Capítulo 10. En la encrucijada
EN LA ENCRUCIJADA
U na ráfaga de aire cálido golpeó a Calen al atravesar las puertas de la posada y se vio asaltado por el aroma meloso del hidromiel y el olor extrañamente satisfactorio de la leña.
La posada estaba mucho más concurrida que a primera hora.
Todas las mesas estaban repletas de gente del pueblo, viajeros y comerciantes que intercambiaban historias y jugaban a los dados y las cartas.
Los camareros iban de un lado a otro, llenando los estómagos con hidromiel y estofado.
Un bardo en un rincón de la sala intentaba tocar el laúd, aunque fracasaba de forma estrepitosa.
Mientras buscaba a Dann y Rist, oyó un rugido triunfal que provenía del otro extremo de la sala.
Volvió la vista y divisó a un grupo formando un apretado corro a unas seis varas de una gruesa tabla de madera colgada en la pared.
Vestían pieles y cueros gastados, y las barbas descuidadas los identificaban como forasteros.
Chocaban las jarras entre sí, sin duda a modo de celebración.
En la tabla de madera había cinco círculos rojos concéntricos, cada uno más pequeño que el anterior, hasta que en el centro formaba un punto rojo sólido.
Allí estaba clavada la cabeza de un hacha, con el mango sobresaliendo hacia fuera.
Calen observó con curiosidad que uno de los forasteros se acercaba con aire arrogante para sacar el hacha del sitio.
Cuando se giró, Calen abrió los ojos con sorpresa.
«¿Dann?».
Justo cuando estaba a punto de llamarlo, una mano asomó sobre las cabezas, saludando en su dirección. El saludo era letárgico, como si el dueño de la mano no fuera consciente de que la tenía alzada.
Rist estaba sentado en medio de la sala, con un libro abierto frente a él.
Tenía los ojos clavados en las páginas y una jarra de hidromiel en la mano.
Calen se acercó y tomó la silla vacía que había junto a Rist. En cuanto se dejó caer sobre el asiento, hundió los hombros y el corazón volvió a latirle con normalidad.
Su rostro debió de delatarlo, porque Rist alzó una ceja interrogativa.
—Estoy bien —jadeó Calen—. Solo me he puesto un poco nervioso. Hay soldados imperiales en los muelles.
Rist alzó la vista y entrecerró los ojos para mirar a Calen por encima del borde del libro. Dobló la esquina de la página que estaba leyendo y lo cerró.
—¿Aquí, en Molinar? ¿Por qué?
—No tengo ni idea, pero puede que uno de ellos me haya visto mirándolos. Decidí que mejor me iba.
—¿No se supone que el que hace tonterías es Dann? —Rist contuvo una risa. Cruzó los brazos y consideró la situación—. Creo que nunca he visto soldados imperiales.
—Yo sí. Una vez. Cuando papá me llevó a una feria comercial en Camylin. Había guardias imperiales fuera de la casa del emisario lorio.
Calen no tenía muchas ganas de seguir con el tema.
Había oído historias sobre los soldados imperiales y lo que les harían a los sureños…
Seguro que casi todas eran exageraciones; provenían en su mayoría de lugares como Valtara y Varsund, donde los grandes señores se habían rebelado o habían iniciado guerras.
Pero había algunas de Illyanara. Y esas historias lo estremecían.
—¿Dann ha encontrado nuevos amigos?
Intentó llamar la atención de una joven camarera de piel de porcelana y cabello rubio claro recogido en una larga trenza.
—Lleva así una hora más o menos —respondió Rist—. Por supuesto, se le da de maravilla.
Se le escapó un suspiro de los labios antes de dar un largo trago a su hidromiel.
—¿No te interesaba unirte a él? —preguntó Calen.
Por fin logró llamar la atención de la camarera y pedir el hidromiel en el que había estado pensando desde que había entrado. Sentía la garganta como si le hubieran frotado algodón.
Rist soltó una suave risa mientras abría el libro.
—No, estoy de maravilla aquí con mi libro y mi hidromiel. Historia de los Magii . El comerciante no quería desprenderse de él a buen precio, pero conseguí regatearle un poco.
Se humedeció el dedo y lo utilizó para pasar la página.
—¿ Historia de los Magii ? Te pasas el tiempo burlándote de mí por creer en leyendas y cuentos de hadas… ¿Y luego compras un libro sobre los Magii?
Rist dudó. Una vez más, dobló la esquina de la página para marcar dónde había dejado de leer, cerró el libro y lo apartó a un lado.
—Tenía curiosidad, ya sabes, después de nuestra conversación en el bosque. Entonces vi el libro en el mercado y pensé que sería una lectura interesante.
Calen solo escuchó a medias la respuesta de Rist, ya que la camarera regresó con la jarra de hidromiel. Le dio dos monedas de cobre por la bebida y volvió a centrar su atención en su amigo.
—Lo siento, Rist. Me moría de sed desde que entré aquí.
Dio un buen trago y luego soltó un suspiro de satisfacción.
Se recostó en su silla para echar un buen vistazo al bullicioso mesón.
Tres individuos estaban sentados en un rincón de la sala.
Su comportamiento tranquilo e introvertido contrastaba con el jolgorio que los rodeaba.
