De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capitulo 5. La prueba #2
11%

Capitulo 5. La prueba #2

—Elia, me viste ayer mismo —espetó Calen, apartando aquellas manos inquisitivas. Su sonrisa se convirtió momentáneamente en un ceño fruncido.

Calen y Rist intercambiaron un breve gesto con la cabeza antes de que la atención de Elia se centrara en Freis.

—¿Cómo estás, Freis? ¿Emocionada por ver a nuestros niños convertirse en hombres? Nuestro Rist también está muy emocionado. ¿Verdad, cariño?

Elia dirigió la sonrisa alegre hacia su hijo, con una mirada expectante en su rostro. Rist puso los ojos en blanco.

—Sí, mamá… —resopló, con un toque de exasperación en la voz. Le lanzó una sonrisa burlona a Calen y luego susurró—: Lleva así toda la mañana. Sé que está feliz, pero, por los dioses, ojalá pudiera estarlo de una forma menos molesta.

—Estoy muy animada esta mañana, Elia. Gracias —dijo Freis. Una mirada de desaprobación les hizo saber a Calen y Rist que había oído lo que había dicho este último—. Es un día de orgullo para todos nosotros. ¿Dónde está Lasch? Esperaba que ya estuviera aquí.

—Ah, está hablando con Erdhardt, organizando todo para las festividades. Hidromiel extra de Molinar, pescado de Salme, y he oído rumores de que Thorvan podría llegar con los palos luminosos —dijo Elia en un susurro—. ¿Y Vars, está de camino?

—Sí, ha ido a ver cómo están Tharn y Dann. Ylinda se ha levantado temprano esta mañana para recoger bayas de Myril para teñir la ropa, y ya sabes cómo son esos dos cuando se quedan solos.

Elia alzó una ceja con aire de saberlo todo.

—Y tanto. Se pasarían toda la Prueba durmiendo si se les dejara a su aire.

—Ahí están —dijo Ella en tono divertido.

Calen no tardó demasiado en darse cuenta de lo que la había divertido.

Vars, Dann y Tharn se abrían paso con dificultad entre la multitud.

Vars iba delante, con paso ágil y una sonrisa tímida en el rostro que amenazaba con convertirse en una carcajada.

Tharn tenía el ceño fruncido mientras marchaba delante de Dann, girando la cabeza cada pocos segundos para mirar atrás, como si esperara que Dann se desvaneciera en el aire.

Dann se desplazaba con dificultad detrás de ambos adultos, arrastrando los pies por la hierba como si levantarlos para caminar le supusiera un esfuerzo agotador.

El letargo inducido por el hidromiel era evidente en cada uno de sus movimientos forzados.

Tenía los ojos hundidos en profundas ojeras, mientras que el pelo y la ropa parecían indicar que había dormido en un arbusto y luego lo habían sacado de allí a rastras.

Soltó un suspiro exagerado cuando finalmente se detuvieron frente al grupo.

Una risa burlona escapó de la boca de Rist.

—¡Dann, tienes un aspecto fantástico! ¡Debes de haber dormido toda la noche!

Dann gruñó al tiempo que entrecerraba los ojos y arrugaba la nariz. Parecía incapaz de nada más. La lengua, normalmente rápida, le había fallado.

—Vamos, chicos. Dejad a Dann en paz. Aunque el martilleo en su cabeza probablemente sea castigo suficiente, estoy seguro de que Tharn le ha echado una bronca que no olvidará —dijo Freis con una ceja levantada.

Tharn se limitó a fruncir el ceño y soltar un bufido de frustración a modo de asentimiento—.

Bien, ahora que estamos todos aquí, ¿cómo os sentís? ¿Tenéis cuanto necesitáis?

—Bueno, lo único que se les permite llevar es un cuchillo y el arco. Así que, si se han olvidado de algo, tienen más de qué preocuparse.

Freis levantó ligeramente una ceja para indicarle a Ella que lo dejara estar.

—Sí, lo tengo todo —dijo Calen.

—Yo también. Lo comprobé dos veces antes de salir de casa —respondió Rist.

Tharn le dio un codazo a Dann en las costillas, lo que le provocó un gruñido agudo.

—Lo tengo todo —tosió el muchacho.

Tharn metió la mano en un saco que llevaba colgado a la espalda.

—Casi se me olvida. Estos deberían quedarles perfectos. Los terminé hace dos noches.

Sacó dos cinturones de cuero del saco y le entregó uno a Rist y otro a Calen, iguales al que llevaba Dann, que ambos habían envidiado a menudo.

Calen pasó los dedos por el cinturón. Era de un intenso color marrón oscuro, suave al tacto y resistente.

Cada puntada era limpia y perfecta. Tharn era conocido por ser uno de los mejores curtidores y artesanos de cuero de todos los pueblos.

Podría haber vendido fácilmente los cinturones por dos o tres monedas de plata cada uno a un comerciante que se dirigiera a Gisa o Argona.

—Gracias, Tharn. No… —comenzó Calen.

—No hace falta decir nada, Calen —dijo Tharn—. Somos una familia. Cuidaos los unos a los otros allí dentro.

Calen asintió y se ajustó el cinturón alrededor de la cintura.

La charla trivial siguió un rato más; hablaron del tiempo que haría durante las tres noches siguientes, de dónde deberían acampar los chicos y de otros detalles que ya habían comentado cientos de veces.

La atención de Calen empezaba a decaer cuando la multitud se desplazó hacia el estrado.

