De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 8. Te veo #2
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Capítulo 8. Te veo #2

Ella le dedicó una sonrisa cortés y le devolvió el gesto, y luego se alejó rápidamente para realizar lo que seguramente serían otros cien quehaceres antes de que comenzara el festín.

Los chicos comieron en silencio, casi atragantándose mientras se metían la comida en la boca como perros hambrientos.

Calen notó que le dolía el vientre, pero no pudo evitar seguir comiendo; apenas habían probado bocado durante el viaje de regreso.

No se atrevían a detenerse en exceso en ningún sitio por miedo a perder demasiado tiempo, y cuando lo hacían, a menudo estaban tan cansados que solo pensaban en tumbarse.

Vars fue el primero en regresar, con Freis, Ella y Faenir a cuestas. El lupino no se anduvo con ceremonias; esquivó a Erdhardt y saltó hacia Calen con un gran brinco, tirándolo de la silla. Emitió un gruñido cálido mientras acariciaba con el hocico el pecho de Calen.

—Faenir, quítate…

Calen no terminó la frase, sino que rodeó a Faenir con los brazos y lo abrazó con fuerza.

—Ejem.

Calen alzó la vista y vio a su madre mirándolo, no muy contenta.

Empujó a Faenir a un lado, para gran disgusto del lupino.

Calen se puso de pie y se alisó la camisa con las manos, como si de alguna manera pudiera quitarse las manchas de suciedad y sangre.

Freis lo miró de arriba abajo, horrorizada.

Lo atrajo hacia sí y lo abrazó con una fuerza abrumadora.

Sus costillas volvieron a quejarse, pero Calen no dijo nada.

Se limitó a cerrar los ojos y aceptar el reconfortante abrazo.

—Me alegro de que estés bien —dijo Freis.

Se separó del abrazo y le dedicó una sonrisa cariñosa.

Su mirada se detuvo un instante, delatando un destello momentáneo de intensa tristeza.

Era una tristeza que Calen conocía bien: la conciencia de la pérdida y el miedo a que se repitiera.

Freis se volvió hacia Rist para examinar a su nuevo paciente, resoplando.

—He oído que te has metido en todo tipo de problemas en el bosque, déjame echar un vistazo. —Rist protestó mientras Freis se ocupaba de él y lo examinaba de pies a cabeza. De pronto se volvió hacia Calen, con una media sonrisa en los labios—: Vaya, resulta que sí que prestas atención.

Levantó la tira de la camisa con la que Calen le había envuelto la pierna. Estaba ligeramente húmeda y manchada con la cataplasma gris verdosa que había preparado. El joven no pudo evitar sentirse orgulloso.

«Claro que presto atención».

Ella asintió en dirección a su hermano.

—Me alegro de que no hayas muerto —dijo con tono neutro. Calen no pudo evitar soltar una breve carcajada. Ella le dio un rápido abrazo—. Me alegro de que hayas vuelto.

—Yo también. No sabía que te importaba.

Ella le guiñó un ojo antes de unirse a Freis en la inspección de la herida de Rist. No pasó mucho tiempo antes de que Tharn y Lasch regresaran, con el resto de sus familias a cuestas.

Elia e Ylinda dirigieron sonrisas fugaces a Calen mientras se apresuraban a mimar a sus propios hijos.

Ferrin fue el último en entrar en la tienda, y con él llegaron Iwan Swett, Tarren Netly y Jon Hildom.

La ira ardió en Calen cuando Fritz, Kurtis y Dennet se colaron tras ellos.

Calen no vio que Dann se levantaba.

—Tienes mucho descaro al entrar aquí después de lo que hiciste. Te derribaré donde estés como des un paso más. Te…

Erdhardt alzó la mano. Hasta Dann sabía que eso significaba que debía callarse.

—No voy a tolerar eso, joven maese Pimm. Los han traído aquí en aras de la justicia. No podemos limitarnos a creer vuestra versión de lo sucedido.

Dann puso cara de incredulidad.

—¿Nuestra versión? Rist tiene una herida de flecha en la pierna. ¿Crees que se la hizo él mismo?

Erdhardt miró a Dann con severidad.

—Siéntate. Ya.

Dann obedeció. Erdhardt era un hombre justo y de buen corazón, pero incluso la lengua viperina de Dann conocía sus límites. Erdhardt se volvió y abrió los brazos al grupo.

—Ahora, si me acompañáis, hay un asunto que debemos discutir. He pedido a los Consejos de las siete aldeas que escuchen este asunto. Confío en que no haya desacuerdo al respecto.

—No, creo que no —respondió Tharn Pimm en voz baja pero clara.

Le siguieron murmullos de acuerdo. Iwan Swett profirió algunos gruñidos ahogados, pero no discutió. Erdhardt echó un último vistazo al grupo, asintió y les indicó a todos que lo siguieran. Se dirigió a la larga mesa situada al fondo de la tienda.

Las conversaciones de los miembros del Consejo se fueron apagando poco a poco a medida que el grupo se acercaba, y se hizo el silencio en cuanto vieron a Calen, Dann y Rist. Este se mantuvo mientras Erdhardt y Jorvill rodeaban la mesa y tomaban asiento junto a Verna Gritten.

Calen no pudo evitar pensar en lo mucho que se parecían ella y Anya.

