Capitulo 5. La prueba #3
—Oh, ¿podéis callaros los dos? —se quejó Dann—. Me estáis dando dolor de cabeza. Debería haber un arroyo a media hora hacia el este. Si podéis estar callados hasta entonces, quizá un poco de agua me aclare la mente.
Rist y Calen se echaron a reír del repentino arrebato de Dann, pero accedieron a seguirlo a través de la densa vegetación mientras los guiaba.
No tardaron mucho en oír el murmullo de un riachuelo entre la constante neblina de sonidos del bosque.
Calen se detuvo, cerró los ojos y respiró hondo.
Si se concentraba, podía distinguir cada uno de los sonidos por separado.
El dulce gorjeo de los pajaritos yendo a lo suyo, ajenos al mundo exterior.
El zumbido y el chasquido de los miles de insectos que dominaban el suelo del bosque.
El crujido y el chasquido de las ramas rotas bajo el peso de los conejos, los ciervos y los ocasionales katos que revoloteaban entre los árboles.
—¡Calen…! ¡Calen! —La voz de Dann atravesó la pared de sonido—. ¿Quieres dejar de soñar despierto? Tengo sed y tenemos que llegar a la cueva antes de que se haga demasiado tarde. No queremos estar vagando por aquí en la oscuridad.
Calen abrió los ojos, soltó un suave suspiro y echó a correr tras Dann y Rist. Los pocos ciervos que bebían en el riachuelo cuando llegaron los chicos desaparecieron entre la maleza casi tan pronto como Calen los vio.
Dann y Rist se arrodillaron a la orilla y sumergieron los odres.
Un silencio bienvenido sustituyó a sus habituales idas y venidas, mientras Dann seguía lamentándose por su confuso dolor de cabeza.
—Bueno, de momento todo va bien —dijo Calen mientras se agachaba junto a Rist y sumergía el odre en el arroyo—. No hay lupinos a la vista, ninguno de los katos nos ha tomado simpatía y no hemos comido ninguna baya venenosa.
—Me gusta tu optimismo —respondió Rist—, pero aún nos queda un largo camino por recorrer.
La luz del sol se fue volviendo más tenue a medida que se internaban en el bosque.
A Calen le dolía la tripa; no había comido nada desde la mañana, cuando Ella le había dado aquel trozo de queso y pan, lo que había sido hacía unas cuantas horas, a juzgar por la luz que se desvanecía a través de la espesura.
Dann derribó un par de conejos con el arco mientras caminaban entre los árboles, pero no era mucha carne si había que repartir entre los tres.
Ninguno de los animales parecía prestarles mucha atención mientras avanzaban.
De vez en cuando veían algún kato observándolos desde la distancia, pero nunca se acercaban demasiado.
Según Dann, solo eran crías, lo que preocupaba un poco a Calen, pues eran casi del mismo tamaño que Faenir.
Tampoco habían visto ni un solo lupino, cosa que prefería.
Los salvajes no eran tan amigables como Faenir.
Dann parecía haberse recuperado de la resaca del hidromiel que lo había atormentado a primera hora del día, y poco a poco se fue volviendo menos brusco.
—¿Cuánto tiempo falta para llegar a esa cueva, Dann? —gritó Rist desde un par de metros detrás de la pareja que iba delante.
—A este ritmo, no más de media hora.
El lugar para acampar había sido tema de discusión muchas veces en los días previos a la Prueba.
Necesitaban un sitio que los protegiera de los elementos, pero que también estuviera cerca de una fuente de agua, lo cual era crucial.
No solo para beber, sino porque sería la forma más fácil de encontrar la cena sin tener que alejarse demasiado.
Había peces en el río, y los ciervos y conejos necesitaban agua tanto como ellos.
Con un poco de paciencia, no pasarían hambre en los próximos días.
—Lo veo justo delante —exclamó Dann, al tiempo que apretaba el paso y encogía ligeramente el hombro derecho para colocar los dos conejos que colgaban de él en una posición menos precaria.
Calen alzó la mirada del suelo del bosque y vio que los árboles se abrían ligeramente hacia un claro rocoso.
Un arroyo serpenteaba por el centro, bastante más grande que el riachuelo en el que se habían detenido antes, pero de caudal mucho más lento.
Al otro lado, vio lo que habían venido a buscar.
La boca de una pequeña cueva, enclavada en la escarpada pared rocosa, cubierta por el denso bosque que la rodeaba.
Quien no la estuviera buscando podría haberla pasado por alto fácilmente.
Sin decir palabra, Dann saltó desde la orilla del río y aterrizó con destreza sobre una roca que sobresalía de la superficie del agua.
—Esta noche va a hacer bastante frío sin necesidad de que se nos moje la ropa —dijo cuando vio que Rist lo contemplaba con el ceño fruncido.
Rist volvió la vista a Calen y se encogió de hombros. Con Dann a la cabeza, cruzaron el arroyo saltando de roca en roca.
—¡Ah, joder! —gritó Calen cuando el pie le resbaló sobre la superficie resbaladiza de una piedra plana cubierta de musgo verde y marrón.