Los decanos de cada uno de los siete Consejos de los pueblos se habían reunido en lo alto del estrado. Cuatro hombres y tres mujeres, con Erdhardt a la cabeza.

—Es estupendo veros a todos aquí, reunidos en tal número para despedir a nuestros jóvenes en su rito de iniciación —dijo Erdhardt. Esta es una tradición que se remonta muy lejos, y me enorgullece ver que continúa.

Erdhardt volvió a colocarse en fila con los demás decanos, dándoles a cada uno la oportunidad de hacer un breve comentario. Todos hablaron de orgullo, tradición y honor; sus palabras imitaban las de quienes habían hablado antes que ellos.

—Es la hora —dijo Erdhardt cuando todos los decanos hubieron soltado su discurso. Su voz se elevó sobre el murmullo de la multitud—. ¿Pueden despedirse todos los grupos y acercarse al brasero?

Calen se volvió hacia su madre y su padre y al instante se quedó sin aliento cuando Freis lo abrazó con fuerza suficiente para incapacitar a un oso.

Cuando por fin lo soltó, Calen se quedó mirando a su padre.

Vars se limitó a posar las manos sobre los hombros de Calen y presionó la frente suavemente contra la del joven.

—Te quiero, hijo.

Le dio un beso en la frente y no intercambiaron más palabras.

—Intenta no morir de hambre ahí dentro —dijo Ella—. Y recuerda que no debes dejar que ningún veneno de Tharin toque tu piel.

Calen se echó a reír.

—Yo también te quiero, hermana.

Retrocedió lentamente y luego se dio la vuelta. Dann y Rist se unieron a él en cuanto terminaron de despedirse.

—Ojalá mi madre tuviera un poquito menos de energía —dijo Rist entre risas. Calen se mostró de acuerdo con una carcajada, mientras Dann se limitaba a gruñir—. ¿Noche difícil, Dann? ¿Quizás cuatro o cinco hidromieles de más?

—Oh, maldito seas, Rist. Tenía pensado acostarme mucho antes. Solo iba a tomar una copa.

—En tu caso siempre es solo una copa —dijo Calen.

Siguieron bromeando mientras se acercaban al brasero que marcaba el inicio de la Prueba, saludando con la cabeza y diciendo hola a los que reconocían por el camino.

Calen vio a Kurtis, Fritz y Dennet Hildom a unos cincuenta pasos más arriba en la fila.

Sintió una ligera oleada de ira en el pecho.

Respiró hondo varias veces y volvió a centrarse en sus amigos, que intercambiaban insultos al ritmo habitual, con algunas respuestas tardías por parte de Dann.

Calen negó con la cabeza mientras los observaba.

Un cuerno sonó tras ellos, seguido rápidamente por una flecha en llamas que pasó sobre sus cabezas, dejando una estela de humo tras de sí. La flecha aterrizó con fuerza en el gran brasero lleno de madera empapada en aceite. Con un silbido, el brasero estalló en una llamarada.

—Comienza la Prueba —gritó Erdhardt.

A lo largo de toda la fila, los jóvenes avanzaron hacia el bosque.

Algunos tardaron un poco más que otros, pero finalmente siguieron el ejemplo de los que iban delante.

Los que ya habían intentado la Prueba y habían fracasado estaban en primera línea, ansiosos por tener por fin otra oportunidad de triunfar.

—Bueno —dijo Calen, soltando el aire que había estado conteniendo desde que la flecha encendió el brasero—, supongo que será mejor que nos pongamos en marcha.

Rist respondió con una rápida sonrisa y un gesto de asentimiento mientras se colgaba el morral. Dann gruñó. Calen tuvo la sensación de que eso era todo lo que iban a sacar de él en cuanto a conversación se refería ese día.

—Deberíamos intentar encontrar un arroyo lo antes posible para llenar las cantimploras —sugirió Rist.

Calen asintió, la mirada fija en la línea de árboles.

Cuando llegaron a la linde del bosque y se adentraron en él, sintió el peso familiar en el aire con cada respiración.

La densa humedad le oprimía los pulmones.

Tras media hora caminando, empezó a acostumbrarse un poco a la sensación, pero no lo suficiente para su gusto.

—Qué raro —comentó Rist, inhalando profundamente.

—¿Qué pasa? —respondió Calen mientras tropezaba con la raíz desenterrada de un árbol gigantesco.

—Es raro que sea tan difícil respirar aquí. Los otros bosques que rodean los pueblos no parecen tener el mismo efecto.

—Bueno, Therin siempre cuenta que los gigantes gobernaban estas tierras y usaron la magia para construir este bosque. Decía que solían cantar a los árboles y que podían crear bosques enteros en solo unas semanas. ¿Quizás sea magia?

—Venga, no me digas que te crees esos cuentos de hadas, Calen —dijo Rist con una mirada burlona.

Calen frunció el ceño.

—¿De verdad piensas que todas las leyendas son mentira? ¿Que todas las historias de Therin son solamente inventos para entretener a la gente? Los bardos siempre hablan del Círculo de Magii del norte, incluso los que llaman traidores a la Orden. ¿Entonces están mintiendo todos?

Rist se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? —Frunció el ceño—. No lo sé, quizá haya magia en algún lugar lejos de El Claro, y no digo que la haya, pero solo puedo creer en lo que veo, no en lo que nos cuentan algunos viajeros porque quieren nuestro dinero.