Capítulo 4. De tal palo, tal astilla
DE TAL PALO, TAL ASTILLA
C alen sentía dolor en los huesos. Había pasado una semana desde que él y Dann habían sido atacados por Kurtis y sus estúpidos amigos, pero los moratones persistían.
Les había contado a sus padres que se habían peleado con unos comerciantes borrachos y que todo había sido un malentendido, lo que no apagó el brillo de sospecha en los ojos de su madre.
Pensó en contarles la verdad, pero no había necesidad de causar más tensión en el pueblo, especialmente con la Prueba a la vuelta de la esquina. Sabía cómo cuidarse solo.
Colocó una flecha en el arco. El sol deslumbrante le hizo entrecerrar los ojos. Respiró hondo mientras tensaba la cuerda, tratando de despejar la mente, tal y como le había enseñado su padre.
—Buenos días, Calen.
Con un silbido, la flecha atravesó el aire y desapareció en la espesura detrás del blanco de madera. Dann se echó a reír entre dientes. Calen suspiró mientras saludaba a su padre.
—Espero que la joven Lina Styr no siga recogiendo bayas en esos arbustos —dijo Vars con una sonrisa picara en el rostro—. Es hora de practicar con la espada. Pensé que te gustaría descansar un poco del arco.
Dann parecía casi decepcionado por el abrupto final de su nuevo entretenimiento y se despidió con la mano. Sin duda, se iba en busca de un buen árbol bajo el que echarse la siesta.
Vars se agachó y desplegó un fardo de tela en el suelo, y luego le lanzó a Calen la espada de prácticas de madera.
Era una espada de mano y media, con los bordes romos.
Calen la hizo girar en su mano derecha, evaluándola, acostumbrándose a su peso y a su equilibrio.
En realidad, la conocía tan bien como las ranuras que se habían formado en su empuñadura, pero lo hizo por costumbre.
Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando le llegó el golpe, justo por encima de los hombros.
Lo desvió temblorosamente y el choque de las espadas le sacudió el brazo.
Sin tiempo para respirar, al primer golpe le siguió una implacable serie de ataques.
Lo único que podía hacer era evitar que la espada de Vars le marcara la piel.
Torció el gesto en una mueca de dolor cuando un golpe le alcanzó la caja torácica, que ya estaba más que maltrecha.
Otro le dio en la cadera y luego en el hombro.
Sabía que no podía mantenerse a la defensiva por mucho tiempo.
Dio un paso adelante, cambió el peso de sus pies y clavó la espada directamente en el abdomen de Vars.
Sintió el aire salir de sus pulmones cuando la rodilla de Vars chocó contra su pecho desprotegido.
Calen quedó de rodillas, intentando desesperadamente recuperar el aire que acababa de ser expulsado a la fuerza de sus pulmones. Vars lo agarró por el antebrazo y lo puso de pie.
—Te lo he dicho cien veces, no te expongas así, aunque estés seguro de que vas a dar un golpe mortal. Haem habría… —Vars se interrumpió. Una mirada de arrepentimiento le atravesó el rostro—. Otra vez.
Calen se acarició el moratón recién aparecido en la cadera mientras Vars le lanzaba una cantimplora. Sabía, por la sensación de ardor que le recorría el cuerpo, que le saldrían más moratones.
—¿Te preocupa algo, Calen? Hoy pareces distraído. No debería haberte alcanzado con el último golpe.
Sonaba despreocupado, pero había ternura en su voz.
—Estoy bien. Supongo que solo estoy un poco nervioso por la Prueba. Solo faltan unos días… No estoy preparado.
Bebió un largo trago del odre, sin apartar la mirada del suelo. El silencio pareció durar una eternidad.
—Haem también estaba nervioso, Calen. —Vars recorrió con la mirada el rostro de su hijo con cierta cautela—. La noche antes de la Prueba lo encontré vomitando en la hierba del jardín trasero. Estaba muy nervioso. Le preocupaba suspender. ¿Sabes lo que le dije?
A Calen se le hizo un nudo en la garganta.
—Que el sol se pondría y volvería a salir y que lo haría al día siguiente y al siguiente.
Los dioses se encargan de esas cosas, pero es por nuestra propia voluntad levantarnos cuando caemos.
Él estaría orgulloso de ti, Calen, como lo estoy yo.
—Las palabras parecieron quedarse suspendidas en el aire mientras Calen le devolvía la cantimplora a Vars—. Deberíamos volver a practicar.
Tenía los nudillos blancos mientras agarraba la empuñadura de la espada de entrenamiento. «Haem…».
El sol estaba a punto de ponerse cuando Vars guardó las espadas de entrenamiento en su envoltura de tela, atándola con un trozo de cuerda gastada.
