De sangre y fuego (Los vinculados y los quebrados 1) Capitulo 5. La prueba
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Capitulo 5. La prueba

LA PRUEBA

— S ilencio. ¡Silencio! Tranquilos.

La potente voz de Erdhardt Hammersmith resonó en la plaza del mercado, acallando el ensordecedor bullicio propio de las grandes multitudes y el exceso de hidromiel. Muchos recién llegados se habían instalado en El Claro durante los últimos días, y muchos más llegarían durante la noche.

Erdhardt se subió a un estrado de madera recién construido que daba a la plaza del mercado; su gran corpulencia lo hacía parecer un enorme podio, pese a que medía casi diez varas de ancho.

Esperó a que el ruido se apagara mientras la multitud se volvía para mirarlo.

Habían acudido familias enteras para celebrar que los jóvenes iban a demostrar su valía y para unirse a las celebraciones posteriores, así que habría entre trescientas y cuatrocientas personas apiñadas en la plaza del mercado.

—Es un honor daros la bienvenida a nuestro pueblo. ¡Se os proporcionará suficiente comida y aguamiel para llenar la tripa y calentar el corazón!

La multitud estalló en un coro de vítores.

Rist llamó la atención de Calen y le señaló a Dann con la mirada.

Este alzaba la jarra al tiempo que rugía su agradecimiento al cielo; con la mano libre rodeaba la cintura de una joven, de Ölm a juzgar por la forma en que llevaba el pelo trenzado en la espalda con nudos retorcidos.

Rist y Calen habían decidido que se mantendrían alejados del hidromiel durante la noche.

La Prueba ya iba a ser lo bastante difícil; mejor no empezar el día con un martilleo en la cabeza.

—Como todos sabéis —siguió Erdhardt—, desde hace siglos, los jóvenes de los pueblos, al cumplir los dieciocho años, se reúnen aquí, en la linde del bosque de Ölm, para participar en la Prueba.

Pasarán tres noches en la espesura sin más utensilios que un cuchillo y un arco, las dos herramientas que les garantizarán que nunca pasarán hambre.

Deben demostrar que saben cómo sobrevivir por sí mismos antes de que podamos permitirles salir al mundo.

Así ha sido siempre y así seguirá siendo.

Vamos en grupos, nunca de menos de dos personas ni de más de cuatro, para forjar lazos que duren toda la vida, porque ninguna carga es demasiado pesada cuando se comparte.

»Prestadme atención y no os lo toméis a la ligera. El bosque de Ölm es un lugar peligroso de noche, y por la espesura rondan criaturas mayores que los lupinos. Se han cobrado la vida de muchos.

Hubo un instante de silencio, el alboroto anterior enfriado a medida que las palabras de Erdhardt calaban en la multitud.

—Por eso desde tiempos inmemoriales cada grupo debe regresar con la piel de un depredador.

Debéis enfrentaros a lo que teméis y vencerlo.

Solo así superaréis la Prueba, porque todo lo que buscáis se encuentra al otro lado del miedo.

El grupo que regrese durante la cuarta mañana, tras la tercera noche, con la piel del depredador más peligroso, será proclamado vencedor de la Caza y, por supuesto, recibirá el premio.

»Así que bebed con ganas, comed bien y calentaos junto al fuego esta noche. Seguid los consejos de vuestros padres, los mejores consejos de vuestras madres y reíd con vuestros hermanos. Mañana entraréis en el bosque como niños y volveréis como hombres.

Alzó la jarra de hidromiel y la multitud lo imitó; aquellos que no tenían jarras levantaron los puños.

Calen sintió una oleada de orgullo recorrerle el cuerpo mientras cerraba la mano y la alzaba.

Sintió que le ardía un fuego en lo más profundo del vientre mientras Erdhardt pronunciaba las bendiciones de los dioses:

—Que la Madre os acoja y el Padre os proteja. Que el Guerrero guíe vuestra mano y la Doncella vuestra mente. Que el Herrero mantenga vuestra espada afilada y el Marinero os lleve a costas seguras.

El sol aún no había salido por las montañas orientales, pero Calen no podía dormir. Se sentó en el porche, la vista clavada en la distancia mientras pasaba el cuchillo por una pequeña piedra de amolar una y otra vez.

—¿Cómo de afilado puede estar un cuchillo?

Calen no había oído a Ella entrar en la cocina tras él. La joven se lo quedó mirando mientras él la imitaba en el tono más agudo del que era capaz.

—Sabes que puedo oírte, ¿verdad?

Salió al porche y le dio un codazo en el hombro mientras se sentaba a su lado. Le entregó un poco de pan y queso, que él aceptó con una sonrisa indiferente antes de volver a fijar la mirada en la brumosa lejanía.

—Lo siento —suspiró Calen, encogiéndose de hombros.

Ella dejó pasar unos instantes antes de volver a hablar.

—Estás pensando en Haem, ¿verdad?

El cuchillo dejó de moverse de un lado a otro sobre la piedra.

Calen ni siquiera se había dado cuenta de que seguía afilándolo.

Giró la cabeza para responder a su hermana, pero en cuanto se encontró con su mirada, bajó inmediatamente los ojos al suelo y exhaló con fuerza.

Sintió el suave roce de la mano de Ella en la mejilla mientras le giraba lentamente la cabeza hacia ella.

