Capítulo 6. Osos en el bosque… y algo más #2
Tres figuras emergieron del bosquecillo. Calen solo podía distinguir sus siluetas a la pálida luz de la luna. Una era más grande, de hombros anchos y fornidos. A ambos lados la flanqueaban dos más pequeñas.
—Calen, no queríamos que Rist resultara herido, te lo juro —dijo la figura más alta.
La voz era grave, familiar. Algo hizo clic en la cabeza de Calen.
—¿Kurtis? ¿Qué demonios crees que estás haciendo? ¡Has disparado a Rist!
Calen se abalanzó sobre Kurtis lanza en ristre, con los hombros y los brazos tensos.
—¡Eh! Ni se te ocurra dar otro paso, Bryer, o te clavaré una flecha a ti también.
Una de las figuras más pequeñas tensó el arco y apuntó directamente al pecho de Calen.
—Fritz… —murmuró Calen, con el ceño fruncido.
Giró la cabeza, solo por un segundo, para comprobar el estado de Rist y Dann.
Estaban en el suelo, y Dann sostenía la cabeza de Rist sobre las rodillas.
Parecía que había conseguido quitarle la flecha y tenía las manos apretadas contra la herida, pero Rist respiraba con dificultad.
Los músculos de Calen se tensaron mientras la rabia lo invadía.
Se moría de ganas de borrarle la sonrisa de satisfacción a Fritz.
—Ten cuidado. Se pondrá bien, pero no puedo decir lo mismo de ti si se te ocurre acercarte a mí —dijo Fritz.
Tensó un poco más la cuerda del arco para dejar claro el mensaje.
—Fritz —se limitó a decir Kurtis.
El significado era claro: «Estás yendo demasiado lejos».
Fritz se limitó a mirarlo con ira, una mirada ausente que siempre inquietaba a Calen; como si los ojos de Fritz no lo mirasen, sino que vieran a través de él, como si el mundo entero fuera simplemente un obstáculo para lo que él quería.
Una sonrisa se extendió por el rostro de Fritz mientras miraba más allá de Calen. Algo había llamado su atención.
«La piel de oso».
—¿Qué tenemos aquí? —dijo Fritz, con la luz del fuego reflejándose en su rostro—. Parece el pago perfecto por habernos costado ese kato. Dennet, quítala.
—¡Es nuestra! —Tosió Rist. El dolor era evidente en su voz.
—No, es nuestra —dijo Fritz.
Dennet cortó las cuerdas que mantenían la piel colgada entre los árboles.
Luego se dirigió hacia Kurtis y Fritz, luchando por cargarla sobre el hombro.
Las nubes se habían desplazado y dejaban pasar más luz de luna.
Calen podía ver sus rostros con mayor claridad ahora.
Kurtis se mordió el labio inferior mientras observaba a Fritz, que examinaba la piel a la luz del fuego, pasando la mano por el pelaje áspero y la piel parcialmente seca.
—No está nada mal. Esta bestia debía de ser enorme. Una buena presa. Habéis tenido suerte, idiotas —dijo Fritz—. Muchas gracias. Nos declararán vencedores de la Caza cuando llevemos esto.
—¡Que os quemen a todos! ¿Qué coño os pasa?
El veneno en las palabras de Dann ardía como un cuchillo caliente en su voz.
—No seas tonto, Dann. Asustaste a nuestra presa, así que nos quedamos con la tuya. Lo justo es justo —dijo Fritz. Tenía esa misma mirada fría y calculadora en los ojos—. Ahora largaos.
—¿Creéis que nos vamos a ir? —Rugió Dann, aún acunando la cabeza de Rist en su regazo.
—Sí. Seré amable. Tomaos un minuto para recoger vuestras cosas y echad a andar hacia las montañas. Si no os habéis ido en cinco minutos, os demostraré lo en serio que hablo. Os seguiré un rato para asegurarme de que no dais la vuelta.
Kurtis parecía querer protestar, pero una mirada severa de Fritz lo detuvo en seco.
—Está bien, nos iremos —dijo Calen apretando los dientes.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en la comisura de los labios de Fritz. Dann lo miró con la boca abierta.
—¿Qué estás haciendo?
—Rist está herido, Dann. Tenemos que alejarlo de estos capullos y aseguramos de que está bien. Eso es más importante que pelear con estos tres. ¿Puedes vendarle la herida y ponerlo en pie? Yo llevaré los morrales.
Dann respondió con un gesto de resignación.
Calen reunió las provisiones mientras Dann vendaba la pierna de Rist con una tira de su camisa antes de ponerlo en pie, a pesar de las protestas de este.
Se dirigieron hacia el borde del claro, en dirección a la cresta Lupina.
Calen notó lo que le pareció una mirada de disculpa en los ojos de Kurtis.
—Seguid caminando hasta que salga el sol —les gritó Fritz—. Me enteraré si no lo hacéis.
Recorrieron con dificultad y en silencio el denso bosque, completamente agotados.
Calen llevaba los morrales, mientras que Rist usaba a Dann y su lanza como muletas.
De vez en cuando, Calen miraba atrás para ver si había señales de que Fritz los seguía.
Creyó ver algo varias veces, pero no estaba seguro. No valía la pena averiguarlo.
Cuando el sol coronó la cima de la montaña, apareció a la vista un pequeño riachuelo a unas diez varas de distancia. Calen no lo había oído al acercarse. El cansancio le provocaba un ligero zumbido en los oídos y le costaba concentrarse.
