De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capitulo 5. La prueba #4
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Capitulo 5. La prueba #4

Un ruido sordo, interrumpido por algún que otro resoplido ahogado, provenía de quienquiera que estuviera junto a las bolsas; o tal vez fueran los ronquidos de Dann.

Calen se incorporó con esfuerzo; el cansancio de la caminata del día hizo que le costara más de lo normal.

Se frotó de nuevo los ojos cansados, introduciendo los dedos en los pliegues y arrastrándolos por el rostro, como para abrirse los párpados y recuperar la visión normal.

—Rist, ¿qué estás haciendo? —suspiró. Las brasas del fuego proporcionaban poca luz y la oscuridad aún cubría la entrada de la cueva, ocultando el bosque a la vista. Frunció el ceño, frustrado por la falta de respuesta—. Rist, ¿qué…?

Se puso de pie de un salto y trastabilló hacia atrás. La figura encorvada sobre la bolsa de Rist se giró hacia un lado, lo que permitió a Calen ver la inmensa sombra que proyectaba sobre la pared de la cueva.

—¡Rist! ¡Dann! ¡Despertad! ¡Hay un oso, joder!

Se le heló la sangre en las venas al ver por primera vez la enorme figura a la luz moribunda de la hoguera.

El espeso pelaje marrón negruzco estaba salpicado de manchas oscuras de tierra; o quizá de sangre, era difícil saberlo.

Tenía la cara ahuecada y las orejas cortas y redondeadas, con ojos negros como el azabache, dientes de alabastro y garras que hacían parecer diminutos los dedos de Calen.

Vio a Rist saltar de su posición dormida, sacudiendo la cabeza de un lado a otro mientras procesaba lo que estaba sucediendo.

Una expresión de puro horror cruzó el rostro de su amigo cuando el oso se alzó sobre las patas traseras, con la cabeza rozando el techo rocoso y dentado de la cueva. Debía de medir tres varas de altura.

Un rugido brotó de las fauces abiertas, pero fue interrumpido por un silbido agudo, seguido de un fuerte golpe sordo.

La pluma de pavo de una de las flechas de Tharn Pimm sobresalía del pecho del oso.

El rugido que el oso había intentado emitir inicialmente palidecía en comparación con el trueno visceral que ahora salía de su boca abierta.

Con él llegó una lluvia de saliva y flemas, acompañada de un hedor nauseabundo a carne podrida.

Sin dejar de aullar, el oso inclinó la parte superior del cuerpo hacia el suelo y barrió con los enormes hombros hacia Rist. El grueso cuello musculoso chocó contra su esternón con un estruendo, lanzándolo hacia atrás en la oscuridad.

Zas.

Una nueva flecha sobresalía del hombro derecho del oso.

Calen ni siquiera recordaba haber visto a Dann ponerse en pie.

Sin embargo, allí estaba, con el arco preparado y la cuerda tensada hasta la comisura de su boca, una delgada línea de concentración.

Entrecerró los ojos para ver mejor en la tenue luz.

El oso soltó otro rugido estremecedor. La acústica natural de la cueva amplificó el sonido, y Calen y Dann se estremecieron cuando los oídos les retumbaron de dolor.

El oso cargó, las sólidas y robustas patas empujando el gigantesco cuerpo a un ritmo que Calen no podía creer.

Desenvainó el cuchillo mientras la criatura se abalanzaba hacia él.

Otra flecha se hundió en el hombro del animal.

El sonido quedó ahogado por el estruendo de las piedras y los trozos de arcilla levantados por la frenética carga.

Dann se apartó de un salto y se estrelló contra la pared de la cueva. Calen no tuvo tanta suerte. Blandió el cuchillo cuando la parte superior del cráneo del oso lo golpeó en el hombro, haciéndole girar y caer al duro suelo. Un dolor abrasador le atravesó el torso.

Cuando el oso alzó la cabeza, Calen vio su cuchillo clavado hasta la empuñadura en el cuello del animal, que se bamboleaba hacia la derecha mientras las patas vacilaban.

Tanto el cuchillo como las flechas lo habían herido gravemente, y las heridas le estaban pasando factura.

Sus movimientos se habían vuelto lentos; cada paso cauteloso hacia Calen parecía requerir toda su energía.

El corazón de Calen latía con fuerza mientras la enorme criatura se acercaba.

Las piernas del oso, tambaleantes, sostenían el imponente cuerpo por pura fuerza de voluntad.

Sin previo aviso, se derrumbó. El suelo tembló con el impacto y nubes de polvo ocultaron la escasa luz.

A Calen le llevó una eternidad ponerse en pie.

El dolor agudo que le recorría el costado derecho le distraía del que sentía en el resto del cuerpo.

Encontró a Dann de pie junto al cuerpo destrozado del oso.

Su enorme tamaño volvió a infundirle miedo a Calen.

Aún estaba vivo, pero respiraba de un modo lento y trabajoso.

Cada aliento era pesado y jadeante, mientras el animal intentaba en vano llevar aire a sus pulmones colapsados.

Dann sacó una flecha de la aljaba y la sujetó con fuerza con el puño.

Incluso con la tenue luz, Calen vio que sus dedos se ponían blancos por el esfuerzo.

Levantó la flecha y, con una mueca de pesar, la clavó directamente en el tejido blando del costado de la cabeza del oso.

La respiración se le detuvo. Dann se arrodilló y puso una mano sobre el pelaje del cuello.

—Mejor que haya sido rápido —suspiró profundamente, con los hombros caídos.

Había un silencio pesado en el aire. Los únicos sonidos eran el crujir de las ramas y el silbido del viento, acompañados por el chirrido de los grillos. A Calen le dolería el hombro por la mañana. De hecho, ya le dolía.

—Chicos —murmuró Rist—. ¿Está muerto?

A Calen las manos no dejaban de temblarle. Oyó suspirar a Dann y, aunque no podía ver nada a través de la oscuridad que se había intensificado al apagarse el fuego, se dio cuenta de que había alzado la vista hacia el cielo.

—Sí, Rist, el oso está muerto.

Calen frunció el ceño mientras miraba hacia la silueta encorvada de Dann.

—Muy bien, perfecto —dijo Rist.

Tenía la voz temblorosa y Calen podía oír la sequedad de su garganta.

En aquel momento Rist debió de echar un leño al fuego, porque este escupió brasas al aire y la cueva se iluminó un poco más.

Ahora se le veía perfectamente, de pie junto al fuego.

El cabello oscuro estaba enmarañado de sangre seca y tierra.

La zamarra está estaba cubierta de arcilla y polvo, y tenía varios desgarros y roturas en la manga izquierda.

En la mano sostenía el cráneo de un ciervo, joven a juzgar por su tamaño.

Estaba manchado de gris por la suciedad y despojado de toda la carne.

—No voy a volver a dormir.