De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capítulo 7. Ver es creer
18%

Capítulo 7. Ver es creer

VER ES CREER

R ist cayó de rodillas. El agotamiento era como un dolor atroz que le recorría el cuerpo.

Sentía las piernas como juncos al viento y no tenía fuerzas para mantenerse en pie.

Había quedado inconsciente cuando la más pequeña de las dos criaturas lo golpeó en el pecho.

Al recuperar el conocimiento, lo único que vio fue a la otra bestia de pie sobre Calen, con la monstruosa hacha alzada sobre la cabeza.

Algo se apoderó de él. Sintió un fuego ardiendo en el pecho, subiéndole por los brazos, y un dolor abrasador lo consumió todo a medida que el fuego avanzaba.

«¿Qué he hecho?».

Gotas de sudor le caían por la frente. La camisa se le pegaba a la espalda. El olor a carne quemada impregnaba el aire, provocándole náuseas. Extendió las manos al frente y las hizo girar una y otra vez, tratando de encontrar algo, cualquier cosa. No había ni una sola marca en ellas. Nada.

—¿Rist?

La voz de Calen sonaba débil y cansada, pero sacó a Rist de sus pensamientos.

Al levantar la vista, vio a su amigo en el suelo a unas varas de él, apoyado en los brazos.

Tenía la ropa rasgada y manchada de sangre.

A su lado yacían dos cuerpos grandes. Uno estaba empapado en sangre, con una herida abierta en el cuello.

El otro era un amasijo carbonizado y arrugado de carne quemada y humeante.

Tras una arcada repentina, vomitó en el suelo.

—¡Rist! La voz de Calen atravesó la niebla de su mente.

Le costaba concentrarse en cualquier cosa.

Estaba agotado, como si le hubieran succionado la energía de los huesos.

Los pensamientos le bailaban en la cabeza como chicas en la plaza del pueblo, sin prestarle atención, siempre fuera de su alcance.

Calen estaba ahora de pie a su lado, luchando por soportar el peso de su propio cuerpo.

—Rist, ¿estás bien? ¿Has visto lo que ha pasado? Estaba sobre mí… Esa hacha…

Calen miró el arma, tirada en el suelo junto al cuerpo de aquel monstruo, con su horrible hoja en forma de media luna manchada con la sangre del lupino.

—Pensé que estaba muerto.

Rist respiró hondo, tratando de ordenar sus pensamientos.

—Estoy bien —suspiró—. ¿Y Dann?

El pánico se apoderó del rostro de Calen. Echó a correr hacia Dann tan rápido como le permitían las piernas. Cayó de rodillas a su lado, más por agotamiento que por elección, a juzgar por su aspecto.

—Mierda, Dann… ¿Dann? ¡Dann, por favor, tienes que estar bien!

Rist se puso en pie; no pudo evitar una mueca de dolor al incorporarse.

Tenía todo el cuerpo magullado. La herida de la pierna le ardía intensamente.

En medio del pánico, se había olvidado de ella; el miedo había ocultado el dolor.

Ahora, al calmarse su corazón, el dolor volvió con fuerza, como un alud.

«Primero un oso, luego una flecha, luego… los uraks».

Contempló los cadáveres de las criaturas caídas. Habrían pasado por humanos de no haber sido por el tamaño, la piel grisácea y correosa, los ojos rojos y los dientes amarillos y afilados.

Volvió a centrar su atención en sus amigos. Calen sujetaba con la mano la nuca de Dann, quien tenía los ojos cerrados.

—¡Dann! ¡Despierta!

Calen lo sacudió de un lado a otro, al principio con suavidad, pero luego con más agresividad al no obtener respuesta. Por un momento, a Rist se le encogió el estómago.

Dann parpadeó.

—Uf…, deja de sacudirme. Maldito seas. ¿Qué ha pasado? ¿Lo he conseguido?

La voz de Dann era ronca, como si se despertara de una larga siesta.

«Gracias a los dioses».

Calen se desplomó hacia atrás y soltó la cabeza de Dann, a quien se le escapó un gemido agudo cuando dio contra el tronco del árbol. Rist necesitaba sentarse. Necesitaba dormir. Sentía que apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Joder, Calen —gimió Dann, frotándose la nuca. Sus ojos se posaron en los cadáveres de las dos criaturas, deteniéndose en el más grande, cuya espalda era un desastre de piel derretida—. ¿Qué… qué ha pasado? —El miedo se apoderó de su voz.

—No lo sé —dijo Calen—. Estaba de pie sobre mí, con el hacha sobre la cabeza. Entonces hubo un destello tan brillante que casi me cegó. Luego se derrumbó. Muerto. Con esa herida en la espalda.

Rist asintió.

—Sí, me desperté cuando oí a Calen llamarme. Los dos estabais en el suelo.