—Esto es ridículo —dijo Dann, con una mezcla de cansancio e irritación en la voz.
Calen suspiró.
—Tenemos que parar en el agua. Necesitamos beber y echar un vistazo a la herida. No podemos dejarla demasiado tiempo, o podría infectarse.
Dann asintió. Rist soltó un gruñido.
Tras permanecer sentados en silencio durante un rato y beber agua hasta saciarse, Calen le subió el pantalón a Rist para examinar la herida, quitándole la tira de camisa empapada en sangre que Dann había utilizado para hacer presión.
—Fue un tiro limpio de parte a parte —dijo Dann—. Rompí la punta por el otro lado y saqué el astil. Tuvo suerte.
Dann sumergió la cantimplora en el riachuelo mientras hablaba, suspirando de agotamiento.
—¿Suerte? —dijo Rist, tosiendo—. ¿Cómo, por los dioses, puedes considerar esto suerte?
—Bueno, no sangraste mucho, lo que significa que la flecha no te alcanzó nada importante. Atravesó la pierna, así que pude sacarla. De lo contrario, todavía estaría ahí. Y te dolió lo suficiente para callarte durante las últimas horas —añadió Dann, sonriendo para sus adentros.
—Te juro que te clavaré una si no borras esa sonrisa —espetó Rist.
—Debería haber dejado la puñetera flecha en su sitio —dijo Dann, encogiéndose de hombros.
—¿Queréis callaros los dos?
Tanto Dann como Rist dieron un pequeño respingo, sorprendidos por el tono brusco e irritado de Calen.
—Rist, Dann acaba de sacarte una flecha de la pierna, te ha puesto en pie y te ha arrastrado hasta aquí.
Rist bajó la cabeza, avergonzado.
—Dann…
—¿Sí?
Su rostro cansado esbozó una sonrisa descarada. Calen no estaba de humor para eso.
—Deja de comportarte como un idiota.
Dann abrió la boca, pero no discutió. Calen metió la mano en la bolsa y sacó algunas de las hierbas y plantas que había recogido mientras buscaba leña durante el día.
Reflexionó sobre las diferentes opciones, tratando de recordar exactamente cuáles había dicho su madre que eran buenas para detener la infección.
Dos, lo supo de inmediato. Aliento de cretia y vidriazul. Las sacó y las dejó sobre la roca a su izquierda. Murmuró para sí mismo mientras revisaba el resto. Muldio, docoja… Ninguna era tan buena como la savia de brimelo, pero servirían.
Tras seleccionar las que necesitaba, utilizó una roca para molerlas hasta convertirlas en una pasta. Añadió un poco de agua del riachuelo para conseguir la consistencia deseada.
—Estas hierbas servirán como cataplasma. Deberían mantener a raya la infección mientras la herida se cura —dijo, sin dejar de moler la mezcla de plantas. Notó una mirada vacilante en el rostro de Rist—. Es eso o cauterizarla con fuego. Dann, ¿podrías encender un fuego?
Rist palideció.
—Vamos con lo de las plantas.
—¡Buena elección!
Dann se atragantó y tosió un poco de agua entre risas forzadas.
A pesar de las múltiples protestas y jadeos de dolor, Calen no tardó mucho en aplicar la cataplasma en la pierna de Rist. Arrancó una tira de la camisa de este para usarla como vendaje de repuesto una vez que se secara.
—Deberíamos ponernos en marcha. —Dann se arrastró hasta sentarse—. Vamos a tener que caminar toda la noche y toda la mañana para llegar a tiempo.
A Calen le rugió el estómago.
—¿Podemos comer algo primero?
—Apoyo la moción —dijo Rist.
Dann suspiró. Con un gruñido de agotamiento, se puso de pie.
—Si podéis encender un fuego, iré a ver si encuentro algo. No estaría mal comer y descansar antes de ponernos en marcha.
Calen había conseguido por fin encender el fuego cuando Dann reapareció entre los árboles, con el cuerpo inerte de un castor colgado del hombro. No iba a haber mucha comida.
—Comamos y luego descansemos hasta que el sol pase el pico de esa montaña. —Dann torció el gesto mientras señalaba un pico escarpado en la distancia—. Después tendremos que ponemos en marcha.
—¿Estás de acuerdo, Rist? —preguntó Calen.
Rist gruñó, con una mueca de dolor en el rostro.
El sol ya había comenzado a ponerse cuando Calen, Dann y Rist emprendieron la larga caminata de regreso a través del bosque de Ölm. La combinación de comida caliente y agotamiento había hecho que descansaran mucho más de lo previsto.
—Bueno, no vamos a pasar la Prueba. Pero, teniendo en cuenta lo sucedido hasta ahora, me conformo con volver a casa sin una flecha clavada en la pierna.
El intento de humor de Dann fue respondido con una rápida patada en los tobillos por parte de Rist.
—Demasiado pronto.
Había un tono serio en la voz de Rist, pero Calen le notó una sonrisa burlona en la comisura de los labios. Dann logró recuperarse antes de caer y pensó que era mejor no quejarse, pero algo le hizo detenerse en seco.
—Dann…
La mano levantada de Dann interrumpió a Calen. Entrecerró los ojos mientras miraba fijamente la espesa maleza.
—Hay algo… —susurró Dann.
A Calen le pareció oírlo. El susurro de las hojas. El crujir de las ramas. El ruido sordo de unos pasos pesados. Un pequeño charco de agua frente a ellos que se ondulaba a intervalos regulares.