo hidromiel —murmuró Dann.

Calen entrecerró los ojos y le lanzó una mirada asesina que Dann ignoró mientras fingía distraerse con algo que flotaba en su jarra. Calen sintió una ligera vacilación mientras volvía a palpar su bolsa con la mano.

«Solo una noche».

—Me parece bien —dijo—. ¿Te ha explicado Alleron las reglas? —Sí.

Erik movió el hacha en la mano, evaluando peso y equilibrio, tal como Calen había hecho antes.