Una oleada de miedo le recorrió la mente. ¿Había visto Calen lo que él había hecho? ¿Y qué había hecho?

Dann asintió y exhaló ruidosamente. Se quedaron sentados en silencio unos minutos. Los sonidos del bosque resonaban de fondo.

—Deberíamos ponernos en marcha —dijo Dann, con una mirada de acero en el rostro. Se incorporó hasta quedar sentado—. Si vamos a llevarnos a uno de estos tipos de vuelta a El Claro, tenemos que ponernos en marcha ahora para llegar allí antes de que se ponga el sol mañana.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

—¿Llevarnos a uno? —Una mirada de incredulidad atravesó el rostro de Calen—. ¿Por qué demonios querríamos llevarnos a uno, Dann?

Este se encogió de hombros:

—Bueno, nadie nos creerá si no lo hacemos, y necesitan saber que hay uraks por aquí. Además, es nuestra oportunidad de superar la Prueba y convertimos en vencedores de la Caza. Nadie va a traer nada peor que estos tipos. ¡Uraks, Calen!

Este no dijo nada. Apretó los labios hasta formar una fina línea.

—Pero… ¿qué hacen aquí? No se han visto uraks cerca de El Claro en al menos dos años, no desde…

Rist vio la expresión de Calen y no terminó la frase.

—No lo sé, pero por alguna razón, están aquí —respondió Dann—. Tenemos que llevar uno. Bueno…, ¿quizás solo la cabeza?

Rist no pudo ocultar la sorpresa en su rostro.

—¿La cabeza?

—Bueno, supongo que el cuerpo entero sería demasiado pesado para que lo lleváramos, ni siquiera a rastras. La cabeza cabría en uno de los morrales. La verdad es que tiene sentido.

Dann hablaba con tono pragmático; estaba claro que ya había decidido que esa era la mejor opción. Siempre había sido así. Una vez tomada una decisión, la mente de Dann Pimm era como una roca.

Se puso en pie sin esperar una respuesta.

Cojeando, se acercó a los dos cadáveres con la mano en el pecho, donde el urak le había dado una patada.

Rist miró a Calen, que había permanecido en silencio durante toda la discusión; este siempre se encerraba en sí mismo cuando se mencionaba algo relacionado con Haem.

Los uraks, sin duda, entraban en esa categoría.

—¿Estás bien?

Rist puso la palma de la mano en el hombro de Calen y bajó la cabeza para mirarlo a los ojos.

—Sí… sí, estoy bien.

Se sacudió la mano de Rist y se puso de pie, dirigiéndose hacia Dann. Rist suspiró, se quedó sentado un momento y luego se levantó y se unió a los demás.

—¿Cuál? —dijo Calen.

—¿Eh?

—¿Qué cabeza nos llevamos?

La voz de Calen sonaba fría, carente de emoción. Dann no pareció darse cuenta. Cruzó los brazos mientras reflexionaba.

—Bueno, diría que la más pequeña. No creo que la mayor quepa en ninguno de los morrales, y no me apetece llevar una cabeza ensangrentada en brazos durante todo el camino de vuelta a El Claro.

—De acuerdo. Bueno, hazlo y pongámonos en marcha.

Calen no esperó respuesta. Se limitó a alejarse y se sentó en silencio en un tronco cercano. Dann giró la cabeza hacia Calen y luego volvió a mirar a Rist, cruzando los brazos.

—¿Qué le pasa?

Rist alzó una ceja interrogativa.

—¿No ves lo jodido que es esto? Por no mencionar… ¿Haem?

—Oh.

—Venga, al tajo —dijo Rist con la mayor claridad posible. Luego se dio la vuelta y se acercó a Calen, que estaba sentado en el tronco.

Se quedaron allí, oyendo lo sonidos del bosque hasta que sonó el fuerte golpe del metal hundiéndose en la carne.

Calen se estremeció y Rist sintió que se le revolvía el estómago de nuevo.

A un gruñido le siguió un nuevo golpe. Unos momentos más tarde, Dann se plantó delante de ellos, con la sangre empapando la tela del morral.

—No lo pensé bien —dijo encogiéndose de hombros.

—Como de costumbre —respondió Rist.

Mientras se adentraban en el bosque, Rist volvió la vista atrás, hacia los cadáveres de los uraks.

El hacha, ahora manchada de sangre fresca, yacía junto al cuerpo decapitado de la criatura más pequeña.

La gema incrustada en la hoja del hacha parecía emitir un resplandor rojo mientras el sol del crepúsculo se desvanecía en el horizonte.

Sus ojos se posaron en el cuerpo del urak más grande y en la herida abierta de carne quemada en su espalda. El inquietante sonido de la piel crepitando aún flotaba en el aire. Volvió a mirarse las manos.

«¿Qué he hecho?».