De no ser por las ligeras marcas del paso del tiempo en el contorno de los ojos y la boca, y de alguna que otra cana en el cabello, podrían haber sido hermanas.

Como siempre, fue Erdhardt quien habló primero.

—Ahora que estamos todos aquí reunidos, Calen, ¿puedes repetir a los miembros del Consejo lo que nos contaste antes, cuando te encontramos en el borde del bosque?

Calen tardó unos segundos en darse cuenta de que se esperaba que hablase. De repente, se percató de que todas las miradas alrededor de la mesa estaban fijas en él. Se aclaró la garganta y dio un paso adelante.

«Bueno, allá va».

Una vez más, recitó la historia de su estancia en el bosque de Ölm.

La preocupación y la ira se reflejaron en los rostros de los presentes.

Kurtis y Dennet mantuvieron la mirada baja todo el tiempo, sin atreverse a levantar los ojos.

Calen creyó ver una sonrisa en el rostro de Fritz, pero era difícil saberlo con certeza por el rabillo del ojo.

Algunos miembros del Consejo intercambiaron murmullos ininteligibles, que Calen intentó ignorar.

La ira dio paso a la conmoción al mencionar a los uraks.

Incluso los miembros del Consejo que hasta ese momento habían mostrado poco interés, ahora prestaban atención con los oídos bien abiertos.

Una vez más, omitió cómo había muerto el urak más grande, atribuyendo su muerte a la flecha de Dann, quien alzó una ceja, divertido.

Calen estaba sin aliento cuando terminó.

El alivio lo invadió al pronunciar las últimas palabras.

Como si él ya no estuviera allí, el grupo estalló en una conmoción, pero nada de ello iba dirigido a Calen.

—¿Uraks, tan cerca de los pueblos?

—No puede ser. Ya habríamos oído algo —dijo un hombre con cara de rata de Talin.

—Algún otro grupo los habría visto. Esto es ridículo.

—¡Guardad silencio! —gritó Erdhardt, y su voz resonó en la tienda, casi vacía, al golpear la mesa de madera con la mano.

Los miembros del Consejo que estaban discutiendo se callaron rápidamente.

Continuó—: Hay dos cosas que debemos establecer aquí.

La primera es la verdad sobre el altercado entre estos dos grupos de jóvenes.

La segunda es decidir cuál será nuestro curso de acción con respecto al avistamiento de uraks.

Un hombre delgado con el pelo grisáceo fue el primero en hablar. A juzgar por su ropa, era del pueblo de Pirn. La gruesa tela marrón y crema con la que estaban confeccionados su camisa y sus pantalones era habitual allí.

—¿Cómo podemos estar seguros de la veracidad de este avistamiento? Podría tratarse simplemente de niños inventando historias. No se ha visto ningún urak por estas partes en más de dos años.

Dann frunció el ceño.

—¿Niños?

Erdhardt miró a Dann con dureza. Sus ojos eran como el acero.

Dann bajó la cabeza como un perro castigado.

Erdhardt echó la silla hacia atrás, se puso en pie y levantó la otra mano.

En ella tenía el morral de Dann, manchado de sangre seca.

Volcó la bolsa y vació el contenido sobre la mesa, para a continuación sentarse con los brazos cruzados.

El grupo estalló en un frenesí de gritos y rugidos, mezclados con chillidos de sorpresa cuando la cabeza del urak rodó por la mesa.

Se detuvo frente a Kara Thain, la decana del pueblo de Erith.

Calen recordaba haberla oído hablar antes de la Prueba.

Sus ojos eran de un azul hielo penetrante, que contrastaba con su cabello castaño oscuro, ligeramente canoso y recogido en una cola de caballo.

Su expresión severa no disminuía su belleza.

Era una de las pocas que no contribuía al caos. Se limitaba a observar. Sus ojos se movían rápidamente entre los miembros del Consejo y la cabeza del urak, sin pestañear. Pero Calen tenía claro que, tras esos ojos helados, ella estaba sumida en sus pensamientos.

—Bueno…, ¿habéis terminado? —preguntó Erdhardt cuando considero que los gritos se prolongaban demasiado.

—¿Qué significa esto, Erdhardt? —preguntó una mujer ligeramente rellenita, con la piel grasa y el cabello rubio ralo. Tenía el ceño fruncido.

—Se ha cuestionado la sinceridad de estos jóvenes —dijo Erdhardt. No intentó ocultar la mirada que dirigió al hombre delgado de Pirn—. Aquí está la prueba de que había uraks en el bosque de Ölm.

Jorvill fue el siguiente en hablar.

—¿Qué hacemos entonces? ¿Cómo sabemos cuántos más hay, si es que hay alguno?

—Hay más.

La voz de Kara era suave, pero con un tono firme. Los miembros del Consejo hicieron una pausa para escuchar, como habían hecho cuando habló Erdhardt. Ella intercambió miradas con los otros dos miembros del Consejo de Erith, como si buscara su aprobación antes de continuar.

—Hasta ahora, no estábamos seguros de si los informes eran ciertos.

La mayoría procedían de cazadores y tramperos, o de algún que otro vendedor ambulante.

Sin embargo, en las últimas semanas, los informes han aumentado en número; y esto los confirma.

—Posó los dedos en la cabeza ensangrentada y la alzó—.

Esta es la primera prueba sólida que hemos visto.