Capítulo 6. Osos en el bosque… y algo más #3
Un lupino salió de pronto de entre los árboles a tres varas frente a ellos.
Tenía el pelaje de color grisáceo y negro en su mayor parte, salpicado de manchas de sangre oscura.
Los miró fijamente. Algo no cuadraba en todo aquello.
Era grande, dos palmos más pequeño que Faenir de la nariz a la cola, pero no lo bastante para causar las ondas en el agua.
—¡Por el amor de los dioses! ¡Esto ya es ridículo! ¿Es que no pueden damos un respi…?
Justo cuando Rist estaba a punto de terminar la frase, una enorme hacha con hoja en forma de media luna siguió al lupino salido de entre los árboles, balanceándose en el aire con un silbido metálico.
La hoja era enorme, casi del ancho del cuerpo del lupino, del vientre hasta la cresta de la espalda, con una gema translúcida y lisa incrustada en la superficie.
Se estrelló directamente contra la caja torácica de la criatura y levantó al lupino del suelo con un gemido aullante.
La fuerza bruta lo llevó por los aires y lo estrelló contra el tronco de un árbol cercano.
Calen no necesitó mirar para saber que el animal no se volvería a levantar.
Sintió que su agarre de la lanza se tensaba involuntariamente mientras el miedo se apoderaba de sus huesos.
Dann estaba colocando una flecha en el arco cuando dos criaturas emergieron de entre los árboles cerca del cuerpo del lupino.
Un ruido ininteligible salió de la boca de Rist. Mil pensamientos se agolparon en la cabeza de Calen, ninguno de ellos capaz de dar sentido al otro.
Tuvo que apretar las manos alrededor de la lanza aún más fuerte para evitar que temblaran.
«Uraks».
Tenían forma humana, pero el más grande de los dos medía más de dos varas.
De hombros pesados y anchos, los densos músculos se ondulaban con cada movimiento.
Su piel gris ceniza era gruesa y áspera, como si estuviera hecha de cuero.
Lo menos humano de todo era el rostro afilado y anguloso.
La piel pálida lo hacía parecer casi desprovisto de vida, y los finos labios azulados se curvaban hacia atrás para revelar una hilera de dientes amarillos, afilados, feroces.
No llevaba calzado alguno, pero maltrechos trozos de cota de malla le cubrían las piernas, sujetos con correas de cuero.
Nada le protegía el pecho; la carne expuesta estaba cubierta de heridas a medio curar y cicatrices de batallas pasadas.
Pero lo que más impactó a Calen fueron los ojos.
El iris era tan rojo como la sangre y las pupilas, largas y afiladas, como las de un kato. Nunca había visto uno de cerca.
El más pequeño de los dos se parecía a su compañero, aunque era unos cuatro palmos más bajo y tenía la piel de un tono más pardo. Al igual que el mayor, no iba calzado, pero lucía una coraza de hierro raída y unos brazales a juego.
Los uraks solo tardaron un par de segundos en darse cuenta de que Calen, Dann y Rist estaban acurrucados a un tiro de piedra, con expresiones de asombro.
Con la gruesa mano gris alrededor del mango del hacha clavada en el cuerpo inerte del lupino, el más grande le gritó algo al más pequeño.
Su voz era áspera, como piedras cayendo por la ladera de una montaña. Calen no entendió ni una palabra.
Sin dudarlo, el urak más pequeño cargó contra el grupo a una velocidad que Calen no habría creído posible, dado su tamaño.
Blandió una espada dentada sobre su cabeza y lanzó un aullido gutural.
El arma, carbonizada y ennegrecida, medía casi vara y media de largo y tenía otra gema translúcida incrustada en la hoja, justo encima de la guarda.
Calen oyó el silbido familiar de la flecha de Dann solo medio segundo antes de verla sobresalir justo por encima de la armadura del pecho de la criatura. No la detuvo. En cuestión de segundos, estaba sobre ellos.
Rist era el que estaba más cerca. Logró esquivar el golpe y trató de clavar la lanza en las piernas del atacante. Falló por un pelo y recibió en el pecho un golpe con el pomo de la espada de la bestia que lo envió rodando contra la base de un árbol. Se quedó inmóvil.
Calen rugió. Su pulso era como fuego en las venas, empujado sobre todo por el miedo. El urak evadió la primera estocada de su lanza con alarmante facilidad, pero descubrió que Calen estaba igual de bien equipado para esquivar su contraataque.
Cuando Dann le clavó una segunda flecha, esta vez en el abdomen, la criatura estalló en un frenesí de golpes descontrolados.
Calen perdió el equilibrio, tropezó con una piedra suelta y cayó al suelo.