Todos llevaban gruesas capas negras que cubrían la mayor parte de su vestimenta, pero el resplandor de una vela cercana reflejó el brillo del metal de una coraza de cuero ennegrecido con tachuelas que llevaba uno de ellos.
—¿Quiénes son los tipos de la esquina? —preguntó Calen—. No parecen comerciantes ni soldados.
Volvió a mirar a Rist para asegurarse de no llamar más la atención. No dos veces en una noche.
—No, no lo parecen. Ya estaban aquí cuando llegué. Tampoco se han movido mucho. Se han limitado a comer algo y quedarse allí sentados, murmurando. No es asunto mío, ni tuyo.
Rist inclinó la cabeza para mirar a Calen a los ojos, quien puso los ojos en blanco y soltó un suspiro burlón.
—Sí, papá. Gracias por tus sabias palabras.
Rist respondió con un silencio indiferente y volvió a su libro. Calen quedó en silencio un momento y luego bebió un sorbo de hidromiel.
—Voy a ver cómo le va a Dann. Ese juego de lanzar hachas parece divertido. ¿Seguro que no te apetece unirte?
Rist levantó la vista del libro por un instante.
—Creo que paso. Por los dioses, Calen, ¿podéis intentar no causar problemas? Ya se ha tomado cuatro hidromieles.
Calen se encogió de hombros mientras se levantaba, hinchando las mejillas con resignación.
—Si ya se ha tomado cuatro hidromieles, tú y yo sabemos que no hay forma de que yo evite los problemas si él decide causarlos.
Le dio una palmada en el hombro a Rist al pasar junto a su silla. Este puso los ojos en blanco y llamó a la camarera para pedir otro hidromiel.
Cuando Calen se acercó, se hizo un silencio sepulcral en el grupo de viajeros, lo que le preocupó un poco. A algunas personas había que temerlas cuando hablaban alto, a otras cuando guardaban silencio. Aquel grupo parecía pertenecer a la segunda categoría.
Sin previo aviso, un hacha salió volando del centro del grupo, describiendo una serie de acrobáticas piruetas en el aire.
Se clavó en el blanco con un golpe seco, ligeramente a la izquierda de otra hacha que ya estaba allí, un poco más cerca del centro.
El grupo estalló en un coro de vítores y gritos.
—¿Te diviertes? —preguntó Calen mientras le daba una palmada en el hombro a Dann.
Dann se dio la vuelta, con los ojos muy abiertos.
—¡Calen! —Lo abrazó con demasiada fuerza; casi era doloroso—.
Empezaba a pensar que habías subido a un barco y te habías perdido en el mar.
¿Por qué has tardado tanto? He hecho algunos amigos.
Han venido desde Drifaien para vender pieles y beber.
De hecho, creo que solo han venido para beber…
y lanzar hachas. —Reflexionó sobre sus palabras durante un momento, frunciendo los labios pensativo—.
Sí, estoy bastante seguro de que solo han venido para beber y lanzar hachas. ¿Hidromiel?
Calen estaba seguro de que a Rist se le habían pasado algunos hidromieles al contar. Parecía el Dann de seis hidromieles, más que el de cuatro.
Su amigo levantó su jarra en el aire, la chocó con la de Calen y luego dio un gran trago.
—Ven, te presentaré. —Pasó el brazo por los hombros de Calen y lo condujo hacia el centro del grupo—.
¡Amigos! Os presento a mi compañero y hermano de corazón.
—Calen puso los ojos en blanco; siempre parecía necesario hacerlo cuando Dann había estado bebiendo—.
¡Este es Calen Bryer! Calen, estos son Audun, Baird, Destin, Fell, Kettil, Leif y Alleron.
Calen contuvo la respiración mientras intentaba asociar los nombres con cada uno de ellos.
Era más fácil decirlo que hacerlo. Todos parecían idénticos: fuertes, robustos y ligeramente sucios.
Con densas barbas que les cubrían la mayor parte del rostro, sus únicos rasgos distintivos eran el color de los ojos y el pelo.
No había la más mínima posibilidad de que recordara sus nombres más de cinco minutos.
Cada uno de ellos respondió a la presentación de Dann con un cordial «encantado», estrechando la mano de Calen, quien hizo lo mismo. Solo había conocido a un drifaiense una vez, hacía unos veranos, pero vestía como ellos y tenía el mismo acento: grave y ronco, aunque con un ligero tono cantarín.
Uno dio un paso adelante, el que Calen creía que Dann había llamado Alleron.
Era un joven de complexión robusta, no mayor que Calen.
Sus ojos azul hielo contrastaban con el cabello castaño oscuro que le llegaba hasta los hombros y la barba tupida.
Sostenía un hacha por la parte plana, en la parte posterior de la hoja, con el mango extendido hacia Calen.
Medía unos siete palmos de largo, con un mango de madera de fresno liso y un hoja de un solo filo. Era una obra de artesanía.
—¿Quieres probar? A Dann le ha gustado desde el primer momento.
Sonrió. Al menos, Calen creyó que sonreía. Era difícil saberlo con todo ese pelo.
—Claro, ¿por qué no? —Cogió el hacha de manos de Alleron. Sintió el peso, tratando de calcular su equilibrio—. ¿Cómo se usa?