Fue todo lo que pudo hacer para evitar caer de cabeza al agua.
Abatió los hombros y se resignó a caminar con dificultad el resto del camino a través del lento arroyo.
La sonrisa burlona en el rostro de Dann solo empeoró las cosas.
Cuando llegó al otro lado del arroyo, Calen dio una patada al aire mientras intentaba en vano sacudir el agua del interior de la bota.
Debería haber sabido que Dann lo haría parecer más fácil de lo que era.
La cueva solo se adentraba unas seis varas en la pared rocosa, lo que le venía bien a Calen.
No quería que algo se le acercara sigilosamente por detrás mientras dormía.
Las paredes estaban cubiertas de parches de musgo verde y pequeñas flores moradas con vetas carmesí.
Un aroma desagradable le llegaba a la nariz, pero no conseguía identificarlo.
—Bueno, no es el palacio de Al’Nasla —comentó Rist mientras apartaba un montón de piedras con el pie—, pero no está tan mal. Está más limpio que mi habitación, incluso tiene flores.
Se estiró y arrancó una flor morada de entre el musgo.
—¡No toques eso! —Rugió Dann. Con un movimiento rápido, le quitó la flor de las manos a Rist.
—¿Por qué has hecho eso? —maldijo Rist, acariciando la marca rojiza que ahora tenía en el dorso de la mano.
—Es una brasa cárdena. Si la hubieras sostenido más tiempo, tus manos habrían ardido como el fuego —espetó Dann—. ¿No lo has leído en los libros?
Rist miró con ira la nuca de Dann.
—Sois como dos niños, lo juro por los dioses —se echó a reír Calen—. Pero en serio, Dann tiene razón: no toques esas flores.
Rist frunció el labio superior y se alejó un paso de la pared de la cueva mientras miraba con recelo las flores moradas. Al verlo, Calen tuvo que reprimir la risa.
—Muy bien, Dann, ¿puedes quedarte al mando mientras Rist y yo recogemos leña para el fuego antes de que caiga la noche? Quiero ver si puedo encontrar alguna planta o hierba útil. Podrían sernos de gran ayuda.
Dann ya estaba tumbado sobre la tierra compacta, con la cabeza apoyada en una roca.
—Me parece un buen plan, Calen. Considera el fuerte defendido.
Cerró los ojos mientras se llevaba el arco al pecho y arrastraba la aljaba hasta tenerla al alcance de la mano.
Calen iba a protestar, pero se rindió al comprender que era muy probable que Dann tuviese más posibilidades de clavar una flecha en un posible atacante en esa posición que él con los ojos abiertos y de pie.
Por muy idiota que pudiera ser a veces, era como si hubiera nacido con ese arco en las manos.
Rist se encogió de hombros y asintió señalando el bosque.
La grasa del conejo le goteaba por la barbilla a Calen mientras hincaba los dientes en la pata, ansioso por separar la carne del hueso y meterla en su estómago rugiente. Se limpió con la manga las gotas amarillentas que le caían por los labios y brillaban a la luz del fuego.
Rist, ayudado por la suerte, había encendido el fuego justo antes de que se pusiera el sol. Calen nunca había llegado a dominar el truco del cuchillo y la piedra, pero eso no importaba mientras tuviera lleno el buche.
—¿Sabes qué, Dann? Eres un poco idiota, pero sabes preparar el conejo —dijo Rist con naturalidad mientras roía el hueso.
A Calen nunca le había gustado mucho la carne de conejo. Normalmente era seca y dura, pero no iba a quejarse. Dann soltó un bufido, salpicando trozos de conejo medio masticado por todo el fuego, lo que provocó una carcajada de Rist y Calen.
—¿Estás bien, Dann?
Calen se echó a reír; se puso luego a toser mientras intentaba contener las oleadas de risa.
—Que os den —logró decir Dann, medio ahogado. Respiró hondo y se tranquilizó.
Cuando terminaron, recogió los huesos y los tiró al río.
—No queremos que un kato o un lupino se pasee por aquí buscando la carne que había en esos huesos.
Calen sintió que el sueño se apoderaba de él.
Con el estómago lleno y el fuego calentando la pequeña cueva, casi no podía mantener los ojos abiertos.
Se ajustó el morral y se tumbó en el suelo.
No era el lugar más cómodo para dormir, pero era increíble cómo una comida caliente y un fuego cálido podían hacer que la dura roca fuese tan suave como un colchón de plumas de ganso.
Vio que los ojos de Dann y Rist también se cerraban. Los tres se merecían un poco de sueño.
Un ruido, como si alguien rebuscase en uno de los morrales, despertó a Calen. Tenía los ojos pegados por las legañas, que se quitó con el dorso de la mano.
—¿Dann? —susurró, con la voz aún apagada por el cansancio.
Con los ojos solo abiertos a medias divisó una silueta al otro lado del fuego humeante, cerca de la bolsa de Rist.
«Deben haberse quedado dormidos sin apagar el fuego».