Capítulo 9. Un juego de azar #2
—Vaya, esto es nuevo —dijo Rist.
Su voz se entrecortaba debido a las vibraciones que le hacían rebotar arriba y abajo sobre el tosco tablón de madera que hacía las veces de asiento.
Conducir el carro por la calle principal resultó más difícil de lo que Calen recordaba.
Había olvidado lo frenético que era todo durante los grandes periodos comerciales.
El comienzo del verano era uno de esos momentos, con la llegada de la temporada de albaricoques, arándanos y una gran variedad de otras frutas cultivadas en las regiones meridionales de Eferia.
Los puertos de Molinar y Salme siempre se llenaban de barcos mercantes en esa época, y las calles se poblaban de comerciantes ansiosos por vender sus cosechas frescas.
Apretó las riendas de Errante. El caballo era viejo y fiable, pero se asustaba con facilidad.
Tuvo que desviarse para evitar a una mujer que se había metido en medio de la calle para gritarle a un vendedor ambulante.
Era solo cuestión de tiempo que atropellara a algún pobre niño que deambulaba por allí o a un perro pequeño.
Incluso fuera de temporada la ciudad parecía un gran mercado. A ambos lados de la calzada había puestos, comerciantes ambulantes y vendedores. El bullicio y la emoción parecían continuos. Salvo por el olor a pescado que emanaba del puerto, a Calen casi le parecía un buen lugar para vivir.
—Creo que el edificio de Darda está justo aquí arriba —dijo Rist.
Los adoquines bajo el carro dieron paso a las tablas de madera del muelle. Rist señaló una tienda a la derecha de la carretera. Sobre la puerta colgaba un pesado letrero de madera con un gran león negro sobre las palabras «Envíos Darda Vastion».
—¿Y qué te hace pensar eso, Rist?
El sarcasmo resonó contundente en las palabras de Dann mientras sonreía para sus adentros.
Sin hacerle caso, Calen asintió y empujó el carro por la calle lateral más cercana, evitando por poco atropellar a un niño pequeño que parecía carecer por completo de instinto de supervivencia.
Después de que Dann le gritara unas cuantas palabras al desventurado niño, Calen detuvo el carro tras la tienda.
Darda Vastion era un hombre brusco, no descortés, pero demasiado ocupado para perder el tiempo.
Diez minutos después de que abriese la puerta ya habían descargado el carro y comprobado dos veces que no habían olvidado nada.
—Muchas gracias, joven maese Bryer. Dale las gracias a tu padre de mi parte. Su entrega es tan buena como siempre —dijo Darda mientras le estrechaba la mano a Calen.
—Se lo diré de tu parte —respondió Calen con una sonrisa.
—Ah, joven maese Bryer, enhorabuena por la Caza. A vosotros también —añadió Darda con una ligera reverencia hacia Dann y Rist, sentados en el carro.
Antes de que ninguno pudiera responder, ya había vuelto a entrar en la tienda y cerrado la puerta. El cerrojo encajó en su sitio antes de que Calen pudiera articular un «gracias».
—Qué tipo más extraño —dijo Dann, con la mirada fija en la puerta trasera de la tienda de Darda.
—Y tanto que sí —asintió Rist.
Calen saltó a la parte delantera del carro y empujó a Dann a un lado, a pesar de sus protestas. Agarró las riendas y puso a Errante en marcha a paso lento.
—¿Buscáis habitación, jóvenes? —preguntó un hombre rubio con un largo abrigo azul al verlos entrar con el carro en el patio del establo de Las Dos Barcazas. Tenía unos treinta y cinco años, la cara salpicada de pecas y una arruga en la comisura de los labios que se marcaba cuando sonreía.
—Sí —respondió Calen.
El grupo desmontó para saludar y luego recuperó sus bolsas de la parte trasera del carro.
—Me alegro de oírlo. Barret, encárgate de que el caballo coma y beba y de que el carro quede bien sujeto —le ordenó el rubio a un joven de no más de catorce años.
El chico asintió y se puso manos a la obra, guiando a Errante hacia los establos—.
Encantado. Me llamo Gawain y soy el caballerizo.
¿Os acompaño dentro para que conozcáis a la señora de la casa?
Ella se encargará de que os preparen las habitaciones.
Calen asintió y estrechó la mano de Gawain con firmeza.
No pudo evitar el pensamiento de que era demasiado formal para su posición.
Estaba muy erguido y alzaba ligeramente la nariz; el largo abrigo azul que llevaba estaba impecable, sin una sola arruga, al igual que la camisa, bien metida por dentro de los sencillos pantalones marrones.
Los condujo a través de un corto pasillo de entrada que los llevó a la sala común, donde los recibió una mujer madura que apenas les llegaba a la altura del pecho.
—Buenas tardes —saludó con voz alegre.
Esbozaba una sonrisa de bienvenida en su rostro juvenil.
Llevaba un vestido largo azul con volantes blancos en el bajo y un delantal blanco sobre el pecho.
Su larga trenza era de un castaño oscuro y estaba atada en el extremo con un lazo blanco.