Al oler la sangre, la criatura se abalanzó sobre él.
Presa del pánico, Calen lanzó su lanza al aire tras él, girándose mientras caía y utilizando hasta la última gota de fuerza que le quedaba en el cuerpo.
Cuando el urak se abalanzó sobre Calen, quedó atrapado por su propio impulso, indefenso mientras la lanza se clavaba directamente en su cuello expuesto, salpicando sangre sobre Calen.
El peso de la criatura al desplomarse clavó la lanza en el suelo, dejando a ambos suspendidos en el aire sobre el joven.
Sus penetrantes ojos rojos, ahora vacíos de vida, aún ardían de ira mientras lo miraban fijamente.
Un hedor a carne podrida emanaba de su boca abierta, y Calen estuvo a punto de soltar cuanto llevaba en el estómago.
No tuvo mucho tiempo para recuperar el aliento, porque un rugido aterrador brotó del urak restante, que dio un salto por el suelo del bosque hacha en mano.
Las ramas y las plantas se desmoronaban bajo sus poderosas patas mientras cubría la distancia entre ellos con facilidad.
Cuando llegó a ellos, tres flechas sobresalían de su pecho desprotegido.
Suficientes para haber matado a un hombre dos veces.
Dann intentó colocar otra flecha, pero la criatura lo alcanzó con una brutal patada en el pecho. Calen creyó oír un crujido cuando las rodillas de Dann se doblaron y cayó al suelo hecho un guiñapo.
Su mente iba a toda velocidad. Cada fibra de su cuerpo ardía en una sinfonía de agotamiento y dolor. No sabía si Dann o Rist estaban vivos. Ninguno de los dos se movía.
El enorme urak puso una mano sobre el cuerpo de su compañero caído.
Luego, con una aterradora demostración de fuerza, arrancó el cadáver inerte de la lanza como si sacara una astilla de un bloque de mantequilla reblandecida.
La sangre brotó sobre Calen cuando la criatura sostuvo el cadáver sobre él.
Luego lo arrojó al suelo a unas varas de distancia, sin siquiera mirar dónde caía.
No había ningún sentimiento de pérdida en su rostro. Ni sollozos, ni gemidos.
El corazón de Calen latía como un martillo sobre un yunque. Los golpes lentos y metódicos resonaban en sus oídos.
El pecho de la criatura se elevaba y bajaba con respiraciones pesadas.
Su boca se torció en lo que casi podría llamarse una sonrisa.
Su lengua goteaba gruesas gotas de saliva por entre los dientes irregulares.
La enorme hoja en forma de media luna brillaba a la pálida luz de la luna, una mezcla de belleza y dolor forjada en acero.
Con la mirada fija en Calen, el urak susurró algo en su lengua gutural antes de alzar el hacha por encima de la cabeza con ambas manos.
Sus horribles ojos rojos se clavaron en el cráneo de Calen.
El tiempo se ralentizó mientras la hoja se abatía.
Calen había visto lo que le había hecho al lupino, y él no correría mejor suerte.
El pánico en su corazón dio paso a una repentina sensación de aceptación.
Siempre había oído que en los momentos previos a la muerte la vida pasaba ante los ojos, o eso decían todos los bardos y narradores.
Calen no estaba seguro de cómo lo sabían; no es que hubieran luchado en las guerras de las que cantaban.
De todos modos, no importaba. No tenía mucho que recordar, pero le gustaría volver a ver la cara de Haem.
Una luz cegadora llenó el espacio alrededor de la enorme figura del urak, un destello tan brillante como el sol. Calen oyó a alguien gritar, aullar, como si el ruido le quemara la garganta desde dentro.
El hacha ni llegó a caer.
La enorme criatura se desplomó sobre las rodillas, haciendo temblar el suelo. Sus brazos se abatieron a los lados, inertes. El hacha cayó inofensivamente de los dedos sin vida del urak.
Balanceándose donde estaba arrodillado, se derrumbó de lado con un fuerte golpe.
El humo y el repugnante olor a carne quemada llenaron las fosas nasales de Calen mientras se propagaban con el viento.
El hedor emanaba de una horrible marca de quemadura en la espalda de la criatura.
La piel, antes gris ceniza, se había derretido y desfigurado, convirtiéndose en un líquido supurante tan negro como el azabache.
Calen sintió náuseas cuando el olor le llegó a la garganta. Entre toses violentas, apartó la mirada de los restos carbonizados del urak en busca de lo que había acabado con ese gigante. Entrecerró los ojos para ver mejor. La mezcla de humo y agotamiento le pegaba los párpados.
—¿Rist?