A Calen le dolían todos los músculos, le escocían los hombros con un dolor sordo y punzante, y le habían salido nuevos cortes por todo el cuerpo de todas las veces que se había expuesto a los golpes.
Aun así, esbozó una sonrisa. Había asestado algunos golpes, fuertes, a juzgar por la forma en que su padre se frotaba los dedos a lo largo de las costillas.
Calen sabía que era un buen espadachín para su edad, pero Vars era el mejor de todos los pueblos.
Su padre tenía dieciocho veranos y trabajaba como aprendiz de herrero cuando el gran señor Rayce Garrin llegó al poder en Varsund y dirigió su mirada hacia las llanuras de Illyanara.
El Imperio lorio nunca había prestado mucha atención a las pequeñas disputas de los señores del sur, solo intervenía si alguno parecía ganar demasiado poder.
La lucha era una forma fácil de «seleccionar el rebaño».
Cuando estalló la guerra de Varsund, Vars era un joven con un gran espíritu aventurero, así que respondió a la llamada del gran señor Castor Kai y cabalgó hasta Camylin con un grupo de jóvenes de los pueblos para unirse al ejército de Illyanara. La guerra de Varsund duró ocho agotadores años.
Calen había oído las historias muchas veces.
La devastación había sido enorme; la tierra se empapó con la sangre de jóvenes entusiastas desde los campos de Oberwall hasta las Ciénagas Argomas.
Ardieron pueblos y ciudades, se arrasaron campos y se eliminaron líneas genealógicas. A pesar de todo, Vars sobrevivió.
No hablaba mucho de ello con Calen, pero era algo bien sabido en todos los pueblos.
—Fue capitán del ejército illyanaro —había oído decir una vez a Jorvill Ehrnin.
Su padre era muy apreciado en El Claro, y sus palabras siempre se tenían en cuenta. Incluso Erdhardt Hammersmith atendía cuando Vars hablaba, y Calen rara vez veía al decano del pueblo prestar atención a los consejos.
—Calen, no quería molestarte cuando…
—Lo sé —lo interrumpió Calen—. Lo siento.
Vars le puso la mano en el hombro. Una cálida sonrisa se dibujó en su rostro.
—¿Qué, cómo va la cosa? Espero que no estéis muy doloridos después de andar moliéndoos a palos sin ton ni son.
Calen no se había dado cuenta de que Dann había regresado hasta que le dio una palmada en el centro de la espalda, reavivando el dolor de la sesión de entrenamiento anterior. Apartó la mano de Dann de un manotazo.
—Quítate de encima, imbécil.
La ira de Calen fue recibida con una risa alegre.
—¿Cómo se le da, Vars? Espero que mejor que el arco. Antes tuve que sacar esa flecha de una ardilla muerta.
Dann se echó a reír de su propio chiste hasta que una mano rápida le dio un golpe en la nuca.
—¿Alguna vez te callas? —preguntó la severa voz de Tharn Pimm, que parecía haber aparecido de la nada.
Le guiñó un ojo a Vars mientras Dann se frotaba la nuca, murmurando para sí mismo. El padre de Dann tenía un cuerpo fibroso, pero los músculos que lo recubrían eran densos y estaban acostumbrados al trabajo duro.
Dann empezó a quejarse, pero la mirada severa de Tharn lo hizo cambiar de opinión. A Calen le costó reprimir una sonrisa.
—¿Cómo va el entrenamiento, Calen? —preguntó Tharn—. Estaba observando con Jorvill desde el borde del campo de entrenamiento. Creo que hacía mucho tiempo que no veía a nadie golpear tanto a Vars.
Vars levantó las cejas.
—En realidad, nunca, para ser sincero. Tienes un buen brazo para la espada.
—Calen vio que Dann se preparaba para hacer un comentario ingenioso, pero las palabras nunca llegaron a sus labios—.
A diferencia de este bocazas de aquí. No se le da mal el arco, pero Achyron tendrá que bendecirlo si un jabalí se acerca lo suficiente para olerlo.
Cuida de él ahí dentro, Calen, y trata de que no haga ninguna estupidez.
—Tharn rodeó con el brazo el cuello de Dann y le revolvió el pelo juguetonamente mientras lo llevaba hacia la aldea—.
¿Os veo a los cuatro para cenar en un par de horas, Vars?
Ylinda ha estado preparando la carne de venado todo el día.
—Sí, nos vemos entonces.
Dann murmuró en señal de protesta mientras la pareja se alejaba, con Tharn todavía sujetándole la cabeza.
Vars contempló a Calen de reojo con expresión de aprobación. Su padre solía hacer eso cuando miraba a Calen o a Ella, y siempre parecía tener una mirada un poco ausente en esos casos, como si estuviera en un lugar lejano.
—¿Papá?
