Capítulo 6. Osos en el bosque… y algo más
OSOS EN EL BOSQUE… Y ALGO MÁS
— S igo pensando que Anya bailará contigo en la Noche de la Fiesta —dijo Rist mientras pasaba el cuchillo por la madera que tenía en el regazo, afilándola hasta convertirla en una punta en el extremo.
—Déjalo, Rist. Solo somos amigos —dijo Calen, sonrojándose. Rist y Dann intercambiaron una mirada. Dann ladeó la cabeza y alzó una ceja con aire de saberlo todo, riéndose.
Calen hizo todo lo posible por ignorarlos mientras sostenía el extremo afilado de su propia lanza improvisada justo por encima de las llamas del fuego que ardía frente a ellos.
Era un truco que su padre le había enseñado hacía mucho tiempo.
Calentar la punta de una lanza de madera la hacía más ligera y resistente.
El grueso palo medía aproximadamente dos varas de largo y tenía poco menos de tres dedos de diámetro.
Se habría sentido mucho más cómodo con una espada en las manos, pero dadas las circunstancias, la lanza tendría que servir.
Todos se sentaban delante de la entrada de la cueva.
Aunque el oso estaba muerto, ninguno volvería a dormir allí.
A poca distancia, la piel del oso colgaba entre dos árboles, estirada al máximo.
Dann había pasado la mayor parte de la mañana y la primera hora de la tarde despellejándolo con el máximo cuidado y concentración, asegurándose de abrir las orejas, la nariz y los labios para eliminar todo el exceso de grasa.
Sin acceso a sal, necesitaba dejar la menor cantidad de humedad posible para evitar que la piel se pudriera.
Trasladar el campamento fuera de la cueva para pasar la noche tenía la ventaja añadida de evitar el aire húmedo producido por el musgo, y el sol de la tarde era lo bastante cálido para secar la piel sin dañarla.
—Dime otra vez, ¿por qué te molestas en conservar la piel? —preguntó Rist.
Se le escapó un chasquido de reprobación. Se llevó el dedo a la boca para chupar un fino hilo de sangre que le goteaba por el pulgar, resultado de su excesivo entusiasmo con el cuchillo. Lanzó una mirada de censura a Calen cuando se dio cuenta de la sonrisa burlona en su rostro.
Dann estaba tumbado en el suelo, con la cabeza apoyada en un grueso tronco, mascando un largo trozo de hierba. Miró fijamente el bosque que los rodeaba.
—Bueno, después de traerla de vuelta, nos declararán vencedores de la Caza.
No creo que los demás traigan nada mayor que este monstruo.
—Dann inclinó la cabeza hacia la piel que colgaba en el aire a unas varas de distancia—.
No tiene sentido dejar que se eche a perder.
Papá podría hacer fácilmente una obra maestra con una piel como esa.
Los dioses saben que nos vendría bien el dinero.
Rist soltó un resoplido burlón.
—Anoche estabas muy triste porque había muerto, ¿y ahora quieres convertirlo en un abrigo?
—Sí, Rist, estaba triste porque una criatura increíble había muerto. Lentamente, y de forma dolorosa, sin motivo alguno, y yo había sido la causa.
La respuesta de Rist fue seca, con la mirada aún perdida en la bruma del bosque. Apretó la mandíbula.
—¿Una criatura increíble? ¿Sin motivo alguno? Dann, iba a matarnos. Ya sabes, muertos, desaparecidos, adiós muy buenas…
—Hiciste lo que tenías que hacer, Dann —interrumpió Calen. Miró a Rist como diciendo: «Por favor, déjalo en paz». Rist pareció entenderlo y asintió con suavidad.
Dann apartó la mirada de las profundidades del bosque para mirar a Calen.
Tenía una expresión pesada en el rostro.
Calen no había notado las ojeras moradas que se estaban formando bajo los ojos de Dann, cómo abatía los hombros a lo largo del día.
Al recordarlo ahora se dio cuenta de que se había mantenido aislado durante la mayor parte de la mañana y la tarde, sin decir apenas nada.
Teniendo en cuenta que Calen había sido testigo una vez de una conversación ebria de Dann con un árbol, el silencio debería haberle hecho sospechar.
—Nunca antes había acabado con una vida sin una razón de peso.
Cazo ciervos, conejos, peces…, para que podamos comer.
Para sobrevivir. Ese oso tenía hambre. Volvió y nos encontró en su hogar.
Y lo matamos… No, lo maté yo. Sé que habría acabado con nosotros de no haber hecho nada, pero no es lo mismo.
—Lo entiendo, Dann —dijo Calen.
No mentía. Echó otro leño al fuego y se les escapó un suave suspiro mientras se sentaba de nuevo en el tronco esponjoso del árbol caído en el que había estado encaramado.
Se quedaron sentados en silencio mientras la tarde se desvanecía y la noche se apoderaba de todo a su alrededor.
Los sonidos del bosque proporcionaban un coro relajante, a medida que el canto de los pájaros del día era reemplazado por el suave murmullo del arroyo que serpenteaba por el bosque, el crepitar y chisporrotear del fuego que consumía la madera y el zumbido omnipresente de los insectos que se dedicaban a sus quehaceres nocturnos.
