Capítulo 8. Te veo
TE VEO
E l resplandor anaranjado del sol poniente se filtraba a través de la espesura mientras se acercaban al borde del bosque, cerca de El Claro.
Habían caminado toda la noche y todo el día siguiente.
Llegaban tarde; deberían haber regresado a El Claro aquella mañana.
Las piernas de Calen ardían, luchando contra el peso del agotamiento.
Tenía la ropa rasgada en más lugares de los que podía contar, y el cuerpo cubierto de cortes y moratones suficientes para toda una vida. Quería dormir varios días seguidos.
Frente a él, Dann avanzaba con dificultad por la maleza, que se iba aclarando poco a poco. Llevaba el morral colgado del hombro, manchado de sangre seca. Rist iba algo rezagado. Calen tenía la sensación de que su pierna le estaba dando muchos más problemas de lo que dejaba entrever.
—Ya casi hemos llegado, Rist.
La respuesta llegó en ráfagas cortas, separadas por fuertes jadeos de esfuerzo.
—No estoy cansado. ¿Y tú? Podría seguir durante días. Apuesto a que Dann está cansado. Dann, ¿estás cansado?
Dann soltó una risita entre dientes.
—Ya no queda mucho, Rist.
En algún momento de las últimas horas, a Calen le habían salido ampollas en los pies. El dolor punzante le recordaba constantemente que los pies rozaban el interior de las botas. Torció el gesto en una mueca de dolor y siguió caminando.
«Me voy a comprar botas nuevas».
En cuestión de minutos, el bosque empezó a clarear. El suelo recuperó su firmeza y la pesadez del aire se disipó a medida que los árboles iban desapareciendo. Cuando salieron del bosque, la brisa fresca que acarició el rostro de Calen fue casi suficiente para arrancarle una sonrisa. Casi.
Tan pronto como Rist salió del bosque, se derrumbó en el suelo, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.
—¡Rist!
Presa del pánico, Calen echó a correr hacia Rist, inmóvil en la hierba. Cuando llegó hasta él, estaba tumbado bocarriba, mirando al cielo, con una sonrisa difusa en el rostro.
—Estoy bien —dijo con un suspiro de satisfacción. Cerró los ojos por un momento, inhaló profundamente y sonrió de oreja a oreja—. No estaba seguro de si alguna vez íbamos a salir de ese bosque dejado de la mano de los dioses. Es agradable mirar al cielo y no ver ramas y hojas.
Rist se distrajo un segundo mientras se miraba las manos, cubriéndolas por completo con una mirada intensa. Calen sintió una gran sensación de alivio. Se dejó caer junto a su amigo. Se quedaron allí tumbados un minuto, simplemente mirando el cielo azul sin obstáculos.
—¿Ya habéis terminado? —preguntó Dann—. Porque parece que alguien se ha dado cuenta de que hemos vuelto.
Calen se incorporó con dificultad y se sentó, mirando hacia los campos y entrecerrando los ojos ante la luz del atardecer que se desvanecía.
A unos cientos de varas al noroeste, cinco jinetes galopaban hacia ellos.
A medida que se acercaban, Calen pudo distinguirlos.
Al frente del grupo iban su padre y Erdhardt, con Lasch, Tharn y Jorvill Ehrnin galopando a su lado.
Cuando llegaron hasta los jóvenes, Vars pasó la pierna por encima de la silla de montar y se deslizó del caballo con un movimiento fluido. Se abalanzó sobre Calen y lo abrazó con tanta fuerza que este pensó que le iba a romper una costilla.
—Pensé que tal vez… —murmuró Vars en un susurro apenas audible.
Calen estrechó a su padre en un abrazo aún más fuerte, decidiendo que el dolor merecía la pena.
—Estoy bien.
Lasch y Tharn abrazaron a Rist y Dann de manera similar. Después de que todos se hubieran saludado, Erdhardt tomó la palabra.
—Me alegro de veros a vosotros, chicos… hombres, de vuelta sanos y salvos. Temíamos lo peor cuando se puso el sol y no habíais salido de Ölm. El último de los grupos regresó hace horas.
Sus ojos recorrieron uno a uno a Calen, Dann y Rist. A pesar de la escasa luz, Calen sabía que lo estaba observando todo: la ropa rasgada, los cortes, la sangre. Debían de parecer medio muertos.
—¿Qué ha pasado?
Los chicos intercambiaron miradas entre ellos y asintieron.
—La historia puede llevar un rato —dijo Calen, incapaz de ocultar la vacilación en su voz.
—Tómate el tiempo que necesites. Lo importante es la verdad.
Erdhardt cruzó los brazos sobre el pecho, con una mirada sombría en los ojos.
Calen dejó escapar un pequeño suspiro antes de sumergirse en los acontecimientos de los últimos días.
A Lasch se le escapó un grito ahogado cuando les contó que Fritz había disparado a Rist en la pierna con la flecha.
Omitió lo que le había sucedido al urak más grande.
En realidad, no sabía lo que había pasado después, pero Rist había estado actuando de forma extraña desde entonces, a pesar de afirmar que estaba bien.
No insistieron en saber cómo había muerto realmente, y ninguno de ellos se dio cuenta cuando Calen pasó rápidamente a otro tema.