Calen se secó el sudor de la frente, que se había condensado con el aire fresco de la tarde. Con una mirada momentánea de tristeza, los ojos de Vars volvieron al mundo real. Su expresión cambió, como si la melancolía nunca hubiera tocado su rostro.
—Sí, lo siento. Vamos. Será mejor que no lleguemos tarde.
Se dio la vuelta y se dirigió al pueblo, con el fardo que contenía las espadas de entrenamiento bien sujeto bajo el brazo.
Caminaron uno al lado del otro en silencio durante un rato mientras cruzaban los campos de entrenamiento y entraban en las calles del pueblo.
Con el fin del Mercado Lunar y los vendedores ambulantes y artistas de camino a los confines de Eferia, El Claro había vuelto a su atmósfera natural, tranquila y relajada.
La gente deambulaba por la plaza, ocupándose de sus asuntos con indiferencia mientras caía la noche.
Mara Styr estaba en su propio mundo. Recogió el puesto que tenía fuera de su tienda como siempre, de cualquier manera.
Arrojó de forma descuidada zanahorias, puerros, patatas y cebollas en un gran saco de lana antes de arrastrarlo por la puerta de la tienda, sin inmutarse cuando el saco golpeó el marco de la puerta con un ruido sordo.
El letargo ganado a pulso tras un duro día de trabajo era evidente en cada uno de sus movimientos.
Aela Hammersmith saludó con la cabeza a Vars y Calen cuando pasaron por la plaza principal. Había calidez en su sonrisa mientras guardaba meticulosamente su expositor de joyas. Cada collar se colocaba en su propia cajita de madera y se cubría con un paño antes de cerrar la tapa.
A Calen le resultaba extraño imaginarla junto a Erdhardt.
Él era el doble de grande, y tan brusco como ella hermosa.
Sus ojos oscuros como ópalos se reflejaban en su cabello castaño.
La suavidad de sus rasgos faciales había llevado a muchos viajeros a confundirla con una mujer veinte años más joven.
Calen no dejó que su mirada se detuviera demasiado tiempo.
La imponente figura de Rhett Fjorn emergió en la plaza desde una calle lateral.
Vestía el azul oscuro de la Guardia del pueblo, con una coraza metálica desgastada sobre el pecho.
El viento le echaba hacia atrás el pelo negro azabache.
Era, sin duda, un hombre apuesto; incluso Ella parecía beber los vientos por él.
Dirigió una sonrisa cautelosa a Calen y luego saludó con un rígido movimiento de cabeza a Vars, que le devolvió el saludo con una mueca de labios apretados.
Tras eso, Rhett se metió en otra calle al otro lado de la plaza y desapareció tan rápido como había aparecido.
Calen sintió una frialdad que emanaba de su padre cuando Rhett se desvaneció en el manto de la noche.
Sentía pena por Rhett. Había sido el mejor amigo de Haem y era un hombre genuinamente honorable, bondadoso hasta el extremo.
Fue el único que regresó dos años antes, cuando Haem lideró a un grupo de guardias para hacer retroceder a los uraks a través del bosque de Ölm hacia la cresta Lupina.
Estaba medio muerto cuando se arrastró como un animal cojo entre los árboles al borde del bosque de Ölm y llegó a El Claro.
Tenía el brazo roto por dos sitios y la ropa empapada con la sangre de los hombres con los que había crecido.
Vars casi le escupió cuando por fin recuperó la conciencia lo suficiente para contar su historia al Consejo del pueblo.
—¡Deberías haber traído a Haem de vuelta o haber muerto con él! —Recordó Calen que gritaba su padre, con el rostro enrojecido por el dolor y la voz desgarrada por la ira.
Rhett se había limitado a mirarlo con los ojos hundidos en un pozo de desánimo y los labios incapaces de articular palabra.
Haem y Rhett habían sido inseparables desde que eran niños, hermanos unidos por el tiempo en lugar de por la sangre.
En el fondo, Calen sabía que la pérdida de Haem le dolía tanto a Rhett como a él mismo.
Siempre había intuido que Vars sabía que sus palabras estaban totalmente fuera de lugar, pero que no tenía la fuerza para retractarse, por lo que seguía tratando a Rhett como si él mismo hubiera blandido la espada. Eso le pesaba mucho.
—¿Has visto a Ella hoy? —preguntó Calen, tratando de romper el hielo que rodeaba a su padre.
Su hermana siempre iluminaba el rostro de su padre, sin importar la hora o el lugar.
—Ha salido con tu madre esta mañana para ayudarla a recoger algunas hierbas, ya que te olvidaste de hacerlo cuando saliste a cazar ese ciervo. Verna le había pedido ayuda a tu madre con un vendedor ambulante enfermo. No está segura de que viva hasta la próxima luna.
Continuaron charlando mientras regresaban a la casa. El mal humor de Vars se iba disipando con cada huella que dejaban en el polvo.