De vez en cuando, el aullido de un lupino rompía el tranquilo manto de sonidos familiares, provocando sobresaltos repentinos en Calen, Dann o Rist, que se giraban para asegurarse de que el oso no había resucitado.
—Chicos…, creo que tenemos visita —chilló Rist.
Calen abrió los ojos. Un gran kato, más o menos del mismo tamaño que Faenir, merodeaba alrededor del fuego.
El pelaje manchado de marrón y negro plateado le permitía mimetizarse con el fondo del bosque.
Las afiladas orejas apuntaban directamente hacia el cielo, dando la impresión de que siempre estaba atento, alerta.
Nunca había visto un kato tan de cerca. El deslumbrante brillo amarillento de sus ojos era hipnótico.
Los dos mechones de pelo que le caían por los hombros a ambos lados de la cabeza le daban un aspecto arrugado.
Calen buscó el arco, con cuidado de no hacer ningún movimiento brusco, y estiró los dedos para agarrar la empuñadura.
—No —susurró Dann.
Ya estaba de pie junto al fuego, con la mano apuntando a Calen, pero con la mirada fija en el kato.
Sin hacer ruido, solo el susurro de las hojas mecidas por el viento, Dann se acercó a los restos del pescado que habían capturado y cocinado por la mañana.
Estaba extendido sobre una piedra lisa y plana junto al fuego.
Se mantuvo agachado, con las rodillas dobladas y los brazos ligeramente alzados, extendidos a ambos lados. No apartó los ojos del kato.
Los brillantes ojos amarillos devolvieron la mirada fija de Dann.
Un ronroneo emanaba de su musculosa garganta.
El kato dio dos pasos alrededor del fuego, hacia Dann, de forma lenta y deliberada.
Bajó la cabeza mientras se arqueaba. Los músculos de sus patas traseras se tensaron.
El ronroneo se hizo más profundo, llegando hasta el pecho.
Dann entrecerró los ojos. Se volvió para mirar al kato. La luz del fuego proyectaba sombras en su rostro. Abrió la palma de la mano y lanzó el pescado al aire, al otro lado del fuego.
El kato flexionó las musculosas patas y se lanzó al aire.
Las pautas de su pelaje brillaban con la mezcla de la luz de la luna y del fuego mientras giraba y volteaba el torso en pleno vuelo.
Pareció flotar en el aire durante una eternidad, como si fuera ingrávido.
Atrapó el pescado al vuelo con un movimiento suave antes de aterrizar, sin ningún sonido perceptible, al otro lado del fuego.
Mordió el pescado por la mitad, dejando que la otra parte cayera al suelo. Una vez que hubo terminado lo que había mordido, inclinó la cabeza y recogió la segunda mitad con sorprendente cuidado. Sus ojos se fijaron de nuevo en Dann.
El kato se le acercó sigilosamente. Se detuvo frente a él, bajó la cabeza y, casi con ternura, dejó caer el segundo trozo de pescado en el suelo, a los pies del joven.
Un suave ronroneo resonó en su garganta.
—¿Qué demonios…? —susurró Rist.
Dann se agachó para coger el pescado, con cuidado de no moverse con demasiada rapidez.
El kato giró la cabeza y miró con intensa concentración hacia el bosque oscurecido por la penumbra.
No se movió, pero se le erizaron los pelos de la nuca y de la columna vertebral.
El suave ronroneo se convirtió en un profundo y gutural rugido.
Calen escuchó atentamente, tratando de oír lo que el kato había oído.
Crac.
El sonido de una gruesa rama al romperse bajo el peso de algo pesado. Una flecha salió disparada de entre los árboles, atravesando el fuego y clavándose en el suelo donde había estado la pata del felino.
Calen ni siquiera lo había visto saltar. Los reflejos del animar eran más rápidos de lo que sus ojos podían seguir. De un solo salto, se alejó del campamento y desapareció, de vuelta al bosque.
—¿Quién anda ahí? —gritó Dann.
Ya tenía el arco tensado, apuntando en la dirección de donde había venido la flecha.
Rist agarró el mango de su lanza con ambas manos y oteó el bosque circundante.
Su cabeza se movía nerviosamente de un lado a otro mientras buscaba a sus atacantes.
Apartando la mirada del lugar donde el kato había saltado al abismo de los árboles, Calen agarró su lanza improvisada con una mano y saltó hacia Dann.
—Chicos, creo que…
Rist guardó silencio al ver una segunda flecha cruzando los árboles.
Aunque era imposible seguir el vuelo de la flecha en la oscuridad, un aullido de Rist les indicó a Calen y Dann dónde había aterrizado.
A Calen se le encogió el corazón. Se volvió y vio a Rist de pie junto al fuego, con la lanza rodando por el suelo y el astil de una flecha sobresaliendo de su pierna izquierda.
—¡Rist!
Calen y Dann saltaron a su lado y lo estabilizaron.
—¿Qué coño estás haciendo, Fritz? ¡Podrías haberlo matado! —dijo una voz familiar.
«¿Fritz? ¿Fritz Netly?».
—Cállate, Dennet. Lo habría conseguido si no lo hubieran asustado.