De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 8. Te veo #4
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Capítulo 8. Te veo #4

A Calen se le hizo un nudo en la garganta. Quería responder: «Tú también», pero sus labios no obedecían a su cerebro. No podía evitar enfadarse consigo mismo. Acababa de enfrentarse a un oso y a dos uraks, pero no era capaz de hablar cuando Anya se plantó delante de él.

—Vamos, romántico. Tenemos que ir a nuestra mesa —dijo Dann, pasando el brazo por los hombros de Calen.

Calen quería darle un codazo en las costillas, y lo habría hecho si no hubiera visto a Anya sonrojarse.

—¿Bailas conmigo más tarde?

En cuanto le salieron las palabras, el corazón se le hundió en el vientre. Quería que se abriera la tierra y lo tragara por completo.

—Búscame cuando acabes de comer —dijo Anya.

Los hoyuelos de las mejillas se le marcaron cuando sonrió. Calen sintió ganas de saltar al aire. Su corazón se aceleró cuando Dann lo giró y lo llevó entre la multitud.

—Menudo don de gentes —dijo Dann.

Alcanzaron a Rist y se abrieron paso entre las caóticas celebraciones hasta la mesa donde estaban sentadas sus familias. Al verlos llegar, Vars se levantó y abrazó a Calen con fuerza. Dio un paso atrás y lo agarró por los hombros, sonriéndole.

—Mi chico… Siempre serás mi chico. —Los ojos de Vars brillaron—. Vamos, seguro que estás hambriento.

—¡Y sediento!

Tharn Pimm le tendió una jarra de hidromiel, colocándola casi a la fuerza en la mano de Calen, quien no pudo evitar sonreír de oreja a oreja mientras miraba alrededor de la mesa. Los Havel, los Pimm, su madre y su padre, Ella. Su familia.

Se unió a Dann y Rist en la mesa, y se sirvió con avidez de la amplia variedad de comida que había frente a él.

Aunque ya había comido antes, su estómago seguía rugiendo.

Las horas pasaron mientras todos comían y bebían, contando historias y anécdotas de tiempos pasados.

Era un cambio agradable respecto a las frías noches en el bosque.

Vars estaba absorto en una historia sobre cuando él y Lasch eran jóvenes y robaron un pollo del gallinero del viejo maese Pimm, momento que Dann aprovechó para inclinarse lo suficiente para que solo Calen pudiera oírlo y susurrarle:

—¿No tienes que ir a cierto sitio?

—¿Qué quieres decir? Oh. —Calen sintió un nudo de nervios en las tripas al recordar su conversación con Anya—. Probablemente ni siquiera…

—Levántate ahora mismo y ve a buscar a Anya. —Una sonrisa se dibujó en el rostro de Dann mientras agarraba la mano de Calen y lo miraba fijamente a los ojos—. Venga, hombre. Es pan comido, vete.

Calen respiró hondo y se armó de valor.

—Claro que sí.

«Claro que no».

Vio a Rist asentir mientras se levantaba, con una sonrisa cómplice en el rostro.

Se abrió paso con cautela entre la multitud que llenaba la carpa del banquete.

Por dondequiera que mirara, la gente bailaba y cantaba, y en cada rincón de la carpa, los bardos tocaban una canción diferente.

¿Cómo iba a encontrar a Anya en medio de aquella locura?

Se estremeció cuando un escalofrío le recorrió el brazo derecho.

—Joder —dijo, sintiendo una mancha húmeda en la manga de su camisa—. Se supone que tienes que echártelo al gaznate.

—¿Me buscabas?

El dulce aroma de la madreselva llegó a Calen justo antes de oír las palabras. Anya estaba frente a él, las manos agarradas a las esquinas de su vestido verde de flores. A Calen se le hizo un nudo en la garganta al verla.

«Maldita sea. Di algo».

—Eh…, sí.

«Di algo mejor».

—Espero que hayas venido a por ese baile.

—Anya alzó una ceja mientras le dedicaba a Calen una sonrisa descarada.

Sus pecas siempre resaltaban cuando sonreía así—.

Hay una barda por allí —dijo, señalando con la cabeza hacia el otro lado de la tienda—.

Al parecer, su música es preciosa, si te apetece…

—¡Vamos! —dijo Calen, aprovechando la oportunidad antes de que ella cambiara de opinión—. Tú primero.

No pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su rostro, ni que un escalofrío recorriera su cuerpo cuando Anya lo tomó de la mano.

Por alguna razón, abrirse paso entre la multitud de nuevo no lo irritó como lo había hecho antes.

No hablaron mientras se dirigían al otro lado de la tienda.

Pero eso le venía muy bien, ya que no tenía ni idea de qué decir.

Cuanto más se acercaban al lugar que Anya había señalado, más se dispersaba la multitud; el suave y melódico sonido de una mujer cantando llegó a los oídos de Calen.

No podía distinguir las palabras, pero la voz era hipnótica.

Un aplauso entusiasta estalló justo cuando llegaron al borde de la multitud que rodeaba a la barda.

—Es preciosa —susurró Anya.

La mujer estaba sentada al borde de una larga mesa con un laúd en la mano, un pie apoyado en el travesaño de una silla y el otro en el suelo.

Su piel era de un color marrón oscuro, como los pétalos de las flores de Dalya que Calen había visto en la ventana de la casa de Anya.

Su cabello corto era como el azabache, y dos hoyuelos adornaban los bordes de su sonrisa.

Llevaba unas robustas botas de montar de cuero y un vestido largo de color púrpura ceñido a la cintura por un fino cinturón también de cuero.

A Calen le pareció una combinación extraña. Anya tenía razón: era hermosa.

Pero Calen sabía que era mejor no decirlo en voz alta. Su padre se lo había advertido una vez, cuando estaban bebiendo en El Dragón Dorado.

«Una mujer puede decirle a otra mujer que es hermosa, pero nunca debes estar de acuerdo».

—Gracias —dijo la barda con una reverencia—.

Para aquellos que acaban de llegar, mi nombre es Belina Louna.

Soy originaria de las tierras occidentales de Narvona y tengo el privilegio de pasar por vuestro pueblo esta noche.

Ahora bien, ¿os gustaría escuchar una canción de amor tradicional de Narvona?

—La sugerencia fue recibida con un coro de vítores.

Pero Calen creyó ver que la mujer les sonreía a él y a Anya mientras hablaba—.

Muy bien, esta se llama En las noches de verano .

La melodía que salía del laúd de la mujer era lenta y dulce. Calen aún podía oír el estruendo de la música más fuerte y animada que provenía de otros lugares dentro de la carpa del banquete, pero se desvaneció en su mente cuando ella comenzó a cantar.

En las noches de verano

la luna pinta el cielo;

en las noches de verano

tu tacto es mi deseo;

en las noches de verano

brilla claro el firmamento;

en las noches de verano

tu amor es mi tormento…

El roce de la mano de Anya rompió la concentración de Calen.

—¿Bailas conmigo?

Como por arte de magia, el corazón de Calen se le puso a latir con fuerza contra el pecho y le pareció que tenía la frente cubierta de sudor. Asintió, incapaz de hablar. Hizo todo lo posible por sonreír mientras tomaba la mano de Anya y se dirigía al espacio abierto frente a la barda.

«¿Cómo se baila?».