—Estaría orgulloso, Calen. Puede que no te lo diga a menudo, pero también lo estoy.

Eres mi hermano y la mayor parte del tiempo eres un incordio, pero estoy orgullosa de ti.

—Lo abrazó, rodeándole los hombros con fuerza—.

Vamos, entremos a tomar el té con mamá y papá.

Guarda el cuchillo hasta que estés en el bosque. No puede estar más afilado.

Dicho esto, se sacudió las migas de pan del vestido, se levantó y volvió a la cocina. Calen estaba seguro de que jamás llegaría a entenderla. En un momento se burlaba de él y al siguiente le decía que estaba orgullosa. Esperaba que no todas las mujeres fueran así.

Se metió en la boca lo que quedaba de pan y queso, enfundó el cuchillo y lo guardó en el morral.

Luego siguió a Ella a la cocina, con cuidado de volver a colocar la piedra de amolar en el estante junto a la puerta.

Freis y Vars entraron en la cocina poco después de que él sol coronara la montaña.

La luz de la mañana hizo que Calen se estremeciera mientras se acomodaba en la silla.

Vars le dio un golpecito cariñoso en la cabeza. Una cálida sonrisa se dibujó en su rostro mientras miraba hacia el sol naciente y luego hacia su hijo. Se notaba la ansiedad en la forma en que Freis se movía por la cocina, sirviendo a todos grandes tazas de té de raíz de Arlen.

—Sabes que odio el té de raíz de Arlen —protestó Calen, arrugando la nariz ante el olor terroso que emanaba de la taza.

—Calen Bryer, estás a punto de adentrarte en un bosque peligroso durante tres noches. Hará frío, estará oscuro y húmedo. Hay animales con dientes y garras. La raíz de Arlen te ayudará a mantener la mente enfocada. Soy tu madre. Bébete el té.

Calen fulminó con la mirada a Freis, de espaldas, mientras se atragantaba con un sorbo de veneno disfrazado de té. Vars intercambió una mirada con Ella y ambos se echaron a reír, para gran disgusto del joven.

—Muy bien, una vez que hayamos terminado este delicioso té —dijo Vars, soltando otra carcajada mientras Calen le lanzaba una mirada asesina—, deberíamos ponernos en marcha.

Es muy probable que los Havel ya estén allí.

No estoy tan seguro de Dann. Supongo que Tharn tuvo que sacarlo de la cama esta mañana.

Anoche le dio la tabarra a esa pobre chica Ölm antes de desmayarse.

Eso hizo sonreír a Calen, pero rápidamente se le borró la sonrisa al dar otro sorbo de té.

Para cuando se reunieron y partieron hacia la linde del bosque de Ölm, las calles estaban llenas de gente.

El bullicio de los niños jugando se mezclaba con el canto de los pájaros primaverales, que chocaba contra el ruido de las ruedas mientras los comerciantes se apresuraban a colocar sus carros en la mejor posición.

La Prueba siempre traía consigo una algarabía de emoción que se correspondía con la tensa expectación que se respiraba en el aire.

De vez en cuando, alguien detenía a Calen para desearle suerte e intercambiar unas palabras con Vars y Freis y comentar que su hijo se había convertido en un excelente mozo.

En otro momento habría disfrutado de los cumplidos, pero ahora se limitó a asentir y dar las gracias, la mente ocupada en otras cosas.

—Muy bien, id vosotros y nos vemos en el bosque —dijo Vars—. Creo que debería ir a ver a Tharn y Dann, para asegurarme de que lo tienen todo listo y están preparados para partir. Ya sabéis cómo son.

—De acuerdo, querido.

Freis le dio un beso en la mejilla y siguió arrastrando a Calen y Ella por las calles.

Cada diez pasos alguien los detenía para darle a Calen un palmada en la espalda y ofrecerle una sonrisa de buenos deseos, pero, una vez que llegaron a las afueras del pueblo, el resto del trayecto hasta el punto de encuentro no les llevó mucho tiempo.

Había cientos de personas en la linde del bosque de Ölm, provenientes de todos los pueblos para ver a los jóvenes dar inicio a la Prueba.

La pequeña bandera roja colocada en lo alto de un podio de madera debía marcar el punto de encuentro, pero no servía de mucho escondida entre la multitud.

—¡Calen, Freis, Ella, por aquí!

Calen habría reconocido la voz aguda de Elia Havel en cualquier lugar.

Era una mujer menuda y muy excitable. Llevaba el pelo castaño recogido en una pulcra coleta, lo que resaltaba los pómulos altos y la amplia sonrisa.

El carácter alegre de Elia contrastaba con la naturaleza estoica de Lasch.

¿Quizás se complementaban? Era difícil imaginar cómo sería Elia por sí sola si esto era lo que la complementaba.

La mujer lo abrazó con ímpetu; pese a su aspecto menudo, cuando se emocionaba era capaz de desarrollar bastante fuerza.

—Oh, Calen, cómo habéis crecido, chicos. ¡Mírate! Has perdido toda esa redondez de bebé.

Calen torció el gesto cuando ella le pellizcó la mejilla, sin que la sincera sonrisa se borrara de su rostro.

—Elia…

¡Y has crecido tanto! ¡Ahora eres casi tan ancho como tu padre!