De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 9. Un juego de azar
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Capítulo 9. Un juego de azar

UN JUEGO DE AZAR

T ras el anuncio de Calen, Rist y Dann como vencedores de la Caza, la tienda estalló en gritos y vítores, y el hidromiel corrió libremente hasta altas horas de la madrugada. A la mañana siguiente, la cabeza de Calen aún no se había recuperado de la confusión provocada por el alcohol.

Dos días más tarde, buena parte de los cuales eran poco más que un borrón, se encaminaba a la herrería de su padre, donde había quedado con Dann y Rist. Torció el gesto cuando el sol matutino se coló entre las densas nubes que cubrían el cielo y lo pilló por sorpresa.

Había que realizar una entrega de armaduras y armas en el puerto de Molinar, y Vars le había pedido que se ocupase de ello.

Era una oportunidad perfecta para visitar sus mercados y gastar un poco del dinero del premio.

Cuando llegó a la herrería no había el menor rastro de Dann ni de Rist, pero desde el interior le llegó el sonido metálico del martillo sobre el acero.

Al entrar y abandonar el aire fresco de la helada mañana el calor lo golpeó como si se hubiese topado con una pared.

Había pasado innumerables horas en la herrería, la piel sudorosa en el aire sofocante mientras golpeaba metódicamente el acero plegado con el martillo.

Ni tenía el talento de su padre ni había sentido nunca el mismo amor que este por el oficio, pero había disfrutado del tiempo que pasaban juntos.

Desde la muerte de Haem, se encontraba allí cada vez más a menudo.

Saludó con la cabeza a Kurtis, que estaba en una esquina, el sudor corriéndole por la frente mientras accionaba el fuelle.

Tenía una expresión sombría en el rostro, pero le devolvió el saludo.

Había aceptado su castigo mucho mejor que los otros dos.

La noche después de la Prueba el Consejo había llamado a Kurtis, Fritz y Dennet.

Se decidió que cada uno de ellos pasaría un ciclo lunar trabajando para Vars, Lasch y Tharn como castigo por robar la piel de oso y empujar a los chicos al interior del bosque.

Hubo protestas, pero la palabra de Erdhardt era ley.

Vars estaba de pie junto al yunque, el martillo en la mano.

Tenía el pecho desnudo, salvo por el grueso delantal de cuero negro que llevaba mientras trabajaba.

Sus antebrazos palpitaban por el esfuerzo de lo que acababa de terminar, y el sudor goteaba de cada pedazo de piel expuesta.

Cuando vio a Calen entrar en la forja, se sacudió el polvo invisible del delantal y dejó el martillo sobre la mesa que tenía al lado.

—Quédate ahí, dos segundos —dijo, sin darle a Calen la oportunidad de hablar. Desapareció en la parte trasera de la herrería y volvió poco después más tarde con un grueso paquete de tela en las manos—. Pensé que ya era hora de que tuvieras una que pudieras llamar realmente tuya.

Calen extendió los brazos y tomó el paquete con cuidado, la mirada oscilando entre él y el rostro expectante de su padre. Era sorprendentemente pesado.

—Venga, desenvuélvelo —dijo Vars, con un toque de impaciencia, frotándose las manos.

Calen se sintió un poco incómodo mientras sostenía el pesado paquete de tela.

Su padre nunca había sido de los que parecían nerviosos.

Desenrolló la tela como si lo que hubiera dentro pudiera saltar y golpearlo.

Un destello de acero brilló desde el interior del paquete.

Dejó que la tela que lo envolvía cayera alrededor de su mano, revelando una espada de acero reluciente.

La hoja era suave, afilada solo por un lado y ligeramente curvada, diferente al estilo típico de las espadas que Calen estaba acostumbrado a ver en Illyanara.

Parecía hecha para cortar las nubes. El acero pulido brillaba con reflejos naranjas y rojos mientras la luz de la forja parpadeaba sobre su superficie inmaculada.

La guarda era sencilla. Comenzaba como una barra de plata colocada perpendicularmente a la hoja, y su centro se clavaba hacia arriba en la hoja y hacia abajo en la empuñadura, como las puntas de una estrella.

La empuñadura estaba envuelta en cuero verde en un oscuro tono esmeralda; magistralmente engastada, se veían ornamentados remolinos y espirales grabados en la superficie.

El pomo parecía una gruesa moneda de plata colocada en la base de la empuñadura.

Calen podría haber pasado horas mirándola sin más.

—Me la dieron hace mucho tiempo —dijo Vars mientras contemplaba la espada—.

Y ha llegado el momento de que te la entregue a ti.

Es una espada élfica, mejor que nada que yo pudiera fabricar.

La curva de la hoja permite golpes más suaves y limpios.

No es tan buena para perforar armaduras, pero si eres lo bastante rápido eso no importa.

Asintió con la mirada perdida en la espada.

—Papá…, eh… —Calen seguía aturdido.

—No hace falta que digas nada. No puedo darte mucho, pero puedo darte esto al menos —dijo Vars con una media sonrisa—. Da un tajo, siéntela.

