De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 9. Un juego de azar #3
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Capítulo 9. Un juego de azar #3

—Hundieron el barco, te lo juro —decía uno de los marineros en voz baja, que bien podría haber sido un grito—. Dremin dijo que tenían un mago a bordo. Lo destrozó con magia, eso dice. Pero los que perseguían se escaparon. ¡Por eso están aquí!

Los demás marineros se inclinaron hacia él, con los ojos muy abiertos, mientras bebían la historia.

Calen no pudo evitar aguzar el oído al pasar por junto a ellos.

Los marineros eran conocidos por sus historias descabelladas.

Suponía que no había mucho más que hacer en el mar, pero la mención de la palabra «magia» siempre le llamaba la atención.

Una voz autoritaria resonó en los muelles:

—Aseguraos de que el barco esté bien amarrado antes de empezar la patrulla. No hemos venido a las tierras del sur para quedarnos varados aquí. Id y presentadme un informe antes de partir.

Provenía de un hombre de media melena negra y barba bien recortada.

Llevaba una coraza de acero gastada por la batalla que le cubría todo el ancho con el blasón de un león negro rampante.

La larga cota de malla le llegaba hasta las rodillas y, ondeando al viento, una capa rojo oscuro con capucha le cubría los hombros.

Se dirigía a una veintena de hombres que vestían de forma muy similar, salvo por el hecho de que no llevaban capa.

Había otra persona de pie tras el comandante, con capa negra y ondeante, que miraba fijamente a lo lejos.

Se encontraban en la cubierta de un buque de guerra grande y amplio que parecía haber llegado recientemente al muelle.

Tres mástiles sobresalían de la cubierta y se elevaban hacia el cielo, cada uno con velas de color blanco cremoso.

El mismo león negro rampante que adornaba la coraza del comandante aparecía estampado en la vela central, la más grande.

«El León Negro de Loria. ¿Qué pintan soldados imperiales en Molinar?».

Calen aminoró el paso. La tenue luz de la luna lo obligó a entrecerrar los ojos para intentar ver mejor al grupo de soldados.

Ciertas leyendas antiguas decían que los inquisidores imperiales se colaban en las casas de noche y robaban a los niños que se portaban mal.

Su madre solía asustarlo con ellas. Pero rara vez se veían en los pueblos soldados lorios.

No había ninguna necesidad de que se aventuraran tan lejos.

Cuando venían al sur, solía ser para hacer una demostración de fuerza ante los grandes señores o para acompañar a los emisarios imperiales.

Recorrer de norte a sur el continente, o viceversa, era difícil desde la caída de la Orden.

Estaba dividido en dos por las Tierras Calcinadas y Lobregal.

Los que sobrevivían a los vastos páramos del centro de Eferia se enfrentaban entonces al viaje a través del bosque maldito.

Calen había oído más de una historia de aventureros de destino aciago que habían intentado el periplo.

Nadie que se aventurara en Lobregal salía jamás al otro lado.

Esto haría que el viaje en barco fuera la única opción viable para aquellos que deseaban ir del norte al sur del continente.

De ahí que el Imperio lorio se contentase con dejar que los señores del sur de Eferia se pelearan entre ellos, ejerciendo una supervisión mínima, e interviniese únicamente cuando las cosas no salían como el Imperio deseaba.

Calen interrumpió sus pensamientos cuando se dio cuenta de que el individuo de la capa negra estaba de pie junto a la barandilla del barco y miraba fijamente al otro lado del muelle, directamente a él. Era una mirada fría e imperturbable.

Calen apartó la vista lo más rápido que pudo; estuvo a punto de tropezar con una caja de madera mientras se dirigía a toda prisa hacia la calle lateral más cercana conectada con los muelles.

El corazón le latía con fuerza y se maldijo por ser tan estúpido.

Los soldados del Imperio no eran conocidos por su paciencia o su buena voluntad, y no sentía el menor deseo de poner eso a prueba.

Lo que hicieran allí no era asunto suyo.

Aceleró el paso tanto como pudo sin llamar la atención.

Se abrió paso entre las calles, dando tantos giros como pudo sin perder el rumbo, hasta que finalmente se encontró frente a la puerta principal de Las Dos Barcazas.

El pulso le volvió poco a poco a la normalidad mientras se secaba el sudor de la frente con la manga de la zamarra.

No se había dado cuenta hasta ahora de lo asustado que estaba.

Se echó a reír de sí mismo a carcajadas.

«Mira que soy tonto. Seguro que no me miraba».

Pero el corazón seguía latiéndole un poco más fuerte de lo habitual cuando empujó la puerta.

Farda lanzó la moneda al aire sin apartar la mirada del otro lado del muelle, donde había visto a aquel chico merodeando.

Oyó el silbido metálico que producía la moneda al girar.

No le preocupaba su trayectoria. La había lanzado tantas veces que sabía dónde caería.

Lo que le interesaba era ver cómo. Con la mirada aún fija en el callejón, extendió el brazo hacia un lado y atrapó la moneda en el aire.

Finalmente, apartó la mirada del muelle, abrió la palma de la mano y comprobó el resultado.

«Coronas».

—Es tu día de suerte, chaval —se susurró—. Normalmente no tolero a la gente que fisgonea, pero los dioses han hablado.

Se oyeron pasos pesados que se acercaban. El familiar crujido de la cubierta de madera le recordó cuánto tiempo había pasado encerrado en aquel maldito barco. No se volvió para mirar a los soldados que se acercaban.

—Señor, se ha revisado el barco y está bien amarrado. El inquisidor Rendall ha insistido en que comencemos el registro. Esas ratas del sur no pueden haber llegado muy lejos.

Se oyó un tintineo metálico cuando la moneda volvió a volar por los aires. Farda volvió a extender la mano y abrió la palma.

«Leones».

La capa negra de Farda se hinchó con la brisa mientras reflexionaba. Volvió a guardar la moneda en el bolsillo.

—Bien. Os acompaño.