El grupo escuchó atentamente a Calen, intercambiando algunas miradas entre ellos de vez en cuando.
Dann intervenía de vez en cuando, sobre todo para explicar sus propias hazañas heroicas, lo que le valió más de una mirada de reprobación por parte del grupo. Rist, en su mayor parte, permaneció en silencio. Sus ojos parecían ligeramente vidriosos, como si estuviera perdido en sus pensamientos.
Cuando Calen terminó, hubo un breve momento de silencio. Solo el chirrido de los grillos acompañaba la pálida luz de la luna mientras el cielo crepuscular daba paso a la noche. Erdhardt habló primero.
—¿Estás seguro, Calen? No se han visto uraks aquí desde hace al menos dos años, desde que…
Dann lo interrumpió encajándole la bolsa en los brazos, con un poco más de fuerza de la que normalmente se consideraría respetuosa.
Erdhardt no lo reprendió. Simplemente abrió la bolsa y miró detenidamente su contenido.
Su rostro se torció en un ceño resignado.
Le pasó la bolsa a Vars, que tuvo una reacción muy similar.
—Muy bien —dijo finalmente Erdhardt, desplegando los brazos y asintiendo como si solo se dirigiera a sí mismo—. Acompañadnos en los caballos y regresemos a la plaza. Los miembros de los Consejos, y todos los demás, estarán ansiosos por oír lo que nos han contado.
Cuando los caballos se acercaban a las tiendas de la plaza del mercado, se formó un grupo de gente a su alrededor, ansiosa por escuchar los rumores sobre los problemas que habían tenido y que les habían hecho llegar tan tarde.
Calen distinguió a algunos de los jóvenes que había visto cerca del brasero el primer día.
Por la mirada en sus ojos, ya habían empezado a celebrar la conclusión de la Prueba.
A través de la multitud que se estaba formando, Erdhardt condujo al grupo a caballo a la tienda del banquete, donde desmontaron.
Ferrin Kolm montaba guardia en la entrada. La cálida sonrisa de su rostro pecoso se convirtió en una mirada de preocupación cuando vio a Calen y a los demás. Erdhardt lo llamó cuando se acercaron.
—Ferrin, por favor, busca a Iwan Swett, Tarren Netly y Jon Hildom. Pídeles que acudan a una audiencia con el Consejo en la carpa antes de que termine la hora.
—Sí, maese Hammersmith, lo haré ahora mismo.
Ferrin asintió y volvió a mirar con preocupación a Calen y a los otros chicos.
—Gracias, Ferrin. Además, por favor, pídeles que traigan a sus hijos.
Ferrin ladeó la cabeza como preguntándose por qué, pero lo pensó mejor y se limitó a asentir de nuevo antes de dirigirse hacia la multitud.
Satisfecho, Erdhardt se volvió hacia el grupo.
—Venid, muchachos. Vamos a buscaros algo de comida y agua. Vars, ¿podría Freis echarle un vistazo a la pierna de Rist?
Vars asintió. Se detuvo para darle un suave apretón en el brazo a Calen antes de desaparecer en la misma dirección que Ferrin.
—Creo que lo mejor es que vayamos a informar a las familias de que los chicos han regresado sanos y salvos. No queremos que les lleguen primero los rumores —dijo Lasch.
—Sí, tienes razón —dijo Tharn—. Están cerca de las hogueras. Será mejor que vayamos y volvamos cuanto antes.
Con eso, los dos se marcharon, dejando solo a Jorvill y Erdhardt para llevar a los chicos a la tienda del banquete.
Era enorme, de al menos treinta varas de largo y casi igual de ancha.
Por dentro parecía aún más grande que por fuera.
Enormes soportes de madera sujetaban la lona, blanca como la nieve, y gruesas cuerdas lo unían todo con nudos y lazos.
La mayor parte de la carpa estaba ocupada por filas de largas mesas y bancos de madera.
Manteles blancos brillantes cubrían las mesas, que contrastaban con los ricos manteles verde esmeralda que marcaban los lugares donde debía sentarse la gente.
Por muy duro que hubiera sido el año, nunca se escatimaban gastos para la Prueba.
Según Jorvill, el banquete se había pospuesto al ver que los chicos no regresaban por la mañana.
En ese momento, los únicos ocupantes de la tienda eran los miembros del Consejo de los pueblos, que estaban sentados en una larga mesa elaboradamente decorada en el otro extremo de la enorme tienda.
La mesa debía de medir unas seis varas de largo, lo suficiente para que cupieran los Consejos de las siete aldeas.
Estaban tan absortos en la conversación que no se dieron cuenta de los nuevos ocupantes de la tienda.
—Chicos, sentaos. Volveremos en un minuto —dijo Erdhardt, haciendo un gesto a Jorvill para que lo siguiera.
Regresaron al cabo de unos minutos, llevando cestas con pan, queso y carne. Tres mujeres los seguían con grandes jarras de hidromiel y cubos de agua. Erdhardt y Jorvill dejaron las cestas sobre la mesa. Dann atrapó al vuelo un panecillo que había rebotado por el impacto.
—Venga, comed. Debéis de estar hambrientos —dijo Erdhardt. Aceptó la jarra de hidromiel que le ofreció una de las mujeres—. Gracias, Meera —dijo con una breve inclinación de cabeza.