Calen dio un paso atrás y dejó caer el paquete de tela al suelo. Agarró la espada con fuerza con ambas manos. El cuero se sentía suave contra la piel.

—Es de mano y media —dijo Vars.

Su cabeza siguió el vuelo de la hoja mientras Calen la blandía con una mano, ensayando algunas de las suertes que Vars le había enseñado. Parecía hecha para sus manos. Era casi ingrávida y estaba perfectamente equilibrada.

Cuando volvió a mirar a Vars, este sostenía una vaina de cuero marrón con correas de cuero verde, similar al que envolvía el mango de la espada.

—No tiene sentido tener la espada y no poder llevarla. Es un regalo de Tharn.

Calen no habría podido borrar la sonrisa de su rostro aunque hubiese querido. Tomó la funda, la fijó a su nuevo cinturón, que también había sido un regalo de Tharn, y envainó la espada.

—Muchas gracias.

Calen se acercó a Vars y lo abrazó unos segundos.

—No hace falta que me des las gracias, Calen. Me has hecho sentir más orgulloso de lo que creía posible. El hombre en el que te has convertido es agradecimiento suficiente.

Calen mantuvo la mano izquierda sobre la empuñadura de su nueva espada, sin querer romper el contacto con ella.

—Ven, el carro ya está cargado. Echemos un último vistazo antes de que te marches.

Rist y Dann los esperaban cuando salieron de la herrería a la fresca mañana; su aliento se condensaba en el aire.

—¿Listos para partir? —preguntó Rist, ajustándose la zamarra.

—Casi —respondió Calen—. Demos primero la vuelta y comprobemos la carga antes de partir.

Al doblar la esquina de la herrería, Calen se dirigió directamente al caballo de Vars, Errante. Las riendas ya estaban preparadas y estaba listo para partir.

—¿Preparado para un viajecito, chico? —preguntó al tiempo que acariciaba con la mano el costado de la cara de Errante, que había sido el caballo de su padre desde que él tenía uso de razón y era tan parte de la familia como Faenir.

—Todo parece correcto —gritó Vars desde la parte trasera del carro—.

Darda os estará esperando en el puerto. —Vars se dirigió a la parte delantera mientras se limpiaba las manos con un pequeño paño que luego se guardó en el bolsillo delantero del delantal—.

Cuenta con que lleguéis alrededor del mediodía.

Meted el carro por la parte de atrás y os ayudará a descargar la mercancía.

Entregad el pedido y luego disfrutad de una buena noche, chicos. Pero volved al amanecer, ¿entendido?

—Sin problema. —Calen se llevó las manos a la boca y sopló aire caliente entre ellas, luego las frotó para calentarlas—. Y gracias de nuevo por el regalo.

Vars abrazó a Calen.

—Que tengáis un buen viaje, nos vemos cuando volváis.

Realizaron algunas comprobaciones finales y se aseguraron de que el carro estuviera en buen estado. Luego, con un firme apretón, Calen probó que todas las cuerdas estuvieran bien sujetas. Una vez listos, fueron subiendo uno por uno a la parte delantera del carro.

—Oye, ¿qué es eso? —preguntó Dann.

Levantó la parte inferior de la zamarra de Calen para revelar la espada que le había regalado su padre, asegurada dentro de la vaina de cuero esmeralda. Calen apartó la mano de Dann y volvió a cubrir la espada.

—Es un regalo de mi padre —dijo secamente.

—Oye, no hace falta que seas grosero. Es que es preciosa. Tendrás que enseñármela bien cuando nos instalemos por la noche.

Calen asintió y esbozó una sonrisa conciliadora que podría haberse interpretado como un ceño fruncido.

No sabía muy bien por qué le incomodaba mostrar la espada a Dann y Rist. Pero así era.

Ninguno de ellos tenía mucho dinero y la espada valía una buena suma, aunque fuese solo por el trabajo del herrero.

Las cosas con tanto valor siempre incomodaban a Calen.

Agarró las riendas con firmeza con ambas manos. Se despidió de Vars con un gesto y partieron siguiendo la carretera del norte en dirección a Molinar.

El viaje era bastante corto y en su mayor parte cuesta abajo, solo unas pocas horas en carro tirado por caballos, así que llegaron justo antes del mediodía, tal y como había dicho Vars.

El frío matutino se fue disipando del aire a medida que la luz del sol se abría paso entre el manto de nubes que cubría el cielo.

Molinar era el más grande de todos los pueblos, hasta el extremo de que casi era una ciudad.

Doblaba en tamaño a El Claro, en buena medida gracias al pequeño pero bullicioso puerto que actuaba como principal centro marítimo de abastecimiento a Gisa.

Todos los envíos de Vars al norte pasaban por Molinar, seguían hacia Gisa y luego subían por la costa hasta Loria.

Calen supuso que así era para la mayoría de los artesanos de los pueblos.

A pesar de su tamaño, los edificios eran muy similares a los de El Claro, gruesos y amplios, construidos con árboles de la linde del bosque de Ölm.

A medida que se acercaban al centro, los saltos del carro le hicieron saber a Calen que el habitual camino de tierra había dado paso a un pavimento de piedra.