Era bastante guapa y parecía mucho más joven de lo que Calen había esperado, ni siquiera contaba treinta veranos.
—Soy Elena, dueña de la posada Las Dos Barcazas. Encantada de conoceros. Veo que ya habéis hablado con Gawain. Tenemos una bonita habitación disponible arriba con tres camas, si os viene bien.
—Sí, sería perfecto —dijo Rist.
Elena asintió, siempre sonriente.
—Por favor, seguidme, os mostraré la habitación. Son cinco monedas de cobre por noche cada uno, si os parece bien —dijo, volviendo el rostro a medias mientras los guiaba a través del salón y alrededor de la base de las escaleras.
Con un rápido movimiento de cabeza, le indicó a Gawain que ya no era necesaria su presencia, y este regresó sin decir palabra por el pasillo de la entrada.
—Perfecto. Solo nos quedaremos una noche —dijo Calen.
Mientras echaba un vistazo a la habitación se dijo que la posada parecía estar bien cuidada.
La sala común era grande, con grandes mesas redondas que ocupaban la mayor parte del espacio.
La larga barra de roble estaba situada frente a la pared a la izquierda de la puerta por la que Calen acababa de entrar.
Se veía limpia; el aire estaba impregnado del aroma de la comida recién hecha: estofado de ternera, si su olfato no le engañaba.
Al ser tan temprano, no había muchos parroquianos.
Un grupo de cuatro individuos de aspecto rudo se sentaba en una mesa al otro lado de la sala; parecían discutir de algunos problemas en el mar.
Algo que tenía que ver con el Imperio. Calen se inclinó sin querer para oír mejor la conversación, pero Elena los llevó escaleras arriba antes de que le llegase nada interesante.
Los llevó por un pasillo largo y ordenado y se detuvo en la penúltima habitación, cuya puerta abrió antes de dar un paso al interior e indicar con un gesto a Calen, Dann y Rist que la siguieran.
—Vamos, no seáis tímidos. Aquí hay tres camas que creo que os vendrán muy bien. El baño está al final del pasillo, la última puerta a la derecha.
La habitación era sencilla y acogedora, aunque un poco pequeña.
Había una ventana en la pared del fondo, donde se veían tres camas individuales alineadas una al lado de la otra, con espacio suficiente entre ellas para que cupiera una persona de pie.
En la esquina derecha, más cercana a la puerta, había una pequeña silla y un escritorio.
Solo había espacio suficiente para que alguien se recostara en la silla sin golpear el extremo de la cama más cercana. Aun así, era perfecto.
Calen dejó caer la bolsa sobre la cama del extremo izquierdo, mientras que Dann saltaba sobre la contigua, rebotando arriba y abajo.
—¿Vais a comer pronto? —preguntó Elena, con la mano apoyada en el marco de la puerta.
—No, gracias, maesa Elena —respondió Calen—. Creo que iremos a dar una vuelta por los mercados. Aunque mi padre me ha dicho que aquí se come muy bien. Volveremos al anochecer.
Los ojos de Elena se iluminaron y sus cejas se arquearon con interés.
—Oh, ¿quién es tu padre?
—Vars Bryer, maesa. Es el herrero de El Claro —respondió Calen mientras buscaba los guantes de lana en la bolsa.
—Oh, sí, lo conozco. Es un buen hombre. —Elena hizo una pausa y esbozó una sonrisa—. Tu madre es una mujer afortunada —dijo alegremente, y luego se marchó.
—Bueno, es una bola de energía, ¿no? —dijo Dann, sentándose por fin en el colchón.
—Yo creo que es encantadora —dijo Rist, ajustándose la zamarra e hinchando las mejillas—. Aunque no le vendría mal encender la chimenea.
Calen se echó a reír para sus adentros mientras buscaba el monedero.
Un ligero tintineo reveló su ubicación. No creía haber visto tantas monedas en su vida; aún no se sentía cómodo llevándolas consigo.
Se las había ofrecido a sus padres la mañana después del banquete, pero estos reaccionaron casi ofendidos.
Vars se había dado la vuelta y había salido de la habitación.
—Muy bien, ¿vamos al mercado? Podemos dar un paseo y nos reunimos aquí antes del atardecer.
El sol empezaba a ponerse sobre los muelles mientras Calen guardaba un pañuelo de seda de intrincado tejido en el bolsillo de la zamarra con extremo cuidado de no arrugarlo ni mancharlo.
Era de un hermoso color rojo otoñal, con enredaderas doradas y crema entretejidas en forma de hojas mecidas por el viento. A su madre le iba a encantar.
Le dio las gracias al comerciante y se dirigió hacia Las Dos Barcazas. Se llevó la mano a la frente para protegerse los ojos del resplandor crepuscular que se filtraba por encima de los tejados.
La animación de la ciudad no disminuyó con la puesta de sol.
Al contrario, pasó sin transición de ser un bullicioso centro comercial a convertirse en un centro de vida nocturna y juerga.
En los muelles, los marineros se reunían en hoyos cavados en la arena, apiñados alrededor de braseros.
Vaciaban barriles de cerveza en las jarras mientras intercambiaban historias de aventuras a voz en grito.